
—Hay una relación esencial entre el pensamiento y la acción. Comencemos, pues, con la pregunta leninista: ¿qué hacer? En otras palabras, ¿cuál es su programa de acción?
—¡Yo no sé qué hacer! Hay que tener en cuenta que Lenin es de 1905; es decir, ha transcurrido ya más de un siglo. Lenin estaba ligado a toda una composición política particular de la clase obrera. Para pensarlo hoy en día, entonces, habría que especificar muy bien la coyuntura política. Reflexionar en la actualidad sobre la relación entre el pensamiento y la acción (el Erlebnis, como dicen los alemanes) implica redefinir la realidad, recalificar su historicidad como historia de la lucha de clases bajo coordenadas diferentes a las de la época de Lenin…, hay pues que revivirlo de acuerdo a la particularidad de este tiempo. El año próximo aparecerá en Colombia un libro que escribí en Padua en 1976, La fábrica de la estrategia: 33 lecciones sobre Lenin. Creo que Lenin ha sido uno de los fenómenos más importantes que produjo el siglo XX y no se confunde, en mi opinión, con el estalinismo; por ello su teoría debe confrontarse con la realidad y esa confrontación debe ser… no leninista (risas.)
—¿Es posible continuar utilizando hoy en día la palabra “comunismo”?
—Yo creo que sí. Es muy difícil, lo sé. Con todo, considero que vivimos un tiempo en el cual el juego está abierto. Este tiempo tendría, quizás, un paralelismo con las postrimerías de la Revolución Francesa. Inmediatamente después no se podía hablar de Robespierre, del jacobinismo: eso estaba verdaderamente prohibido. Luego de la derrota de Napoleón, con la Restauración, los monarcas absolutos intentaron regresar al momento previo a la Revolución. Sin embargo, ello no logró eliminar la verdad que estaba en juego en ella y así, cincuenta años después, en 1848, se pudo reconocer y repensar el jacobinismo. El pensamiento de Marx y de Engels y el comunismo científico se han construido sobre la base del jacobinismo, ¿no? Hoy atravesamos un momento histórico similar que también halla una semejanza con el cristianismo; cabe recordar cómo la patrística cristiana resurge luego de un período importante de persecuciones. Creo que hoy podemos reconstruir el comunismo en tanto teoría y en tanto práctica. Creo, en fin, que el comunismo es el porvenir.
—En su pensamiento político abundan las referencias al cristianismo. ¿Se percibe a usted mismo como un cristiano ateo?
—No…, sí tuve un período en el cual me interesé mucho en la teología cristiana y en el cristianismo como un ejemplo revolucionario. Me refiero fundamentalmente a San Francisco de Asís, a los inicios del humanismo en Italia. La Iglesia lo vio como una amenaza: Asís era un revolucionario, su llamado a la pobreza atentaba contra el statu quo; sin embargo, su trabajo fue fructífero y tuvo una gran importancia en el Renacimiento italiano. El cristianismo ha sido un ejemplo práctico de un movimiento contestatario dirigido no sólo contra la Iglesia sino contra la burguesía en general. No sé si en el islam hubo algo parecido…
—¿Es para usted “ágape” un nombre para el amor político?
—Hay diversas maneras de definir el ágape pero yo estoy mucho más a favor de Eros (risas.) Quiero decir: ágape vale más en una comunidad de espíritu, pero Eros tiene mucha más importancia en el pensamiento político porque alude a un deseo que construye. Con mi amigo Michael (Hardt), por ejemplo, he trabajado en el diálogo El banquete, de Platón, el vínculo estrecho que existe entre el amor y la pobreza, y su capacidad para poner en juego el deseo. Por ello, el personaje principal es Diotima. No hay que entender que el pobre desea la riqueza como lo que le falta; más bien, se trata de pensar que la pobreza moviliza el deseo: es su motor. La pareja no es entre la pobreza y la riqueza, sino entre la pobreza y el amor. Es necesario concebir el amor en la política…, el amor en el comunismo es un amor constructivo, aunque no es sin violencia. No hay, según mi experiencia, amor sin violencia.
—Usted comentó en una entrevista que se volvió comunista después de una estadía en un kibutz israelí…
—Sí. Nací en el Véneto, en Padua, bajo un régimen fascista, y viví mis primeros años durante la guerra. Recuerdo un país extremadamente pobre. La guerra me marcó muchísimo: la guerra, la miseria y el esfuerzo por sobrevivir en el campo. Fui comunista antes de ser marxista. Mi padre fue uno de los fundadores del Partido Comunista en Livorno en 1921. Cuando tenía veinte años trabajé en un kibutz en Israel y allí, como decís, me hice comunista: la exigencia de una vida en común, la abolición de la familia y el trabajo como valor fundamental fueron para mí una experiencia absolutamente extraordinaria. Aprendí que no hay verdad fuera de lo “común”, fuera de lo que puede pertenecer a todos. Más tarde me volví marxista..., cuando comencé a enseñar en la universidad, comencé al mismo tiempo a estudiar a Marx de una manera rigurosa, y continué hasta hoy. Me inserté entonces en un proceso de lucha potente entre los años sesenta y setenta que me permitió desarrollar una crítica extremadamente fuerte al capitalismo.
—En aquella larga conversación que mantuvo con Anne Dufourmantelle recogida en el libro “Del retorno”, usted reconoce el retorno como una suerte de motivo polifónico de su biografía. ¿Qué sentidos ha ido adquiriendo el retorno a lo largo de su vida?
—He tenido la necesidad de retornar a la política. Estuve exiliado durante catorce años y en prisión cuatro años y medio, acusado de ser el ideólogo de las Brigadas Rojas; es decir, permanecí fuera de la vita activa a lo largo de casi veinte años. En el exilio lo único que uno no puede hacer es política, y yo amo la política. Sufrí muchísimo (silencio.) Entonces tuve una hija. Era lo único que había que hacer. Además, fue una época realmente importante de trabajo teórico en común con otros camaradas. Sin embargo, necesitaba volver a la política; regresé entonces a Italia en la década del noventa –momento que coincidió con la globalización. Allí me contacté otra vez con lo que se llamó el Movimiento, algo fundamental para mí porque creo que no existe la teoría sin la práctica, es decir, sin amor. Otra vez la pareja política… (risas.)
—Durante su exilio en Francia escribió un artículo titulado “Elogio de la ausencia de memoria”. ¿Por qué “la ausencia de memoria”?
—No, el texto no lo escribí en Francia sino en prisión, después de haber sido trasladado en 1979 de Padua a la cárcel de Rebibbia de Roma. Es un elogio de la discontinuidad, de la ruptura con la memoria: esto nos permite hacer una autocrítica. Por supuesto que la ausencia de memoria no es una ausencia absoluta; pero creo que la memoria sin ruptura puede impedir la relación con lo real, e incluso falsificar los hechos. Es necesario que ella pueda ausentarse para que exista un cambio. Durante esos años de encarcelamiento revisé todas las tonterías que había cometido, los errores y los aciertos, lo bueno y lo malo. Estaba solo, pero no completamente: me acompañaba el diálogo con la gente de mi generación. Algunos brigadistas se han convertido en amigos muy queridos. Fue una experiencia pacífica…, es notable pero muchos de los acusados en 1979 hoy son muertos políticos.
—¿Cuándo irrumpió Félix Guattari en su vida?
—Lo conocí a comienzos de los años setenta, cuando comencé a viajar a París. Después Félix vino a verme a la cárcel y preparó mi exilio en Francia: encontró abogados, me alquiló un bonito departamento, pagó todo…, la Justicia me buscaba y me ayudó muchísimo. Estaba deprimido, vivía el desgarro y él actuó como un terapeuta para mí: me obligó a escribir, incluso escribimos juntos un texto. Además de Félix, tenía muchos otros amigos en Francia. Trabajé con diversas personas durante ese período, gente muy interesante, muy inteligente, una pequeña tribu que provenía de Althusser y de Deleuze, un grupo de spinozistas: Alexandre Matheron, Pierre-François Moreau, Etienne Balibar… De Foucault me interesaba particularmente su desarrollo de la biopolítica: la vida convertida en objeto de poder. Asistí a sus seminarios en París; todos ellos fueron en verdad muy importantes para mí.
—¿Qué quiere decir cuando afirma que 1968 no fue una revolución sino la reinvención de la producción de la vida?
—Pienso que Mayo del ’68 no fue una revolución política; más bien, determinó una relación entre la acción y la vida que implicó un cambio de paradigma fundamental a largo plazo, que modificó las relaciones con la vida, con la historia. A partir de allí, la experiencia vivida, como he dicho en otras ocasiones, se volvió radicalmente diferente: el intelectual ya no puede estar separado de la vida, de las pasiones, incluso el capitalismo se ha vuelto diferente con la virtualización del trabajo y la globalización… Después del período de reconstrucción que siguió a la Segunda Guerra Mundial, una guerra que consistió, sabemos, en una destrucción inimaginable no sólo por la cantidad de muertos sino por la forma de hacer política –la violencia y el fascismo como sus elementos fundamentales–, sobrevino la primera gran crisis del sistema liberal como había sido construido a nivel mundial. El ’68 fue la primera venganza de la nueva generación contra la historia que le habían impuesto. Al mismo tiempo, hubo una nueva configuración del
pensamiento, el valor a la libertad sexual, la ruptura de la familia…
—¿Qué representó para usted el movimiento de contestación de los años setenta?
—Esa explosión que fue Mayo del ’68 encontró su continuidad en Italia en los años siguientes, de forma positiva y negativa a la vez. (En Francia el pensamiento del ’68 fue una experiencia demasiado breve.) Por un lado, asistíamos a la emergencia de un movimiento general de resistencia –intelectuales y trabajadores, estudiantes y mujeres– contra la mercantilización del mundo. Por otro, el fenómeno de las Brigadas Rojas, de la lucha armada y de los grupúsculos terroristas. Fue un tiempo de alegría y de una violencia enorme. La situación era de verdadera locura.
—¿Cree que aún hoy existe la violencia del Estado?
—¡Por supuesto! No hay Estado sin violencia. El Estado es la policía, los impuestos, las reglas impuestas, y hoy es aún peor: tiene a su lado a la prensa. Hoy el Estado no apunta sólo a la disciplina sino al control social. El Estado es, en fin, un monstruo del que hay que liberarse. La vía puede ser no violenta, pero tampoco es, digamos, pacífica: en todos los casos, sigue siendo una resistencia.
—Por último, ¿qué puede decir sobre el gobierno de Cristina Kirchner?
—No conozco mucho a la señora, conozco al otro Kirchner…, tengo amigos de izquierda muy ligados al primer Kirchner. Pero sí me resulta importante, a pesar de la crisis que atraviesa el país, el proceso de reconstrucción que ha tenido la Argentina. Sé que la coyuntura es extremadamente complicada, pero la lucha contra la herencia fascista y la derecha populista me parece igualmente fundamental. Creo, en suma, que la Argentina es el principio de la organización de América latina frente al gran poder del mundo.
*Desde Londres.