
La gringuita que conquistó a De Angeli es Mariela Allaix, una diseñadora de modas de apellido francés y ascendencia piamontesa. Rubia y de ojos celestes, su belleza llamó la atención el sábado pasado en el palco de la Rural: fue de jean y con un saco tejido de su línea de ropa, MX. “No sé qué tipo de mujer se esperaban para Alfredo que están todos tan sorprendidos”, se queja. Como profesional, surgió en 1994 gracias a un concurso de revista Para Ti para nuevos talentos, aunque es costurera desde los cinco años, cuando le pidió a su madre que le enseñara. “Mi abuela hilaba y tejía y para mí es un paisaje de la infancia ella siempre en la rueca. Ya a esa edad iba a elegir yo misma las telas para la ropa de mis bebotes y tenía una profesora que se reía porque la escuadra era más grande que yo”, recuerda.
Con su título de bachiller obtuvo también el de corte y confección. En 1990 llegó a un pensionado de monjas en Gorriti y Malabia para anotarse en la Universidad de Buenos Aires. “Eramos 40 mujeres de todo el país y a las 10 teníamos que apagar las luces. Yo creo en Dios y no me molestaban las hermanas. Era tan básico lo que nos pedían como disciplina que no costaba hacerles caso”. En ’91 se pasó al Centro de Artes Visuales, donde se graduó. A medida que avanzaba en la carrera, Allaix experimentaba con su propio look: tuvo una etapa de ropa negra y maquillaje muy pálido, otra de sombreros tipo casquete y en Colón aún recuerdan el verano en el que llegó morocha y con todo el pelo trenzado.
Sus primeros trabajos fueron como vestuarista, cosiendo los sombreros de Esther Goris en El otro sacrificio. Para el concurso de Para Ti contrató tejedoras de su ciudad y quedó finalista con una línea de gorras hechas a mano de las que Ona Saez le hizo un encargo. Fue el puntapié para MX, su marca de prendas folk y ropa de campo. “Cuando yo empiezo a trabajar con tejidos, ponerse algo artesanal en este país era casi una vergüenza. Veníamos de una década de querer todo lo que venía de afuera con el logo de Versace bien grande. Cuando empecé acá con los tejidos, hubo todo tipo de asombro y al tiempo era una invasión de tejidos. Marqué tendencia”. Pero Allaix no sabe tejer. “Jamás pasé del punto cadena, pero entiendo de texturas y así diseño”. Su staff no es, como se dijo, una legión de abuelas jubiladas. PERFIL la acompañó a la casa de sus artesanos de telar: un matrimonio adulto que aprendió la técnica para sobrevivir a la crisis de 2001 y al que ahora ella está conectando con la Municipalidad que quiere ponerlos al frente de cursos de capacitación. “No podemos dejar que se pierda esta técnica, porque ya incluso cuesta conseguir los telares. Hay que crear una cooperativa para formar una industria textil en Entre Ríos que no necesite mandar a hacer las cosas en Buenos Aires”. Como su sector no tiene marco, la novia de De Angeli paga la cuota de la Unión Industrial.
Sobredosis de chamamé. Se casó a los 23, fue madre a los 25 y se divorció antes de cumplir los 30. Su hijo Mauro (12) hace una imitación de Alfredo de Angeli que no tiene nada que envidiarle a la de “Gran Cuñado”. “¡Qué rico!”, dice arrastrando la erre y se ríen cómplices del chiste: la cocina de la casa de Colón no tiene horno y toda la comida se hace en dos hornallas. Allaix no tiene aptitudes culinarias pero él igual le festeja los platos: delivery o arroz blanco. La variedad la buscan en los restaurantes de Buenos Aires: el mes pasado el ruralista probó sushi. También dijo que qué rico.
—¿Qué tienen en común con Alfredo?
—Tenemos un carácter bastante parecido. Compartimos el interés por la cultura de nuestra tierra, nos une la música, el folclore. A mí me encanta el chamamé. Incluso conseguí que en mi pasada en el desfile de Héctor Vidal Rivas en el Sheraton pasaran El tren expreso. (N.de la R: Mariela presentó su colección en Buenos Aires Alta Moda)
—¿Bailan chamamé?
—Claro, Alfredo baila muy bien. Un domingo típico puede ser ir a lo de mi tío en el campo: la casa tiene más de 150 años y nos sentamos a comer cordero en la galería que tiene cenefas. A las 5 de la tarde se arma el baile.
Fue por ese tío que Allaix primero tuvo noticias de quién era Alfredo de Angeli. En el parabrisas de su camioneta Toyota Hilux, tiene una calcomanía que pide “¡Fuerza Campo!”: ella se iba a cebar mate en el piquete para acompañar a sus primos que defendían la productividad de un campo de 20 hectáreas. “¿Viste que la gente del campo no puede tener 100 hectáreas que capaz salen menos que un departamento en Recoleta. Ya somos oligarcas. Vamos a tener que imponer el sulky”, ironiza.
—¿Cómo se lleva con la política?
—Me gusta mucho la tarea social, tengo un taller con chicos de capacidades diferentes que tejen. Estoy muy ocupada con mi actividad, mi trabajo me apasiona y no tengo tiempo para otra cosa. Yo sólo lo acompaño a él.
—¿Está de acuerdo con su lucha?
—Sí. Creo que tiene una causa muy noble. Es una persona seria con buenas convicciones y buenas intenciones.
—¿Se imagina acompañándolo en una campaña electoral?
—La cruzada que hay que vivir ahora es otra: se tiene que destrabar todo este conflicto. Hace ya algunos meses que estamos juntos, pero vivimos día a día. No sé a dónde voy a estar mañana. Pensar de acá a dos años es demasiado.
—¿Proyectan a futuro? Viven a 104 kilómetros de distancia, ¿cómo sería una convivencia?
—Nuestra vida es una vorágine. Uno de los puntos que tenemos en común y que por ahora es lindo es que si hoy estamos en Colón, está todo bien. Mañana en Buenos Aires, todo bien y pasado, en Córdoba, lo mismo. No somos la típica pareja que dice: “Ahora quiero establecer mi casa y plantar el arbolito”. Lo que nos pone muy felices es poder tener esa libertad de movernos de un lado para el otro.
Acaba de cumplir 37 y no presta atención a los quince años de diferencia que le lleva su nuevo novio. Dedicada, le prepara frascos con semillas de chia para regular naturalmente el colesterol, que le dio un poco alto en los últimos estudios. Agradece los saludos de las clientas que la felicitan por una noticia que ya sabían desde febrero, cuando De Angeli comenzó a ser visitante asiduo de Colón. Nunca deja de llamarla para decirle “buenas noches” y la despierta cada mañana desde su celular. Pero Allaix la pasa mal. No puede evitarlo. Habla del asunto y eleva el tono de voz: en las fiestas, las mujeres se disputan a su pareja en la pista de baile. “Se le acercan y le dicen que quieren bailar, aunque esté yo al lado suyo”, cuenta y recuerda qué apretado fue el chamamé con Paula Trapani y Karina Mazzoco al aire de Mañaneras. Innecesario. Allaix está enamorada y sufre.
*Desde Colón, Entre Ríos.