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cultura

uno de los grandes del siglo XX

Elias Canetti: el jinete lateral

El reconocido escritor mexicano entrega un profundo ensayo sobre el autor de “Auto de fe”, Premio Nobel de Literatura en 1981. De la influencia de la ironía de Karl Kraus al reconocimiento internacional, la obra de Canetti –nacido en 1905 frente al Danubio en Bulgaria y muerto en Suiza en 1994– expresa como pocos la potencia de la literatura centroeuropea, con su mundo cargado de rigor, humor y erudición.

Por Juan Villoro

Obra central. De las memorias de La lengua absuelta a su novela Auto de fe, pasando por los recuerdos de su vida en Londres y su ensayo sobre la masa, la escritura de Canetti es indispensable.

a Mihály Dés ¿Hay que abusar de una palabra para descubrirla?

Elias Canetti

Un día en la vida

Para Elias Canetti las agendas despiertan el deseo de crear un “calendario propio”, la cronología secreta de una persona. Al revisar los apuntes fechados, el usuario encuentra sentido retrospectivo a su existencia, momentos de “superación expansiva” que justifican el paso de las horas. Los días felices transmiten una sensación de logro individual; pero hay otros, más intensos, que resulta difícil clasificar: los días “en que nosotros mismos somos superados”. En este caso, lo memorable es una fuerza externa, el Libro o el Suceso que nos modifica. La vida intelectual de Canetti dependió de un día de ese tipo. El viernes 15 de julio de 1927 cristalizó el núcleo de su obra entera. Durante los siguientes 67 años buscaría explicarse los ricos estímulos de ese día de condensación absoluta.

El escritor decidió convertirse en rehén de ese momento, atesorarlo como una cantera inagotable y profética. Aunque los acontecimientos que ocurrieron entonces hubieran sido históricos de cualquier forma, la mirada de un testigo de excepción los transformó en materia prima para renovar el pensamiento y la narrativa. Afecto a colgar reproducciones de sus pinturas favoritas en las paredes (los Profetas de la Capilla Sixtina, el retablo de Grünewald), y a mirarlos con la concentrada atención que dedicó a todos sus temas de interés, Canetti clavó esa fecha con un alfiler en su pared mental: 15 de julio de 1927. Todo lo que hiciera de ahí en adelante dependería del fuego que ardió en las calles de Viena y la multitud que lo miró con ojos encendidos.

Esa mañana, Canetti amaneció como un estudiante de química de 22 de años; por la noche, la metamorfosis se había operado: el joven nacido en Bulgaria en 1905, que se servía del alemán como su tercera lengua (después del búlgaro y el español ladino), era dueño de un enigma que sólo podría resolver por escrito. Aún no conocía a Broch ni a Musil. Las búsquedas culturales de la capital austríaca no estaban a la vista de todo mundo; el psicoanálisis, el expresionismo, la dodecafonía, la filosofía del lenguaje se fermentaban en una aldea de aspecto bastante provinciano. Al viajar a Berlín, el joven Canetti se sorprendería de que los hallazgos radicales (el teatro de Brecht, la pintura de Grosz) fueran públicos y aun famosos. Para el estudiante de química que el 15 de julio se pasó para siempre a la literatura, en Viena sólo una persona marcaba la diferencia, un escritor por el que hubiera ido a la guerra y por quien profesó inmodificable idolatría: Karl Kraus, editor de la revista La antorcha, auténtica universidad de Elias Canetti.

Entre otras cosas, aquella fecha caló tan hondo en Canetti por la reacción de Kraus ante los sucesos. ¿Qué ocurrió ese viernes de epifanía? Todo empezó el 30 de enero de 1927, en la localidad de Schattendorf, cerca de la frontera con Hungría. Un mitin popular fue salvajemente reprimido por fuerzas derechistas; hubo decenas de muertos, entre ellos un niño de ocho años. Se apresó a los responsables y se les procesó en Viena. Su abogado defensor era Walter Riehl, conocido militante nazi. Los liberales y los socialdemócratas austríacos esperaban una sanción a los asesinos, pero el jurado (que apenas discutió el asunto tres horas) permitió la impunidad: los represores de Schattendorf fueron exculpados.

La mañana del 15 de julio, el Arbeiter Zeitung, órgano del Partido Socialdemócrata, criticó la corrupción de la justicia. Canetti leyó la prensa en la pensión que habitaba en las afueras de la ciudad y tomó su bicicleta para dirigirse al centro. Fue uno de los miles de vieneses que de manera espontánea conformaron una masa rebelde, la primera que el escritor veía. Esta masa sin líder, animada por su propio impulso, se dirigió al Palacio de Justicia, símbolo de un poder inoperante.

La monarquía austro-húngara creó una de las más sólidas burocracias de Occidente. A principios del siglo XX, los funcionarios se ordenaban en 19 categorías, estratificación superior a la de los cielos de la cosmogonía maya. El dilatado imperio de Francisco José, donde se mezclaban razas, idiomas y culturas, había dependido del valor simbólico de los expedientes (muchas veces extemporáneos o incomprensibles) que tendían un vínculo conjetural entre el emperador y sus ilocalizables súbditos. Al apodarse del Palacio de Justicia, la multitud volcó su odio en un intrincado talismán de la dominación: el Archivo. Canetti vio los papeles incendiados que salían por las ventanas. Pronto ardió el edificio entero. La policía disparó contra la multitud; hubo muertos, heridos, gritos de pánico. En medio del delirio, el testigo llegó a un ojo quieto en el huracán y contempló a un hombre que gritaba: “¡Las actas, se queman las actas!”. Canetti le dijo que había muertos en derredor: los papeles eran lo de menos. El hombre fue indiferente a esta aclaración; para él, el mundo estaba constituido por documentos. En 1973 escribió Canetti: “Han transcurrido 46 años y aún siento en mis huesos la emoción de aquel día. Es lo más próximo a una revolución que he vivido en carne propia. Cien páginas no bastarían para describir lo que vi. Desde entonces supe que no necesitaría leer una palabra más sobre la toma de la Bastilla: me convertí en parte integrante de la masa, diluyéndome completamente en ella, y no opuse la menor resistencia a cuanto emprendía”. En efecto, serían precisas más de cien páginas para explicar las repercusiones de ese día. Las dos obras capitales de Canetti, la novela Auto de fe y el vasto ensayo Masa y poder, derivan de esa fecha. De acuerdo con Claudio Magris, “los libros posteriores a Auto de fe pueden calificarse de inmenso comentario a éste, del mismo modo en que las parábolas talmúdicas son una exégesis del texto bíblico. Dicho itinerario corre el riesgo de transformar a Canetti, de un gran escritor anómalo e imprevisible, en un ensayista profundo pero comedido, que explica y glosa a ese gran escritor que fue él mismo –como si reapareciese Kafka, afable y pulcro, para explicar e ilustrar el enigma y la singularidad de Franz Kafka”.

La trayectoria de Canetti se escribe en clave de irregularidad. Llegó tarde a la lengua alemana y no la abandonó cuando la guerra llevó al escritor a Inglaterra y el entorno insistía en convertir al idioma de los enemigos en moneda fuera de curso. Su única novela, concluida en 1931, se publicó en 1935 sin resonancia y no fue reeditada en alemán sino hasta 1960. En la actitud de Canetti hay una valentía de la posposición no exenta de arrogancia. Cuando yo vivía en Alemania, me sorprendieron sus declaraciones en televisión: sin sombra de duda, afirmaba que su obra tendría pleno sentido cien años después de haber sido escrita.

Desconocido durante décadas, aguardó su momento con una seguridad que raya en la monomanía y asombra por su retrasada forma de tener razón. Cuando recibió el Premio Nobel, en 1981, seguía siendo un raro en muchos países.

En su primer volumen de memorias, La lengua salvada (traducida al español con distractor lirismo como La lengua absuelta), Elias Canetti recupera su primer recuerdo: sorprende a su niñera con un hombre que amenaza al niño con cortarle la lengua si los delata. El silencio es el precio de la supervivencia. Muchos años después, en Masa y poder, el escritor que salvó la lengua dedicaría un capítulo al valor del secreto. Ahí apunta: “El que calla tiene la ventaja de que sus palabras son más esperadas”. Canetti custodió su primera obra como un secreto que conservaba un poder inaudito. No escribir otra novela fue para él una forma de preservar el sentido aplazado de Auto de fe. No intentó otra aventura narrativa: pulió los significados de su visión primera a través de las memorias que brindan contexto a la novela (La lengua salvada, La antorcha al oído, El juego de ojos), creó una galería de personajes que padecen manías culturales equivalentes a la de Kien (El testigo oidor), exploró la otredad como complemento de una obra sólidamente anclada en Europa central (Las voces de Marraquech), reflexionó sobre la ética de la escritura (La conciencia de las palabras) y dejó esclarecedores fogonazos que podrían ser los subrayados en la vasta biblioteca de Kien (La provincia del hombre, El corazón secreto del reloj, El suplicio de las moscas, Ultimas anotaciones en Hampstead). Con sus tres obras de teatro, estos libros le hubieran asegurado un lugar de autor de culto, testigo impar de un tiempo desaparecido. Por lo demás, El otro proceso de Kafka, ensayo donde vincula las vacilaciones amorosas de Kafka con su estética de la posposición, le garantizaba un sitio entre los mejores exégetas del campeón de la paranoia literaria. El sesgo decisivo es que estos textos expanden su sentido al ponerse en relación con Auto de fe y Masa y poder; interesantes en sí mismos, se perfeccionan al ser leídos como prolongación crítica de sus dos obras capitales.

Las principales apuestas literarias del siglo XX no se ocuparon de los temas que parecían centrales ni buscaron desarrollar técnicas en curso. El perfeccionamiento clasicista (el modo Thomas Mann) pertenece a otra estrategia de ajedrez, aún vinculada con el siglo XIX, donde el narrador juega con la reina. En el siglo de la aniquilación del sujeto, el rebelde literario se declara ajeno al entorno y busca una vía esquinada: jinete de sí mismo, avanza de lado. Canetti narra desde los bordes. No explica el mundo: lo interroga. A propósito de Kafka, dice con admiración: “dondequiera que pone el pie, el terreno es inseguro”.

Ante el hombre obsesionado por las actas, Canetti encontró el rasgo esencial de Kien, protagonista de Auto de fe, hecho de realidad escrita. Al mismo tiempo, descubrió la pérdida de la individualidad que traen los sucesos colectivos. Masa y poder sería el resultado de décadas de frecuentar textos de historia, antropología, política y religión. Al margen de los marcos teóricos y las academias, Canetti escribiría con la convicción de un salmista y la curiosidad de un explorador ártico un texto intensamente personal sobre la innumerable multitud.

El autor tardó años en calibrar el significado totalizador del incendio del Palacio de Justica. Al respecto, comentó que ser consciente desde un principio de la importancia del 15 de julio hubiera tenido para él un efecto paralizante. Aunque los alcances de esa jornada tardaron en revelarse, hubo una inmediata señal literaria de su importancia. Al día siguiente, Viena amaneció tapizada por un cartel que acusaba al jefe de la policía de asesinato. El texto estaba escrito en primera persona y era firmado por un nombre que sonaba como dos tiros justicieros: “Karl Kraus”. Viena se había sumido en la ignominia, pero un escritor se sustraía al oprobio y desafiaba al poder con su palabra.

La Antorcha. El implacable Kraus reconocía tres fuentes básicas de corrupción del idioma: la política, el periodismo y la publicidad. Su vida fue una cruzada para recuperar la pureza a un lenguaje pervertido a diario. El propio Kraus corregía las pruebas de imprenta de su revista, en la que con frecuencia escribía todos los artículos. Su vigilancia de las palabras era tan esmerada que, según refiere Enrique Vila-Matas en “La fiesta en Viena”, el persecutorio Werner Littbarski descorchó una botella de champaña el día en que descubrió una errata en La Antorcha.

Canetti se formó en esta escuela de resistencia, que dependía mucho de la oralidad. La flamígera relación de Kraus con el lenguaje se expresaba de manera impecable en sus conferencias. En las películas que se conservan de esas sesiones, el espectador contemporáneo se queda con la impresión de estar ante un perturbado esgrimista que combate enemigos invisibles. Kraus transmite una tensión física extrema, lo más cerca que el discurso puede estar de ser una acción de defensa y ataque.

En 1993, cerca de setenta años después de haber frecuentado al editor de La Antorcha, el alumno escribe un aforismo que deriva directamente del inspector lingüístico vienés: “¿Qué sucede con las palabras que has usado con demasiada frecuencia? ¿Deben reponerse de ti?”. La responsabilidad del escritor no se limita a depurar la lengua que otros usan de manera espuria, sino a librarla de sí mismo. La escritura vigila el mundo, pero, sobre todo, vigila a quien la emite.

Con frecuencia, el temperamento canettiano se acerca a Kafka, quien, ante la lucha contra la adversidad, sugería ponerse de parte de la adversidad. “¡Ódiate antes! Ahora es demasiado tarde”, apunta Canetti. La pulverización del sujeto es uno de sus temas recurrentes. Su temprana fascinación por el poema sumerio Gilgamés anunció su interés en la ciudadela de los muertos y sus mensajes duraderos. Masa y poder y muchas de las anotaciones que publicaba como “efectos retardados”, décadas después de haberlas escrito, tratan de la muerte y los contradictorios sentimientos del superviviente, y su obra de teatro Los emplazados, de un mundo donde cada quien conoce la fecha de su muerte y se comporta de acuerdo a ese fin inaplazable. Testigo de dos guerras mundiales, en sus últimos años se interesó en la guerra de Bosnia y la sed de exterminio que acompaña a la horda humana. Las civilizaciones pasan pero el impulso depredador anuncia la capacidad de regreso de la especie.

La escritura canettiana cuestiona sin cesar la aniquilación física; de modo más profundo, se ocupa de la aniquilación intelectual, incluida la que proviene de la alta cultura. El protagonista de Auto de fe es un sinólogo que, al aislarse de la experiencia y negar las lecciones de lo real, cae en un sofisticado vértigo autodestructivo. Peter Kien odia las recuerdos, las anécdotas; más aún: odia las circunstancias personales. Su inteligencia busca la ley, la teoría, la abstracción, la errata del mundo. Desprecia a su casera, que habla de lo caras que están las papas, pero en caso de que se lo propusiera, sería incapaz de establecer un diálogo coherente en el mercado de la realidad. Acrecentada sombra de sí mismo, siempre sabe de más. El complemento de su narcisismo intelectual es la paranoia; el contacto con los otros le resulta corruptor, descendente. Kien se refugia en su biblioteca hasta que arde con ella; en su auto de fe es uno con las actas, como el enloquecido peatón en las calles de Viena. El título original, Die Blendung (El encandilamiento), modificado a partir de la publicación del libro en inglés, expresa mejor el doble papel de la inteligencia como brillo paralizante y peligro destructor.

Gran lector de textos antiguos, Canetti desconfiaba de la gélida interpretación de los historiadores y la arbitraria fijación antropológica de los sucesos (“La empresa Lévi-Strauss es para mí enigmática, el adormecimiento académico de alguien atiborrado de mitos”). Incluso en su mayúsculo ensayo Masa y poder defiende la vía de conocimiento literaria, entendida como una metamorfosis vital, la encarnación imaginaria de un destino. En La profesión del escritor, afirma: “Lo realmente auténtico del mito es la metamorfosis que en él se practica, gracias a la cual el ser humano se ha ido formando”. Arte de la transfiguración, la literatura es una apuesta contra la muerte. El cometido ético de la escritura consiste en responsabilizarse de la vida imaginada, en su fugacidad y su dolor, con entera misericordia. Ante los emisarios de la nada y la técnica pura, la literatura insufla vida al lodo que le sirve de materia prima.

Si en su diagnóstico de la realidad Canetti se inscribe en la escuela de Kafka, y en su trato del lenguaje en la de Kraus, en su ética de la escritura se acerca a Tolstoi. Aunque el sentido religioso del autor de Guerra y paz le parece regresivo y megalómano, encuentra en él al “último antepasado”, un hombre capaz de analizarse literariamente a partir de un doble movimiento de curiosidad sin freno y paliza crítica: “La manía de autoacusarse de Tolstoi, presente ya en sus años juveniles, le fue contagiada por Rousseau. Peros sus autoacusaciones se estrellan contra un Yo compacto. Por más que se reproche cuanto quiera, no llega a destruirse […] No conozco nada más conmovedor que la vida de este hombre”.

Con el sentido de singularidad con que su Kraus emprendía todas sus causas, Canetti situó al sujeto ante el opresivo tribunal de la modernidad y escribió una sentencia absolutoria. Acorralado por el pensamiento único y el poder de todo lo que es central, el débil, el rebelde, el poeta, el testigo, dispone de una última estrategia: el salto lateral.

Edición Impresa

Domingo 05 de Abril de 2009
Año III Nº 0353
Buenos Aires, Argentina