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domingo

REPORTAJE a Marilú Marini

Una aventura riesgosa y encantadora

La extraordinaria actriz argentina radicada en París, pero con permanentes lazos con la escena de nuestro país, acaba de estrenar en Buenos Aires la obra Invenciones, basada en textos de Silvina Ocampo, a la que evoca a través de un encuentro con Adolfo Bioy Casares.

Por Magdalena Ruiz Guiñazu

Unica. La artista debió asumir el desafío de encarnar en cuerpo y alma a una escritora a la que gran parte del público había conocido en persona. La evocación de una autora a través de una obra irónica que también sabe expresar dolor.

El estreno de Invenciones resultó una noche extraordinaria. Básicamente por el enorme talento de Marilú Marini, que, una vez más, desborda el escenario. Pero no fueron solamente los textos de Silvina Ocampo sino esa criatura que Marilú recreó con un impresionante dominio del cuerpo y de la mente, lo que conmovió a un público que (¡gran riesgo!) había conocido y observado a la verdadera Silvina a lo largo de su camino terrestre.

Marilú lo describió con sencillez y sabiduría una vez terminada la función: —Mirá, montar un espectáculo de esta extrema delicadeza en un mundo en el que lo que se pide es generalmente inmediatez… en un mundo en el que, por lo general, se reclama una constante brutalidad, es una aventura riesgosa pero excitante, encantadora. Sobre todo hoy, en nuestro tiempo, poner la voz de una poeta y una escritora como fue Silvina es… –Marilú se detiene y luego subraya: —Yo creo, realmente, que fue una de nuestras grandes escritoras del siglo XX, aunque recién ahora se esté difundiendo su obra.

—Bueno, en un entorno tan brillante como el de su marido Bioy Casares y su hermana Victoria, Silvina aparecía como un personaje un tanto borroso. ¿Vos la conociste?

—No. Conocí a Bioy gracias a un adorable amigo como fue Daniel Tinayre (hijo), que me lo presentó. Yo había comprado una primera edición de La invención de Morel con ilustraciones de Norah Borges y quería regalársela a mi actual marido… En aquel momento estábamos de novios –se ríe alegremente al recordarlo– y quería que Bioy se lo dedicara. Danielito era muy amigo tanto de Bioy como de Silvina. Fue en esa oportunidad que Bioy me dio Lluvia de fuego, una obra inédita de Silvina, que luego montamos en París con Alfredo Arias en una excelente traducción de Silvia Baron Supervielle.

—¿Qué es “Lluvia de fuego”?

—Se trata de una historia entre lo fantástico y lo criminal. Habla de una mujer que vive en una hermosísima casa de provincia, rodeada de flores y jardines, y que se siente perseguida por su marido. Esta persecución queda planteada, en forma muy ambigua. ¡Realmente no se sabe si el marido la ha perseguido o si ella lo ha asesinado usando toda esta fabulación! Algo muy digno de Silvina –se sonríe Marilú, pensativa–. Como te decía, no la conocí directamente pero quien me acercó mucho a ese mundo tan particular fue monseñor Eugenio Guasta, que fue muy amigo tanto de Silvina como de Victoria. Ese mundo de lo imaginario de Silvina que aparece en lo cotidiano me fue realmente transmitido por Eugenio. También de manera muy entrañable, porque yo también pienso que Silvina goza de esa especie de luz que envuelve a su marido y a su hermana. Una luz misteriosa y que, sin embargo, la ubica en un sitio apartado del mundo de su hermana, de su marido y de ese gran amigo que fue Borges para ella. No hay que olvidar que los tres publicaron la Antología de la literatura fantástica, que fue un trabajo muy íntimo, muy especial. Yo pienso que ella goza de esa luz misteriosa y lejana porque también necesitaba apartarse un poco. Es la última de las hermanas Ocampo, la más pequeña. He estado mirando fotos en los archivos de Sur y la diferencia de edad con Victoria es realmente grande. En las fotos, Silvina aparece siempre como jugando. Sobre todo con Victoria, pero también en una especie de mundo aparte.

—¿Como una barrera defensiva?

—Yo diría como algo que la protege pero que, a su vez, la relaciona de una manera absolutamente personal y sutil con lo que tiene alrededor. Silvina contempla, mira, observa, y al mismo tiempo hay una elucubración en su cabeza gracias a la cual todo lo transforma en otra cosa. Silvina mira a través de…

—Bueno, hay una frase de ella que es algo como “A mí me gusta contemplar… ¡cualquier cosa!”.

Marilú se ríe a carcajadas: —Sí, es el típico humor de ella. Cuando uno lee sus cuentos advierte que, de lo cotidiano, de lo más cercano, sabe crear un mundo fantástico. Es como si viera a través de los objetos y de las cosas. Borges decía que Silvina veía a través de las personas y que era imposible engañarla. Incluso le atribuía poderes de clarividencia. Tan es así que, en una época, Silvina leía las cartas, las barajas. Adivinaba cosas y también en Invenciones del recuerdo relata que, jugando con su niñera, de pronto se asoma por la ventana y ve una mancha roja, como de sangre, sobre las vías del tranvía. Se asusta, pero cuando llama a la niñera ésta le dice: “Silvina, ¡allí no hay nada!”. A las pocas horas muere un niño, en esas mismas vías, atropellado por el tranvía.

...

—Sí, sí, ella cuenta que en un viaje en barco comenzó a leer el futuro en las barajas hasta que, de pronto, vio cosas que no quería comunicar. Allí fue cuando se detuvo en el tema de la videncia. Sin embargo, de alguna manera, podía ver aún sin proponérselo. Esto se transmite en toda su literatura y en la enorme libertad de estilo que tiene Silvina. Diría que, en vez de construido, es un estilo desarmado, demolido. Sin una determinada estructura. Como si los adjetivos cayeran en lugares inesperados y el ritmo de las frases nos sorprendiera como lectores. A fuerza de ensayar estos textos, de profundizarlos tanto, uno advierte lo inusitado, lo inesperado y la libertad de su lenguaje. Por ejemplo, hay un cuento, La liebre dorada, que es casi un cuento para niños. Esa liebre dorada, a la que Dios ha acariciado con la luz, aparece en el medio del campo. Una gran cantidad de perros comienzan a perseguirla y la liebre los hace correr y correr. Pasan entonces por patios de estancias interrumpiendo el té de señoras elegantes hasta que, finalmente, los perros se cansan y la liebre comienza a acariciarlos con tréboles para refrescarlos hasta que, finalmente, ¡desaparece! Es un cuento maravilloso.

—Sí, pero también una especie de venganza, porque la liebre que va a ser comida por los perros termina dominándolos.

—Absolutamente.

—Es como si hablara de Bioy, ese hombre que gusta a todas las mujeres pero del que, en última instancia, ¡ella es la dueña!

—Eso no lo sabemos, pero el dolor que vos mencionás existió, porque en las poesías, en toda la obra poética de Silvina y también en la prosa, uno siente el humor, la ironía, la distancia pero, al mismo tiempo, encuentra a un ser que ha sufrido y a quien la vida le ha dejado ciertas marcas que, con mucha elegancia, Silvina transforma en algo que posee una gracia muy íntima y muy profunda.

—La adopción de Marta Bioy es un enorme acto de amor. Por lo menos es lo que, sin conocer a Silvina, parecería haber ocurrido.

—Creo que no hay biografías de Silvina en las que se mencione este hecho. Marta era hija de Bioy y por supuesto que su adopción es un gran acto de amor. La gente de la familia a la que he podido conocer demuestra un gran afecto hacia ella. Simplemente por la forma en la que cuidan la memoria de Silvina se puede advertir que hay un cariño fuerte establecido entre ellos…Yo pienso que Silvina debe haber sido una sorpresa cotidiana para todos los que la rodeaban. Una fuente de descubrimiento.

—Incluso, Marilú, vos presenciaste una ceremonia bastante particular cuando Bioy presentó a su hijo Fabián en París, ¿no?

—Claro… Fue un momento muy, muy fuerte para todos nosotros. Alfredo Arias había dirigido La lluvia de fuego y Bioy viajó para verla. Estaba bastante cansado y delicado de salud. Tan es así que pusimos en el teatro un sillón muy confortable para que estuviera más cómodo. Además pensamos que, de alguna forma, ese sillón le correspondía. Tambien pensamos en Silvina. Quisimos cuidarlo tal como me contó Danielito Tinayre que ella hacía.

—¿Silvina había muerto?

—Sí, sí… Cuando terminó la obra Bioy nos presenta a un joven que lo acompañaba y nos dice que es su hijo Fabián. El hecho de venir con su hijo al estreno en Francia de una obra inédita de Silvina era como una forma de presentárselo. Era develar un secreto muy bien guardado hasta ese momento. La obra también había estado muchos años guardada en los cajones del escritorio de Silvina y veía la luz en ese momento, en París. De alguna forma tengo un doble discurso en este tema. Por un lado lo siento como una ofrenda de Bioy a Silvina, y, por otro, pienso: “¡Pero qué coquetería la de Bioy venir con su hijo al estreno de la obra de Silvina!”. Sí, tengo un doble sentimiento acerca de esta historia.

—Bueno, ¡convengamos en que es una puesta en escena novelesca!

—Sí. Y también correspondía un poco a ese matrimonio mítico, a esa pareja mítica que formaron Bioy y Silvina. En mis conversaciones con Bioy lo que él transmitía es que le había fascinado la enorme inteligencia desprejuiciada de ella. ¡Esa sutileza que no estaba dentro de las normas del buen gusto! O sea que era siempre sorprendente. Danielito Tinayre decía que, en las discusiones entre Borges, Bioy y Silvina sobre filología o sobre un escritor determinado, la que salía victoriosa, la que lograba la palabra justa y final, era ella. Su razonamiento era siempre afiladísimo y también inesperado. A veces pensamos que hay crueldad en su obra, pero es esa crueldad inocente de una mirada abierta tal como tienen los niños. Es interesante recordar que Silvina estaba muy cerca de los chicos. Por ejemplo, ¡tenía un teatro de títeres para el que escribía obras aun cuando ya era una persona adulta! Una de sus nietas me lo contó. ¡Basaldúa había construido el pequeño teatro y también los títeres! Sin embargo, era una actividad que no contaba con la aprobación de Bioy.

—También, Marilú, en “Invenciones” el personaje de Greta es Silvina, pero al mismo tiempo no es ella. Aun cuando está muy bien dibujada.

—Bueno, debo decir que eso se debe al admirable trabajo de Alejandro Maci con los textos de Silvina, creando esa situación teatral de una mujer que está esperando a su amante y que invoca toda esta cantidad de juegos, de situaciones lúdicas y teatrales para poblar esa espera interminable. Para darse fuerza. Para estar viva y no sumirse en una profunda depresión. Ese es el gran trabajo de Alejandro: urdir y tejer con los textos de Silvina y, a la vez, tejer el personaje de Greta con el de Silvina. Y uno de los juegos que hace Greta es ser Silvina.

—Bueno, es tan lograda esa espera que, desde la platea, uno no puede dejar de angustiarse. La espera siempre es algo terrible.

—Sí, angustiante. Pero en lo que uno ve y en los aforismos de Silvina en Los ejércitos de la oscuridad se siente que han sido escritos rápidamente, de noche. Ella sufría mucho de insomnio y esas líneas están hechas como para ganarle tiempo a la angustia y a la tristeza. Hay allí un aforismo maravilloso: “…Hay pasos que, cuando se acercan, son el compendio de todas las felicidades. En esos momentos quisiera ser perro”. Es la síntesis de la alegría sin recuerdos. De un momento. La alegría primitiva de querer abrazar y olvidarse de la espera, los resentimientos, los celos. Olvidarse de todo. Es el amor. Y pienso que habiendo frecuentado tanto la obra de Silvina como lo he hecho en este momento advertís que el amor y la muerte están siempre muy presentes. También el amor por las cosas, por los lugares. Pienso que Enumeración de la patria es uno de los poemas más hermosos que se han escrito a la Argentina, a la tierra. Es muy entrañable porque habla de “atardeceres poblados de relinchos”, de “los caminos que los reseros frecuentan con el lucero”, de “jardines llenos de piedritas de colores”, “del río color dulce de leche”. También del misterio de este país, de esta tierra, frente a los ojos de alguien que ha nacido aquí, ha viajado mucho pero que siempre vuelve. Y a mí me ha sucedido a veces, estando en París, y una sonrisa ilumina las hermosas facciones de Marilú; bueno, en París con mi marido nos gusta mucho leernos cosas por las noches, cosas que nos gustan a uno y a otro, sorprendernos con textos. Muchas veces yo leo trozos de Enumeración de la patria y debo confesar que, como las modistillas de las novelas clásicas, se me caen las lágrimas.

También es notable que Marilú no ha perdido nada de su acento argentino ni tampoco usa giros de un idioma, como el francés, en el que vive y habla desde hace mucho tiempo.

—Me acercó mucho a la obra de Silvina lo que ella escribe también acerca de las estaciones de tren, de esos lugares recónditos llenos de viento. Habla de esas mujeres que se trenzan el pelo y atraviesan basurales. Y todo esto no es una pintura inocente sino que es una pintura real del país, de la tierra, y todo de una manera personal y para nada un arranque sentimental.

—Volviendo nuevamente a este estreno, es muy inteligente traer a Silvina a escena con sólo ponerse esos anteojos de sol con borde blanco, tan fuera de moda pero tan clásicos de la familia Ocampo. Y con los anteojos, el tono de voz inconfundible… Más allá de la genialidad, impactó al público porque era como un fantasma.

—Claro, es evocarla a Silvina a través de ciertas frases y actitudes que me han contado. Ella se movía sinuosamente y ese tono de voz característico. Hay una grabación en la que aparecen ella, Bioy, su padre, Borges y Pepe Bianco, y Bioy dice: “Bueno, cada uno va a decir algo, vamos a grabar un recuerdo de esta tarde en la que nos hemos reunido... etc. Bueno, Borges ¿Cómo se te ocurrió escribir Fervor de Buenos Aires”? Y Borges explica. Luego el padre de Bioy enumera los lazos que lo unen a esta tierra que él ama y, finalmente, Bioy retoma la palabra y anuncia: “Bueno, como resolución para este año, voy a romper todo el manuscrito de la novela que estoy escribiendo y voy a empezar todo de nuevo”, y atrás se oye la voz de Silvina que modula, como en un graznido, “¡qué corajeeee!”.

Seguramente, en algun lado, la verdadera Silvina debe sorprenderse ante el hecho insólito de una gran actriz que se ha apoderado de un fantasma y, cada noche, lo hace volver a Buenos Aires.

Edición Impresa

Domingo 09 de Agosto de 2009
Año III Nº 0390
Buenos Aires, Argentina