
Yo conducía Esto que pasa por Radio Nacional desde 2001, pero ya en los primeros meses del gobierno de Kirchner, la situación en la radio se fue haciendo insufrible. Pero aguantábamos y, en condiciones de extrema penuria y sin honorarios, mi programa continuaba. Desde febrero de 2003, se empezaron a recibir en los teléfonos de la producción del programa (4322-0304 y 4322-1855) llamados de un tal “Roberto de Banfield”. Comentaba mis editoriales, analizaba mis reportajes, opinaba sobre la música que yo ponía. En la cuarta o quinta oportunidad que “Roberto de Banfield” salía al aire desde el contestador automático de la producción, una de mis colaboradoras se me acercó con la mirada más maliciosa que lo habitual en ella y me preguntó si ese “Roberto de Banfield” no sería Sandro. Dispuesto a abrirle el micrófono, empecé a responder a sus mensajes preguntándole al aire si ese Roberto no se apellidaría Sánchez y en tal caso, que me gustaría que sus preguntas y comentarios entraran directamente. Le dimos un número y llamó. Charlamos al aire y desde ese lugar, cuando lo invité a que viniera a la radio, en Maipú 555, me dijo que prefería que yo fuera a su casa. Lo hablamos por línea privada y me confesó que le encantaría que lo entrevistara, “pero, la verdad, lo que más quiero es invitarte a que conozcas mi casa y a que cenes conmigo aquí”. Agregó: “Vos no te preocupés por nada, te mando a buscar a la radio y a la noche te llevo a tu casa”.
Lo hicimos. A comienzos de mayo de 2004, una combi manejada por su colaborador Charly me esperó a las 20 en la puerta de la radio y a las 20.45 entramos a la mansión de Sandro, que me esperaba en su bar personal.
Noche inolvidable. El reportaje, registrado en mi primer grabador digital, salió al aire el 6 de mayo de 2004. Pero fue una excusa, apenas un pretexto. Cenamos. La comida la preparó y sirvió la mujer con la que vivía en ese otoño de 2004, María, a quien llamaba “La Faraona”. Fue un banquete, regado por vinos de colección y con vajilla y platería de lujo. ¿Seducción? Puede ser, ¿pero cuántos más fueron invitados a comer, fumar, beber y conversar con y por Sandro, en su propia casa?
Ya eran las dos y media de la madrugada. Antes de irme, tenía un pedido y una sorpresa. Me preguntó si me molestaría que el chofer que me trajo y me llevaría nos sacara una foto, juntos, al lado de la mesa donde terminábamos de cenar. ¿Cómo me iba a molestar? Cuando ya me iba y me ayudó a ponerme el abrigo (la única otra persona que siempre hacía eso conmigo fue Raúl Alfonsín, cuando me acompañaba hasta el ascensor de su departamento), Sandro anunció, medio embarazosamente: “Tengo algo para vos”. Se abrió una puerta y apareció un asistente con una pesada caja. Me quedé mudo. Abrilo, abrilo, me dijo. Me puse en cuclillas y lo abrí. Eran los seis enormes tomos del Diccionario crítico etimológico castellano hispánico, de Corominas y Pascual, en la edición española encuadernada de lujo. Yo seguía mudo. Atiné a un “¿por qué?”. Me empujó cariñosamente a la puerta y mientras cargaban la caja en la parte de atrás de la combi, me dijo: “Alguien que me ha hecho soñar y pensar con su uso del lenguaje, lo menos que se merece es tener en su casa este sencillo testimonio”, me dijo. Me besó en cada mejilla y nunca más lo vi. La foto no tengo derecho a publicarla. A Sandro no le hubiera gustado y tendría razón. Desprovista de muchos fragmentos personales y de párrafos muy íntimos que hoy, fallecido Sandro, no quiero divulgar, ésta es la transcripción de la charla, que transmití en el invierno de 2004 por Radio Nacional.
¿Al mito uno lo construye, lo edifica? “¡No, no, no! Los mitos se van haciendo, solos, sin querer. Si cuando subí por primera vez a un escenario alguien me hubiera dicho que yo iba a cumplir 40 años con la música en estas condiciones, que vos has visto, a teatro lleno, con ovaciones, con aplausos, con una avalancha de amor que se te viene encima y no sabés cómo pararla, tenía 17 años (los contratos los firmaba mi viejo porque yo era menor), entonces hubiera dicho: “Dale Pepe, dejémonos de utopías y cosas, esto es una cosa de péndex, nos divertimos mucho haciendo rock and roll, enganchamos algunas minitas y esto es un ratito, una travesura, que si dura dos años es maravilloso”. Sobre todo en aquellas épocas en donde el semillero, bien valga la palabra, era impresionante. Escala musical; El Club del Clan; el Campeonato de la canción, La cantina de la guardia nueva…”
—Inicialmente era un juego, como hacer fulbito…
—Tal cual, nada más que a uno le gustaba el rock and roll. No sabía que había otra música. Rock and roll y tango. Yo soy de la barra que coreaba “Pu-Pu-gliese”. Ojo. Yo escuché algo que todavía me sigue emocionando, la versión que hizo el maestro, cuando volvió de Rusia, de La cumparsita, en el club Huracán, año 1963/64. Arrancaba cantando Belluzi, después apareció un señor morocho con anteojos y dijimos: “¿Este quién es?”, y empezó a hablar de cuando él era pibe, del organito… Dijimos: “Que se deje de jorobar este tipo…” Era el negro Mella, hablando como loco, y entró de fondo la voz de uno de los más grandes cantantes que yo he escuchado en mi vida, que se llamó Jorge Maciel. La máquina de afinar. Yo tengo un tema grabado por él. ¿Conocés el tango Recuerdo?
—Sí.
—Conseguilo cantado por Maciel, con la letra. Conseguilo y pasalo en tu programa, por favor.
—¿Jorge Maciel fue el más grande cantante?
—O uno, hay muchos. Pero Jorge Maciel..., un tipo que es capaz de cantar Recuerdo con toda la improvisación, con toda la variación del bandoneón, con notas que son para los locos... Porque no se puede cantar así.
—¿Por qué no se puede?
—Porque es imposible semejante técnica. Es un tango que tengo para aquellos pibes que vienen por acá a pedirme algún consejo como cantante. Entonces les digo: “Escuchá esto, ¿vos podés cantar así?”. Es donde se acaban las palabras. Porque eran tipos que cantaban como locos. Recuerdo cuando entró “el Tano” Maciel: estalló una ovación.
—¿Lo llamaban “el Tano”?
—Sí, el Tano Maciel, el Tano Ruggiero.
—Y en ese momento, cuando las cosas son todavía más que nada juego…
—Hay mucha inconsciencia.
—¿Pero a vos se te planteó la alternativa del tango en serio?
—No. Yo el tango lo sentía, pero no lo podía cantar, no tenía edad, no tenía sentimiento, no tenía la lógica.
—No tenías edad porque el tango necesita edad. ¿Qué tendrías que haber vivido antes para cantar tango?
—Comerte un montón de adoquines, haberse tomado muchos vinos y haber conocido estaños, y un poco del Bajo, de aquella época…
—Pero si no sufriste…
—No, si no viviste. Hay muchas maneras de vivir la vida. Hay una frase que me encanta: “Yo puedo perder la vida pero la vida no me la pierdo” ¿Cuánto dura la vida? Una ducha en el baño, Pepe. Un día pisás el jabón, te caés, te rompés la nuca contra las canillas y se acabó ¿En el programa de quién estaba eso?
—¿Decís que la muerte es una casualidad?
—Para nada. Sí sé que está programada. Lo que pasa es que uno no sabe cuándo viene ¿o te manda una tarjeta o un telegrama? “Estimado señor Eliaschev, dentro de dos días usted muere, a las 14 horas y 25, en su oficina de producción”. No. La vida es cada día, cada sol que ves. Yo me sigo admirando, te lo juro. Después de lo que me pasó, todo mi concepto cambió. No sé si te acordás de que en el recital digo, en una canción (y esto no es chivo): “Un día abrí los ojos, no me acuerdo, no sé, que vi un sol espiándome…”
—A medida que uno recorre el camino de la vida, para usar un lugar común…
—No es tan común. Hay gente que no camina.
—¿Cómo es eso?
—Fácil, Pepe. Si el proyecto es darme una pala, y decir: “Empiecen a cavar, muchachos” y vos tenés un sentido de la vida, un sentido filosófico, sueños y proyectos, vas a tender a cavar derechito y para adelante, vas a abrir un surco, ahí algo va a caer. El viento del destino te lo va a llevar (y esto no es Khalil Gibrán, son esas disquisiciones que uno ha aprendido, tengo 58 años y algo me ha quedado) Y si me quedo quieto y sigo cavando, me estoy cavando mi tumba. Por eso te digo, hay mucha gente que no camina. Si vos vas con la pala, dándole, vas caminando, abrís un surco, si te quedás quieto, te hiciste la tumba. Yo soy de los que caminan.
—¿Te pasa con frecuencia sentir desesperación, no en tu caso personal, que te tocó estar muy enfermo, pero cuando ves seres notables, maravillosos, llenos de vida pero a los que se les corta el camino? ¿Sos de mirar para arriba y decir: “¿Por qué a este tipo o a esta mujer tuvo que tocarles?”?
—Yo siempre creo que hay una especie de plan. Por eso te comentaba, ¿cuánto dura la vida, Pepe? Son preguntas que yo ya no me las hago más.
—¿Esa pregunta te la hacías mucho?
—Sí, desde que cumplí 31 años. Vos acabás de entrar a esta casa; quiero decirte que eso parte del nivel de sinceridad, respeto y admiración que te tengo, porque sos el primer periodista que entra a mi casa en función de periodista. Te lo juro. Jamás entró un periodista a esta casa, acá en el Piano Bar El Gitano, nos juntamos todos los atorrantes, mis amigotes…
—Siempre recibís en otros lugares…
—Las únicas notas que hice fueron adelante, en el locutorio que tengo, un lugar chiquito, en la entrada. Ahí di algunas notas, contra una pared blanca que puede ser cualquier cosa, en función de resguardar mi casa. Igualmente, vos estás acá porque no trajiste cámaras. Si hubieras venido con cámaras, te digo: “No, Pepe, vení vos pero las cámaras no”. Mi vida es mía, me costó 40 años alcanzar estas pequeñas comodidades, pero la desesperación de la gente es tan grande que no puedo ser obsceno, no puedo mostrarle a la gente…
—Te parecería obsceno…
—Sí, porque lo he vivido.
—¿Sabés? Un fantasma que me aterroriza como veterano periodista es preguntar desde lugares comunes, clisés o estereotipos…
—No hay preguntas trilladas, yo creo que hay respuestas trilladas.
—Siempre recuerdo una anécdota del gran escritor Adolfo Bioy Casares, con su fama de Don Juan, muy pintón…
—“Apuesto”, para la época. Tenía “galanura”.
—Cuando lo llamaban para hacer una nota y la voz era femenina, el hombre se preparaba…
—Preparaba el hacha…
—La anécdota es muy simple: lo entrevista una cronista jovencita y muy mona y ella le dice: “Don Adolfo, ¿cuántas novelas escribió?” Entonces él le contesta: “Ah, no, m’hijita, eso usted ya debería haberlo sabido antes de verme, vaya, haga los deberes y vuelva”. Mi intención es hacerle al astro, al ídolo que sos vos, preguntas que…
—Sí, pero en mi caso, esa palabra, ídolo…
—Pero yo te vi en el teatro. Me habían dicho que no iba a poder creer lo que sucede, no te había visto nunca en un teatro, Roberto…
—Bueno, pero te voy a explicar algo. Yo, como vos, soy un pequeño diletante que ama las palabras. Les tengo un respeto impresionante… Por eso, para mí es un chiste eso de que la gente pida un wine delivery. Yo en el ‘93, contaba una anécdota: llegué a un barrio donde iba a trabajar y encontré que en todas las vidrieras decía sale; fast food, y me dije que tal vez sería para los turistas, pero era en Morón… Entonces, cuando digo: ahora voy a presentar a una actriz, no le griten ni “genia” ni “ídola” porque es una mujer…
—En una parte de tu recital abominás de la palabra “ídola”… Hay un hablar de la época que es perverso.
—Claro, cualquiera es ídolo. Yo soy un tipo que tiene que laburar para que todos los días me salga mejor.
—Me dejaste pensando con eso de “agarrá la pala y dale pa’ adelante”. Mucha gente dice que depende de la voluntad de uno hacer su propia felicidad ¿Es así realmente?
—Yo no digo que sea así, pero hay que trabajar para ella. En esta casa hay una quinta y tenemos un gallinero. Acá, todos los días se cuida a las gallinas, se juntan los huevos, y se agarra la pala y se planta. Hay unos tomates que saca María que te volvés loco. Es lo nuestro, ¿comprendés? Eso es agarrar la pala. Hay que tener ganas. Cuando llegan esos tomates a la mesa, te puedo asegurar que parecen los duelos de Juan Moreira, a ver quién se come el primero. Porque comemos tomates ¡con gusto a tomate! ¿Pero qué hay que hacer? Agachar el lomo, agarrar la pala, y después disfrutar esa pequeña cosita que es un tomate del que podés decir: “Es mío y yo me lo gané. ¿Por qué? Porque lo trabajé”. (Yo no, María, mi mujer, lo hace). Entonces, eso es estar dándole para adelante. El 17 de noviembre del año pasado, decidí que iba a volver al escenario. En marzo, cuando salí de la clínica, creía que se había acabado mi carrera, mi vida…
—Hay una cosa disciplinante tuya para tu público, un par de gritos de puesta en orden. ¿No te asfixió nunca el reclamo femenino para con vos?
—No. No. No. Forma parte de un juego tácito. La mujer que me va a ver al teatro, va a ver un Ríver-Boca. Van a descargar, a liberar, por eso las llamo “mis nenas”, porque crecieron conmigo, la mayoría son de 40 para arriba. Ahora se está acoplando la gente nueva.
—Vi chicas jóvenes…
—Esto es como una religión, por tradición y costumbre (risas). Van la mamá y la abuela. A mí me parece fascinante. Comienza ese juego tácito porque saben que es así. Si yo me pongo serio en el escenario se hace un silencio…
—Vos les pedís silencio porque “van a ver un espectáculo, con una letra, con una trama”, les pedís que escuchen, que no sean gallinas, que no hagan ruidos “de corral”. ¿No se sienten maltratadas?
—Se portaron divinas… Saben que lo que les digo es cierto. Porque, suponete que estás cantando un tema, poniendo el corazón, como El maniquí, un tema que a mí me desgarra cada vez que lo canto: “Tan sólo queda el fin del viejo maniquí…” Yo me juego la vida en esos temas. Tengo que hacer emocionar hasta la última persona, y en el Gran Rex eso no es fácil, no son 200 butacas. Tengo que llegar hasta allá arriba. ¿Sabés lo que me cuesta? Y de repente, aparece una descolgada que, pobrecita, se dice “ahora en medio del silencio, le grito que lo quiero”. Y me grita que me quiere desde el fondo de su corazón, con toda el alma. Pero no sabe que a mí me partió el corazón en el medio del tema. Me rompió el drama. ¿Qué querés que te diga? ¿Que te odio? No. Vení que te doy un beso. Pero después, mamita, no me lo digas ahora. No sé si queda bien claro. Por eso te decía, la carga de amor, de cariño, que me dan, es tan grande que hay que saberlo sobrellevar…
—¿Seguís pensando en tu imagen, sobre lo que les pasaba a las mujeres cuando estabas en escena? ¿Era sexo, era emotividad desaforada, era ternura, era algo maternal? Quizás ven otra cosa, ¿pero qué están viendo?
—Antes, me acuerdo, según algunos sociólogos, se lo llamaba orgasmo emocional, lo que provocaba un tipo que cuando fue a dar una prueba, uno de los popes del cine argentino le dijo: “No. Tiene mucha boca y mucho pelo, con usted no pasa nada”. Como cuando Lito Nebbia me cantó La balsa en La Cueva; yo le dije “dejate de joder, con eso no pasa nada”. Mirá el sentido comercial que tenía yo… Justo con La balsa, el himno roquero argentino.
—Aparte, el himno de un boliche muy especial, que conocí…
—¿Ibas a La Cueva?
—Estuve en La Cueva a partir de 1966…
—Yo ya no estaba. Fue cuando empecé a sentir un olor extraño que venía de los baños… Como yo estaba en la caja, al lado del baño, uno me dijo que eso era maconha, en vez de marihuana… Y, automáticamente, me fui. Porque yo ya era Sandro y Los de Fuego, tenía un lugarcito, y no estaba en el palo… Yo no tomé nunca drogas porque les tuve terror… Pero no sé si terror a la droga o a mí.
—Te arrepentís de haber sido un fumador empedernido…
—Por eso te digo, ¿te imaginás si hubiera agarrado la droga? Lo que hubiera sido. Porque uno “el tintinela” lo puede administrar… es la mejor de las locuras…
—¿Cómo convive uno con la locura administrada?
—Cuando tenés que vivir una especie de vida absolutamente normal, como la mía, la gente cree que es todo jolgorio, subirse al escenario, ponerse la bata roja y… “¡Dame fuegooo!”… Después, cuando volvés a tu casa, lo único que tenés es una señora que te espera, ya por condiciones impuestas desde el primer momento, como si fueras un trabajador del andamio. Llego a mi casa y mi mujer me está esperando con la cena, y me voy a dormir, y después al otro día tengo que convivir en estas cuatro paredes, donde me salva el que yo me escape a mundos donde a muy poca gente puedo llevar, que es la composición, la música. Aunque te parezca mentira, yo también tengo sueños… Es un gran juego tácito. Se produce una gran felicidad espiritual. Yo lo tomo así, no me compro lo que vendo, no me creo nada de lo que me dicen ahí arriba, sí creo que me quieren, porque no hace falta que me lo digan, lo siento. Si vieras las cartas que me escriben, Pepe... Tengo una caja llena de rosarios. Y otra grande llena de Biblias.
—¿Sos religioso?
—Sí. Antes no, porque mi viejo era anticlerical…
—¿Era ateo?
—No. Creía en Dios.
—Pero no era chupacirios.
—No. Y a mí me bautizaron. Me enteré hace poco dónde me bautizaron porque, si no, no te dejaban entrar al colegio del Estado. Me bautizaron en una capilla en Monte Grande.
—¿Por qué fueron tan lejos?
—Porque mis abuelos vivían en Ezeiza, entonces mi abuela y mi abuelo salieron de padrinos, porque al nene había que bautizarlo. Entonces, toda la formación que yo tuve fue, no te digo anticatólica, mi viejo era amplio…
—Se nota que sos un tipo que mamó amplitud de criterios.
—Gracias a Dios…
—Que una persona de tu trascendencia establezca relación con un periodista tan ajeno a tu actividad habitual, con angustias tan diferentes, llama la atención…
—Pero tus angustias son las mías. ¿Qué país queremos, querido? Yo no soy de izquierda ni de derecha, porque sé que los dos –ya lo aprendí con los años– se dan la mano atrás de la espalda. Vení a convencerme de lo contrario. Quiero hechos. Tengo tres hernias en la parte abdominal. ¿Por qué? De tantos golpes bajos que recibí en este país. Me cuesta mucho cuando hago Dame fuego, ¿viste que me agacho? Es para descansar, porque me muero por los dolores. Pero ¡vamos para adelante! No quiero más estas cosas que nos están pasando. Estoy harto del doble discurso, de falacias. Estoy harto de la obscenidad. Mi viejo veía todo y decía: “Che ¿y éste a quién le triunfó?”
—Es como “a quién le ganó”.
—A quién le ganó, no. A quién le triunfó. Es otra cosa ganarte el triunfo.
—Es mucho más contundente… Me quedé pensando en la religiosidad porque en el espectáculo tuyo que vi, hay mucha presencia de Dios, de la Virgen. ¿Cómo es esta religiosidad tuya en la vida cotidiana? ¿Rezás?
—Yo rezo a la mañana y a la noche, y de rodillas. ¿Por qué te voy a mentir? Le rezo, a pesar de que he llegado a tener tremendos crucifijos de marfil, oro y plata, a un crucifijo chiquito, que vino pintado sobre una especie de caracolito con un Cristo de plástico pegadito, que me lo regaló mi nieta cuando tenía seis años, cuando fue a Tandil en una excursión. Es la cosa más pura, sin carga… Ahí está mi Dios.
—Cuando rezás, ¿qué pedís?
—¿Querés que te diga toda la oración? Es larga. Empiezo: “Gracias, Dios mío, por este nuevo día, donde reflejás toda tu gloria y me das la vida para poder verla. Gracias, Padre, por el día de ayer, con los inconvenientes, con los avatares, con los dolores, con los sufrimientos, con los buenos alimentos, con los buenos amigos y por el reposo reparador”. Después viene el mangazo: “Padre mío, te pido que protejas esta casa y a todos los que viven en ella, sin excepción, desde mis perritos a mis palomas, mis gallinas, a todos los que vivimos”. Después le pido que aleje de nosotros a todos aquellos o aquellas que pretendan hacernos daño: “Te pido que pongas tu mano sobre esos corazones que están llenos de odio, de soberbia y resentimientos, y llenes sus corazones de amor, de humildad y de resignación. Y de última: “Dios mío, te agradezco todo lo que me has dado que ha sido tanto. Te agradezco todo lo que me sigues dando. Gracias por permitirme tener lo que aún me queda”.
—¿Alguna vez te indignó que siendo el Todopoderoso tan todopoderoso, pasen cosas terribles, como las guerras, las violaciones, los asesinatos?
—Otra de las cosas que le pido a Dios es: “Padre, te pido que en todo el planeta detengas la violencia en todas sus formas”.
—Pero la violencia no se detiene…
—Es el plan de él. No te olvides que Dios escribe derecho con letra torcida…
—¿Cómo ha sido tu experiencia con los periodistas?
—Yo creo que hay una sola clase de periodismo, el tiburón, el que va adelante en busca de su objetivo. El que te muerde, como en Todos los hombres del presidente. Después están las rémoras, un cardumen que viaja permanentemente con el tiburón, como las hienas, y se comen lo que deja. Un periodista es un tiburón, que va pra frente (pronuncia, en portugués, pra frenchi), que se lleva por delante todo lo que se mueve, todo lo que ve, todo lo que cree que de alguna forma debe ser realmente informado. Pero con objetividad, informándose, no desinformando. No como aquel viejo axioma: “Que una verdad no te vaya a joder una buena historia”.
—Ah, lo conocías… Que un buen artículo no sea perjudicado por la verdad, que nunca termine siendo el eje de un buen artículo…
—¡Exactamente! ¡Tal cual! Ya estamos hartos de “miente, miente”, de todas estas huevadas. Aparte, yo ya estoy harto de la realidad y lo real. ¿Qué es lo real, Pepe? Ahora te entrevisto yo, mirá cómo se dio vuelta la noche…
—Podría decirte que lo real es lo que pasa en este momento en las afueras de una gran ciudad argentina. Pero para otros, capaz que lo real está aconteciendo en un sanatorio del barrio norte de Buenos Aires.
—Te voy a explicar mi pequeña, limitadísima, capacidad que tengo para esto. Más ahora, que tengo un pequeño don para escribir algunos poemitas sensiblerones…
—¿Sos sensiblero, en serio?
—¿Por qué no? Me encanta.
—Es una palabra un poco desprestigiada, sensiblería es algo diferente de sensibilidad…
—No. Para ser sensiblero tenés que tener muchísima sensibilidad. Si no, no podés serlo.
—¿Lo romántico nunca te pareció cursi?
—Al contrario.
—Tiene mala prensa el romántico. Se dice: “Es muy romántico, usa la sensiblería”. ¡Y es un tipo que le está diciendo a la mujer que la ama!
—¿Sabés qué pasa? ¡No se anima a decírselo el tipo que dice eso! Quizás porque no las tenga bien puestas.
—Entonces es una cuestión de virilidad…
—Yo creo que sí, mal entendida. ¿Quién no lloró por una mujer? Y sin embargo, pocos tipos te dicen que sí. “Yo me acuerdo de fulano y se me parte el alma.” “Tengo una mujer fantasma.” “Estoy casado con ésta que es divina, pero tengo un sueño escondido.” Y hay poemas escondidos detrás de los boletos de tren. Eso es romanticismo, el amor romántico. Si querés, empezamos a hablar de trovadores y troveros de la época de la lengua de Oc...
—Hablemos de los hombres…
—A los hombres no nos enseñaron ni a llorar ni a hacer pipí de parado, que aparte es muy incómodo.
—¿Tenemos alguna capacidad o discapacidad de sentir muy diferente a la de las mujeres?
—Yo creo que la diferencia está en que el hombre vive la vida y la mujer la siente. Es ahí donde yo creo que nos llevan la ventaja. Ellas sienten en su vientre una cosa que va creciendo y nosotros jamás; lo único que nos puede “crecer” es lo que la hizo posible (sabés a qué me refiero). La mujer siente la vida del hijo. ¿Cómo podés? ¿Cómo podemos? (me pongo en un lugar auténticamente masculino-femenino, con toda la amplitud). ¿Cómo puedo saber yo qué está sintiendo, suponete, una hija mía que está embarazada? Ahora no, pero cuando estaban embarazadas… ¿Qué tenés ahí adentro? ¿Qué te está pasando a vos? Ves que le cambia la vida, le cambian los ojos, le cambia la mentalidad. Le cambia todo. Y nosotros, la mayoría, somos meros espectadores. Si no, entramos en una especie de hipocresía: “Yo soy un buen papá y voy a filmar el parto”. El parto es de ella, no es tuyo. La que tiene que pujar y la que tiene que luchar es ella. Vos después desaparecés porque te fuiste con otra, y te olvidaste de pasarle los alimentos, ¿o no es verdad? ¿Cuántos hombres hay de verdad?
—Que no pasan alimentos hay muchos y muy famosos…
—Olvidate. Yo sé a lo que nos estamos refiriendo, pero no importa, no quiero entrar en eso. Estoy hablando de una masa impresionante, que te dicen: “No tengo la guita que ella me pide”. Mentira, por ahí la tienen, pero a nombre del cuñado o lo que fuere, por esa cosa viril de “se acostó conmigo y tiene un hijo, que se la banque”.
—Eso es horrible…
—Claro que es horrible.
—Pero hay otra cosa que pasa mucho ahora, dejando de lado su costado político. Juan Carlos Blumberg, en sus actos contra la inseguridad, termina con una oración pidiendo por su hijo Axel. Hay algo muy curioso en la Argentina que todavía nadie pudo responder. ¿Por qué no hubo Padres de Plaza de Mayo? ¿Por qué hubo y hay Madres? ¿Y los padres, qué? ¿No sufrieron? Sí que sufrieron. ¿No tuvieron pérdidas? ¿Cómo que no tuvieron pérdidas? Vivían de otra manera y se fueron muriendo…
—¡Absolutamente de acuerdo! ¿Sabés cómo hacían? Apretando los dientes. “A mi hijo se lo llevó la batalla”. En cambio, la madre dice: “A mi hijo se lo llevó un asesino”.
—¿Odiás los tatuajes?
—Absolutamente sí, los odio. Por dos razones. Porque, primero, el cuerpo te lo da Dios. Tu cuerpo no es para ir a pegarle cualquier porquería encima. Y, segundo, me acuerdo que iba a esos negocios donde atendía gente que hablaba de manera “rara”. Decían, por ejemplo: “Doña Nina, ¿come va? ¿Cuánto va a llevar ‘desta’?” Y medían con un metro de madera que era de 92 centímetros… “Y ‘boino’, ¿qué más va a llevar?” Yo les miraba en los brazos unos números azules que tenía tatuada esta gente, y una vez pregunté: “¿Por qué tienen esos números en sus brazos?” Mi vieja tampoco me supo responder. Yo tenía cinco años y hacía cinco que había terminado la Segunda Guerra Mundial. Años después, me di cuenta de que eran tatuajes de la muerte en los campos de concentración. Tengo fotos, en un libro que no pude terminar nunca de leer, que se llama Yo fui médico del diablo. Un cirujano alemán al que, por ayudar a un judío, lo mandaron adentro, le armaron una cama, y tuvo que asistir a Mengele. Tiene fotografías impresionantes, de lámparas, con unas figuras maravillosas, ¿y qué eran? Piel de los gitanos con unos tatuajes preciosos… Hoy me siento un privilegiado, Pepe. Aprendí tantas cosas… Entre las cosas que aprendí que me causaban mucho dolor, y el dolor todavía lo tengo metido, fue la yerra. ¿Qué diferencia hay entre la yerra y un tatuaje, si los dos van a morir?
—No sabía que el tatuaje era una costumbre típica de los gitanos…
—Sí, tienen de mil formas y maneras. No te olvides que están desde antes de Cristo. Los gitanos eran tribus que siempre estaban detrás de los grandes ejércitos conquistadores, iban detrás de los babilonios, detrás de Atila, porque eran grandes veterinarios, grandes trabajadores del metal. Arreglaban las herraduras, las espadas, las corazas…
—Y con esa predilección por leer la suerte…
—Es que vienen de Egipto, pasan por Egipto, porque, en realidad se supone, que son del norte de la India. Son los auténticos arios. También pasaron muchos años por Israel, pasaron por Armenia. Por eso, si te detuviste a escuchar un poco la música, en la primera parte de mi espectáculo pusimos la composición de Jachaturian, para no volvernos muy locos, Tiempo de gitanos. Yo quería ese espíritu auténtico de nuestra gitanería, porque ese pueblo, ¿sabés qué, Pepe?, lamentablemente se va trasmutando. Y esto me parte el alma…
—Pierden su característica…
—La nueva comunidad de los gitanos. ¿Sabés quiénes son los nuevos gitanos en la Argentina? Son los cartoneros.
—¿Por qué?
—Porque son despreciados, los rajan de muchos lados. Revuelven los tachos de basura. Son los nuevos gitanitos ¿Qué vamos a hacer? ¿La rumba del cartonero? ¿Por qué razón tienen que estar viviendo en lugares absolutamente inhóspitos?
—A vos que te gusta la Edad Media, te digo que los periodistas somos como los juglares de hace muchos siglos, cronistas, gente que escribe o cuenta lo que ve. Mientras hablamos, Roberto, aquí en el bar de tu casa, en Banfield, afuera está refucilando… Uno se siente protegido en tu casa, incluso ahora mismo, que está tronando…
—¡Rejucilando! Como dicen en el campo: “¡Cómo rejucilea!, ¿vio?”. ¿Sabés a quién le compré esta casa? A don Mauro Fernández Barrios, el tío de Silvia Fernández Barrios. ¡Mirá qué historia! Y los padres de Silvia se conocieron acá. Ella nació y venía a jugar acá. A veces le decimos cariñosamente La Negra. “¡Hola, Negra!” “¿Qué tal? ¿Cómo está la casa?”. “Esperándote.” (Con esa cosa que uno usa porque es cortés.) ¿Sabés lo que es esto? (toca las paredes de la mansión). Paredes de cemento armado y de 45 centímetros, y acá abajo hay un depósito contra explosivos, que hizo un sueco. Que después la transformé en una mesa redonda medieval, donde trabajaba durante la Guerra de las Malvinas. Para no volverme loco hacía las piedras con cemento rápido, las esculpía una por una. Por eso, no puedo olvidar jamás aquello de “¡estamos ganando!”; y a mí se me caía el cemento de las manos y decía “no lo puedo creer, si los únicos que ganan las guerras son los cementerios...” La verdad, me harté de esa filosofía barata de café. Esa cosa de estar sentados cuatro tipos con un atado de Clifton y un café cada uno, desde las tres de la tarde y empezar a ver cómo estábamos. De repente aparecía un muchacho que tenía un auto último modelo, y entraba al café para hablar por teléfono porque en aquellas épocas en (Valentín) Alsina no había teléfono, y ahí pelábamos toda la máquina de denostación que te pudieras imaginar: “Este, andá a saber a quién le afanó”. ¿Por qué? Ese el ejemplo de nuestro fracaso. Hace muchos años que estoy harto de ser el fracaso de los demás. ¿Por qué me tiene que ir bien a mí y nada más? Un día, se me ocurre comprarme un Mercedes-Benz modelo Pagoda, que la tengo ahí abajo, tiene 35 mil kilómetros. Si querés está a tu disposición….
—¿Y por qué no la usás?
—¡Qué voy a usar! Mercedes Pagoda, 280, divina, nueva, parece que tiene olor a coco todavía, como tienen las butacas. En una época también me compré para mis tropelías donjuanescas, un Fiat 1600 azul. Cuando paraba en un semáforo con el Mercedes, los camioneros, los laburantes, los colectiveros, me decían: “¡Vos sí que te la ganás fácil!”. “¡Qué fácil es la tuya!”, y yo arriba de mi coupé, que me había costado tanto comprarme… Pero si cambiaba de auto, parado en el mismo semáforo, aparece un nuevo personaje: “¿Qué hacés, Sandrito? Mi mujer me tiene podrido con vos. ¿Sabés cómo te quiere? Mi vieja te adora”. Ahora, decime una cosa, Pepe, ¿para qué salimos a la calle, para que nos escupan? ¿Ves lo que yo hablo de obscenidad? Por eso me la guardé, la Mercedes, y la tengo guardada ahí como símbolo de todo esto… La gente tiene hambre, tiene problemas, Pepe…
—¿Ese resentimiento te parecía y te parece natural?
—Pero es natural… ¿Cómo le vas a pasar un buen bifacho por la cara a un tipo que se está muriendo de hambre? La gente no sabe lo que es la palabra obscenidad.
—La obscenidad es la diferencia, es la brecha que hay entre los que tienen y los que no tienen.
—Yo creo que el problema no está en los que tienen y en los que no tienen, sino en los que muestran y los que no muestran, y los que saben ver y los que nunca ven nada.
—¿Cómo te vas llevando con tu enfisema pulmonar?
—Este accidente que tuve, de la neumonía me dejó trastornos…
—Fue un “accidente” en el cual vos tuviste mucha responsabilidad. Eras vos el que se fumaba la vida, Sandro…
—Total y absolutamente… Yo siempre digo, te lo voy a explicar mejor. Yo tengo un enfisema artesanal, que pocos tipos se lo arman.
—Pero que vos te lo hiciste a vos mismo…
—Enfisema artesanal que me llevó 42 años…
—¿A razón de cuántos fasos por día?
—De 20 a 40. Fui yo. Entonces, no le tiro la bronca al de arriba. Digo “perdoname por lo que hice”. Soy consciente. No fue el destino, no fue nada. La cosa empezó de chico, para hacerme el piola agarré viaje cuando uno grande me dio un pucho. Menos mal, mirá si me hubiera dado un porro ¿Qué hubiera pasado? No estaría hablando contigo ahora. Dirían: “¿Te acordás una vez que había un cantante, que se tiraba al suelo?”.
—Bueno, Sandro, vamos terminando; esto es como una especie de despedida…
—No te despidas nunca, Pepe.
—No. Nos despedimos de la nota.
—¿Vamos a decir “cerramos la nota”?
—Cerramos la nota.
—Así me gusta más, dejate de joder, Pepe… A veces te ponés demasiado trágico, yo me doy cuenta, te escucho en la radio todas las tardes. ¡Qué calenturas que te agarrás a veces! Te repito: “Un caballero jamás rompe lanzas con un escudero”.
¿Qué me pedís? ¿Qué administre mis calenturas?
Hay que analizarlas. La calentura es maravillosa. Te pueden a dos lugares, al gran placer del amor en la vida, y la misma calentura te puede llevar a hacer un desastre, con otro amor. El amor no ciego, es miope… El amor no es ciego, antes sí. Cuando la locura lo andaba buscando, porque estaba escondido debajo de los rosales, le clavó la horquilla en los ojos al amor, y el amor le dijo ¿y ahora qué hacés que me arrancaste los ojos? No voy a ver más nada. Entonces concluyó: de ahora en adelante vas a ser mi lazarillo. Por eso el amor y la locura van juntos de la mano.