
La cadena del libro no sólo tiene que enfrentar un contexto económico menos benigno, sino, especialmente, numerosos desafíos provenientes del campo tecnológico, tales como la piratería on line, el intercambio de archivos y la lectura en pantalla. Por no mencionar lo que los editores miran con tanto recelo: el temido peligro de la digitalización masiva de los textos. Recelo, peligro, desafíos. ¿Estamos asistiendo al fin de una era de esplendor cultural que se inauguró con Gutenberg y que se clausuraría para siempre por causa de los colosos tecnológicos y de la crisis global? ¿O más bien se abre ante nosotros la oportunidad de relanzar la industria editorial sobre bases nuevas y mucho más sólidas? ¿Qué está pasando con el libro?
Todo es historia. En 1474, los copistas de Génova organizaron un boicot contra la imprenta, ese peligroso invento traído de Alemania. En un intento sin precedentes, el poderoso gremio solicitó la expulsión de los imprenteros. Pero el Senado intervino oportunamente para anular la acusación, reconociendo que la nueva técnica tenía un efecto positivo en la sociedad. Este ejemplo puede ilustrar perfectamente el tiempo que vivimos. Los ataques de Rupert Murdoch (Newscorp) contra Google News, o la curiosa alianza de los tres conglomerados editoriales de Iberoamérica (Santillana, Planeta, Random House Mondadori) para construir una plataforma de libros electrónicos que haga frente a Google Books forman parte de un movimiento similar. No importan los actores involucrados, ni siquiera el gigante de Silicon Valley, que bien puede terminar acusado de monopolio y perder el protagonismo frente a otros futuros competidores. Lo que hallamos detrás de escena es el choque entre dos paradigmas irreconciliables: uno centrado en el papel y otro en la Web. Si pensamos por un momento cuál tiene mayor dinamismo y a quién terminará favoreciendo la crisis económica y ecológica global, podremos anticipar el final de la contienda.
Fin de una época, pero también comienzo de otra. Así como el desarrollo de la imprenta permitió el surgimiento de grandes editores como Aldo Manucio, la era digital también necesitará de nuevos y audaces protagonistas. Tal como expresaba Teixidor al cierre de su conferencia en Madrid: “No puede ser que sólo los tecnólogos sean receptivos a las innovaciones. Debe surgir una nueva generación de profesionales del libro que no han de tener como modelo a los viejos editores como yo, o como Herralde o como Beatriz de Moura, sino que deberán construir un nuevo mundo, un nuevo mundo editorial”.
Las invasiones bárbaras. A fines de los años 90 abundaban las profecías sobre el fin del libro físico y su reemplazo definitivo por el eBook o libro electrónico. Pero pasaban los años y ningún cambio impactante ocurría en el sector. Por cierto, los primeros dispositivos de lectura en pantalla eran armatostes inservibles, con una batería de muy corta duración y una memoria reducida. En cuanto al libro tradicional, lejos estaba de enfrentar su ocaso: los ejemplares físicos se vendían a ritmos crecientes en casi todo el mundo. Hasta que la explosión de la burbuja de Internet en 2001 terminó por sepultar el sueño de los tecnólogos y darles la razón a los defensores del libro tradicional: el libro de Gutenberg, con sus 500 años, no iba a sufrir la misma suerte que el frágil y desgraciado CD de música.
Sin embargo, para esa época comenzó a gestarse una revolución silenciosa en la Web. Del modelo estático que había caracterizado a la red en sus primeros años, la tendencia se desplazó hacia la interactividad con los usuarios. Nacía la 2.0, una Web más consciente de su potencia propia; viejas empresas tecnológicas como Yahoo! y Microsoft parecían perder impulso, mientras que, otros emprendimientos, mucho más jóvenes y dinámicos, pasaron a ocupar el centro de la escena. Y con ellos se abría un nuevo capítulo de la lucha entre el libro físico y el libro digital.
En diciembre de 2004, Google lanzó su programa Google Print, luego rebautizado Google Book Search. Su misión: escanear unos 15 millones de libros de cinco grandes bibliotecas, a fin de incorporar esa masa monstruosa de información al popular buscador. Claro que como la iniciativa se hacía sin el permiso de los dueños de los derechos, las reacciones no tardaron en aparecer. En 2005, las asociaciones de autores y editores de los Estados Unidos presentaron una demanda contra el gigante tecnológico en la corte de Nueva York, exigiendo que se suspendiera el escaneo de libros sujetos a derechos de autor y que se borraran las versiones ya digitalizadas. En medio de la batalla legal, el diario The Guardian de Inglaterra sentenció: “Este es el típico choque entre lo viejo y lo nuevo; entre la industria que tiene sus raíces en Gutenberg y otra que irrumpió hace apenas media década”.
Al tiempo que esto ocurría, el entonces director de la Biblioteca Nacional de Francia (BNF), Jean Noël Jeannenay, se sumó a las condenas contra Google y llamó a no dejarle “todo el manejo de la cultura”. Desde el terreno intelectual, Roger Chartier alertó sobre los peligros que los cambios tecnológicos podían acarrear en el mundo del libro, en la medida que iniciativas como la digitalización masiva tendían a violentar la relación entre contenido (los textos) y soporte (el libro original, en papel). Y en este punto también podríamos recordar a Umberto Eco, cuando advertía que si tuviera que dejar un mensaje para la humanidad, lo haría en un libro en papel y no en un diskette. En efecto, en cualquier gran biblioteca pueden apreciarse libros de cientos de años de antigüedad, mientras que los diskettes (o cualquier otro soporte electrónico) tienen una vida muy corta.
Según numerosos críticos, los contenidos no podían transformarse en simples commodities, en mera información, para quedar luego bajo control de grupos tecnológicos que poco tenían que ver con la cultura. Y si el compromiso de estas empresas con la cultura era escaso o por lo menos desconocido, igualmente lo era su afecto por los diferentes actores de la cadena del libro. De hecho, si Google mostraba extractos de libros en pantalla, ¿no estaba de esta forma usurpando parte del rol de las librerías tradicionales? Además, cuando Google permitiera que cualquier autor publicara por sí mismo sus textos en el sistema, ¿no estaría atentando contra la misma razón de ser de los editores? Por no hablar de la cuestión de la piratería: Google insistía en que la vista en pantalla de algunos pasajes era completamente segura y evitaba cualquier riesgo de que los lectores descargaran el texto original, aunque no todos parecían convencidos.
El sombrío antecedente de la industria discográfica volvía entonces a atormentar a los editores, quienes intentaban tranquilizarse unos a otros evocando temas como la mística del objeto libro o el olor del papel, que los protegería ante el avance de la lectura digital. Ejemplos que poco efecto podían tener, puesto que la carta manuscrita, mucho más antigua que el libro, hacía años que ya había entrado en desuso, tras ser reemplazada por el correo electrónico.
Un mundo nuevo. En octubre de 2008, tras arduas negociaciones, Google llegó a un principio de acuerdo con las asociaciones de editores y autores de los EE.UU., ofreciéndose a desembolsar 125 millones de dólares para poder continuar con el programa Google Book Search y, en caso de que el Departamento de Justicia lo autorizara, también lanzar Google Editions, orientado a la distribución comercial de textos on line. Por otra parte, en agosto de este año, la Biblioteca Nacional de Francia dejó de lado su resistencia inicial y conversó con el gigante tecnológico a fin de acelerar el escaneo de sus fondos, ya que el proyecto propio de digitalización de la BNF se había frenado por falta de fondos.
Mediante estas y otras iniciativas, la red ha comenzado a poblarse de libros. Y también se han multiplicado los dispositivos para leerlos. En efecto, en los EE.UU., Europa y algunos países de Asia ya causan furor los eBooks de segunda generación, muy superiores a sus antecesores de los 90. Estos artefactos, del tamaño de un libro tradicional, cuentan frecuentemente con pantalla táctil y tinta electrónica, una tecnología que permite leer con luz ambiente, sin cansar la vista. Dispositivos como los fabricados por Sony o por Amazon (el célebre Kindle) pueden almacenar centenares de libros en formato electrónico. Es importante también prestar atención al Apple Tablet, el producto que la compañía de Steve Jobs lanzará al mercado en los próximos meses. Los mensajes deslizados a la prensa presentan al dispositivo como una netbook sin teclado analógico ni mouse (algo así como un iPhone gigante), pero por ciertos cambios introducidos en la plataforma iTunes, podemos sospechar que los creadores del iPod están apuntando directamente a los contenidos editoriales.
La revolución digital incluso ha alterado la forma de imprimir libros. Una creciente porción de las publicaciones en papel ya se produce bajo demanda, de a un solo ejemplar. De esta forma, se evitan stocks de libros acumulados en depósitos o en librerías, paliando el grave problema de sobre oferta que mencionábamos inicialmente. En los EE.UU. e Inglaterra ya existen numerosas bibliotecas y tiendas que cuentan con la asombrosa Espresso, una máquina relativamente pequeña, conectada a la Web, que permite producir un solo ejemplar en apenas cuatro minutos. Estas tecnologías dan luz a nuevos modelos de negocio que derivan todos en un aceleradísimo desarrollo del comercio electrónico. Al mismo tiempo, empiezan a observarse vientos de cambio en el terreno legal; sin duda la gran innovación reside en el proyecto Creative Commons: según su cofundador, el especialista en ciberderecho Lawrence Lessig, las licencias tradicionales no se adaptan bien a las tecnologías digitales, lo que obliga a repensar nuevas figuras de propiedad intelectual, que tomarán mucho prestado de la forma en que se distribuye el software, en particular el de código abierto.
Actuar. La arrolladora tendencia actual a la digitalización no expresa sino cambios decisivos que vienen produciéndose hace años en nuestro modo efectivo de leer, producir y almacenar contenidos escritos. Alcanza simplemente con preguntarnos si acaso en la actualidad no estaremos leyendo, sin darnos cuenta, más textos en pantallas (computadoras, celulares, palms, eBooks) que en papel; tal vez la regla todavía no se aplique a novelas extensas, pero sí a documentos diversos, correos, artículos de prensa, blogs, cuentos, entre tantos otros textos recientes que proliferan en la red. Y la única opción de que los libros y otros contenidos de más edad estén disponibles on line es escanearlos masivamente, algo que los editores tradicionales nunca han tenido demasiado apuro en hacer.
En este sentido, las persistentes objeciones contra la digitalización en cuanto tal son pura negación. Desde el punto de vista histórico, censurar el escaneo como una técnica que separa al texto de su soporte físico original equivaldría a condenar a Pisístrato por haber fomentado la transcripción de la épica homérica, o a los copistas alejandrinos por haber transmitido en versión escrita las tragedias de Eurípides y otros materiales que habían sido pensados más como representación oral y escénica que como letra muerta. Es justamente gracias a ese esfuerzo de transposición de un registro a otro que podemos experimentar, veinticinco siglos después, al menos una parte de la extraordinaria vitalidad antigua.
Asimismo, contra la suposición de que el papel resulta mucho más duradero que los formatos electrónicos, digamos que los registros digitales cuentan con una ventaja esencial: pueden copiarse fácilmente y en versiones de altísima fidelidad; en segundo lugar, buena parte del papel que la industria del libro ha utilizado en las últimas décadas fue previamente blanqueado con ácido clorhídrico, lo que lleva a las hojas a convertirse en polvo mucho más rápido de lo que imaginamos.
Es crucial entonces que en nuestro país se activen políticas públicas destinadas a digitalizar los fondos conservados, de manera de protegerlos y difundirlos. Esto no significa necesariamente hacerlo con Google, pero sí percibir la importancia de la tarea y actuar en consecuencia. Además, resulta indispensable imaginar nuevas formas de organizar las bibliotecas, pensándolas más como sitios de consulta interactiva que de mera conservación (misión más propia de los museos). Bibliotecas que deberán adelgazar en papel y crecer en servicios on line. Y, por qué no, incorporar eBooks y máquinas como la Espresso en sus instalaciones. Desde el ámbito educativo, es urgente repensar íntegramente el impacto y las oportunidades que ofrece la tecnología digital aplicada a los textos en las escuelas, las universidades y los centros de investigación.
Con respecto al sector editorial, hace falta un empuje mayor. Es hora de sacudir los esquemas tradicionales, y sólo una nueva generación de editores podrá hacerlo a fondo. En Inglaterra, por citar un caso, existe la SYP (www.thesyp.org.uk), una asociación que agrupa a cientos de editores jóvenes que se reúnen periódicamente para debatir los temas más candentes de la industria; gracias a esta formidable red, profesionales de menos de 35 años logran acceder a puestos de alta responsabilidad en sellos como Penguin o Bloomsbury, y llegan incluso a fundar editoriales propias, de alcance internacional. Argentina será invitada de honor en la Feria del Libro de Frankfurt 2010, al tiempo que Buenos Aires hará de Capital Mundial del libro en 2011. Oportunidades únicas para tratar estos temas, y sobre todo para actuar.
*Licenciado en Filosofía y director de la editorial Teseo.