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cultura

los nuevos vampiros

El arte de no saborear al vecino

Si Anne Rice es la reina de las novelas de vampiros, Charlaine Harris es la princesa y Stephenie Meyer el bufón. Esta norteamericana del Mississippi supo dotar a las historias de los “no muertos” de dosis de humor y misterio poco habituales en los escritores adeptos a contar historias donde sus personajes tienden a nutrirse con la sangre de los otros, haciendo alarde de terror y salvajismo. Los vampiros de Charlaine Harris, educados y mundanos, piden permiso, se aflojan el nudo de la corbata, muerden y luego preguntan: “¿Te dolió?”. Cómo se refunda un género perimido.

Por Guillermo Piro

Serie. A la izquierda, las tapas de los dos primeros títulos. A la derecha, arriba, un fotograma de la serie True Blood, que emite HBO y que va por la segunda temporada. A la derecha, abajo, un retrato de la autora.

Me gustan los vampiros porque son minoría. Y porque, como toda minoría, poseen una serie indefinida de códigos que les permite comunicarse y, sobre todo, ahorrar palabras. Si hay algo que hace a los vampiros adorables es su tendencia al ahorro de palabras. Son seres que prefieren la acción –estaba por decir succión– y tienden, en ciertas situaciones, a experimentar cierta pasión adolescente, cierto amor desmedido que los hace algo –o más que– humanos. El amor se abre camino, diría el Dr. Ian Malcolm, y eso siempre resulta enternecedor.

La señora de la noche. No es mucho lo que sé de Charlaine Harris. Nació en 1951 en Túnica, Mississippi, fue levantadora de pesas, estudió karate y desde hace más de veinte años escribe historias de misterio. Después de trazar el recorrido natural de cualquier escritor –garabatear, corregir, publicar un par de libros olvidables–, escribió una serie llamada Real Murders con la que le fue bastante bien. La protagonista de la serie, una bibliotecaria que lleva una vida triste, como la de cualquier bibliotecaria, la mantuvo ocupada durante varios libros, pero finalmente, a mediados de los 90, Harris decidió dedicarse a otros proyectos. El resultado fue la publicación en 1996 de la serie Shakespeare. La heroína era Lily Bard, una mujer taciturna cuya vida está marcada por un crimen terrible. Después de Shakespeare, Charlaine Harris comenzó una serie completamente nueva que comenzaría a publicarse en 2001. Los libros de la serie Sookie Stackhouse tienen como protagonista a una camarera con poderes telepáticos que vive en Bon Temps, un pueblo del norte de Luisiana. Los dos primeros libros de la serie acaban de aparecer en el país, propulsada por la serie televisiva, que emite HBO, True Blood. Se trata de Muerto hasta el anochecer y Vivir y morir en Dallas. Cada libro está protagonizado por Sookie Stackhouse, que intenta resolver misterios relacionados con vampiros, hombres lobo y otras criaturas sobrenaturales. Y sin embargo todo ello sigue siendo insuficiente, o no cumple con los requisitos suficientes, para recomendar su lectura.

Ser vampiro es otra cosa. Charlaine Harris hizo algo, algo formidable. Simplemente, como resolviendo una ecuación matemática, sometió la realidad a una pequeña transposición, efectuó un remplazo. Imaginó un escenario (Bon Temps) e introdujo en él una mayoría (los habitantes, con todas sus miserias) y una minoría. La realidad propiciaba que esa minoría fuera la gente de color, pero una serie contando las tribulaciones de una chica blanca enamorada de un negro no tiene futuro (a esta altura ni siquiera tiene pasado), de modo que la idea quedó descartada desde el vamos. Charlaine tuvo entonces una idea genial. Supongamos, se dijo, que los japoneses, siempre atentos y dispuestos a descubrir y poner manos a la obra para la realización de cualquier cosa hubieran sido capaces de destilar una sangre sintética, con las mismas propiedades que la sangre natural. ¿Qué ocurriría? Ocurriría lo que ocurre en Muerto hasta el anochecer: los vampiros dejarían de ser una amenaza (la serie se ocuparía de demostrar que lo seguirían siendo), exigirían representatividad en el Congreso e intentarían integrarse a la sociedad humana –en algunos casos, no siempre. Los vampiros podrían dirigirse a cualquier bar y pedir en la barra una botella de True Blood y beberla del pico, como cualquier cerveza pueril. Una muchacha se enamoraría perdidamente de un vampiro, y ello acarrearía una larga serie de problemas. Y ya sabemos que en las buenas novelas lo que abundan son problemas. A nadie le interesa la historia de un personaje al que todo le sale bien. Esa es, básicamente, la fórmula de Charlaine Harris. Pero, como ocurre a menudo, todo resulta un poco más complicado.

Una pareja despareja. El logro de Charlaine Harris puede compararse al de Jean-Luc Godard en Yo te saludo, María. Básicamente consiste en plantar algo sobrenatural en nuestro mundo cotidiano e intentar pensar cómo funcionaría eso, cómo sería aceptado o rechazado, y sobre todo bajo qué leyes, bajo qué condiciones y contra qué prejuicios debería interactuar. Godard, sencillamente, contaba la historia de María, una estudiante que trabaja en una estación de servicio, aficionada al básquet, que un buen día recibe la visita imprevista del arcángel San Gabriel para anunciarle que será madre del hijo de Dios. Preocupada, María consulta con un ginecólogo, que le confirma su estado. La película es una fábula ambientada en 1984 que trata de explicar el tremendo desgarro emocional que una noticia como esa puede provocar en una mujer –y las razones de su aceptación. La pregunta básica era: ¿qué pasaría si María, la madre de Jesús, hubiera vivido en nuestros tiempos? Es en ese aspecto que, a mi juicio, debería medirse el éxito de Charlaine Harris: su mundo funciona, sus leyes parecen cumplirse. Si la vida fuese así, uno tiene la impresión de que se parecería bastante a como ella lo describe. La pregunta que motoriza y pone en marcha su ficción es parecida a la de Godard: ¿qué pasaría si mañana los vampiros pudieran “vivir” entre nosotros?

Sookie Stackhouse es intuitiva, algo tonta pero valiente. Está enamorada de Bill Compton, un vampiro de más de 150 años que ha combatido en la Guerra de Secesión y que, a diferencia de muchos de sus “hermanos”, tiene pretenciones integracionistas; esto es, sin dejar de perder sus costumbres puede, llegado el caso, disimularlas, posponerlas o a lo sumo disfrazarlas, para tranquilidad de la comunidad. Pero también puede prestar sus servicios para aclarar una serie de asesinatos que tienen lugar en Bon Temps, ayudando a Sookie, que demuestra ser una denodada detective. Eso sí, sólo puede contar con Bill por las noches.

Los dos primeros títulos de la serie se coagulan (nunca más precisa esa palabra) en dosis exactas de humor y misterio. Narrada por la propia Sookie, la historia avanza con ese presupuesto que a esta altura resulta tolerable: la de alguien que escribe a sus contemporáneos que, extrañamente, ignoran todo lo que ha pasado en los últimos dos años, desde que la aparición de la sangre sintética les permitió, por decirlo de algún modo, salir a la calle. Y si por momentos resulta banal y transparente es porque la propia Sookie Stackhouse lo es.

Tener un novio vampiro tiene muchas desventajas, pero también tiene cosas buenas. Son amantes apasionados y poderosos, son lacónicos y, como cualquier inmortal, son pacientes. Pocas cosas los alteran. Pero la imagen de una mujer exuberante exhibiendo su cuello blanco sigue siendo una debilidad a la que es difícil hacerle frente.

Edición Impresa

Domingo 28 de Febrero de 2010
Año V Nº 0448
Buenos Aires, Argentina