
El Beagle era un bergantín de diez cañones y 27 metros de largo. Había hecho su primer viaje de exploración por América del Sur entre 1826 y 1830. Y en este segundo viaje, más allá de traer de regreso a Tierra del Fuego a los tres aborígenes bautizados como York Minster, Jemmy Button (llamado así porque Fitz-Roy lo cambió por un botón de nácar cuando todavía era un niño) y Fuegía Basket, quienes habían sido llevados a Inglaterra para ser “educados”, el objetivo fundamental era completar la exploración de las costas sudamericanas. El Beagle zarpó el 27 de diciembre de 1831 hacia Bahía, Brasil, luego navegó hasta el Río de la Plata y recorrió algunos ríos interiores de la Argentina. Después visitó el Uruguay y, desde Colonia, inició su descenso por la costa argentina hasta las islas Malvinas; cruzó el estrecho de Magallanes y se dirigió al Norte siguiendo la costa de Chile hasta llegar a las islas Galápagos. Después navegó hacia Tahití, y desde allí sucesivamente a Nueva Zelanda, Tasmania y Australia, llegando a Sydney en 1836. Antes de volver a Inglaterra –al puerto de Falmouth, desde donde había partido–, pasó por la isla de Mauricio, por Ciudad del Cabo, y otra vez cruzó el Atlántico hacia Sudamérica para detenerse en Bahía. Después de viajar durante casi cinco años, Darwin volvió a su tierra en octubre de 1836.
En su Autobiografía, que acaba de ser publicada por Editorial Continente, Darwin escribe: “El viaje del Beagle ha sido de lejos el acontecimiento más importante de mi vida, y ha determinado toda mi carrera”. Y agrega: “Siempre he creído que le debo a la travesía la primera instrucción o educación real de mi mente. Me vi obligado a prestar gran atención a diversas ramas de la historia natural, y gracias a eso perfeccioné mi capacidad de observación”.
En el camino. De regreso en Inglaterra, repartiendo su tiempo entre Cambridge y Londres, además de continuar con sus investigaciones Darwin escribió sobre sus experiencias en los cinco años de la travesía, y en 1839 publicó Viaje de un naturalista alrededor del mundo. De este libro fueron tomados los fragmentos que componen tanto Diario de la Patagonia. Notas y reflexiones de un naturalista sensible, editado también por Continente, como el libro Darwin en la Argentina, del investigador y docente universitarios Héctor A. Palma, publicado por la editorial de la UNSAM.
Al leer estos apuntes, como lo señala Pablo Chiarelli en el estudio preliminar al Diario…, resulta sorprendente la cantidad de áreas que abarcan las observaciones y los comentarios de Darwin, “desde regionalismos, pasando por geología, paleontología, zoología, botánica y antropología, hasta política y derechos de los indígenas”. Todo parece entrar en la órbita de sus intereses; ningún acontecimiento, por lateral o insignificante que se insinúe, es pasado por alto. Darwin describe con la intensidad y la atención propias del viajero, y el vasto repertorio de asuntos que le interesan y sobre los que está dispuesto a aprender lo lleva a no descartar nada de antemano.
Entre las más llamativas están las anotaciones que toma sobre los gauchos, por quienes manifiesta su admiración y respeto: “Los gauchos o campesinos son muy superiores a los habitantes de la ciudad –escribe Darwin–. Invariablemente, el gaucho es muy servicial, muy cortés, muy hospitalario; nunca he visto un ejemplo de grosería o de inhospitalidad. Lleno de modestia cuando habla de sí mismo o de su país, al mismo tiempo es atrevido y valiente”. También consigna la fuerte impresión que le causan los aborígenes: “No me figuraba cuán enorme es la diferencia que separa al hombre salvaje del hombre civilizado; diferencia, en verdad, mayor que la que existe entre el animal silvestre y el doméstico”. Lo que no le impide conmoverse por la situación de esclavitud en la que viven, e incluso protestar por las actitudes criminales que observa: “Se asesina a sangre fría a todas las mujeres indias que parecen tener más de veinte años de edad. Cuando protesté en nombre de la humanidad, me respondieron: ‘Sin embargo, ¿qué hemos de hacer? ¡Tienen tantos hijos esas salvajes!’”.
Otro de los pasajes interesantes que registran estos apuntes es el de su encuentro con Juan Manuel de Rosas, quien por esos años (1833-1834) se encontraba en las inmediaciones del río Colorado, encabezando la Campaña del Desierto. La primera descripción que hace Darwin del campamento es contundente: “Consistía en un cuadrado formado por carros, artillería, chozas de paja, etcétera. Casi todas las tropas eran de caballería, y me inclino a creer que un ejército semejante de villanos seudobandidos jamás se había reclutado antes”.
La impresión que tiene del propio Rosas no es muy diferente: “Adoptando el traje y las maneras de los gauchos, es como el general Rosas ha adquirido una popularidad sin límites en el país y luego un poder despótico”. Más allá de este último comentario, Darwin le dio cierto crédito al Restaurador en la primera edición de su libro sobre el viaje del Beagle, donde decía: “[Rosas] es un hombre de extraordinario carácter y ejerce una enorme influencia en el país, la cual parece probable usará para la prosperidad y progreso del mismo”. Pero en la segunda edición de su libro, en 1845, el científico decide agregar una nota a este comentario, en la que aclara: “Esta profecía ha resultado una completa y lastimosa equivocación”.
Un relato de mí mismo. Lo dijo Oscar Wilde: “Cuando la gente nos habla de otros, a menudo es sosa; cuando nos habla de sí misma, casi siempre es interesante”. La Autobiografía de Charles Darwin no es una excepción. Publicada por primera vez en 1887, surgió a pedido de un editor alemán, quien sólo pretendía “una nota” acerca del desarrollo de su pensamiento y su carácter, apenas con “un esbozo” autobiográfico. Pero a Darwin lo entusiasmó la idea de escribir sobre su propia vida porque pensó que tal vez en el futuro sus hijos y los hijos de éstos se interesarían por conocerla. En la apertura del libro, anota: “He intentado componer el relato de mí mismo que viene a continuación como si hubiera muerto y estuviera mirando mi vida desde otro mundo. Tampoco me resultó difícil, ya que mi vida se está acabando. No me tomé ninguna molestia en cuidar mi estilo literario”.
Es claro que hay una preocupación por el “estilo literario”, como lo llama Darwin, pero sobre todo por consignar de manera franca y sencilla sus impresiones vinculadas a los distintos acontecimientos que marcaron su vida. Sin sobresaltos, Darwin consigue trazar un arco que va desde los primeros recuerdos de su infancia hasta su vejez, en el que los rasgos sobresalientes con los que traza su perfil son los del “científico innato” –la expresión es suya–, manifestándose al comienzo en su “pasión por coleccionar”, luego en su afición a los paseos solitarios y contemplativos, y posteriormente dedicándose ya a la lectura y el estudio de ciertas obras importantes de la época, como Narrativa personal, de Alexander von Humboldt, e Introducción al estudio de la Filosofía Natural, de Sir J. Herschel.
Cuando recuerda su viaje en el Beagle, después de repasar su conflictiva relación con el capitán Fitz-Roy y de señalar una y otra vez, de diferentes modos, la importancia crucial que tuvo ese hecho en su vida, evoca “la vegetación de los trópicos”, “la sensación de sublimidad” que le provocaban “los grandes desiertos de la Patagonia y las montañas cubiertas de bosques de Tierra del Fuego”, y sintetiza en una frase el legado de la travesía: “La vista de un salvaje desnudo en su tierra natal es algo que no se puede olvidar nunca”.
Darwin se esfuerza por verse con claridad como científico, con sus talentos y limitaciones. Reconoce que sus falencias más importantes fueron la “repugnancia” que le provocaban las disecciones y su “incapacidad” para dibujar. Se refiere a sus años de estudiante de Medicina como una pérdida de tiempo, y describe sin dramatismo de qué manera, entre sus preferencias, el interés por la naturaleza desplazó al interés por el arte: “Solía leer libros divertidos y quedarme durante horas leyendo las obras históricas de William Shakespeare, generalmente junto a una vieja ventana en los gruesos muros de la escuela. También leía poesía, como Estaciones, de James Thomson, y los poemas recientemente publicados de Lord Byron y Walter Scott. Menciono esto porque posteriormente en mi vida perdí completamente, muy a mi pesar, todo gusto por cualquier clase de poesía, incluso la de Shakespeare. En relación con esto, puedo añadir que en 1822, durante un recorrido a caballo por la frontera de Gales, se despertó en mí por primera vez un vivo deleite por el paisaje, que duró más que ningún goce estético”.
Por su Autobiografía conocemos de primera mano el esfuerzo, la responsabilidad y la constancia con la que acumuló material durante décadas antes de publicar, en noviembre de 1859, El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas preferidas en la lucha por la vida, un libro que agotó su primera edición de 1.250 ejemplares el mismo día que salió a la venta, pero cuya influencia en el pensamiento occidental es aún difícil de dimensionar. Según Héctor A. Palma, “puede afirmarse que la consecuencia científica, pero también filosófica e ideológica, del darwinismo ha sido la superación del pensamiento teleológico, es decir la idea según la cual todos los procesos del mundo y el mundo mismo tienden a cumplir una finalidad que les es propia y natural, una meta final”.
En la última parte de la Autobiografía, Darwin reconoce sus principales “cualidades” como investigador: la pasión por la ciencia, una capacidad ilimitada para reflexionar largamente sobre cualquier tema, laboriosidad en la observación y recolección de datos y una mediana dosis de inventiva así como de sentido común. Y agrega: “Mis costumbres son metódicas, y esto ha sido de no poca utilidad para mi particular línea de trabajo. Por último, he disfrutado de bastantes ratos de ocio por no tener la necesidad de ganarme el pan. También mi mala salud, aunque ha aniquilado varios años de mi vida, me ha librado de las distracciones de la sociedad y de la diversión”.
Puede que esto último no sea del todo cierto. Cuando en 1842 se mudó con su esposa a Down, el pueblo en el que vivió hasta su muerte, en 1882, fundó con otros vecinos el Club de la Amistad, y fue su tesorero durante treinta años.
Darwin y el liberalismo
Algunos sostienen que la razón del triunfo casi inmediato de la teoría de Darwin es que reflejaba y daba, además, apoyo ideológico a las ideas del liberalismo inglés de su época. Es relativamente fácil encontrar cierta correlación entre ambas circunstancias, pero se trata de una lectura exageradamente simplificada, por tres razones: en primer lugar, otorga un excesivo y decisivo peso a esa circunstancia, desmerece injustamente el enorme mérito científico (tanto teórico como referido a la monumental recolección de datos y observaciones) del trabajo de Darwin, reconocido repetidamente por sus pares; en segundo lugar, porque no tiene en cuenta el hecho también abundantemente documentado de que debió enfrentar una enconada oposición de algunos sectores científicos y sobre todo los sectores conservadores religiosos; y en tercer lugar, porque se trata de una versión algo conspirativa de la historia, sin matices, y que pretende establecer relaciones causales –entre la ciencia como producto y el contexto histórico– algo forzadas y deterministas.
El darwinismo provocó la revolución antropológica, cultural e ideológica más profunda y amplia derivada de una teoría científica, en toda la historia. No sólo redefinía la noción de especie en una perspectiva poblacional desechando la perspectiva esencialista o tipológica, sino que ubicaba a la especie humana derivando de ancestros no humanos y como resultado de una historia evolutiva particular y contingente.
*Doctor en Filosofía de las Ciencias, UNQ.