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cultura

hermanos y escritores

Bajo un mismo techo

Uno de los fenómenos más peculiares que ofrece la literatura es la de una familia con más de un escritor en su seno. Los casos abundan: los hermanos Grimm y las hermanas Brontë, James Joyce y su hermano Stanislaus, Graham y Hugh Greene, Victoria y Silvina Ocampo, los Machado (Antonio y Manuel), los Goytisolo (Juan y Luis), Lawrence y Gerald Durrell, Osvaldo y Leónidas Lamborghini, Henry y William James, los hermanos Huxley, entre otros. Un recorrido panorámico por una de las anomalías más interesantes de la historia de la literatura.

Por Matias Serra Bradford

Sin sobriedad. James Joyce y V.S. Naipaul,

De una infancia perdida quedan un puñado de bromas, otro tanto de anécdotas repetidas al infinito, una confidencia enterrada, un secreto a voces, un juramento olvidado o traicionado, acaso un talismán entrevisto, definitivamente ajeno. De los hermanos se puede decir al menos que disfrutaron o padecieron a los mismos padres (o la ausencia de uno de ellos), una misma casa natal y que se tuvieron, para bien o mal, el uno al otro. A veces los elementos compartidos no pasan de ahí. Pero cuando dos o más hermanos en una familia deciden dedicarse a escribir, algo del orden de lo mágico entra en escena.  

Otras artes, como el cine (los hermanos Lumière) o la pintura (los hermanos Giacometti) han dado poderosas muestras de vocaciones gemelas. La naturaleza solitaria del trabajo literario tiende a inducir que el desempeño de esa tarea en ámbitos repartidos será harto difícil; sin embargo, los casos son tantos que pareciera que el escritor que no tuviera un hermano escritor quedará excomulgado. Y el fenómeno es muy distinto a otros contiguos, con otras exigencias y reparos: cuando un padre y un hijo escriben (Jorge Borges y su hijo Jorge Luis), o cuando estamos ante un matrimonio literario (Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, para nombrar a uno de los más notables entre escritores de lengua castellana).  

Hay ocasiones en las que tanto lo que viven como lo que escriben siguen caminos paralelos; es el caso de las hermanas Brontë. Otros, en los que difieren mucho en lo vivido, como se da entre los hermanos Christina y Dante Gabriel Rossetti, pero no en la naturaleza de lo escrito (aunque sí en su calidad). Y un tercer grupo, mayoritario, en el que lo vivido no difiere sustancialmente pero la materia y los estilos se distancian de un modo absoluto. Y en menos casos de lo que uno imagina, encontramos que la competencia forma parte del pacto. Para quien escribe, la contienda es, en verdad, con algo mucho más inasible que un hermano.

Por partida doble.Hacia fines del siglo XVIII, de una familia de nueve hermanos sobrevivieron seis, entre ellos quienes harían historia como los hermanos Grimm. Jacob y Wilhelm se llevaban un año de diferencia y vivieron una infancia idílica hasta la muerte de su padre. De ese corte –casi otro cuento arquetípico– acaso provenga su idealización de la infancia y su emprendimiento como recolectores de relatos, tanto de fuentes orales y escritas, que luego reescribían y adaptaban. Jacob se dedicaba más al trabajo de campo y Wilhelm a la transcripción. 

De fines del siglo XVIII a mediados del XIX, un estimado caso de inseparabilidad se dio entre Charles y Mary Lamb. El gentil e infantil Charles –que escribiría algunos de los ensayos más encantadores de la lengua inglesa– era tartamudo, propenso al alcohol y a desórdenes psiquiátricos (más leves que los de su hermana, que terminaría atacando a su madre), se apropiaba de las ideas y de las expresiones de su hermana, y juntos redactaron el clásico Tales from Shakespeare.  

Esa misma época sería testigo, en la otra orilla del Canal de la Mancha, de un prodigio de rareza en los hermanos Goncourt. Edmond y Jules hacían todo entre los dos: una colección de arte, novelas y, primordialmente, un diario íntimo a cuatro manos, estupendo retrato del mundo literario francés del siglo XIX.  

Otro dúo extraño lo habían celebrado, siglos antes, el poeta metafísico galés Henry Vaughan y su hermano gemelo Thomas, filósofo y alquimista. No es inusual cruzarse con hermanos poetas, como Juan Ferraté y su hermano Gabriel Ferrater (que para trazar un círculo propio en su apellido trocó un acento por una consonante), eximios traductores ambos. Un caso aún más visible fue el de los poetas españoles Antonio y Manuel Machado, que escribieron juntos diversas piezas de teatro. 

También en el siglo XX se produce un dúo irrepetible con Lytton Strachey –autor de Victorianos eminentes– y su hermano James, decano traductor de Sigmund Freud. Nadie más apto que Lytton Strachey –que revolucionó el arte de la biografía– para una vivisección familiar, pero la malicia que ejerció Lytton con tanta gracia nunca hizo blanco en su fiel hermano.   

Stanislaus Joyce era tres años menor que su hermano James, pero sacudía al autor del Ulises cuando conseguía arrastrarlo de regreso a su casa tras una noche de derrape en el exilio triestino. El sobrio y equilibrado Stanislaus hacía mandados para Joyce, le prestaba dinero, le facilitaba su diario íntimo para que el autor de Dublineses llenara huecos en relatos y ahondara en el monólogo interior. La crónica de un período de esa relación resultó en un valioso documento, Mi hermano James Joyce.

Un par de tríos. Parecen historias inventadas, precisamente, por la literatura, pero las partidas de nacimiento de las hermanas Brontë, de las familias Sitwell, Powys, Benson y Goytisolo certifican que ha habido hasta tres hermanos escritores bajo un mismo techo. Charlotte y Emily Brontë fueron las más famosas y se dio con ellas un fenómeno único en la historia de la literatura. Charlotte publicó Jane Eyre y Emily, Wuthering Heights el mismo año, en 1847, cuando ambas apenas habían franqueado los treinta años (y ninguna vivió más allá de los cuarenta).

Hubo otros casos igual de sorprendentes. La familia Powys estaba compuesta por once hermanos en total, hijos de un párroco. Algunos publicaron libros sobre arquitectura, la construcción de encajes y hasta novelas, pero los verdaderos escritores eran tres: John Cowper Powys –el más notable–, T.F. Powys –autor de El buen vino del señor Weston– y Llewellyn Powys. Todos los personajes de su familia, según Cowper Powys, “eran como si hubieran estado inventados por el mismo autor”. 

Los Powys se leían y criticaban, al contrario que los Goytisolo. El novelista español Luis Goytisolo ha dicho de sus hermanos, el poeta José Agustín y el prosista Juan: “Nunca he sabido lo que escribían mis hermanos ni ellos lo que hacía yo”. De niños, los tres perdieron a un hermano –el primogénito– por una enfermedad y a su madre en un bombardeo durante la Guerra Civil. No es improbable que desgracias semejantes los hayan distanciado para mejor borrarlas.

Una de las familias literaria más excéntricas del siglo XX acaso la constituyan los Sitwell. La poeta Edith le llevaba cinco años a su hermano Osbert, y Osbert cinco a su hermano Sacheverell, el más talentoso y el menos dado a ejercicios de histeria y susceptibilidad. Como si hubieran tenido que comparecer frente a un tribunal, todos contaron sus versiones de la infancia compartida. 

El pater familias de los Benson era el arzobispo de Canterbury. Su hijo E.F. Benson era el autor de la hilarante serie de novelas de Mapp y Lucía. Hugh Benson era sacerdote anglicano y escribió ciencia ficción, novelas históricas y libros religiosos; su libro en colaboración con el Barón Corvo quedó trunco y desencadenó una batería de invectivas de parte del autor de Adriano Séptimo, que siempre estaba detrás de “el amigo ideal”, el hermano perdido. Arthur Benson dividía su vida y aun su personalidad entre la escritura y el resto del día de un modo radical, y redactó cuentos, novelas y poesías a las que Edward Elgar musicalizó. 

Lápiz de dos puntas. Curiosamente, el biógrafo de Barón Corvo fue A.J.A. Symons, que con su hermano Julian, célebre escritor de policiales, formó otra callada estirpe literaria. Julian era doce años menor y escribió sobre su hermano una biografía. Nada menos que Graham Greene, admirador de Corvo y experto en los dobleces y duplicidades de toda relación estrecha, escribió junto a su hermano Hugh El libro de cabecera del espía. El caso de Henry James y su hermano el filósofo William James da pie a pensar la relación entre hermanos –no importa si escritores o no– como otra variedad de la experiencia religiosa. Aunque parezca increíble, Henry James también podía volar bajo: montó una escena de celos digna de sus mediocres piezas teatrales cuando William se casó. 

Otra instancia de un escritor y un filósofo hermanos, a una escala menor en ambos casos, es el de Julian y Jonathan Barnes, el especialista en Aristóteles. En el prólogo que Julian escribió para un libro de su hermano, contó: “Esto me recuerda a una queja que nuestra madre le hizo a una amiga: ‘Tengo dos hijos. Uno de ellos escribe libros que puedo leer pero que no comprendo, y el otro escribe libros que puedo comprender pero que soy incapaz de leer’”. 

No podríamos ignorar a los Huxley, el celebérrimo Aldous y su hermano Julian, biólogo y autor de numerosos volúmenes. Julian notó la particularidad de Aldous enseguida: “Tenía una cualidad, una superioridad innata, que se hacía respetar incluso en la jungla de un jardín de infantes”. Julian recuerda cuando una vez le preguntaron a su hermano, que tenía entonces cuatro años: “¿En qué estás pensando, querido Aldous?”. Su hermano dejó de mirar por la ventana, giró la cabeza y respondió: “En la piel”. Entre ambos, más tarde darían muestras de que en las Islas Británicas la fraternidad es otro modo de la amistad inglesa. 

Los cincos años que separaban al novelista Evelyn Waugh de su hermano y escritor Alec erigieron durante la infancia una barrera infranqueable. “Mi hermano y yo estamos compuestos exactamente de los mismos ingredientes. Somos de la misma altura (los Waugh redujeron su estatura a lo largo del siglo XIX, tal vez porque le convenía a su personalidad mandona elegir esposas petisas). Los diarios, ahora, prefieren el término ‘genes’ a lo que en un momento se llamaba ‘sangre’. Una metáfora más feliz acaso sea una partida de póquer. A uno le toca una mano cuyo valor depende de la relación y combinación de sus componentes, no de la suma de sus números. Uno puede plantarse con lo que tiene o descartarse y tomar de nuevo, no siempre mejorando la mano. Cada carta, alta o baja, está en el mazo de la herencia. No hay dos manos iguales.”   

Los Durrell, Lawrence y Gerald, abonaron cada uno un territorio singular. Lawrence es el autor del Cuarteto de Alejandría; su hermano Gerald publicó maravillosas crónicas de sus peripecias por el mundo en busca de raras especies salvajes (entre ellas un viaje a la Argentina, Tierra de murmullos), además de un formidable retrato de su infancia en Mi familia y otros animales. Errabundos fueron también los Fleming, Ian y Peter, ambos reinventores de géneros. Ian fue el creador de las novelas protagonizadas por James Bond y Peter escribió libros de viajes que son clásicos del género.   

Ejemplos no faltan. El incomparable escritor italiano Alberto Savinio era el hermano de Giorgio de Chirico, que entraría en la tradición si recordamos que el pintor escribió esa extravagante novela titulada Hebdomeros. También escribía el pintor Jack Yeats, hermano del poeta William Butler Yeats. El bardo irlandés contaba que tras una discusión con su padre subió a la habitación que compartía con su hermano Jack, que semidormido le exigió a su hermano que no le volviera a dirigir la palabra a su padre hasta que éste no le pidiera disculpas. Cabría mencionar al autor del extraordinario clásico chino El sueño del pabellón rojo, Cao Xueqin, que tenía un hermano y un padre escribas. Al igual que V.S. Naipaul, cuya carrera tras dejar Trinidad representó la continuidad y la cristalización del sueño de su padre. El Nobel Naipaul debió arrastrar otras sombras además de las de su padre: la de su hermano escritor Shiva y la de su ex amigo, el cronista Paul Theroux, que publicó La sombra de Naipaul tras décadas de brusca amistad. A su vez, Theroux ha debido cargar con otro peso, el de saberse inferior a su hermano Alexander, finísimo novelista y crítico.

 Es posible que entre dos hermanos se extienda un desierto. Lo prueba el caso de Osvaldo Lamborghini y su hermano mayor, el poeta Leónidas. No cabían dudas de la admiración de Osvaldo por Leónidas, pero tal vez ser una figura con tantos testigos borroneó la imagen que de él podía hacerse un hermano mayor. ¿Es posible llevarse trece años y compartir una infancia? “Porque todavía/ todavía mi Infancia/ viene a buscarme/ con un galope en las piernas/ y en sus labios/ una sonrisa salvaje”, escribía el autor de El fiord. Con esa distancia a un hermano mayor –“querido hermano de mis ansias”– casi no le queda otro camino que la tutela y la indiferencia. Sin embargo, esos trece años de salto no lograron impedir al menos un continuo –el más decisivo para cada uno de ellos, la escritura– de un hermano a otro: “Los dos cuerpos tomaron la misma pócima”. Heredar de un hermano. Heredar un capital adulterado: la lengua.    

Al final del viaje persiste esta imagen: hermanos embarcados en una odisea compartida, como si el haberse aventurado en una misma vocación –la literatura– fuera la prolongación perfecta de las lecturas de infancia (oídas al mismo tiempo). En el tiempo de descuento de una vida, un hermano afónico y otro ronco regresan al interior de una casa, después de una tarde consagrada a dar vuelta un jardín que parecía no tener límites.

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Hermanas Ocampo y otros allegados

Es casi inverosímil que en el seno de una misma familia se hayan criado la mayor madrina cultural y la escritora más original (escritores incluidos) que ha tenido la Argentina. Silvina Ocampo no sólo sorteó la sombra avasallante de su hermana Victoria, sino que se sometió después a las de Bioy Casares y Borges, superándolas con esa displicencia que sólo acusan los videntes. Cuando Silvina publicó su primer libro, Victoria lo reseñó en Sur, admonitoriamente, dictaminando que las frases padecían de tortícolis. Silvina no aceptó esa crítica, “porque me parecía que nuestro idioma era un idioma en formación, y era natural que tuviera esas incompetencias, que careciera de la perfección que tenían otros idiomas, porque la relación que hay entre el lenguaje oral y el escrito va formando el idioma con el que uno se maneja”. Como era la menor de cinco hermanas, Silvina se refería a sí misma como “la etcétera de la familia”. Victoria le llevaba trece años, como Leónidas a Osvaldo Lamborghini (y en ambos casos el más veterano cumplió rigurosamente con los protocolos del hermano mayor y el menor fue el más impredecible, el más inspirado). El contraste entre Victoria y Silvina es análogo al que se da entre la afición por lo público y por lo íntimo. Si a Victoria la obnubilaban los ágapes y el aplauso –“como si su presencia fuera un pulso acelerado”–, Silvina prefería sumergirse en sus dibujos. Si a Silvina el reconocimiento le ha llegado en murmullos, se debe a que la modestia siempre exige de los demás –y es lo único que exige– el doble de atención y un salto más decidido hacia un reconocimiento justo. (El grupo Sur se especializaba en figuras reservadas, invenciblemente orgullosas, como los hermanos Canto. Estela Canto –a quien Silvina Ocampo llamaba “la mentirosa más divina” que había conocido– y su hermano Patricio; ella autora del espléndido Borges a contraluz y ambos traductores notables.) A Pedro Henríquez Ureña –que también tenía un hermano escritor– lo escandalizaba que Victoria fuera al casino. Literariamente, está de más decirlo, Silvina y Victoria no influyeron una en la otra, pero la cima a la que llegó Silvina no debería opacar la labor propiamente literaria de Victoria, cuyos Testimonios no carecen, entre otras cosas, de gran valor documental. Mientras tanto, la obra de Silvina Ocampo continúa internándose, al límite de lo visible, en los encantos y misterios de una sintaxis para la que nadie parece tener el tiempo que ella con gusto sigue concediendo.

Edición Impresa

Domingo Domingo 30 de mayo de 2010
Año V Nº 0473
Buenos Aires, Argentina