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moda y protocolo

La Presidenta se destacó en Roma con sus sombreros

Estaba obligada a cubrirse la cabeza en su visita al Papa pero usó dos más en el viaje. Eligió un modelo cloché con velo, una boina de piel y uno estilo Chanel.

Por Marina Abiuso/ Martin Artigas

Aprobado. El modelo cloché con ala de tul fue el que llevó para la foto más importante: con el Papa.

Ni fucsia, ni estampado, ni nada. El protocolo para ver al Papa no permite color, sólo negro. Sin embargo, exige llevar la cabeza cubierta. Después de tanta prohibición cromática, Cristina Kirchner debe haber respirado aliviada. Con lo que a ella le gustan los

sombreros...

Aunque sólo necesitaba uno, usó tres en dos días. El primero fue en la llegada a Roma: una boina de piel protegió la cabeza presidencial del frío europeo. Muy elegante, lo combinó con un trench en color uva, pañuelo y grandes anteojos oscuros, a los que suele recurrir después de largos viajes. A la tarde, cambió por un look más serio y usó un sombrero negro con moño para la reunión con monseñor Mateo Zuppi, que la invitó al encuentro por la paz que se realizará en Barcelona el año próximo. El último lo lució ayer y fue un acierto de Cancillería: Cristina posó junto a Benedicto XVI con un cloché negro. Al lado, su par Michelle Bachelet y su cabeza descubierta: un error de protocolo.

“Lo único que no se le puede criticar a la Presidenta es la vestimenta –asegura Eugenia de Chikoff, experta en la cuestión–. Fue correcto que usara ese sombrero, aunque yo le hubiese hecho usar también guantes.” Cuando Miguel Romano y Elsa Serrano tuvieron que preparar a Zulemita Menem para su visita con Juan Pablo II, se ocuparon del detalle de los guantes y prefirieron una mantilla al sombrero: “Estaba con mangas largas, guantes y una mantilla negra de encaje muy delicada”, recordó el peinador exclusivo de Susana Giménez. “Su elección de un sombrero negro con una voilette de tul que cubría parte de su frente me parece muy acertada –opina el diseñador Roberto Piazza–. La voilette es un símbolo de una elegancia suprema y también de recato y pudor. Antiguamente, la mantilla se usaba para ir a misa y, especialmente, para ver al Papa. Pero si ella lo usara, podría llegar a parecer una tomadura de pelo”. Por su parte, Florencia Tellado, diseñadora de sombreros, aprueba el concepto pero critica el modelo elegido: “No está mal, pero el tul sobre la cara lo hace parecer más para un funeral de la realeza que para una visita al Papa”.

Con falda por debajo de la rodilla, medias negras, escote cerrado, tacos moderados y joyas sutiles, Cristina aprobó a los ojos de Chikoff, que sin embargo insiste en una vieja crítica a la Presidenta: “Arthur Schopenhauer decía que la mujer era un animal de pelo largo e ideas cortas. Yo hoy creo que debería ser al revés: ella debería usar otro peinado porque tiene el cabello demasiado largo”. Miguel Romano, que lidiaba con el jopo indómito de la “primera damita” –Zulemita–, había entonces optado por recogerlo: “La peiné con un chignon apretado en la nuca, tipo torero, para que estuviera prolija”, recordó. La Presidenta prefirió llevar el pelo suelto, detrás de las orejas y con la frente despejada gracias a su sombrero de inspiración en los años 20. Claro que, en esa época, se usaba con el corte a la garçon.

Fetiche. La afición de Cristina por los sombreros no es nueva: en diciembre del año pasado, se probó con gusto el tradicional chapka que le regaló el presidente ruso, Dimitri Medvedev. No le importó que no combinara con su traje beige y, como cortesía, se dejó tomar fotos con el gorro de piel de zorro polar plateado. Abrigadísimo.

Para sus momentos de descanso en Santa Cruz prefiere sombreros estilo safari que la ayudan a protegerse del sol: tiene distintos modelos en tonos marrones, verdes y beiges, para combinar según su vestuario. Pero en momentos de militancia, no hace distinción estética: se la ha visto con sencillas gorras de la UOCRA y también del gremio de Camioneros, en un acto junto a Hugo Moyano.También se ha puesto casco cuando las medidas de seguridad se lo exigen. Cuando visitó en Ginebra la denominada Máquina de Dios, tuvo que aceptar el casco azul que desentonaba con su vestido rojo, con chaqueta al tono. Pero la debilidad de Cristina –se sabe– son las boinas: se probó una azul en su visita a los soldados argentinos de la ONU, una roja en la inauguración de un horno en Somisa, cuando aún era primera dama. Usó una de piel en su llegada este viernes a Roma y aún es recordada la que usó para marchar por la liberación de Ingrid Betancourt por las calles de París. Oh la la.

Edición Impresa

Domingo 29 de Noviembre de 2009
Año V Nº 0422
Buenos Aires, Argentina