
—…Bueno, yo tenía un blog que empezó para la familia y cuatro amigos. Hacía apenas un año que vivía en Barcelona por todo el tema de la crisis del 2001 y, francamente, me resultaba muy incómodo estar afuera…
—¿Por qué? ¿Extrañabas?
—No, no. Descubrí cosas muy raras. Había estado fuera del país, una semana antes, cuando Racing salió campeón, y me resultó una gran felicidad, pero cuando pasa algo… feo en tu tierra y estás lejos, ¡no podés compartir ni el zapping del dolor! Yo no podía pasar por Telenoche, Crónica TV. Hacía un zapping ridículo, europeo, y las noticias que me llegaban eran noticias de agencia. No era la verdad, aunque la verdad tampoco es lo que dice tal o cual noticiero sino lo que uno “hace” con toda esa información. Y yo no tenía ni la harina, ni el agua, ni los huevos como para hacer esa masa… Es muy feo –repite– estar lejos cuando pasan cosas tan terribles. Entonces empecé a desahogarme muy temprano por las mañanas.
Yo trabajaba en un diario económico en Internet (que es tierra de nadie) y empecé a escribir la historia de una familia que estaba pasando por esa crisis. Una familia que se estaba desbarrancando de la clase media. Y lo hice con recuerdos de lo que había ocurrido con mi familia en la crisis del ’89, el austral…
—…Cuando Alfonsín tuvo que entregar el mando antes de tiempo…
—Exacto. Tomé entonces los recuerdos de una crisis que sí había vivido y que, claro, recordaba muy bien, y ubiqué a esta familia en el 2002. También quise que la mamá, la que relataba los hechos en primera persona, fuera terriblemente optimista. Que hiciera trucos de magia con todo lo malo con tal de salir adelante. Y te juro que esa horita de cada mañana... bueno… yo estaba realmente en Mercedes, mi ciudad. Había salido de Barcelona. En realidad, de puro egoísta, lo hice para mí y para las cuatro o cinco personas que lo leían. Esas personas se fueron multiplicando y eso ya escapó completamente a mi comprensión.
—Bueno, la señora Bertotti, tu protagonista, empieza explicando que son de Mercedes…
—…Y Gasalla respeta todo el tiempo ese recorrido mercedino. Cuando la hija festeja su fiesta de 15, la cosa ocurre en el salón “Nous”, que existe realmente, y también hay mucho chiste mercedino. Incluso, Antonio mantuvo algunos códigos en la versión teatral que hicieron reír a unas diez personas en la sala porque, obviamente, ¡eran de Mercedes! Lo entendían desde otro lugar y esto me gratifica mucho. Yo escribía los miércoles y viernes…
—¿Así de ordenado?
—Ordenado y, a la vez, caótico, porque no sabía lo que iba a pasar al día siguiente. Cuando escribís así, en directo, tenés al lector esperando a ver qué va a pasar. Igual que en los folletines del siglo XIX pero sabiendo que, cada vez, había más gente esperando el próximo capítulo que, al mismo tiempo, ocurría en el día de la fecha. Si una mañana Mirta Bertotti se despertaba con la noticia de un terremoto en Mexico, podía muy bien comentarlo. ¡Era un espectáculo literario en directo! Ahora se ha convertido en un espectáculo teatral en directo, tal como fue en su origen…
—La Bertotti que inventaste es, a la vez, muy tierna pero pragmática y descarnada. Por ejemplo, cuando descubre que a su hija le depositan dólares en el banco por hacer un strip-tease por Internet, ¡ya no le parece mal!
—Por supuesto, y cuando descubre que se baña con una web-cam enfrente, le dice: “Si además de hacer una platita, te bañás todos los días, ¡mejor!”. Me parece que incluso lo que vos recordás del depósito en el banco marca exactamente la mezcla que se da allí. Un cóctel entre algo que puede parecer muy gracioso en lo superficial pero que, cuando rascás un poquito, te encontrás con que hay una mujer que está atenuando la prostitución de su hija, ¿no? O sea que estamos hablando de hasta dónde puede llegar una crisis moral. Pero, bueno… ése es el cuento. El cuento trata de manejar el cómo somos con un humor hasta escatológico, muy frívolo. Con chistes de vodevil. Pero, por dentro, la intención es que pase algo. Que cuando dejes la novela o salgas del teatro digas: “Yo me reí y me reí pero, debajo de todo esto, están pasando muchas cosas…”.
—¡Pobre Bertotti! ¡En el fondo ella sueña con que su marido la vea linda y la desee! Y él, claramente, le dice algo como que ya es un trapo viejo…
—Sí, sí. En toda esta historia ella está peleando. Por un lado, con una debacle estructural de un país, de una clase social y de una familia. Pero, también, con su propio tiempo de mujer. En la obra de teatro, Gasalla dice muy acertadamente un texto en el que ella habla de la última vez que le vino la menstruación. Allí hay un corte sustancial de lo individual, y ya no de lo social o de lo familiar. Ahí se juegan las dos cosas. Nosotros como núcleo de gente que nos queremos pero también nos odiamos y, además, con un gran y único temor, ¡que es el tiempo!
—En Buenos Aires, tu obra es el éxito teatral del año, pero se me ocurre que en España ocurriría lo mismo. ¿O son muy distintas las mujeres?
—No, no. La mujer cuando es madre creo que es universal. En cambio, la mujer soltera es diferente en otras partes del mundo. Una vez que ha parido… bueno, ¡eso lo unifica todo! No hay nada más importante para una mujer que sus hijos, su familia. Que si comen o no comen. Si están bien o están mal. Incluso cuando están peleados la madre sigue pensando en los hijos. No hay otra posibilidad. Ahí la mujer se unifica y mi historia se entiende en España, en Portugal... En Italia el libro anduvo muy bien, igual que en Francia. ¡Ahora lo van a traducir al coreano! Ahí sí tengo mis dudas, porque ésa ya es otra cultura. En cambio nosotros somos una mezcla de Italia, España, etc. Lo latino. Pero me pregunto: ¿qué entenderá un coreano de esta historia? Ya veremos…
—Pero ¿quién hizo la traducción? ¿Gente de tu confianza? ¿Cómo supervisás eso?
—En general las traducciones las eligen las editoriales que compran los derechos, pero yo suelo tener trato con la persona que traduce. Por ejemplo, la traducción al francés es alucinante, muy minuciosa. La hizo una chica chilena con la que, durante ocho meses, intercambiamos infinitos mails entre París y Barcelona. Me preguntaba cosas muy puntuales del lunfardo nuestro para pasarlo al francés lunfardo, al “argot”. Le salió muy bien y, como te dije, el libro tuvo un recibimiento muy importante. Me hicieron una crítica espectacular de media página en Le Monde... Pero yo estoy convencido de que casi un 50% tiene que ver con la pericia de la traducción.
—¡Por eso los tanos dicen: “traduttore, tradittore”! Pero en cuanto a vos, lo que es notable es que cuando se está hablando de que incluso los diarios de papel van a pasar a la historia y se harán por Internet, ¡has provocado exactamente el fenómeno opuesto! Es decir que, de un “blog”, tu historia pasó al papel.
—Sí, es verdad. Lo que pasa es que en el caso de la literatura (y no tanto de la prensa escrita) hay un componente de imperdurabilidad que brinda el objeto “libro”. El libro es maravilloso, y pueden pasar los años que quieras y nunca dejará de serlo. ¡Nunca vas a regalar en el cumpleaños de nadie un texto impreso! Vas a regalar un libro, porque tiene colores, textura, y te lo puedes llevar a donde quieras. El libro es como el tren. Podrán venir veinte millones de aviones veloces pero hay un traqueteo que posee un ritmo interno del ser humano. Incluso la lectura del libro en el tren nos sosiega. Nos transporta en el tiempo y en el espacio, y esto no te lo da Internet ni un monitor. Mirá, ¡lo que te da un monitor es dolor de espalda por estar sentado mucho tiempo frente a él! Por eso el libro que dejás o tomás de la mesa de luz es maravilloso…
—¿Vas a hacer en cine “Más respeto…”?
—Sí. La va a dirigir Campanella. La semana que viene voy a reunirme con él en Madrid y me va a contar su idea. Yo ahí no participo en lo creativo sino que dejo que… Lo mismo hice con Antonio. En el caso de la película, Campanella me va a contar lo que va a hacer. Yo no voy a decir absolutamente nada, voy a aceptar todo y voy a disfrutar de lo que haga, porque me parece que es un artista muy, muy minucioso en cuanto a los sentimientos. Campanella me parece alucinante y estoy seguro de que va a hacer un gran trabajo con esos hijos que yo le doy y que van a ser también suyos.
—Me parece muy generoso de tu parte porque, en general, no es usual eso de “le dejo mis hijos de ficción para que haga con ellos lo que quiera”… No es común…
—Yo tuve la suerte (y tampoco la busqué) de que, en este momento, las dos personas que están haciendo teatro y cine con mis “hijitos” son gente que admiro profundamente. ¿Qué le vas a decir a Gasalla? El día que vino y me explicó: “Esto lo voy a hacer así y así…”, ¿qué puedo decirle? ¡Si sabe de todo mucho más que yo! Y con Juan José Campanella lo mismo. Un tipo que hizo una película espectacular como El hijo de la novia (¡la veas donde la veas no podés cambiar de canal!) es alguien a quien no puedo sino agradecerle que esté “jugando” con mis hijos.
—¿Cómo recayó la elección en Carmen Maura para Mirta Bertotti?
—Fue una idea de Campanella. La llamó por teléfono, le dio mi novela para que la leyera y, por lo que sé (a través de la prensa), le gustó muchísimo el libro. Además está fascinada por ser dirigida por Campanella. Por todo esto supongo que va a resultar algo con mucha sinergia.
—¿Y tus otros libros?
—En las librerías argentinas están Más respeto… y España, perdiste, que es un libro de relatos sobre mis primeros tres o cuatro años en Europa. Un libro en el que personifico una caracterización del argentino pedante que está mejor en otro lado pero sigue extrañando las peores cosas de nuestro país. Es una obra divertida y muy nostálgica. En septiembre, Sudamericana me va a publicar una novela, El pibe que arruinaba las fotos…
—¿Vos sos “el pibe que arruinaba las fotos”?
—Claro. Es muy autobiográfica. Los protagonistas son mis padres, mi mujer, mi hija, mis amigos... pero yo, de chiquito, tenía un problema real que ya se ve en la tapa, donde hemos puesto una foto auténtica de primer grado, donde todos los chicos sonríen ¡y yo estoy haciendo unas muecas espantosas! Te aseguro que desde los tres años hasta los siete u ocho lo hacía permanentemente. Mi mamá se enojaba cuando veía las fotos, ¡porque no solamente arruinaba las de familia sino también las de la escuela!
—¿Por qué hacías esas muecas horribles?
—En el libro intento trazar un perfil psicológico para demostrar por qué las hacía. Pienso, también, que por ese motivo escribo de la manera en que lo hago. ¡De una manera muy poco inteligente, poco intelectual! Una forma así como “a la que te criaste”. En la novela trato de hacer semejanzas, pero me vienen recuerdos muy literarios de infancia. Por qué determinadas cosas te llevan a hacer otras. Y, finalmente, ¡terminas haciendo lo que quieres hacer! En mi caso, escribir y estar tranquilo en mi casa. La novela habla de esto casi todo el tiempo.
—No hay cosa más difícil que la naturalidad. Aunque suene a paradoja, exige un gran aprendizaje literario, ¿no?
—Es fantástico cuando descubres textos antiguos de épocas en las que querías ser escritor. Yo tuve una época, incluso demasiado extensa, en la que quería absolutamente ser escritor. Y no tenés tanto para mostrar porque ese amaneramiento es lo que mata “la voz” personal. ¡Y ésa sí me la dio Internet!
—¿Por qué?
—Porque Internet te quita responsabilidades. Y la responsabilidad de querer, a toda costa, ser escritor es lo que termina por taparte la boca. No te permite comunicarte. ¡Yo encontré, absolutamente sin querer, una voz que no es otra que la mía en la sobremesa de mi casa! ¡Quiero que me entiendan y, sobre todo, que me entienda la gente que no lee! Porque, fijate, el que habitualmente es un lector, ¿cómo no va a entender? Pero lo que yo quiero es que también el chico de 16 años que no agarró un libro en su vida comprenda lo que le estoy diciendo. ¡Y que le guste! Que sepa que “eso” también es literatura y no lo que le enseñaban en la secundaria, como La tía Tula y ese tipo de cosas mientras él se aburría y se dormía. Esto es otra cosa. Ya llegará Unamuno a su vida, pero de otra manera. Lo que más me sensibiliza de los correos que me llegan es cuando me escribe un chico: “¡Yo nunca había leído nada y tu libro me lo comí en dos días!”. Y seguramente esto volverá a ocurrirle con otro libro que no será el mío.
—Le abriste la puerta…
—…Poder hacer eso con un chico es alucinante, ¿no? Siempre recuerdo cuando lo hicieron conmigo…
—¿Cuál fue el primer libro que leíste?
Hernán bucea en sus recuerdos mientras terminamos otro café.
—Yo no me acuerdo si era Tom Sawyer o Huckleberry Finn, pero seguramente uno de los dos, y fue algo que me sorprendió muchísimo. ¡Y en aquel momento yo quería hacer “eso”! ¡Quería irme a una isla con mi mejor amigo y fumar en pipa y que los demás me creyeran muerto y presenciar mi propio entierro!
—¿No leíste Salgari?
—Sí, claro. Lo que pasa es que, en algun momento, Mark Twain y Conan Doyle me parecían mucho más necesarios que Salgari y Verne. Me gustaba más lo introspectivo. Algo deductivo para pensar. ¡Qué tanta vuelta al mundo y tanto armamento! Prefería esta otra cosa; pero los he leído, claro… ¿Quién no recuerda al kriss malayo, que era un arma terrible afilada como una sierra? Yo creo que la lectura, cuando tenés diez o doce años y una ingenuidad absoluta, es algo que te rompe absolutamente la cabeza. ¡No creo que ninguna otra cosa lo haya logrado más! Después, bueno, uno se entera de todo y terminás leyendo libros y tratando de encontrar los hilos de la marioneta no sé si por deformación profesional o por lo que sea... Con el tiempo, y sobre todo cuando escribís, te cuesta más entregarte absolutamente a una lectura. No me importa. Yo quiero que me lo cuentes y no me importa cómo me lo estás contando. No quiero saber si es verdad. Si te pasó o no. Contame esto que me gusta.
Hernan se conmueve:
—¿Sabés? Esa inocencia de tener diez o doce años y estar leyendo a Twain… ¡Ojalá volviera algún día!
Pero más allá de su enternecimiento, Casciari es un tipo audaz que en la monárquica España escribe también “El diario de Leticia Ortiz”, la princesa heredera. Y para completar, ¡en primera persona!
—Sí, es verdad. Lo escribí en primera persona porque me pareció tan interesante y tan intenso… Mirá, era una chica conductora de un noticiero de televisión y un día se lo encuentra al príncipe de su país y se terminan casando, y esa chica no deja de ser, de un día para el otro, la misma del noticiero. Y al mismo tiempo es consciente de que, en poco tiempo, habrá de ver su cara impresa en una moneda! Yo me imaginé todo eso, y ella no lo podía decir por el protocolo, ¡esas cosas muy de los reyes! Yo no podía tener un blog y contar tantas cosas, pero me puse en los zapatos de esa chica sin faltarle al respeto y con mucha sobriedad y tranquilidad empecé a contar cosas. Lo que yo me imaginaba. Por ejemplo, cómo perdía a sus amistades anteriores; cómo empezaban a tratarla en forma distinta las chicas de su pueblo; cómo hablaban con el príncipe en la intimidad... qué se decían... Cuánto le costaba aprender ese protocolo que incluye desde manejar los cubiertos hasta recibir el besamanos de setecientas personas… Bueno, conté todo eso con mucha sobriedad y le llegó. Lo sé por interpósita persona…
—¿Escribías estos relatos en Internet?
—Sí. Y por alguien que tenía entrada en los circulos reales me enteré de que ella, Leticia, supo de ese Diario… y en ningun momento le pareció mal. De hecho nunca me llegó ninguna carta diciéndome que no publicara eso. En fin… de esas cosas que pueden hacer los monarcas. Pero ella no lo hizo, te repito: todo muy tranquilo.