
La nueva película de Quentin Tarantino, Bastardos sin gloria, llevó a los críticos de cine a trazar una larga genealogía de todas las películas que de una u otra forma habrían influido en el director de cine norteamericano, como si se tratara de un semianalfabeto incapaz de recibir otra influencia que no fuera la cinematográfica. Sin embargo hay muchas similitudes entre su última producción y la saga de guerra escrita por el dinamarqués Sven Hassel.
Es cierto que los libros de Sven Hassel no se reeditan desde los años 80, cuando la editorial Plaza & Janés publicó los catorce títulos de su saga bélica en una bella caja de cartón plastificado. Duró poco, eso sí, porque sus fanáticos son muchos y andan de incógnito. De otro modo no se explica por qué esos libros duran lo que un suspiro en las mesas de las librerías de viejo, y por qué prácticamente se trafican en el Parque Rivadavia. A sus poseedores se los reconoce porque deambulan como cazadores furtivos, oliendo las pistas cual sabuesos librescos. Sven Hassel, como ocurre con los mejores autores, atrae hacia sí a una fauna despareja: pueden ser filonazis mal encaminados, desorientados tras la lectura de alguna cita, maniáticos de las armas de guerra o lectores compulsivos de novelas de guerra. Pero Hassel resiste también otras lecturas menos técnicas y específicas, como la de los que disfrutan leyendo novelas de aventura.
Sven Hassel nació en Frederiksborg, Dinamarca, en 1917. En realidad Sven Hassel es el seudónimo de Boerge Villy Redsted Pedersen. Hijo de Peder Oluf Pedersen, un oficial austríaco y Hansinge Hassel, de quien luego el joven Boerge tomó prestado el apellido. En 1930 emigró a Alemania y en 1931 se enroló en la marina mercante con el romántico fin de conocer el mundo, cosa que hizo. En 1937 se alistó en el ejército alemán, para lo cual tuvo que adoptar la nacionalidad alemana. Participó de la invasión a Polonia en 1939 y antes de eso, en la Guerra Civil Española. En 1941 desertó y fue condenado a trabajos forzados en una prisión militar. Fue reincorporado al ejército en el 27º Regimiento de Panzers, un batallón disciplinario. Sven Hassel participó en todos los frentes del ejército alemán, exceptuando Africa. Fue herido muchas veces, recuperó sus galones y terminó la guerra como teniente, recibiendo la Cruz de Hierro. Al finalizar la guerra, se rindió a los rusos en el Parque Tiergarten de Berlín y fue destinado a un campo de prisioneros. Allí comenzó a escribir su saga. En 1949 fue liberado e ingresó en la Legión Extranjera. Se casó en 1951 con Dorthe Jensen. Ella fue quien lo animó a que publicara su primer libro, La legión de los condenados, en 1953. En 1964 se mudó a Barcelona, donde todo parece indicar que sigue viviendo. Lleva vendidos más de 50 millones de ejemplares de sus libros, que fueron traducidos a 18 idiomas.
De sus catorce libros casi todos sus lectores coinciden en que los inevitables son siete: Monte Cassino; Camaradas del frente; Batallón de castigo; Los panzers de la muerte; Los vi morir; General SS y Ejecución. La saga comienza con La legión de los condenados, pero su lectura es prescindible. De corte netamente antimilitarista y antibelicista, sus personajes conforman una especie de Corte de los Milagros sangrienta, condenada a ser siempre la vanguardia, el “batallón de castigo” siempre ofrecido y expuesto como carnada: Porta –la voz cantante, el hombre sagaz, el cerebro–; Hermanito –la fuerza bruta, Porthos reencarnado, pulido, perfeccionado–; Heidi –un nazi hecho y derecho, el mal en carne y hueso del que no pueden liberarse–; El Viejo –un joven de 26 años, prudente–; Gregor –el soldado promedio, el prototipo, la voz del sentido común, el cable a tierra. El odio que sienten hacia los soldados de la SS es proverbial.
Las novelas de Hassel están estructuradas en base a micro-rrelatos que hacen a la vez de capítulos, cada uno de ellos precedido por un breve texto anecdótico que parece tener una función termostática, actuando como un coro introductorio que ajusta la temperatura al clima que el capítulo requiere. Cada una de esas anécdotas introductorias está precedida muchas veces por una cita de procedencia variada: puede ser de Shakespeare, de Henri de Montherlant, de Hitler (“La brutalidad crea respeto”) o del mismo Hassel (“En tiempo de guerra hay que odiar para ser un buen soldado. Si no eres capaz de odiar de todo corazón, no puedes matar. El odio es la más poderosa fuente de energía del ser humano”).
Hassel describe los bombardeos, el terror policíaco implantado por la Gestapo o la infidelidad de la mujer amada viéndolo todo, siempre, a través de los ojos del desesperado, del que vive al borde del abismo, donde sólo la amistad y la lealtad le permite sentir un poco de dignidad. En Sobre la historia natural de la destrucción, W. G. Sebald pretendía hacerse una idea de las proporciones, la naturaleza y las consecuencias de la catástrofe provocada en Alemania por los bombardeos, reflejada en la literatura alemana de posguerra. En Hassel, a quien Sebald no leyó, hubiera encontrado la precisión y la responsabilidad que según él la literatura alemana eludía a la hora de describir los bombardeos. Y nos hubiera evitado perder el tiempo con la lectura de un ensayo tan infantil y banal, mientras aprendíamos, leyendo a Sven Hassel, que siempre se muere por una conducta, nunca por accidente, aunque se muera accidentado.
“Un concierto de gritos y advertencias surgía de miles de gargantas. Las bombas caían como granizo. Por las calles corrían antorchas humanas que terminaban convertidas en pequeñas momias ennegrecidas.
Llamaban a Dios, pero el Señor no los escuchaba.
”La iglesia de San Nicolás era un océano de llamas. El sacerdote quiso salvar a la Sagrada Familia, pero un gran crucifijo de piedra se derrumbó sobre sus riñones.
”Hamburgo ardía”.
Es probable –insisto, es probable– que Quentin Tarantino no haya podido resistir al embrujo de Hassel. Sus bastardos se parecen mucho al batallón de castigo que es enviado, una y otra vez, a la vanguardia, con la vana esperanza de que sean pulcramente asesinados. Indeseables en un mundo de indeseados, son los que juegan del lado de los buenos. Eso sólo los hace irresistiblemente encantadores.