
—¿Por qué iniciar una editorial?
—Me habían publicado un libro en el ’92 o ’93. Después me hicieron dos catálogos para dos exposiciones de pintura y fotografía y poesías en inglés y castellano. Y ahí aprendí un montón, acompañando a los responsables a la imprenta, por ejemplo. Como fotógrafo (la imagen de cubierta de este nuevo libro es suya) me interesaba mucho que la reproducción quedara bien, y pensé: me gustan los libros, me gusta leer, me gusta conocer escritores nuevos, artistas nuevos. Y cuando iba a salir la segunda película de El Señor... pensé que podía usar el reconocimiento para lanzar una pequeña editorial. Quise publicar a artistas que conozco que no han publicado o que los publicaron de una manera que no les gustó. Como la gente me conocía, publiqué dos libros míos el primer año junto a otros libros de gente no conocida.
—¿Cómo es la estructura de la editorial y tu trabajo?
—Cada libro se hace como quieren los artistas. Opino como editor, pero nunca haría un libro que a ellos no les guste. Trabajo con mi hermano y a veces con mi hijo; cuando no estoy, por mis viajes, se quedan ellos a cargo. Vendemos en librerías y en Internet.
—¿Qué tiradas manejan?
—Depende del libro. Una vez hicimos 5 mil, pero en general hacemos mil, de vez en cuando 500. Poesía quizá un poco más que acá. Si es un libro mío, sé que la gente lo compra así que puedo tomarme la libertad de hacer 2 mil y reimprimir, porque se venden.
—En la escala de tu editorial, ¿qué significa que un libro sea un éxito de ventas?
—Tenemos que vender todo. El diseño y el papel es muy lindo, no hacemos cosas baratas y hay que amortizar los costos. Por eso los contratos son bastante abiertos. Si recuperamos los costos, el dinero que llegue, que es muy justo, es mitad para el autor. Sé que la editorial es una cosa con la cual nunca voy a ganar dinero de verdad. Mis libros ayudan a llamar la atención sobre los otros y a balancear un poco económicamente la cuestión. Me gusta hacerlo. Los autores me dicen si tienen una idea, un prólogo, una imagen y yo sugiero por ejemplo una persona especialista en lo que hace el autor que le escriba algo. Pero tomo las decisiones con ellos.
—Lo que decís se diferencia del manejo más serializado de los grupos editoriales. ¿Qué dificultades enfrenta un sello independiente en EE.UU.?
—Hay editoriales que arrancan como la nuestra y, si tienen éxito los primeros años, normalmente una compañía más grande la compra y la tiene como una marca más, de prestigio. Así podés ganar dinero, pero también te dicen “tal autor, no”, “publiquemos a alguno que venda”. Van a poner límites, y eso a mí no me gusta. Estoy contento con lo que hacemos, y si se meten otros a decirnos cómo tenemos que diseñar o qué publicar, lo estropearía. Es posible que este libro venda bien: ya le dije a Gustavo López que obviamente estos poetas no incluyen a toda la generación del 90, así que bien podría hacer otro volumen de la poesía de esa generación.
—¿Cómo te llegó el proyecto?
—Por Kevin Power, un inglés que viaja mucho a la Argentina. Quienes iban a publicarlo no pudieron. Me interesó para aprender, cosa que pasa leyendo esos poemas una y otra vez. Y me parece bien aprovechar que la gente me conozca para que haya más lectores de poesía.
—¿Hay algún editor que te haya resultado inspirador para tu trabajo, algún referente que puedas mencionar?
—No, podría haberme preparado para sonar muy inteligente y te podría nombrar un montón, pero la verdad que no (ríe). Tampoco tenemos una idea fija de qué vamos a hacer en tres años; sí tenemos cubierto los próximos dos años. El problema de cuando hablo de la editorial es que después nos llegan un montón de proyectos. Y como tenemos tanto para hacer y vamos tan despacio... No estamos pidiendo que envíen material.