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cultura

William Burroughs (1914-1997)

La reaparición del hombre invisible

El 50º aniversario de la primera edición de “El almuerzo desnudo”, la extraordinaria y enloquecida novela de Burroughs, junto a la publicación en castellano de un valioso texto inédito –“La revolución electrónica” (Caja Negra)– y a las Jornadas Burroughs, que tuvieron lugar por estos días en Buenos Aires, nos invitan a recorrer la vida y la obra de uno de los escritores más singulares del siglo XX.

Por Matias Serra Bradford

Certezas. “Los escritores no escriben, leen y transcriben. La escritura debe ser siempre un intento. La cosa en sí, el proceso a un nivel subverbal, siempre elude al autor.”

El apellido venía contando su propia historia: William Burroughs era nieto del inventor de la máquina de calcular. En el colegio, se sentía inferior y a la vez superior a los demás. Tardó en aprender a leer. De noche, su padre le leía La isla del tesoro, y desde chico lo obsesionaron pantanos y ríos. Alrededor de los quince años se metía en casas ajenas y las recorría sin tocar ni llevarse nada. En su dormitorio de la universidad de Harvard criaba un hurón, al que llamaba Sredni Vashtar en homenaje al del cuento de Saki. Después de la graduación, y durante los siguientes veinticinco años, recibió de sus padres un estipendio de 200 dólares al mes. Trabajó en el negocio de regalos de su familia y como redactor en una agencia de publicidad para un producto que a sus compañeros de trabajo no les prometía excesivos fulgores de creatividad: una crema femenina. Fue fumigador durante ocho meses (su trabajo más duradero). En Marruecos remaba a la mañana y empezaba a trabajar al mediodía, hasta la noche, y vecinos corroboraron las risas que soltaba mientras tipeaba en una habitación tapizada de papeles entintados. Los niños españoles de Tánger lo bautizaron el hombre invisible. En una ocasión fue detenido, le tomaron una foto y cuando salió revelada no se veía a nadie. Esto también le ocurrió otra vez, cuando se quedó años mirándose al espejo, hasta borrarse. Según sus propias palabras, su cara “tenía el aspecto de una foto superpuesta”.

Burroughs cultivaba “una pasividad alerta, como la de alguien que observa a un rival para captar la menor señal de debilidad”. El editor parisino de El almuerzo desnudo decía de Burroughs que atravesaba las paredes. En Perú y Ecuador, Burroughs alquilaba máquinas de escribir por hora. Vivía de viaje. Entendía la vida como un viaje. En sus años en París, residió en el hotel beat de la calle Gît-le-Coeur, muy cerca de donde vivía Michaux, y esa vecindad –que sólo en parte se refleja en sus páginas– tenía la propiedad de hacerlos avanzar, a la vez, muy alejados. Burroughs sabía cientos de pasajes de Shakespeare de memoria. Leía y releía a Coleridge y a De Quincey. Uno de sus poemas favoritos era Ulises, de Tennyson. En Londres, el poeta Gael Turnbull decía que Burroughs consumía tanto té como el doctor Johnson. (Té en su sentido literal, está claro, no como eufemismo para referirse al opio.)

Barry Miles opinaba que la finalidad del saco y la corbata era el anonimato. Un banquero formal y cortés que pone en circulación otros valores de cambio. Burroughs era de los que creen que es imposible ser por fuera lo que se es por dentro: lo interior pierde cuando lo exterior lo encarna con demasiada fidelidad. Los mejores retratos de Burroughs acaso se encuentran en Kerouac, que lo tradujo a la ficción una y otra vez en casi todas sus novelas, sobre todo en Dr Sax. “Kerouac, me parece, nació sabiendo. Y me dijo lo que ya sabía, que es lo único que uno puede decirle a alguien”, agradeció Burroughs. (A propósito, Kerouac no creía en lo accidental sino en lo espontáneo: para él, la primera versión de un escrito era siempre la mejor.)

Burroughs caminaba muy rápido. Pensaba muy rápido. Maestro del atajo, estudió la cultura maya, la magia tibetana, la obra del ocultista francés Eliphas Levy. Su incondicional Allen Ginsberg –descubridor y promotor del genio de Burroughs– decía que Francis Bacon pintaba del modo en que Burroughs escribía. Burroughs era muy supersticioso con respecto a la buena realización de tareas cotidianas. Creía que un pequeño error podía anunciar peores resultados en asuntos más importantes. Lo suyo era la prudencia felina. Burroughs adoraba a los gatos, a quienes consideraba espíritus tutelares y compañeros psíquicos. Admiraba su percepción pre-verbal, su inmensurable silencio. Para Burroughs, “la escritura debe ser siempre un intento. La cosa en sí, el proceso a un nivel sub-verbal siempre elude al escritor”. Y celebraba el inescrutable mutismo de comadrejas, zorrinos, nutrias, visones, lémures. (En una oportunidad le recomendó a Beckett el zoológico de Berlín por sus criaturas nocturnas.)

Prisiones y visiones. Burroughs es el más artesanal de los escritores, un escritor de técnicas y materiales: cut-up, fold-in, cintas grabadas y desgrabadas, álbumes de recortes, collages de fotos, diarios a tres columnas. Las tijeras de un montajista. Razzias de matutinos foráneos y libros de terceros. “Los escritores no escriben, leen y transcriben. Sólo se les permite acceso a los libros durante ciertas horas arbitrarias.” Conexiones, intersecciones. Un artesano en busca de las mejores condiciones de trabajo, físicas y psíquicas. La literatura como un trabajo en colaboración, con otro fabulador (Ginsberg, Gysin) o con un procedimiento a perfeccionar. Gracias a Brion Gysin, Burroughs descubrió la técnica del cut-up: cortar una página al medio –de un diario o un libro cualquiera– y pegársela a la mitad de otra página para generar un texto nuevo.

A Burroughs lo que más le interesaba del método es que introduce lo inesperado. “Los fotógrafos lo dicen, que a menudo sus mejores tomas son accidentales... Los escritores te dirán lo mismo. La mejor escritura parece hecha casi accidentalmente.” (Y cuando Burroughs pronuncia la palabra accidente, hay que recordar la resonancia del término: en un percance con un arma había matado a su mujer.) La yuxtaposición de palabra e imagen “me enseña a pensar en bloques asociativos más que en palabras”. El cut-up es, en suma, una herramienta mágica y precisa: “Lo que parece aleatorio puede no serlo en absoluto. Hay que elegir qué cortar. Y luego de eso elegir qué utilizar”. El azar controlado. De una página de cut-up, a menudo Burroughs sacaba en limpio una sola línea. Un régimen para prescindir de las sustancias químicas, para llegar a una visión por otro camino que no sea un veneno. Vías paralelas entre el costado técnico de las drogas y la experimentación narrativa. Ningún otro autor surtió a lectores –y escritores– con tantos instrumentos, sendas de acceso. Prescripciones póstumas de un visionario que uno nunca aprende a leer.

Verbo y virus. La revolución electrónica ahonda en el interés de Burroughs por poner en práctica la técnica del cut-up con cintas de casetes, la intención de investigar sus capacidades de conjuro, de sondear el propio sistema nervioso, de desbaratar la manipulación que aplica el lenguaje de manera deliberada –en manos de otros– o inconsciente. Si el lenguaje es un virus que llegó del espacio, el contraveneno –como en las víboras– lo provee el mismo lenguaje: “La palabra es hoy un organismo parasitario que invade y daña el sistema nervioso. El hombre moderno ha perdido la alternativa del silencio. Intenta lograr diez segundos de silencio interior. Encontrarás un organismo resistente que te fuerza a hablar. Ese organismo es la palabra”. Burroughs vio cuál sería el vocabulario básico de los próximos cien años: dependencia, inducción, posesión, apropiación. Su premisa: desactivar mecanismos de control, internos y externos. “Desacondicionarse”, desarticular las reacciones automáticas.

Burroughs redescubrió lo que existió desde siempre, lo que se radicalizará con los años: la adicción. El virus de la adicción como metáfora de la sociedad. El virus del sexo, del dinero. El consumo compulsivo como matriz de funcionamiento: la política, la religión. El almuerzo desnudo, como el resto de la obra de Burroughs, crea adicción en el lector, pulsión por leer más (no en todos, claro, hay ciertas cosas que a Burroughs no se le pueden exigir). La conexión entre el lector y la página, sin embargo, es inconstante. La atención del lector oscila como las intermitentes adicciones en la vida de Burroughs. Su relación con las drogas, en efecto, se parece a la de cualquier lector con ciertos libros: “Cuando son fáciles de obtener, son fáciles de abandonar o mantenerse alejado”.

El magnetismo de El almuerzo desnudo no es del orden de lo ilegible sino de lo incorregible. De aquello que fascina porque se ubica entre lo hipnóticamente incomprensible y lo inalcanzable. Según Burroughs, “la novela común ha sucedido. Esta novela está sucediendo”. La combinación de ciencia ficción, sexo y contorsiones oníricas no puede ser menos prometedora, pero invariablemente Burroughs se las arregla para crear un clima y una geografía extraños, únicos, rotativos, y en ese ir y venir demarca un territorio literario extraordinario.

El almuerzo desnudo está escrita en la tradición de la novela picaresca. Son informes por entregas, la invención fracturada de un genio cómico, milimétrico. De un lazarillo de prosa seca, mirada glacial y lirismo concentrado, lapidario: “El aire está viciado de una sustancia dulce y maligna como de miel vencida”. Hay en Burroughs suma confianza en que cada recapitulación caótica procurará un rayo fulminante. Los restos de una novela se derraman hacia la siguiente y replican otra continuidad, entre el paisaje interior y lo visible. Toda la obra de Burroughs puede leerse como la autobiografía alucinada, adulterada, de un indiscreto viajero en el tiempo. La vida como novela gráfica. La versión levemente menos mitificada puede leerse en las espléndidas cartas editadas por Oliver Harris, en las entrevistas de Burroughs Live, en los inéditos de The Burroughs File e Interzone, o en las escrupulosas biografías de Barry Miles y Ted Morgan. Fue su amigo y admirador J.G. Ballard el que dijo: “Uno siente que la ficción de Burroughs, no importa cuán extrema, es una versión más apaciguada de su vida”.

Para Ballard, El almuerzo desnudo se lee como el show del comediante Lenny Bruce “reescrito por el Dr. Goebbels”. (Recordemos, de paso, el poema de Philip Whalen dedicado a Burroughs: “La mejor manera de arruinar algo es tomárselo en serio”.) Según la puntualísima Mary McCarthy, “Burroughs tiene, como Swift, nervios irritables y algo del temperamento artesanal de un inventor”. Para John Updike, El almuerzo desnudo es la novela norteamericana más siniestra que haya alcanzado la categoría de clásico. Y añade una observación reveladora: “La deliberada fragmentación de su técnica tiende a ocultar cuán buen escritor es Burroughs”.

Influjos y reflujos. Que Burroughs parezca hospitalario con lectores irregulares, discontinuos, no significa que una concentración absoluta no rinda los frutos que rinde con novelas como las de sus venerados Paul y Jane Bowles, Conrad, Beckett o Denton Welch, un escritor que sí actuó de telón de fondo, de sombra benigna, para Burroughs. Sobre el autor de Esperando a Godot, Burroughs comentaba: “Yo tomo mucho de mis lecturas y de los diarios, pero con Beckett está todo adentro. Es tal vez el escritor más puro que jamás ha existido”. Se parecen poco Burroughs y Beckett, excepto en que ambos narran con una voz que no le teme a nada (ni a perder al lector) y una hilaridad que podríamos llamar terminal.

Con quien extrañamente no se lo ha comparado es con Thomas Pynchon, con quien pueden rastrearse algunas afinidades: las ineficacias de la droga traducidas a la literatura, los nombres alevosamente excéntricos para la mayoría de los personajes, la posición política libertaria, largas estadías en México y cierta inclinación por clásicos géneros norteamericanos –el western, la novela negra– hacia el final de sus vidas. Este careo enfrentaría a dos que llegaron a la invisibilidad por caminos opuestos: el misántropo declarado versus el hombre que a pesar de prestarse a cientos de entrevistas, grabaciones y películas permaneció recóndito, imaginado. Era un desafío muy superior: mostrarse y permanecer intacto, invulnerable.

Un personaje de Burroughs le dejó a otro un reloj despertador, que anduvo hasta un año después de la muerte del primer dueño. Décadas más tarde, esa vidente llamada Angela Carter apuntó: “Burroughs está haciendo algo singular con el tiempo del lector. Lo está deteniendo. O más bien lo detiene y lo vuelve a poner en marcha”. Cuando no sabía cuál sería el final de un libro, Burroughs solía repetir: “Tal vez el final todavía no ha sucedido”. No, no ha sucedido y el dispositivo sigue funcionando. Llueve sobre las páginas y hay una linterna encendida en el tercer cajón.

Edición Impresa

Domingo 1 de Noviembre de 2009
Año V Nº 0414
Buenos Aires, Argentina