Si busca montañas...
Las mayores elevaciones del Caribe se encuentran en las Antillas Mayores, ese cuarteto de islas integrado por La Hispaniola (República Dominicana y Haití), Cuba, Puerto Rico y Jamaica. Dice la orografía que esto no es casual: se debe a que la zona posee una dirección general que la vincula con las montañas de Honduras y las sierras mexicanas de Madre del Sur y de Chiapas.
El techo del Caribe, así le llaman al Pico Duarte, es la elevación máxima de estas Antillas. Con sus 3.087 metros de altura, forma parte de la cordillera central de República Dominicana, que se extiende desde las llanuras de San Cristóbal y Baní hasta el noroeste de Haití.
La cumbre, constituida por bloques graníticos y las laderas pobladas de pinos, está dentro del Parque Nacional Armanda Bermúdez, y varios caminos facilitan el ascenso. Los más conocidos: el de Mata Grande, por San José de las Matas, y el de la Ciénaga, por Jarabacoa. La temperatura en la zona oscila entre los 0 y 5 grados, con una humedad superior al 90 por ciento. La mejor época, de diciembre a abril. Dónde: a 110 kilómetros de Santo Domingo.
Puerto Rico no se queda atrás en cuanto a relieve montañoso, con cerros que cubren la mayor parte de la isla y se desploman a la periferia en forma abrupta. La caída exterior de la masa montañosa parece prolongarse bajo el nivel del mar, al punto que a poca distancia de la costa el fondo marino se hunde hasta alcanzar la mayor profundidad conocida en el Océano Atlántico. Uno de los paseos imperdibles es el Cañón de San Cristóbal, que con 9 kilómetros de extensión invita a disfrutar de las barrancas profundas –fruto de la acción de los ríos–, la vegetación abundante, los acantilados y caídas de agua.
La cuna del reggae y tierra natal de Bob Marley también es garantía de relieve accidentado. Jamaica es la prolongación en superficie de una cordillera de montañas sumergidas, que llega a su altura máxima en el pico Blue Mountains (2.256 metros) en la parte este de la isla. De esta manera, los barrancones y los paredones verticales la cruzan de Norte a Sur.
Combinación perfecta de montaña e historia brinda Cuba con su revolucionaria Sierra Maestra. Refugio de las tropas de Fidel Castro cuando su ejército rebelde luchaba contra las fuerzas del dictador Batista y escenario de grandes batallas, parece un muestrario del color verde en todos sus matices e intensidades. La cumbre más alta: Pico Turquino, con 1.974 metros.
Si quiere cascadas...
Y otra vez República Dominicana parece recordarnos su diversidad geográfica con la Cascada o Salto El Limón. Localizada en la Península de Samaná, en medio del bosque tropical, está compuesta por tres salidas por las que desemboca el agua que se desliza sobre una sólida pared verdusca. La caída es de 50 metros y culmina en una piscina natural donde es posible tomar baños relajantes.
Las cataratas del Río Dunn, en Ocho Ríos, son las más famosas de Jamaica y cuentan con la particularidad de que descienden directamente desde las montañas para arrojarse hacia el mar. Las de Annandale, en la isla de Grenada, y las de Carbet, en Guadalupe, son otras de las buenas representantes en las Antillas Menores.
Para disfrutar del río, no hay como el Río Grande, también en Jamaica, donde es posible embarcarse en balsas de bambú y dejarse llevar por la corriente.
Desierto caribeño
El cactus (llamado cadushi por los habitantes), y el divi divi, un árbol achaparrado que la acción del viento hace crecer invariablemente hacia un costado, son la vegetación predominante en Aruba, una isla donde la lluvia parece estar de vacaciones, por lo cual es prácticamente imposible perder un día de playa por razones climáticas.
Entre los atractivos naturales arubeños se destacan las formaciones pétreas de Paradera y Ayo y las grutas con estalactitas de Fontein y Quadirikiri.
Bonaire y Curacao, las otras dos islas que junto con Aruba integran las Antillas Holandesas, también forman parte del club de las desérticas del Caribe.
Selva tropical
Las Antillas Menores, ese grupo con forma de arco constituido por islas de naturaleza volcánica, algunas tan pequeñas que cuesta encontrarlas en el mapa, presentan en su mínima superficie gran variedad de ambientes. Entre las tropicales, sobresalen por su belleza verde Guadalupe y Trinidad y Tobago.
Guadalupe, la más extensa de las Menores, está formada por dos cuerpos unidos por un istmo, Grande-Terre y Basse-Terre, y algunas islas menores.
Montes alfombrados de helechos, selvas tropicales repletas de orquídeas y estridentes aves presenta el Parque Nacional Guadalupe, en el corazón de Basse-Terre. Aquí, en las más de 17 mil hectáreas, es posible recorrer dos geografías: por un lado, una ruta de montañas atraviesa bosques de bambú, caobas, heliconias y jengibres en flor y, por el otro, un sendero con puente colgante incluido cruza el río Bas-David e ingresa en una jungla de enormes helechos.
En cuanto a las aves, se pueden encontrar varias especies de la familia de las garzas, pelícanos y colibríes, y el bananaquit, pequeño pájaro de vientre amarillo brillante que se alimenta de néctar. Es habituar verlos sorbiendo de los azucareros en las mesas de los bares y restaurantes al aire libre.
El caso de Trinidad y Tobago es particular, ya que geológicamente estas islas no son parte del archipiélago antillano, aunque sí lo son desde el punto de vista histórico. Ubicadas frente al Delta del Orinoco (a sólo 11 kilómetros de Venezuela), se trata de una prolongación de las cadenas montañosas de ese país. Esta historia geológica permite explicar por qué la flora y la fauna es mucho mayor que en otras islas caribeñas. Englishman’s Bay, en Tobago, es la mejor expresión de la selva unida al mar. Arenas doradas, selva tropical, palmeras y pocos turistas, ¿se puede pedir algo más?
Cuna del tambor metálico, el calipso y el limbo, Trinidad y Tobago también es sinónimo de música. Y de avistaje de aves, puesto que cuenta con más especies residentes que cualquier otra isla del Caribe.
Curiosa es la geografía de Martinica, que con un territorio de 65 kilómetros de largo por 20 de ancho, presenta colinas, montañas y mesetas. En el norte, las laderas de las montañas están cubiertas de helechos, campos de bambú, viñas trepadoras y acacias. Y en el sur, típica vegetación de sabana: cactus, jazmín de las Antillas y arbustos de acacias.
Ardientes volcanes
Setentas volcanes activos existen en las Antillas Menores, desde las Islas Vírgenes hasta la costa venezolana. La subducción (deslizamiento del borde de una placa de la corteza terrestre por debajo del borde de otra) es la responsable de estas islas volcánicas, y todavía se desconoce cuál de las dos placas (la norteamericana o la sudamericana) es la que se desliza bajo la placa del Caribe. Entre los volcanes activos sobresalen: Soufriere Hills, en Montserrat; Monte Pelée, en Martinica; La Grande Soufrière, en Guadalupe; Soufrière Saint Vicent, en San Vicente y las Granadinas, y el volcán submarino Pick-‘em-Jenny, al norte de Grenada.
El símbolo de Santa Lucía son los Pitones, dos conos volcánicos que parecen gigantescos vigías del Caribe. Pero no son los únicos de la isla: al sur se encuentra el volcán Qualibou, que presenta emanaciones sulfurosas y manantiales de gran atractivo turístico. St. Kitts y Nevis, con un relieve muy escarpado hacia el interior, se sitúa exactamente en el borde de las placas del Caribe y de Sudamérica. El resultado: una serie de conos volcánicos recorren de Norte a Sur St. Kitts. En cambio Nevis, isla redonda de 900 metros de altura, exhibe orgullosa un volcán de cono único.
Grutas milenarias
Un mundo subterráneo, un laberinto de grutas y cavernas, recorre el interior del suelo cubano. No es fortuito: se debe a que 70 por ciento del territorio de Cuba es de origen calcáreo. Y la gran caverna de Santo Tomás, en la provincia de Pinar del Río, es la expresión máxima de este universo bajo tierra. Con 46 kilómetros de extensión, atesora estalactitas formadas con el paso de los siglos y una intrincada red de galerías subterráneas originada por antiguos ríos.
Las Cuevas de Bellamar, en Matanzas, a solamente 100 kilómetros de La Habana, es otro de los valores espeleológicos de la Isla Grande. Con 300 mil años de antigüedad y una extensión estudiada de 23 kilómetros, el recorrido tradicional abarca un kilómetro y medio.
El ingreso es a través de una escalera con 159 escalones. El recibimiento es inolvidable: una estalactita con 32 siglos de vida se presenta en forma de cascada y 12 metros de altura. Dividida en cuatro sectores, las galerías y salones están tapizados de estalactitas, estalagmitas y helictitas de caprichosas formas agudas.
Diseñados por la naturaleza y bautizados por el hombre, se encuentran las formaciones Túnel del Amor, Capilla de los 12 Apóstoles, Garganta del Diablo, Paso de la Lluvia y Salón de las Nieves.
Islas a medida
Azul, blanco y verde. Son los colores que se ven desde el avión. El azul turquesa del mar que cambia de tonalidad a medida que se acerca o se aleja de cada isla. El blanco de la arena, que delinea los contornos de esos confites de tierra que son las islas vistas desde el cielo. Y el verde de la vegetación tupida o escasa, de acuerdo al suelo, la ubicación, el viento y las precipitaciones. Las formas varían: Guadalupe parece una mariposa; Nevis, un círculo casi perfecto; la Hispaniola (con República Dominicana y Haití), la mayor. Y cerca, la espalda encorvada de Cuba. Luego, como restos de pintura salpicados en el mar, las más pequeñas.
El Caribe, ese mundo insular, al que llegó Cristóbal Colón hace algo más de cinco siglos, cuenta con islas para todos los gustos. Un placentero desafío es descubrirlas.