
Entre junio y diciembre, cientos de ballenas francas australes –tal su nombre “oficial”– se acercan al litoral marítimo atlántico, especialmente a las corrientes marinas de Caleta Valdés y de los golfos San José y Nuevo, en la Península Valdés. Desde allí, es posible no sólo verlas desde las costas, sino también admirarlas a pocos metros de distancia, a bordo de embarcaciones que parten desde Puerto Pirámide cada dos horas, acompañadas de guías especializadas, y que recorren unos cien kilómetros sobre el océano para acercarse a uno de los mamíferos más grandes y amistosos del mundo.
Adaptadas perfectamente al medio marino que les sirve de hábitat, con sus 40 toneladas de peso y hasta 16 metros de longitud, son lentas
–alcanzan entre 9 y 11 kilómetros por hora en corrientes frías–, curiosas y de buen carácter: juegan con sus aletas y su cola, y los turistas, agradecidos, admiran un espectáculo natural que no tiene parangón en el mundo. Como si supieran que, para que las cuidemos como necesitan, deben exhibir sus encantos.
Las ballenas francas –cazadas indiscriminadamente desde el siglo XVIII y protegidas como monumento natural desde 1984– son lentas para reproducirse (lo hacen sólo cada tres años), y la posibilidad de que se extingan del todo es una realidad más que preocupante: según datos nacionales, antes de iniciar las cacerías, existían cerca de 100 mil ejemplares de ballenas francas. Hoy, se calcula que quedan unos 3 mil individuos, con el 20 por ciento del total –unas 600 ballenas– que vienen a aparearse en aguas argentinas. Eso las convierte en la población más numerosa registrada en el mundo. Pero a no confundirse: de las once especies de ballenas que existen, las más amenazadas son las francas. Pero para mojarse con su particular manera de exhalar el aire, en forma de “V”, sólo basta con poner proa a Chubut. Y para que la experiencia resulte la mejor posible, Adrián Contreras, subsecretario de Turismo de la provincia, destacó que “esta temporada hemos exigido a quienes prestan los servicios de avistaje el cumplimiento de las normas ambientales, una mayor calidad en la prestación del servicio, y mejoras tecnológicas y en los recursos humanos, entre otras”. Está todo listo, y las ballenas esperan.
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