
Una gran reforma dio vuelta toda la casa. Donde estaba el living se instaló la cocina, y ésta más el office y un jardín de invierno se convirtieron en el living. Se agrandó el comedor y los cuartos cambiaron. En el tradicional jardín de chalet se colocó una pileta natatoria con decks y explanadas para mesa y reposeras. Todo, decoración incluida, por obra y gracia de los arquitectos Ximena Fontán Balestra y Rafael Cash (h). Son 500 metros cuadrados y el nuevo jardín –sin bifurcaciones– estuvo a cargo de Fina O’Farrell.
Sus propios dueños admiten que “la elección fue un puro misterio”, recalcando esto, porque la vieja casa no cumplía con sus expectativas, ni el barrio era el deseado. Sin embargo, no pudieron resistirse a comprarla. “Algo” los forzó, incluso, a no decidirse a remozarla hasta dos años después. Como si tuviese sobre ellos alguna “influencia” –tipo la mansión de Ceremonia secreta, de Marco Denevi– de imposible desobediencia. Suele ocurrir. Y a veces, no para mal de nadie sino por el bien de todos. Este sería el caso.
De manera que ahí está la familia, chocha y unida, respirando dentro de los pulmones de ese elocuente hábitat, usando todos y cada uno de sus diversos ambientes, dando y dándose ágapes domésticos y/o muy especiales, recibiendo a no pocos invitados y disfrutando puntualmente del jardín con pileta, máxime en verano. Además, la mezcla de muebles y de objetos clásicos y antiguos le da a tan moderna reestructuración un toque british que le queda muy bien. Y así el chalet vive y deja vivir, en una coexistencia diaria que Merlín –mago celta y protector del rey Arturo– denominó “la sabia comunión de las cosas con los simples mortales”.
Textos: Lulo Luna
Informe: Milagros Firpo
Fotos: Héctor Grassi
Agradecimientos: Rafael Cash (h) y Ximena Fontán Balestra, estudiocfb@fibertel.com.ar