Perfil.com

PERFIL.COM Google
cultura

a 25 años de la muerte de michel Foucault

Un Sócrates en el siglo XX

El 25 de junio de 1984 moría el autor de “Vigilar y castigar” y “Las palabras y las cosas”. Su pensamiento estaba en el cruce entre la filosofía y la historia, para desembocar en un tipo de escritura absolutamente novedoso para las ciencias sociales. Su influencia en Argentina, en los años de la transición democrática, fue de una gran productividad, no exenta de polémicas. Pero, a la vez, su biografía está cargada de preguntas teóricas y de experiencias que colocan la subjetividad cerca del borde.

Por Luis Diego Fernandez

Placeres. Sus últimos libros redefinen la idea del cuidado de sí y la relación con la sexualidad y el uso de los placeres. Un viaje actual a la Antigua Grecia.

Las vidas de los filósofos son un sub-género tan nutrido como inexacto. La vida de un filósofo es un rasgo inevitable para comprender su pensamiento. En el caso de Michel Foucault lo interesante es, entre otras cosas, la diálectica del nombre; es decir, cómo Foucault, nacido Paul Michel, pasa a ser Michel. De alguna manera, Foucault, al deshacerse de Paul (el nombre de su padre, repetido en su primogénito) lo ejecuta simbólicamente. Nacido el 15 de octubre de 1926 en Poitiers, en el seno de una burguesa familia católica de médicos, Paul Michel, al fugar a París, deviene Michel, a secas. Alumno brillante, autoexigido, solitario, su “decisión” de hacerse a sí mismo lo fortaleció en su constitución (parecía un nietzscheano con un exceso de anticuerpos), su propia mirada como filósofo, su condición sexual y su obra. Convencido de su genialidad, sus influjos intelectuales producto de sus cruces con Merleau Ponty, Bacherlard, Koyré, Canguilhem, Hyppolite o Cavailles, así como sus disputas con Sartre y Simone de Beauvoir, le otorgaron peso propio en un medio tan complejo.

Ahora bien, no resulta una empresa fácil escribir sobre un filósofo que cuestionaba al sujeto como una identidad fija (o esencializable). Sin embargo, lejos de lo que se supone, a Foucault más que el poder le interesaba la subjetivación (el sí mismo, el self). O mejor: los diferentes grados de subjetivaciones en la historia, las maneras en las que eso que se hace llamar “yo” emerge de determinada red de relaciones y de dispositivos de poderes en pugna. Al poner en evidencia que ninguna institución es neutral ni virgen, nuestro filósofo puso el foco en las máquinas productoras de sujetos en virtud de diferentes esferas (el trabajo, el lenguaje, la sexualidad). El sujeto, entonces, es un resultado de esa secuencia de dispositivos que nos “generan”: familia, escuela, universidad, empresa, Estado. El desafío es desactivarlo, o en todo caso, jugar en ese marco con los diferentes roles que nos tocan. El proyecto foucaultiano ético era, precisamente, la búsqueda de una moral de la libertad donde cada uno se autoconstruye.

A grandes rasgos hay tres biografías de Foucault. De las tres, indudablemente, la mejor y más seria es la primera que se escribió: Michel Foucault, de Didier Eribon (1989). Sin dudas, es respetable Las vidas de Michel Foucault, de David Macey. Pero el lado discordante viene de un libro tan voluminoso como ominoso al que tanto Eribon como Daniel Defert tildan de libelo; se trata del trabajo de James Miller: La pasión de Michel Foucault. Calificado de pseudo-biografía y libro escandaloso, el texto de Miller prácticamente basa su tesis en la conexión exclusiva de la condición gay de Foucault como determinante de la totalidad de su obra (sin dudas, un aspecto no menor pero no omnipresente). Efectivamente, en el libro de Miller hay un tono “amarillento” que busca el shock haciendo alusión a las diferentes “experiencias límite” del filósofo con relación a su producción intelectual. Algo que ya el propio Foucault se ocupó de aclarar al señalar que todos sus libros partían de cierta experiencia propia. La biografía de Miller, claramente, busca el golpe de efecto al afirmar situaciones tales como que la experiencia de Foucault con el LSD en el Death Valley (Nevada, 1975) fue determinante para operar un giro en su pensamiento. Algo a todas luces injustificado, apresurado y desmesurado. Luego también llega a la obvidedad de las largas descripciones de las experiencias S/M del filósofo en los saunas de San Francisco y New York, para terminar en un tour de force donde describe su muerte a causa del sida como una pasión deliberadamente buscada. Sin embargo, en el libro de Miller hay algunas perlas tales como la frase que dijo el filósofo luego de la muerte de Sartre en 1980: “El representaba todo lo que yo no quería ser, todo lo que yo detestaba: el terrorismo”. Es interesante y, simultáneamente, divisor de dos modelos de intelectual. Y también cuestionador de lo que se suele comprender por intelectual “comprometido” –lo que es lo mismo que dogmático–. Efectivamente, Foucault fue la contracara de Sartre. Y el tiempo terminó evidenciando su validez y el atraso de Sartre, que fue coptado y elogiado por los apolegetas conservadores de la “nueva filosofía”.

El pensamiento. El proyecto filosófico de Michel Foucault siempre resultó solidario con su experiencia de vida –siendo, en esto, consecuente como un filósofo de la antigüedad: un epicúreo, un cínico, un estoico–. Sea en su período arqueológico –de “archivista”–con Las palabras y las cosas o La arqueología del saber, o mucho más marcadamente en su período genealógico –nietzscheano–, con Vigilar y castigar o La voluntad de saber, hay evidencias al alcance de la mano que lo señalan: desde las visitas sistemáticas a veinte prisiones junto al GIP (donde también estaba Deleuze), hasta sus prácticas sexuales sadomasoquistas en los saunas de California. La articulación de la dialéctica o dicotomía de poder/saber fue, también, producto del alumbramiento que le produjo Nietzsche –podríamos decir que lo despertó del sueño dogmático de las tres H: Hegel, Husserl y Heidegger–, a quien leyó sistemáticamente desde 1964 a 1968.

Sucintamente, habría, entonces, dos Foucault. El primero, va desde Enfermedad mental y personalidad (1954) hasta La arqueología del saber (1969). Etapa estructuralista donde vemos las construcciones epocales de “lo normal” y “lo anormal” en pares binarios, con sus figuras: el loco, el enfermo, el anormal. Y, sobre todo, en Las palabras y las cosas (1966), la gran obra de la arqueología de los saberes y condiciones de las diferentes epistemes. El segundo, comienza en Vigilar y Castigar (1975) y concluye con Historia de la sexualidad (1976-1984). Etapa nietzscheana donde se observan las dos caras del poder institucional en el marco del concepto de dispositivo. La figura del delincuente, el preso como estigma de la vigilancia y el control. Pero también la opción de una ética como estética a partir de las morales del helenismo y un incipiente dandismo. Período que podría desdoblarse en una tercera etapa, que muchos llaman ética, particularmente en los dos últimos tomos de la Historia de la sexualidad.

Si Foucault fue moda y divulgación, hoy ya no lo es. La filosofía de Foucault se enmarca en un proyecto filosófico que es de cuño kantiano. Esto implica echar por tierra lecturas absolutamente erróneas: Foucault no fue ni tan de izquierdas como se cree –quizá nunca lo fue, pese a su breve paso de afiliación por el PC parisino–, ni un “teórico del poder”, ni un historiador. A Foucault se lo ha leído de manera sociologizada, literaria o hasta psicoanalítica –cuando expresamente fue claramente anti-psicoanalítico–. Sucede que a Michel Foucault hay que estudiarlo como lo que es: un filósofo. Y en cierto sentido, un filósofo clásico. Esto lo hace explícito el propio pensador en su artículo del Diccionario de filósofos, dónde el mismo adscribe su filosofía a la tradición heredera de Kant. Es decir, una historia crítica del pensamiento, un análisis de las condiciones de posibilidad bajo las que se formaron ciertas relaciones epocales entre sujeto y objeto. En este aspecto, estas condiciones, al cambiar, generaron formas discursivas disímiles en cada época –de ahí su filiación con el estructuralismo– y legimitaciones del saber con relación al poder productor de subjetividades.

El poder para Foucault es claramente estrategia y operatividad constante con fuerzas irregulares, multipolares e intersticiales. Su fortaleza –y su disciplina normalizante– es, a la vez, su debilidad –y la alternativa modal y formal libre–. De ahí el potencial de resistencia en sí mismo. De ahí su inmanencia nietzscheana y la opción válida de un dandismo crepuscular a modo de deslizamiento por esas instancias institucionales. La libertad está, de este modo, en la configuración misma del poder. No hay afuera. O mejor: a Foucault no le interesaba qué es el poder sino, más bien, cómo es el poder. De qué forma actúa. No hay esencialidad del poder, hay analítica del poder en los diferentes estamentos. Hay prácticas de poder. El poder como productor, no como represor. El poder como malla, como dispositivo madre, digamos. Quizá lo más interesante sea que la relación de poder siempre es modificable, susceptible de ser invertida, reversada. La publicación de la Historia de la sexualidad (1976-1984) es pasible de ser pensada como la irrupción de una erótica contemporánea. O bien, la posibilidad de pensar la sexualidad como ars erotica –al modo de China, India o Grecia– y no como sciencia sexualis –en ligazón con la tradición típica de Occidente: de la confesión al diván psicoanalítico–. Pero, sobre todo, la Historia de la sexualidad es un texto fundante de una manera innovadora de pensar la subjetividad. También podemos leerla como una ontología del presente inédita en relación con el cuerpo y el placer. Libro coptado con mayor o menor razón por los queer studies, la Historia de la sexualidad no es –y esto Foucault lo deja en claro– una obra que tenga que ver con la liberación gay. Lejos de eso, es un análisis de una densidad y lucidez extremos sobre los tres grandes ámbitos de relación del cuerpo en la antigüedad: consigo mismo (dietética), con los otros (erótica) y con la verdad (filosofía). Es un tratado sobre la constitución de la subjetividad a partir de los rastros de las escuelas de pensamiento del helenismo postaristotélico. Y, en consecuencia, el esbozo de un nuevo sujeto, ya librado de la medida ilustrada. Algo así como un “kantismo sin Kant”. De modo que la ética de Foucault, en cierta forma, se funda en Kant, en cuanto a la prevalencia de la autoconstitución del sujeto, pero, claro está, sin la pretensión universalista y decimonónica de la Ilustración. El desafío al que nos llevó Foucault fue aspirar a una “normativa” que parta de los individuos y que no aspire a “normalizarlos”. Sólo esta “normativa” anti-disciplinaria es aceptable. Esto no será más que una ética como estética de la existencia.

La filosofía de Foucault pone en evidencia que la realidad es producida y, por lo tanto, transformable. La historia es vista como la alternancia de diferentes formas de racionalidades, y en sí misma no tiene progreso, ni metas, ni destino. La visión de Foucault respecto de la historia es anti-teleológica. La inesencialidad es la “esencia” del hombre. Ahora sí, se puede comprender entonces “la muerte del hombre” como el nacimiento, en consecuencia, del “hombre post-histórico”. Y este hombre requiere de otra fundamentación ética.

Presente y herederos. El legado de la filosofía de Foucault todavía no conoce su techo. Las diferentes filosofías herederas del pensamiento foucaultiano están marcando algunas puntas: por un lado, la corriente italiana biopolítica, con Giorgio Agamben y Roberto Esposito, quizá sea la más lúcida y sólida de todas y la que verdaderamente ha extendido el concepto de biopoder al mundo actual; pero también la corriente italiana posmarxista: Negri, Virno y Lazzarato, o bien las lecturas, tal vez algo caducas, de la corriente queer y de los estudios de genéro –con Judith Butler a la cabeza–, y heterodoxas, como el caso del hedonismo anarquista de Michel Onfray.

De los 13 volúmenes que se prevé publicar de los cursos de Michel Foucault en el Collége de France ya se han editado 8 tomos. El último curso que Foucault dictó –el 8° tomo en francés: Le Gouvernement de soi et des autres: le courage de la vérité (El Gobierno de sí y de los otros: el coraje de la verdad)– se trata del ciclo lectivo final (1983-1984), pocos meses antes de la muerte del filósofo (el 25 de junio de 1984). Allí Foucault plantea la cuestión de la “vida filosófica”. Conceptos como el de parresía –hablar con franqueza– serán, en este sentido, centrales. Focalizando en la escuelas morales postaristótelicas (estoicos, epicúreos, cínicos), la reflexión foucaultiana se deslizará hacia pensar un estilo de la existencia. Esta militancia extremista de la verdad define, para Foucault, la empresa misma de la filosofía. El filósofo es aquel que exhibe su vida como testimonio escandaloso de la verdad, no por afán gratuito de provocación, sino para inquietar la conciencia de quienes creen llevar una vida buena y recta. En esto Michel Foucault fue un modelo. Hoy ya lo podemos decir: un clásico de la historia de la filosofía. El Sócrates del siglo XX.

Edición Impresa

Domingo 28 de Junio de 2009
Año III Nº 0377
Buenos Aires, Argentina