
Argentina fue el primer país de Latinoamérica en tener un Parque Nacional. Sin embargo, hoy apenas un uno por ciento de su superficie está protegido (contra el 30 por ciento en Venezuela, por ejemplo). Posee, además, una de las tres reservas de agua dulce más grande del mundo, amenazada por la sobreexplotación y los intentos de privatización. Como si fuera poco, el país pierde anualmente 250 mil hectáreas de bosque nativo y tiene más de 750 especies de plantas y animales en peligro de extinción.
“Debido a su amplio territorio, Argentina tiene una gran diversidad de especies y de climas. Es lógico que varias de ellas estén amenazadas, porque el hombre se ha extendido por todos los ambientes. Al secar una laguna o convertir una llanura en desierto, dejamos a las especies sin su hábitat”, explica Juan Carlos Chébez, autor de Los que se van, un libro que intenta diagnosticar la situación faunística del país. Y continúa: “Sin embargo, necesitamos tomar más conciencia y tener mayor educación ambiental. Es cierto que el tema de la ecología empezó a sonar con más fuerza en los últimos años, pero siempre se habla de lo coyuntural o lo que afecta a las grandes ciudades. Atendemos (y mal) lo que tenemos al lado de casa y le damos la espalda a lo que es el país en su esencia, a las llanuras, las montañas, la selva. No nos damos cuenta de que el Riachuelo se puede limpiar, pero una especie desaparecida ya no puede regresar”.
—¿Cuáles son las especies que ya se extinguieron?
—A nivel mundial hay tres: el guacamayo violáceo, que vivía en Corrientes, el chorlo polar, que migraba desde Norteamérica hasta las pampas argentinas, y el zorro malvinero, el único animal terrestre que había en las Islas Malvinas. Hay otras que están en grave peligro y que va a ser muy difícil salvarlas.
—¿Cómo cuáles?
—El yaguareté era una especie que vivía desde el norte del país hasta Río Negro y hoy sólo puede verse en Las Yungas, en el Chaco y en Misiones. Otro es el lobo gargantilla, una especie de nutria, que hoy sólo está en el Nordeste. Entre las aves, el pato serrucho, que necesita aguas transparentes para vivir y cazar, pero a medida que se desmontó la selva misionera, los arroyos arrastraron tierra roja y le son inservibles.
—Misiones parece estar en alerta roja…
—Es una región muy afectada, sí.
—¿En la Patagonia la situación es mejor?
—Allí también hay especies en peligro crítico. Quedan muy pocos ejemplares de nutrias, en la Isla de los Estados. Y, entre los mamíferos, está el pudú y el huemul, dos ciervos que habitan la zona del Nahuel Huapi.
—¿Cómo afecta el turismo a la supervivencia de la flora y fauna?
—Es mentira que el ecoturismo no causa impacto, por eso, hay que hacerlo con mucho cuidado y responsabilidad: tiene que haber senderos adecuados y controlar que la gente no se lleve plantas o porte armas. Es mucho mejor que la gente les saque fotos a los yacarés del Iberá o una ballena franca en Puerto Madryn, a que los maten para hacer carteras o ballenitas. Además, creo que el turismo ayuda a que la gente se acerque a esta temática.
—¿Es fácil para el turista encontrarse con alguna de estas especies en peligro?
—Hay fauna muy visible, como las vicuñas o los flamencos en La Puna, los yacarés y los ciervos de los pantanos en Iberá. Ni hablar de Península Valdés, donde podés ver pingüinos, lobos marinos o la ballena franca. Sin embargo, a veces no es necesario verlo. Si uno va a Las Yungas, por ejemplo, se puede meter en la selva guiado por un paisano y éste le puede mostrar la huella del yaguareté sobre sus propios pasos. Aunque no veas al animal, podés sentir su presencia. Es una sensación indescriptible.
—Se habla bastante del calentamiento global y del agujero de ozono, pero ¿cuáles son las consecuencias de la extinción de una especie?
—Ante nada, hay una cuestión ética. Si Dios nos puso en este mundo con 25 mil cosas, no tenemos derecho a dejar 10 mil. Otra razón, es la cultura. Esas especies les dan nombre a ciudades, a leyendas y a dichos. Y la más importante, la función biológica que cumple cada especie: si se elimina al picaflor, se está matando al polinizador de veinte plantas. Sin darnos cuenta, una de esas plantas, aún no explorada, puede ser la cura contra el SIDA o algún tipo de cáncer.
—¿Y cuál sería la solución a este problema?
—Crear grandes reservas naturales. Y tiene que ser hoy, porque ya no queda mucho tiempo más. ¿Cuándo las vamos a crear si no? ¿Cuando el cultivo de soja arruine todos los ambientes? ¿Después del Rally, que pasó por arriba de todas las reservas naturales? ¿O quieren que se borre otro pueblo del mapa a causa del desmonte, como Tartagal? Las reservas hay que hacerlas en forma urgente porque cada vez son más las especies que se extinguen y, además, porque ya queda poco terreno fiscal en el país. ¿Quién va a expropiar después?
—¿Existe legislación suficiente para poner en marcha este plan?
—En Argentina, hay muy buenas leyes y hasta diría que es un modelo a seguir en cuanto a lo jurídico. El problema es que no se aplican, no se pasa al hecho. Hay que entender de una buena vez que es una prioridad nacional.
—¿Hay esperanzas?
—El mensaje siempre es optimista. Soy consciente de que si a la juventud se le va con un mensaje fatal, nadie va a hacer nada por cambiarlo. La utopía nunca se pierde.