
El archivo de la Cancillería guarda un documento de un servicio de informaciones especializado en el seguimiento de los temas y los actores eclesiásticos. Su texto sostiene que Bergoglio se proponía limpiar la Compañía de “jesuitas zurdos”. En sus predicaciones el provincial lo decía con términos menos explícitos: era menester que los jesuitas evitaran las “ideologías abstractas no coincidentes con la realidad” y reaccionaran con “sana alergia cada vez que se pretende reconocer a la Argentina a través de teorías que no han surgido de nuestra realidad nacional y especialmente en el reconocimiento del sentido de reserva religiosa que tiene el pueblo fiel”. Para ello debían inspirarse en los criterios de San Ignacio de Loyola:
“La unidad es superior al conflicto, el todo es superior a la parte, el tiempo es superior al espacio, la realidad es superior a la idea”.
Entre sus amigos personales estaba el coronel Vicente Damasco, jefe del regimiento de granaderos a caballo y encargado de la seguridad personal de Perón desde su regreso a la Argentina. Bergoglio lo visitaba en su casa de la calle Asunción, en Villa Devoto. Algunos funcionarios a quienes Damasco les presentó a su asesor personal creían que era el provincial jesuita para América latina, cargo inexistente. Perón recibía a Damasco en su primera audiencia diaria y le encargó la redacción de su denominado “Modelo Argentino para el Proyecto Nacional”. Damasco había sido profesor de Planeamiento y Organización en la sede San Miguel de la Universidad jesuita del Salvador, a cuyo secretario académico, Cataldo Grispino, convocó luego a trabajar en la elaboración del Modelo Argentino. Damasco también elaboró un proyecto de reforma constitucional. Para ello su equipo de trabajo compiló ocho principios orientadores. El primero decía que “la Divinidad es la medida de todas las cosas”.
La redacción del Modelo Argentino se realizó entre febrero y mayo de 1974, en los primeros meses de Bergoglio como superior de la Compañía de Jesús en la Argentina. Perón desalentó su publicación cuando el secretario legal y técnico Gustavo Caraballo le presentó una planilla en la que señalaba las transcripciones textuales que había incluido Damasco de un libro sobre el proyecto nacional de su subsecretario Angel Fortunato Monti. El supuesto Modelo de Perón recién fue publicado en forma de libro después de su muerte, por una editorial de Guardia de Hierro.
Al mismo tiempo que Bergoglio asumió como provincial argentino el sacerdote jesuita Jorge Camargo se hizo cargo de la Universidad del Salvador. En 1955 había sido uno de los comandos civiles antiperonistas de Córdoba, que almacenaban en el Colegio San José de Córdoba las armas que usaban en sus furtivas salidas nocturnas. Menos de veinte años después, en su primera alocución como rector, La Bruja Camargo abogó por la pureza del peronismo en contra de quienes se proponen “la captación del poder político” para que “el líder de turno piense como el captador decide”. Esta actitud es audaz, pero “débil en su violencia” y “efímera en su rapidez”. Guardia, el FEN, jesuitas como Bergoglio y Camargo fueron típicos representantes de la peronización de las clases medias y las interpenetraciones entre movimientos eclesiásticos y opciones políticas. Una de las primeras decisiones de Bergoglio como provincial fue entregar la Universidad del Salvador a una asociación civil formada por laicos. “Este desligue es real, no se trata de que la Compañía abandona la escena para pasar a ocupar el papel de apuntador”, explicó Bergoglio. La Compañía tal vez, pero no Bergoglio. Quienes se hicieron cargo formaban parte de Guardia de Hierro junto con él, lo que le permitió conservar el liderazgo sobre la Universidad mucho después de su conflictivo alejamiento de la Compañía de Jesús.
Un sociólogo que investigó a Guardia de Hierro y sus relaciones con la Iglesia Católica sostiene que, en contraposición a Montoneros y la Juventud Peronista, el grupo se aferraba cada vez con más contundencia a la figura de Perón. Pese a su declinación ostensible afirmaban, con una impronta religiosa, que no moriría.
“Cuando este tipo de adhesión se intensificaba, las definiciones polares terminaban reforzando las identidades políticas y la militancia producía efectos simbólicos cada vez más religiosos. La defensa de Perón devino en incuestionable, sagrada en el sentido durkheimiano.”
(Los compañeros de Guardia de Hierro influyeron más que los jesuitas para que Bergoglio arribara un cuarto de siglo después al principal cargo eclesiástico del país. Lo propuso al Vaticano como su sucesor el ya cardenal Quarracino, un simpatizante externo de la férrea organización.)
Tortolo preside el Episcopado. Desde 1967 el coadjutor Juan Carlos Aramburu conducía la Arquidiócesis de Buenos Aires pero Antonio Caggiano quedó al frente de los nuevos Consejos formados por la subdivisión de su sede, uno con los cuatro obispos auxiliares zonales de la Capital y otro con los cinco del conurbano: Avellaneda, Lomas de Zamora, Morón, San Martín y San Isidro. También mantenía el vínculo protocolar con el gobierno. Seguía ocupando el cargo inexistente pero muy real de jefe de la Iglesia argentina. En diciembre de 1969 celebró la misa anual de la Asociación de Magistrados del Poder Judicial y en presencia de los interventores gubernamentales en la Corte Suprema dijo que una nación sin justicia era como un barco a la deriva, sin la menor referencia a la realidad que tenía a la vista. No era el único que seguía privilegiando las relaciones oficiales como eje de su pastoral. Dos semanas después, Raúl Primatesta asistió junto con el interventor Huerta al bautismo en el area Material Córdoba de un nuevo modelo de avión. Despeinado por el viento, el arzobispo observó cómo una chica rompía una botella de champán contra el fuselaje de la nave. Y al terminar el año acompañó a Onganía, Lanusse, Huerta y el jefe de la Fuerza Aérea, Jorge Martínez Zuviría, a la entrega de diplomas a los egresados de la Escuela de Aviación Militar.
Hasta fines de abril de 1970 Caggiano también presidió la Conferencia Episcopal. Recién entonces la Asamblea Plenaria eligió para sucederlo a Adolfo Tortolo y en las dos vicepresidencias del Episcopado a Primatesta y Plaza. La designación se produjo en la primera Asamblea Plenaria del Episcopado posterior al aplastamiento de la huelga en El Chocón y reflejó las confusas relaciones de fuerza del momento, donde el tradicionalismo y la renovación alternaban embestidas y negociaciones. A diferencia de lo habitual, el presidente y sus dos vices formaron parte de una lista cerrada que se presentó como hecho consumado a la asamblea, donde muchos obispos tardaron en advertir la operación de un grupo organizado. Según la desencantada descripción del catolicismo liberal, la nominación de obispos “conocidos por su adhesión a las doctrinas más clásicas y a las prácticas más tradicionales” era una respuesta disciplinaria a las sucesivas rebeldías de Córdoba, Rosario, Mendoza y Corrientes y corría el riesgo de provocar una polarización en sentido opuesto. Para Mejía esta preeminencia de la derecha sobre la izquierda eclesiástica podía tranquilizar a la propia conferencia episcopal pero desamparaba a “la gente inquieta, rebelde […], el clero tentado de firmar manifiestos y de organizar resistencias populares […], las religiosas desorientadas a fuerza de interrogarse y ser interrogadas acerca de la autenticidad de su propia vocación […], los laicos ansiosos de hallar en su vida de Iglesia la razón y el impulso para sus compromisos temporales”.
Tortolo y Plaza tenían veinte años menos que Caggiano, Primatesta treinta. En cuanto a la orientación a seguir, Tortolo encarnaba la perfecta continuidad con la visión integrista de Caggiano, Plaza había acelerado el regreso de sus excursiones populistas y Primatesta acababa de minimizar los principales documentos de la renovación episcopal y de señalar al MSTM y a la juventud como “problemas” ante oficiales del Cuerpo III. Lo primero que hicieron las nuevas autoridades fue visitar a Onganía para comunicarle su disposición a colaborar. Tortolo proclamó que las relaciones entre la Iglesia y el Estado eran armónicas y que todos debían agradecerle a Dios por vivir en la Argentina.
Luego de elegir sus nuevas autoridades la Asamblea Plenaria retomó la difícil discusión sobre las distintas ramas de la Acción Católica y el apostolado laico. La Acción Católica tenía un tronco central y ramas especializadas de hombres, mujeres, jóvenes, profesionales y movimientos rurales. En cambio habían desaparecido las organizaciones de obreros, estudiantes secundarios y de universitarios católicos (JOC, JEC y JUC) cuya militancia había sido traccionada por otras opciones políticas. Una vez más los disensos giraron en torno del compromiso temporal, lo cual incluía la militancia católica en organizaciones políticas de corte revolucionario, intolerable para la jerarquía. Concebida cuatro décadas antes como un Ejército del papado en su batalla con la modernidad liberal y marxista, la Acción Católica comenzaba a actuar con autonomía como una milicia con jefaturas y programas terrenales y bajo una fuerte influencia de organizaciones políticas ajenas a la Iglesia. Para discutir este tema los obispos invitaron a un grupo de sacerdotes y laicos. El relator fue el obispo auxiliar de Rosario, Jorge López. El extenso debate abundó en sutilezas acerca del orden y del compromiso temporal, de la misión de la Iglesia y de sus fines, de la unión con la jerarquía pero sin desencarnarse de la realidad del mundo, de la doble condición de los laicos como bautizados y ciudadanos, de su acción individual o asociada. Las preguntas al relator tendían a dirimir si las formas reales de militancia podían conciliarse con los esquemas organizativos tradicionales. Por ejemplo, ¿a quién corresponde la inserción en el mundo: a la Iglesia como institución, a la Acción Católica o a los laicos formados por los obispos, quienes a su vez iluminan evangélicamente el orden temporal?
Al refinarse el análisis surgió la diferencia entre el laicado a secas, que tenía todo el campo de acción, y el laicado de Acción Católica, respetuoso de los límites de la institución, con lo cual el debate se aproximaba a la irreductible partícula atómica. Los obispos querían cuidar a la Acción Católica para que se mantuviera en una posición ortodoxa y no interviniera en lo que Aramburu llamó campos opinables. Es decir, todos, en la convulsión que se vivía.
López admitió que denunciar e iluminar formaba parte de la misión de los laicos, siempre que lo hicieran guiados por el Evangelio y el magisterio y con la doble virtud natural y sobrenatural de la prudencia. Otro asesor, el padre Manuel Moledo, pidió a la jerarquía que no desanimara la legítima presencia de la Acción Católica en el orden temporal. El laico Domingo Quarracino, hermano menor del obispo de Avellaneda, sostuvo que el futuro de la Acción Católica sería muy dudoso si no sirviera para que la juventud canalizara su voluntad de comprometerse con el mundo.
Tortolo preguntó si se desconfiaba del Episcopado. El obispo de San Rafael, Oscar Villena, dijo en forma dramática que si la pobre imagen de la Acción Católica se extendiera a los obispos sería el certificado de defunción del Episcopado. El laico Quarracino, que junto con su esposa Matilde presidía el Movimiento Familiar Cristiano, respondió que los laicos creían en la institución divina del Episcopado pero que, en unión con los obispos, solicitaban mayor participación en la vida de la Iglesia.
Desde el Obispado de Avellaneda su hermano Antonio siguió alabando la inspiración social del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y de los laicos comprometidos y sólo les sugirió mayor comunicación con los obispos para no dar la imagen de una iglesia paralela. Al mismo tiempo continuaba las reuniones con sus presbíteros y laicos para aplicar las resoluciones conciliares. Una Semana de Pastoral que organizó con setenta sacerdotes reconoció el carácter obrero de su diócesis, recomendó la fidelidad sacerdotal a lo popular y la organización de comunidades menos clericales, en las que el laicado asumiera su misión. Ex asesor de la Juventud Obrera Católica en los duros años posteriores al golpe de 1955, Quarracino cuestionaba las riquezas indebidas en el culto, administradas con mentalidad comercial, proponía una distribución más justa del ingreso nacional y hablaba de la socialización de los medios de producción.
Al finalizar la Asamblea el Episcopado emitió un extenso documento sobre la función del laico como rostro de la Iglesia en el mundo, “por designio de Dios y no por delegación” episcopal, lo cual se ajustaba a los replanteos conciliares. Sin abandonar las viejas restricciones, el tema se tocaba con una sutileza nueva. Los cristianos no pueden lograr aislados su felicidad. Entre la jerarquía y el laicado se establece un intercambio de bienes humanos y divinos. La autoridad y la obediencia pasan a ser un “juego mutuo”. Sacerdotes y laicos cultivan “una misma santidad” porque todos han sido “elegidos y consagrados por Cristo”; todo laico se convierte en testigo y en instrumento vivo de la misma Iglesia. El deber del laico es la evangelización en las condiciones comunes del mundo, a través de las estructuras de la vida secular, en el hogar, la fábrica, el taller, la oficina o el ámbito rural.
El pleno sentido de estas distinciones algo bizantinas se percibiría muy poco después, cuando algunos laicos de Acción Católica, con o sin iluminación de sus asesores, sacudieran el orden temporal con algunas audaces formas de compromiso que aterrarían a la jerarquía.