
Para alguien que vivió su vida profesional y literaria de modo tan acelerado como Roberto Arlt, estos textos, muchos de ellos brillantes y otros demasiado pegados a coyunturas olvidadas, podrían considerarse como textos de vejez. No hay que imaginar tanto, al contrario de lo que exige Piglia, si se piensa que en esos últimos cinco años de su existencia, Arlt ya había abandonado el ejercicio de la novela –El amor brujo se publicó en 1932– y habría de transcurrir casi una década entre sus dos volúmenes de cuentos: El jorobadito, de 1933, y El criador de gorilas, de 1941.
Aparentemente, el período de estos trabajos lo ve alejado de la narrativa y volcado al teatro. Aparentemente porque, a diferencia de las aguafuertes, estos textos imaginan otra forma de hacer periodismo y de ejercer la literatura, aunque sea un tanto de contrabando.
El género ambiguo. La impecable editora –la mexicana Rose Corral– elige el término “crónica” para hablar de estos textos. Actualmente, la palabra crónica presupone una presencia del periodista en el lugar de los hechos, una visión de primera mano de los acontecimientos que se narran, un espacio de escritura que casi exige una subjetividad manifiesta.
Sin embargo, crónica se utiliza aquí como un equivalente de artículo o de columna. Más allá de los equívocos semánticos, lo cierto es que estos textos que se recopilan de Arlt, la mayoría de ellos desconocidos hasta hoy, van a contramano de esta definición, algo que complica su lectura.
Hay un gesto en las aguafuertes y un latiguillo casi permanente (“me interesa”) que están casi ausentes en estas crónicas. El gesto es la presencia interesada, indagadora, del periodista-cronista en el lugar mismo de los hechos. El mecanismo ahora es tomar una noticia, un cable, y a partir de allí armar una escena probable o generar una reflexión.
La mirada ya no se posa en las realidades inmediatas que descubre el periodista en su deambular por el paisaje urbano sino que el punto de partida es un texto ajeno y generalmente de origen remoto. Este Arlt es alguien más preocupado por fijar posición, por afirmarse en un lugar, que por desplazarse de un sitio a otro. Si se quiere, es el Arlt que ha envejecido, el que mira desde otro lado, el que no vacila, como ocurría con el narrador de El juguete rabioso, ni vive sumergido en la cavilación como Erdosain o Balder. Ya ha llegado a otro punto, el de cierta madura seguridad.
De algún modo, El paisaje en las nubes, con la contundencia de sus más de 700 páginas, permite asomarse a un Arlt poco transitado, el que ha cambiado la narración por la representación (la novela por el teatro), la perplejidad por la explicación.
Experiencias contaminadas. Hay un nombre repetido en estas crónicas, el del Edgar Wallace, escritor policial británico a quien Arlt califica como “uno de los novelistas más extraordinarios que ha producido la humanidad”, antes de informar que se jactaba de “tener una mente criminal”. Wallace le facilita a Arlt la impronta para interpretar todas las acechanzas que se van inmiscuyendo en el mapa de un mundo al borde de la hecatombe.
A la manera del cine expresionista alemán –al que su teatro debe bastante–, la política es leída en términos de un crimen. En esta manera de abordar la llegada al poder del nazismo y del fascismo y la inminente conflagración, Arlt revela una profunda modernidad para leer una realidad que todavía no ha explotado en toda su barbarie; incluso en uno de estos textos se pregunta cuál será el camino estético para contar eso que aún no tiene palabras para nombrarse.
Esta es una de las búsquedas: contar aquello que se está gestando, con el atractivo de la mezcla de lo político con lo delictivo que aparece como fascinación en el discurso del Astrólogo. La otra pasa por descubrir el relato posible en esas noticias que llegan compactadas, ausentes de detalles, como tramas simplemente adivinadas por debajo del hecho mencionado.
En este punto, resulta difícil acordar con el planteo de Piglia: “Arlt trabaja con la experiencia pura, busca transmitir el sentido de los acontecimientos”. Lo interesante de Arlt es que justamente trabaja con una experiencia contaminada o, si se quiere, con la búsqueda de una experiencia que escape de la secuencia de la explicación inmediata.
Incluso esta percepción de la imposibilidad de la experiencia se hace explícita en “El Polo Norte no está más en el Polo Norte”, de 1937: “¿O es que nuestro sistema nervioso ya no da más? ¿O es que viviendo como vivimos, en plena vibración, estrépito, catástrofe y horror, hemos perdido el sentido de la vibración, del horror, del estrépito y de la catástrofe?”.
Podría sospecharse que las preguntas tienen algo de retórico, en parte por la distancia con los hechos: uno de los artículos lleva por explícito y hasta gozoso título “Buenos Aires, paraíso de la tierra”. Pero aun así, delatan la falta de una cualidad de la experiencia que la haga ser percibida en todas sus significaciones posibles. Ese horror y ese estrépito tienen algo de punto ciego. En la indagación de esa opacidad reside el atractivo y también el fracaso de estos textos.
La serie de estos trabajos muestra varios registros: el apunte costumbrista, la sátira, la alegoría, el comentario, la fábula. Y apela a recursos también variados: el diálogo, la digresión, el soliloquio –bastante frecuente–, el comentario intercalado (algunos imperdibles, como “indudablemente, la estadística es una ciencia deliciosa”, “para dedicarse al oficio de buscador de tesoros hay que ser millonario”) y las comparaciones, de las que vale la pena rescatar dos: una, dedicada al asesino Weidman, para quien “matar es tan natural y simple como para mí sentarme a la máquina de escribir”; la otra la descripción de un personaje “de cara fría y alargada como un diente de ajo”.
Es, sobre todo, un trabajo de reescritura conjetural. El periodismo se revela como un oficio que es atractivo justamente por ser imposible: la realidad sólo puede saberse cuando se le adosa el arsenal de lo literario.
Hablando del hombre de la calle en “Un argentino piensa en Europa”, señala: “Ese es el hombre de quien ningún corresponsal se acuerda de escribir”. Pensar es escribir lo que otros simplemente informan. O hacer que sea la literatura la que hable, como cuando pone a Hamlet y a Ofelia a discurrir en una almena del castillo de Elsinor sobre los motivos que harán que Dinamarca sea fatalmente invadida por los nazis.
Cuando se trata simplemente de reflejos de la realidad, como las crónicas del Tigre, o sobre los déficits de la salud en nuestro país, Arlt puede resultar irrefutable y contundente, pero no deja de ser municipal y algo burocrático. Salvo cuando esa realidad es transformada por el cristal expresionista, como ocurre en la notable y fantasmagórica “Demoliciones en el centro”. Pareciera como que se aburre con los registros fotográficos y que practicarlos de tanto en tanto forma parte de una misión ante sus lectores, a la que condesciende sin demasiado entusiasmo.
La guerra a distancia. En ese sentido, puede leerse algo que a primera vista resulta sorprendente. Las mayores alusiones a la guerra se dan cuando ésta no se ha declarado (en 1937 y 1938) y decrecen cuando estalla.
Como si la experiencia bélica no pudiera ser un material que permitiera ser escrito. En ese sentido, resultan muy interesantes las reflexiones que dedica al futuro y al presente de la literatura. “¿Qué escribirán entonces?”, se pregunta por lo que llama “una literatura de séptima desesperación”, y describe el período –en términos literarios (Arlt siempre habla en términos literarios, es una tentación a la que no opone demasiada resistencia)– como “la época literaria del muro de las lamentaciones”.
Son aproximaciones más que diagnósticos. En ese sentido son literarias. Continúan el camino de las novelas y de los cuentos, pero por un formato más apretado y atado a la convención de sonar reales, de fingir que están hablando de cosas que existen, pero que a Arlt sólo le interesan en su faceta de personajes, de circunstancias, de telones de fondo.
La lectura atenta de estos textos también permite descubrir aspectos un tanto inesperados en Arlt: su apoyo a la pena de muerte (al menos en el caso de los traficantes de opio), su fascinación por la figura de los verdugos, su rechazo a cualquier obra pictórica que no pertenezca a Goya o a El Greco (algo que recuerda las boutades de sus viejos tiempos) –“fuera de ellos”, dice, “el resto es ceniza de pintura, balbuceo pálido”–, el poco interés que le despierta Debussy, a diferencia de lo que le ocurre con el “divino” Stravinsky. O el uso repetido de ciertos vocablos muy castizos como azulenco, tantico o coger.
Seguramente, entre lo más interesante se hallen los artículos dedicados a la crítica de la novela psicológica, cuyo punto más atacable le resulta Aldous Huxley. Las observaciones de Arlt son realmente agudas, aunque no del todo imparciales. El problema es la falta de movilidad, los personajes ya no participan de aventura alguna, son incapaces de reaccionar, por lo cual “la novela contemporánea ha devenido una galería de retratos”, proceso cuyo mayor responsable es Marcel Proust, y transcurren en un universo abstracto. “Los deficientes novelistas y dramaturgos modernos tratan de eludir la responsabilidad que implica analizar a un tipo a través de sus actuaciones”, acusa Arlt, quien ve como síntoma de este estado de cosas la falta de asunto.
Casi las antípodas de su propia búsqueda de la cual este El paisaje en las nubes es un episodio, tal vez no todas las veces intenso (como corresponde al ejercicio del periodismo) pero casi siempre interesante, como suele ocurrir con la literatura. Para bien o para mal, Arlt siempre escribió con un pie de cada lado.