
En 2002, se había recuperado de un linfoma no Hodgkin en el riñón izquierdo. “Pasé un año entero regalando mi cuerpo a sesiones de quimioterapia. Sesiones que duraban cuatro días –detalló–. Mi aspecto era el de un sapo a punto de reventar”.
Este año, cumplió una década al frente de El parquímetro y anunció sus deseos de renunciar para irse a recorrer el mundo. “No tengo más ganas de vivir en un solo país. Siento que me estoy perdiendo la experiencia que el planeta tiene para ofrecer”, le dijo a un semanario hace algunas semanas, cuando ya sabía que se enfrentaba de nuevo a la enfermedad. Mientras junta fuerzas, hace el programa por teléfono desde su casa de San Isidro y les pide a los productores que lo molesten lo menos posible.
“Me tocó estar al lado suyo cuando estaba en tratamiento –contó a PERFIL Sebastián Wainraich, su ex productor–. Fernando terminaba la quimioterapia un martes y el viernes estaba al aire. Los médicos decían que era imposible, pero él tiene mucha fuerza”. Con la política de “contarlo para exorcizarlo”, su enfermedad se vio a través de entrevistas, apariciones televisivas y comentarios propios al aire de su programa en radio Metro 95.1. Contó que se había prometido no hacerse más estudios. Superado el linfoma, no quería volver a someterse a un tratamiento tan agresivo. Pero cedió. Ya en septiembre, lo explicaba él mismo: “¿Otra vez todo eso? Sí, otra vez. Otra vez porque me quedan cosas por hacer, otra vez porque soy un cagón, otra vez porque soy valiente también, otra vez porque soy gallego, otra vez porque tengo OSDE 450, otra vez porque me quiero, otra vez porque me odio, otra vez porque me mentí (...), otra vez porque amo la vida, otra vez porque me encanta coquetear con la muerte”.
Cuando lo privado se hace público
Detección. Le diagnosticaron el linfoma en 2001. Estuvo en tratamiento, bajó más de quince kilos, sufrió anemia y tuvo que ser operado de la pleura, pero se recuperó.
Repercusión. Recibió críticas y aplausos por seguir al frente de su programa desde el Instituto Fleni. Durante ese tiempo, Peña hacía el programa desde la cama y por teléfono.
Recorte. “Un día, por radio, dije: ‘A todo el mundo le deseo una enfermedad terminal… y que luego se cure’. Pero me cortaron la frase, porque este país está lleno de hombres-tijera. No oyen, no escuchan, no entienden. Viven rápido, pero mal”, aseguró a un semanario de actualidad.
Temor. Dice que su único miedo es morirse dormido, y que su epitafio dirá: “No le pido perdón a nadie”.
Pre-anuncio. “Otra vez parece que me muero, otra vez trataré de no morirme, sí, otra vez, otra vez porque no hay más remedio, otra vez, otra vez… por mí”, escribió en su espacio de Crítica de la Argentina en septiembre, cuando comenzaba a hacerse estudios.