
Un terremoto es una serie de convulsiones, pero para quien lo vive nada se repite en serie. Cada segundo es único y por eso parece no terminar nunca. Diego pensó en su familia, en sus padres, en algún amigo. “Es como si las casas de la vereda de enfrente fuesen la imagen que arroja una pantalla de televisión, y de repente sufrieran una falla vertical que las hace bailar moviendo las caderas. Yo sentí náuseas, una especie de embriaguez de bebida blanca de mala calidad. El suelo ondeaba como un licor espeso y amargo. No podía caminar y no sabía si era porque no podía o porque sin darme cuenta no quería”. Marejada de capas de asfalto, la electricidad que se va, que vuelve, que se va para siempre, que vuelva para siempre, por Dios, que se quede, que no se vuelva a ir. Todos dicen algo, pero no dialogan. Nadie se escucha. Todos sienten que el lugar que es más seguro para sí no lo es para nadie más. No se lo dicen a nadie. Marco me cuenta que se despertó unos segundos antes de que comenzaran los remezones y que instintivamente quiso tomar el teléfono inalámbrico. “Cuando comenzó el jaleo fue algo muy eterno. Al salir de la casa los muros del pasillo se acercaban entre sí. Creí que me iban a prensar. Es raro. Parece lento, pero al mismo tiempo, se siente que no hay tiempo para nada. La extinción del tiempo según lo conocemos. Te reirás, pero pensé que lo inanimado tenía vida y que la mía era más importante que la de esas estructuras, esos ladrillos, esas piedras. ¿Sabes lo que se siente cuando se te mueve el barrio? Uno está acostumbrado a moverse para llegar a distintos puntos, no a que esos puntos sean los que se mueven.”
Mi hermano me dice que se experimenta la angustia de la impotencia, del no saber qué es lo que hay que hacer, cuánto va a durar, me escribe que luego de que pasa, uno lee los alrededores en clave de cuáles son los lugares más seguros para ocupar, llegado el caso. Uno sabe descifrar su propio movimiento e incluso el movimiento de los otros y de objetos como autos. Pero no tiene un lenguaje para saber qué nos quieren decir las cosas inanimadas que se mueven. Es como volverse mudo de desplazamiento de un momento para el otro, sordo a la contorsión, ciego al futuro inmediato. Diego escribe: “Te parece que no vas a poder volver a dormirte, que ese despertar en un piso once que se ha vuelto loco es para siempre. Huís, pero sentís que es una escena de sonambulismo. Yo no tuve miedo, todo lo contrario. Hacía las cosas como con desinterés, como si hubiese algo entre el espacio y yo bloqueado, es muy difícil de explicar. En la calle hay unos árboles. Las copas se inclinaban, muy ceremoniosas, pero no corría el viento. En un rato pensé que iba a necesitar más tiempo para entender todo lo que me estaba pasando, pero que no tenía ganas de entender nada más. Nada de nada”. Marco no consigue evitar los flashbacks: “El teléfono cayendo de la mesa de luz, las paredes del pasillo que parecían las mejillas de un trompetista, un perro en una posición extraña, parado sobre sus cuatro patas, pero con el cuello hacia un lado y la boca hacia el otro, aullando y mirando a alguien que sólo él veía”.
Mi hermano me cuenta que jamás pensó en la elasticidad inaudita de lo erguido. “Ahora se quiebra, ahora sí que se quiebra, creía yo, y no se quebraba”. Tabiques que no se quebraron en Juan Pinto Durán, el complejo deportivo de la Selección Chilena de Fútbol, pero sí en Concepción, sí en el Aeropuerto Internacional de Santiago, sí en Colima. Ahora vendrá el recuento de muertos, la evaluación de daños, la solidaridad internacional, las condolencias, el restablecimiento de los servicios, la paulatina vuelta a eso que denominamos la normalidad. También las reacciones físicas y emocionales desproporcionadas ante acontecimientos asociados a la situación traumática, la hipervigilancia, la irritabilidad, las fugas. Escribe Diego: “Las habitaciones del piso once se saturaron de unas limaduras color hueso muy finas, que yo no sabía de dónde salían, como si todo hubiese estado comido por dentro y la atmósfera se llenara de la entraña polvorienta de las cosas, lo que daba a ese instante la apariencia de un montaje obvio de película clase B”. Ni era un montaje ni se trató de una película.