
La muestra, titulada Red de espionaje, incluye un cúmulo de obras de distintas épocas, entre pinturas, dibujos, serigrafías, esculturas, bocetos y registros de proyectos, proyecciones de Súper 8 y música de Orquesta Roja, la banda de rock que actualmente lidera Jitrik y cuyo nombre está inspirado en la Rote Kapelle, la red de espías prosoviéticos liderada por Leopold Trepper en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. La idea de red de espionaje, de algún modo, es la que aglutina los distintos proyectos y obras en un único entramado conspirativo: una articulación de más de ochenta trabajos que van de las primeras pinturas abstractas de Jitrik, mostradas en instituciones emblemáticas de los años noventa como el Centro Cultural Ricardo Rojas, a los trabajos más recientes, algunos de ellos recién llegados de la Bienal de Thessaloniki (Grecia). Dejando de lado los criterios cronológicos convencionales, y haciendo buen uso de la interconexión natural de los espacios de la casona en la que funciona el Museo, Jitrik unió toda su producción en una gran red de sentido, proponiendo filiaciones y paralelismos que involucran una continuidad de aspectos formales, materiales y políticos en obras realizadas en técnicas y soportes muy dispares.
El recorrido comienza por un conjunto de obras de pequeño formato que replican las proezas vanguardistas de artistas como Malevitch y Arp, junto a los cuadros de la serie Constructivismo (2002-2005), en los cuales un texto escrito en una tipografía estructuralmente muy dúctil forma juegos de color y morfología que hacen de la palabra el símil de una construcción arquitectónica modernista. En la misma sala se exponen piezas de distintos proyectos: una fotografía de Arbol de cuadros, acción que consistió en la instalación de pinturas de las ramas de un ombú en pleno paisaje litoraleño; una pintura sobre petate (un material popular utilizado en México, similar a la arpillera) con la imagen de una pirámide azteca; y Red Cloud, un dibujo de los jefes indios de la Gran Guerra Sioux (el título de la obra, exhibida el año pasado en la muestra Democracy in America en Nueva York, refiere al jefe de los indios lakota que derrotó al ejército de los Estados Unidos en 1866). Esta combinación de proyectos y vocabularios visuales señala el modo en que Jitrik buscó una recuperación del discurso político de las vanguardias europeas de la primera mitad del siglo XX que pudiera dar cuenta, simultáneamente, de la idiosincrasia y los condicionantes económicos y culturales del continente americano.
Las dos salas contiguas expanden el repertorio de medios y sus interconexiones formales y conceptuales: Música reúne aquellas obras de los 90 en las cuales el lenguaje musical tiene un papel preponderante: pinturas verticales, rojinegras, con formas que recuerdan las notas del pentagrama; un conjunto de guitarras criollas pintadas con motivos cubistas y los films experimentales en Súper 8 que alternan en la proyección con registros de distintas obras y con la música de Orquesta Roja, que emerge de un grabador analógico.
Museo libertario, en otra de las salas, reconstruye la experiencia homónima efectuada a principios de 2001 en las instalaciones de la Federación Libertaria Argentina, que Jitrik conocía por haber pasado largas horas allí estudiando la historia del anarquismo para titular algunas de sus pinturas, mientras tomaba parte en el programa de talleres TRAMA. La artista trabajó con la documentación, los muebles y los objetos históricos presentes en el lugar y los montó en conjunto con trabajos propios: retratos de luchadores anarquistas, pequeñas torres de piedra (en sintonía con los otros proyectos constructivos y los diagramas de edificios) y volantes y dibujos con textos sobre la historia del anarquismo copiados en máquina de escribir e intervenidos por franjas de tinta, pertenecientes a una serie de trabajos serigráficos que fueron expuestos, también, en la Bienal del Mercosur de este año.
Del estilo a la utopía. En las salas ubicadas en el ala izquierda del museo, Jitrik dispuso un entrelazamiento de trabajos, también de distintas épocas, pero más volcado sobre la pintura. Las primeras obras datan de 1994-1995; son pinturas abstractas y, en cierto sentido, atormentadas: un rulo negro retorcido sobre un fondo blanco, una esfera con un círculo negro en su interior y una proyección cilíndrica estriada son algunas de las imágenes que representan este período temprano y difícil en el cual la pintura de Jitrik abrazaba la recuperación de la geometría que impulsaron también algunos contemporáneos suyos (como Pablo Siquier y Graciela Hasper), pero marcando un camino propio. A diferencia de sus compañeros de ruta, Jitrik no se casó con ningún subgénero o tendencia dentro de la abstracción; por el contrario, se mantuvo lejos de los sistemas de restricciones típicos de esa poética. Junto a los títulos militantes de muchos de estos cuadros (La utopía o la guerra o La historia corre mientras el espíritu medita, ambas de 1996), su extrema diversidad formal señala a Jitrik como una disidente en el panorama de los 90, al punto que su inclusión en la estirpe de las Hijas bastardas del arte concreto (tal el nombre de una muestra en el Espace de l’Art Concret de la que participó en 2000) resulta muy pertinente. Si bien se consagró al lenguaje de la geometría, en la forma de pintar de Jitrik hay algo de la abstracción expresionista: una necesidad de pintar en vivo, improvisando sobre la tela. Desobediencia, su muestra de pinturas en el Rojas de 1999, marca ya desde su título esta vocación de rebeldía formal. Las piezas de esta serie alternan con Fondo de huelga (Oficina Proyectista, 2007) y con algunos documentos del Taller Popular de Serigrafía que Jitrik fundó, en los días de las protestas callejeras de 2002 junto a Diego Posadas y Mariela Scafati.
Antes de esos años álgidos, y cuando la cuestión de la política no era todavía urgente en las artes visuales, Jitrik realizó Socialista (2001), una muestra que consistía en una serie de retratos de las víctimas y los protagonistas de la insurrección del Gueto de Varsovia (1943). Sobre fondo rojo, los retratos sonrientes de prisioneros que miran a los ojos despliegan una gran complejidad emocional, pero también expanden el interés por la historia de la cultura de izquierdas, en la medida en que reponen ese “horizonte de esperanza” característico del socialismo moderno, del que habla uno de los textos mecanografiados. Este elemento utópico, compartido por experiencias tan dispares como las huelgas obreras, las rebeliones de prisioneros y los reclamos de los nativos americanos, funciona como un factor común que atraviesa distintos registros formales y les otorga coherencia en un nivel profundo. En el trabajo de Jitrik, las técnicas, los materiales y los temas más diversos se revelan como fuerzas dotadas de historia y proyección política, ya se trate de lenguajes pictóricos de vanguardia o de tradiciones artesanales latinoamericanas.
Red de espionaje resalta esa integración conceptual más que ninguna otra cosa y les ofrece a los bahienses el privilegio de ver el trabajo de quince años de una de las artistas más peculiares del arte argentino de las últimas décadas.