
Comienzo. Alrededor del 15 de mayo, una niña de 11 años regresó de pasear por Disneylandia, en la ciudad norteamericana de Orlando. Hacía un mes que se reportaban casos de gripe A en México y los Estados Unidos; la ministra de Salud de la Nación, Graciela Ocaña, ya venía insistiendo en la necesidad de postergar los viajes a las zonas más afectadas por lo que en un primer momento se llamó “gripe porcina”.
Sin embargo, la familia decidió hacer de igual modo el viaje de placer planeado en plena época escolar. Al regresar, el padre de la niña –que es escribano y cuyo nombre se reserva; este diario pudo hablar con su secretaría, que rechazó el pedido de entrevista de modo descortés– tuvo que llevar a su pequeña hija al pediatra: habían comenzado los síntomas, sobre todo fiebre alta.
Increíblemente, en las primeras consultas el padre ocultó el hecho de haber viajado al país con más enfermos, como ya era los Estados Unidos. El profesional, sin ese dato clave para sospechar el diagnóstico, descartó la posibilidad de realizar los análisis de rigor porque no había “nexo epidemiológico”. Entonces, apenas se registraban dos casos en todo el país.
Recién cuando se enteró del paseo por Disney, pidió el hisopado y mandó la muestra al Instituto Malbrán. El domingo 24, las autoridades de Salud de la Nación dieron a conocer que había dado positiva por gripe A. Dos días después, el martes 26, el Colegio Fray Mamerto Esquiú, al que va la niña, fue cerrado por dos semanas completas: 12 compañeras de la hija del escribano habían contraído la enfermedad.
Clímax. A partir de entonces, comenzó lo aún más alocado de la historia. Alguien, en el edificio del barrio de Belgrano donde vive la familia de la niña enferma, se enteró de que padecía la gripe. E hizo arrancar un mecanismo de exclusión digno de lo peor del ser humano. Se llamó a una urgente reunión en el consorcio, en la que se decidió manu militari expulsar sin más a la “familia contagiada”. “No queremos que toquen los picaportes de la puerta de entrada, ni compartir pasillos y ascensores con ellos”, fue uno de los argumentos triunfantes, por aclamación, en la asamblea.
Cuando se lo comunicaron –es de imaginar que por vía telefónica– el escribano entró en la disyuntiva de plantarse ante sus vecinos y resistir la medida, o acceder al “pedido”. Con desesperación, pidió consejos a algunas de las autoridades intervinientes en la epidemia, que no supieron cómo detener la flagrante discriminación que se estaba cometiendo. Quizá para no ocasionarle más trastornos a su familia, armaron valijas y se mudaron (¿temporariamente?) a la casa de otro pariente. Es muy probable que la historia no terminará ahí y habrá alguna instancia judicial contra el consorcio.
Final. El caso que ahora se da a conocer hace recordar a otros de similar grado de irracionalidad, dado que la tasa de mortalidad de la gripe A (H1N1) es igual o más baja que la de la gripe común (con la diferencia del despliegue mediático originado en buena medida en alertas de la propia OMS). El más famoso fue el del micro que llegó a Mendoza proveniente de Chile con una persona con los síntomas de la enfermedad y fue apedreado por vecinos del Hospital Lencinas, con el saldo de siete personas heridas y un papelón internacional.
Ayer, este diario dio a conocer el caso de Juan Pablo Moccero, en Azul. Había regresado de México luego de que se levantara la veda de vuelos directos entre ese país y la Argentina. Algunos de sus hijos, que no habían viajado, tuvieron fiebre. Desde entonces, sufren recluidos y los vecinos evitan todo contacto con ellos.n