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Negocios sin locales: ahorro y sofisticación

Funcionan en casas o departamentos y abarcan muchos rubros, desde restós y ropa hasta galerías de arte. Para el Gobierno porteño están en una zona gris y no es fácil controlarlos.

Por Gustavo Ajzenman

Resto para conocidos. Caracoles para Da Vinci funciona en un PH del barrio de Caballito.

¿Y si pongo un local?”, se pregunta casi cualquier emprendedor al menos una vez en la vida. Al entusiasmo inicial, sin embargo, suele seguirle el miedo de realizar una inversión sin tener ninguna garantía de éxito. Por eso, muchos han descubierto una nueva forma de hacer negocios: puertas adentro, y sin local a la calle. Ahorrando. Sean restaurantes, galerías de arte, marcas de ropa o casas de alquiler de disfraces–la lista es larga–, estos negocios tienen en común el hecho de que desde afuera no es posible saber que están allí. Sólo accede a ellos quien sepa lo que busca. Y cada vez son más.

“Empecé jugando. Como siempre tuve fascinación por las telas, se me ocurrió fabricar bombachas. En un momento me hicieron un pedido y tuve que improvisar un show room en mi casa”, recuerda Patricia Salinas, fundadora de la marca de lencería Jane Pain, que atendió a sus clientes la mayor parte de sus seis años de vida en un departamento, octavo piso. Además del ahorro en inversión, la dueña se dio cuenta de que un lugar así le daba intimidad y un cierto aire de sofisticación y exclusividad a su negocio. Además, al tener poca visibilidad, se convirtió en la casa de lencería elegida por varios famosos. Los vecinos, lejos de molestarse, estaban encantados de ver de vez en cuando a alguna personalidad de la farándula. El negocio puertas adentro fue para Salinas un comienzo, pero ya está buscando un local a la calle.

¿Y la habilitación? Cuando se trata de un restaurante, esta modalidad tiene otra ventaja económica para el dueño: como los comensales reservan sus lugares con anticipación, si no viene nadie, no abre. Este tipo de comedores, que no suele abrir sus puertas más de dos veces por semana, atrae a un público que busca tranquilidad, intimidad y también exclusividad. El problema es que, según fuentes de la Agencia Gubernamental de Control de la Ciudad de Buenos Aires, es difícil que un restaurante con estas características cumpla con los requisitos para obtener su habilitación. “Esta modalidad de negocio, sea cual fuere el rubro, requiere de habilitación, aunque hay excepciones que tienen que ver con la actividad y la magnitud. La obligatoriedad de permiso está en una zona gris”, explicaron.

“Nosotros empezamos recibiendo gente en otra casa, pero la municipalidad nos clausuró. Entonces nos mudamos acá y tramitamos la habilitación”, comenta Andrea Vertone, una de las socias de Caracoles para Da Vinci, un restaurante situado en una casa de altos en pleno Caballito. Vertone confiesa que si bien pensaron en mudarse a un local, no lo hacen para no perder la esencia.

Otro rubro que cunde es el de los productos exclusivos, como la ropa de tango. Como el ambiente del género es pequeño y suelen trabajar con clientes que vienen del exterior, no necesitan la exposición de un local. El factor ahorro, en estos casos, es determinante: “Como nuestro producto no es para todo el mundo, los costos de un local serían demasiado altos”, explica Viviana Laguzzi, dueña de la marca de ropa de tango Mimí Pinzón, con sede en su propia casa.

Difusión y seguridad. Al no ser visible desde afuera, un comercio de estas características debe buscar formas alternativas de publicidad. La mayoría, se hace fuerte en una rama de la actividad poco explotada y con un público selecto: el boca a boca es la herramienta principal. Por eso, no se consideran en competencia con sus colegas poseedores de locales a la calle.

Aunque esa falta de visibilidad pareciera implicar un mayor riesgo de sufrir robos, tomando unas pocas precauciones, la mayor parte de los comercios la considera casi una ventaja contra la inseguridad.

“Excepto en las inauguraciones, sólo atendemos con cita previa y cuando aparece alguien nuevo le preguntamos a dónde va”, cuentan su estrategia desde la galería de arte Sapo, en un segundo piso en el barrio San Nicolás. De esta forma, ninguno de los comercios consultados sufrió nunca un robo.

Edición Impresa

Domingo 31 de Enero de 2010
Año V Nº 0440
Buenos Aires, Argentina