
La ceguera política de los dirigentes ingleses y franceses, no sólo de los conservadores sino también de los socialdemócratas –León Blum era primer ministro francés–, los llevó al acuerdo de no intervención en España, agregando la ingenuidad de hacerlos firmar a Hilter y Mussolini. Estos burlaron rápidamente el acuerdo, y enviaron armas y hombres a los insurgentes haciendo inevitable la derrota de la República española. El fascismo salió triunfante en ese ensayo general de la inminente guerra.
Esta claudicación frente al fascismo se completó con otros dos actos, política y moralmente deleznables: el pacto Ribbentrop-Molotov (1938) y el simétrico Pacto de Munich (1939). El vergonzoso pacto de Stalin con Hitler permitió a la Unión Soviética ocupar Finlandia y repartirse Polonia con Alemania. Pocos se acuerdan de que la Rusia estalinista permaneció durante el primer año de la guerra aliada a los nazis, mientras Inglaterra luchaba sola. En el momento de la invasión alemana a Francia, el jefe del Partido Comunista francés Maurice Thorez, desde radio Moscú, pedía al pueblo francés que no resistiera. Los comunistas hubieran seguido en esa posición de no haber sido por el fatal error de Hitler de romper el pacto.
Los países democráticos no se quedaron atrás en la obsecuencia a Hitler. Con el pacto de Munich, Inglaterra y Francia creyeron evitar la guerra entregando Checoeslovaquia a los alemanes. Comportamientos como éste mostraban que poco podía esperarse de las elites políticas de los países democráticos, no sólo porque su razonamiento estaba obnubilado por el miedo sino porque desconocían el carácter excepcional de los regímenes totalitarios, y no sabían cómo tratar a un dictador fuera de lo común como Hitler. El Pacto de Munich no impidió la guerra. Más aún: convenció a Hitler de que sus enemigos eran fáciles de manejar. Por añadidura, Munich desalentó el intento de los alemanes para derrocar a Hitler. La atracción por el fascismo, alentada por el temor al comunismo, estaba arraigada en la derecha de las clases gobernantes, no sólo en las monarquías o dictaduras anacrónicas de la Europa oriental, sino también en las democracias avanzadas inglesa y francesa: el duque de Windsor y lady Astor simpatizaban con Hitler y Churchill, antes de la ruptura con Mussolini.
El criterio seguido por ingleses y franceses según el cual los enemigos de mis enemigos son mis amigos había llevado a preferir el fascismo al comunismo, del mismo modo que Stalin había preferido el fascismo al capitalismo, y todos habían coincidido, aunque por razones opuestas, en estar cerca de Hitler. Fue éste quien, traicionando a todos, los unió en contra suyo en una extraña alianza de amigos-enemigos.
La declaración de guerra a Alemania no se debió pues a sentimientos antifascistas –no se habían preocupado por el terrorismo de Estado ni por la persecución a los judíos– sino por la expansión territorial de los alemanes. Sólo la dinámica de los acontecimientos y el carácter específico del nazismo terminaron transformando una guerra de naciones en una lucha ideológica.
El Vaticano, por su parte, se rigió por la misma lógica, disculpó la estadolatría de Mussolini y firmó el Tratado de Letran, perdonó el paganismo nazi y estableció un concordato con Hitler. Pío XII se abstuvo de denunciar la masacre de judíos polacos y la deportación de judíos italianos y franceses e incluso la persecución a sacerdotes católicos en países ocupados. Todavía en la posguerra la Iglesia brindó a los criminales de guerra nazi los medios para escapar.
Es cierto que, sin la existencia de Hitler, posiblemente no hubiera habido guerra mundial o por lo menos con características tan horrendas. Pero, a la vez, Hitler no hubiera sido posible sin existir las condiciones políticas, sociales, económicas y culturales que precedían al surgimiento del nazismo. No debe olvidarse que el nacionalismo, el estatismo, la xenofobia y el racismo formaban parte de la tradición europea. Tampoco hubiera podido existir Hitler sin la colaboración o la complicidad pasiva de amplios sectores de la sociedad civil alemana, y aun la de los países ocupados.
Las democracias capitalistas, no menos que la Rusia estalinista y el Vaticano, han olvidado su parte de responsabilidad de la Segunda Guerra Mundial. Como demostraba Hannah Arendt, el mal no estaba en los grandes monstruos, sino en la multitud de seres anónimos, anodinos, buenos padres de familia que organizaron los asesinatos en masa como si fueran expedientes burocráticos. De esa complicidad indirecta no se libraron ni siquiera algunos judíos. En su revelador informe sobre el juicio de Eichman, Arendt mostró que dirigentes de las comunidades judías de los países ocupados colaboraron con los nazis en la confección de las listas de los que debían ser deportados, con el pretexto de sacrificar a algunos para salvar a la mayoría; el resultado fue todo lo contrario.
Igualmente, la complicidad se dio en Africa y Asia, donde una parte de los movimientos contra el colonialismo, en especial los islámicos, apoyaron a los nazis como enemigos de sus enemigos coloniales. El caso más absurdo fue el de un grupo de judíos extremistas de Palestina que intentaron negociar con los nazis para que los ayudaran desprenderse de los ingleses.
La Segunda Guerra –la primera literalmente mundial que conoció la humanidad, no sólo por su extensión sino porque involucró voluntariamente o no a las poblaciones civiles– dejó, más allá de todo su horror, algunas lecciones históricas provechosas. Los sectores más lúcidos de las clases gobernantes tomaron conciencia de que no podía volverse al mundo anterior a la guerra: la defensa de los derechos humanos y la condena del racismo y de toda discriminación, la descolonización y el Estado de bienestar fueron sus principales logros. El peligro de una guerra nuclear volvió más cautelosos a los contrincantes y los más avanzados dirigentes mundiales comprendieron que el nacionalismo había sido una de las causas principales de las guerras; el nazismo no fue al fin sino un nacionalismo exacerbado, y el estalinismo una nueva forma de nacionalismo panruso.
El resultado de estas reflexiones fue el acontecimiento más importante de la política internacional del siglo XX tardío: la supresión de fronteras y el surgimiento de la Unión Europea, primer intento aunque limitado y todavía vacilante de globalización política democrática. Las guerras no serán una amenaza cuando las relaciones mundiales dejen de centrarse en los intereses de los Estados-nación y la educación de los pueblos no se dirija a formar patriotas, sino ciudadanos.