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cultura

John Lennon (1940-1980)

El beatle que quería ser un Monty Python

El mejor biógrafo es un detective. Ese es el precepto que parece haber seguido Philip Norman para escribir su monumental biografía sobre John Lennon, cuya edición en castellano acaba de ser distribuida en el país. Norman parece fascinado por entender cómo, a mediados del siglo pasado, en el seno de una familia de trabajadores y en un país que atravesaba una situación de posguerra, pudo surgir un artista de su talla. Atento a los detalles, evita repetir una vez más todo aquello que ya fue dicho de la vida de John Lennon y su entorno.

Por Hernán Arias

‘Call me John’. Philip Norman investigó el modo en que John Lennon fue encauzando su vocación.

Philip Norman, autor de John Lennon, una biografía de 830 páginas sobre la celebridad de Liverpool, parece haberla escrito ajustándose a un simple principio: el mejor biógrafo es un detective. Y lo hace con elegancia, por momentos incluso con los recursos y las pretensiones de cualquier novelista. Su apuesta es audaz: buena parte del público sabe todo sobre el personaje, pero él va aun más lejos. Y se convierte en un detective, en alguien que investiga obsesivamente un único caso: el del surgimiento, a mediados del siglo pasado, de un artista excepcional en el seno de una familia de trabajadores y en un país que atravesaba una situación de posguerra. Antes que por el artista, Norman parece estar fascinado por esta situación, y eso es determinante para que el libro mantenga un tono medido aun cuando se hable de una celebridad, y para que en muchos pasajes logre trasladarnos a ciertos ámbitos privados de la vida de Lennon, como quien espía.

El libro empieza narrando las aventuras del abuelo de John, un simpático personaje que repartía su tiempo entre la oficina y una orquesta de jazz, y que de alguna manera y en una escala considerablemente menor precedió en la familia a su primer nieto, mundialmente conocido. Después llega el turno del padre, un aventurero que se alistó como mozo en distintos barcos para salvarse de la guerra, y que abandonó una y otra vez a su mujer y a su pequeño hijo durante meses, e incluso hasta llegó a estar preso en la Argentina: “Una redada rutinaria de la policía dio con él y otros cuantos marineros ingleses en la comisaría, pero él acabó incomunicado dos días en una celda. La explicación era que los policías habían leído equivocadamente la página del pasaporte donde la firma, ‘A. Lennon’, quedaba pegada al nombre de su progenitor, que era, simplemente, ‘John’. De modo que consideraron que el nombre era ‘John Alennon’. Como en esos días en la Argentina había un notorio asesino con ese nombre, dieron por hecho que lo tenían delante.” Inmediatamente después llega el turno de Julia, la madre de John, una mujer independiente y atractiva a la que no le gustaba quedarse sola y decidió olvidar al padre del chico y empezar su propia historia, una nueva vida en la que John no tenía cabida. Así fue que Lennon todavía niño terminó en la casa de su tía Mimi quien, siempre según Philip Norman, lo adoptó como su propio hijo, pero lo educó con la distancia de una tía pudorosa y la frialdad que había adquirido de su profesión de enfermera.

La tía Mimi es sin duda uno de los personajes centrales de esta biografía. Presente desde el primer momento en la vida de John: “Mimi contaba siempre que la llegada de la criatura el 9 de octubre estuvo marcada por un ataque nocturno alemán, especialmente feroz. Según Mimi, cuando le llegó la noticia de que Julia había dado a luz un niño de tres kilos y medio las sirenas antiaéreas aullaban y, como era lo habitual, todo el transporte público había sido interrumpido. Pero estaba tan emocionada que fue corriendo los tres kilómetros que había de la casa de sus padres a la maternidad de Oxford Street sin preocuparse de bombarderos ni bombas con paracaídas.” Años más tarde, Mimi se convirtió en la persona que, junto a su esposo George, no sólo se hizo cargo de la manutención y de la educación de John, sino que además ahorró parte de su mensualidad moneda a moneda durante meses para poder regalarle su primera guitarra.

En el lugar indicado, en el momento justo. Pero más allá de la particular historia de esta familia, Norman nunca olvida contextualizar, y apunta ciertos rasgos de época que resultan significativos para entender el destino de Lennon: “En la Inglaterra de principios de los 50 –anota– la música era algo de lo que la mayoría de la gente podía prescindir. La tecnología que había para escucharla en casa consistía en gramófonos de plato de manivela y gruesos discos de baquelita a 78 rpm (revoluciones por minuto), que venían en fundas lisas de papel marrón y se rompían si se caían al suelo”. Además, “entre la música clásica y la popular no había en esa época ningún punto de encuentro posible”. Pero esto iba a cambiar en parte gracias a los avances de la tecnología, y en parte debido al aporte de un chico que a los siete años se sintió deslumbrado por la armónica que sacó del bolsillo e hizo sonar un estudiante de medicina que vivía junto a la casa de su tía, y que le permitió reconocer cuál era su vocación.

Norman entrevistó también a numerosos compañeros de escuela de Lennon, y todos coincidieron en describirlo como un chico que, a pesar de usar lentes –le fueron recetados cuando tenía apenas siete años–, era inquieto y peleador, y desde siempre manifestó, en cualquier actividad grupal, una innata capacidad de liderazgo. Muchos años después, durante una entrevista, el propio John se describió a sí mismo en su etapa de estudiante diciendo: “Yo era agresivo porque quería ser popular. Quería ser el líder. Me parecía más atractivo que ser uno de los blandos. Quería que todo el mundo hiciera lo que yo decía, que se rieran con mis chistes y me dejaran ser el jefe”. Para los profesores, Lennon era desobediente y tenía fama de perezoso, pero también reconocen que cuando lo dejaban tranquilo se iba por su cuenta a la biblioteca y “pasaba horas” leyendo, escribiendo o dibujando.

Promediaban los 50 y la cultura norteamericana llegaba a las costas inglesas con su poder hipnótico: primero mostrando una sociedad de ensueño en la que, a diferencia de lo que John y sus amigos experimentaban en su pubertad, reconocía las particularidades de los adolescentes y “satisfacía sus necesidades con una superabundancia fastuosa”; pero poco a poco algunos artistas empezaron a mostrar “ciertas ominosas grietas en ese rincón del sueño americano”: en 1951 se publica El cazador oculto, de J.D. Salinger; y dos años más tarde se estrena la película El salvaje, con Marlon Brando, en la que un grupo de jóvenes motorizados y con camperas de cuero se hacen llamar los beetles (escarabajos) y aterrorizan a los habitantes de una pequeña ciudad. Pero donde John vería magistralmente expresada la sensación de estar alienados en un mundo de abundancia y autocomplacencia es en otra película, estrenada en 1955, poco después de que cumpliera sus 15 años: Rebelde sin causa, con James Dean.

De los Quarrymen a Yoko. Philip Norman ha investigado en profundidad el modo en que Lennon fue encauzando su vocación, y describe en detalle de qué manera pasó de conformar su primer grupo, los Quarrymen, bajo la total influencia de Elvis Presley –ese blanco que tocaba música de negros–, hasta llegar a los Beatles y su ruidosa separación. Hay abundante información sobre cada una de las giras de los Beatles y sus canciones, y la aparición de Yoko Ono es mostrada por Norman menos como una irrupción en la vida de Lennon que como la inmejorable posibilidad que el músico encontró para dar comienzo a una nueva etapa en su historia personal. Y es en esta última parte de la biografía donde Norman despliega mejor sus habilidades como detective, tal vez porque frente a un Lennon ahora sedentario le resultó más sencillo espiarlo hasta en su propia habitación.

Después de contarnos que durante los primeros años de la década del setenta John Lennon pasaba buena parte del día fumando en la cama y mirando cintas de programas cómicos que le mandaban desde Inglaterra, entre los que estaban Monty Python’s Fliyng Circus y Fawtly Towers, Norman nos relata que varios de sus amigos recuerdan haberlo escuchado decir que “hubiera preferido ser uno del grupo de los Monty Python que un beatle”. Y anota: “En la mesita de noche tenía una grabador barato con el que siempre estaba haciendo borradores de canciones nuevas, o revisando algunas antiguas, con acompañamiento de piano o de guitarra, además de improvisar escenas humorísticas o simplemente hablar consigo mismo poniendo el fuerte acento norteño de Al Read, su favorito de music-hall cuando era niño”.

Sin dudas el acierto de Philip Norman en esta biografía se encuentra en su capacidad para registrar los detalles, desentendiéndose de repetir una vez más todo aquello que ya fue dicho de la vida de Lennon y su entorno. Y son esos detalles los que nos persiguen después de haber leído el libro, como saber que, durante varios días después del asesinato de John, en diciembre de 1980, en la puerta del edificio Dakota y a manos de un pobre diablo, cada vez que se abría la puerta de su departamento, el número 72, sus tres gatos salían dando saltos para recibirlo.

Edición Impresa

Domingo 7 de Marzo de 2010
Año V Nº 0450
Buenos Aires, Argentina