Perfil.com

PERFIL.COM Google
el observador

la mirada DE ROBERTO GARCIA

Moyano, Clarín y el FMI

Hugo va a la Plaza

Ni que se fuera a casar Hugo Moyano. O alguno de sus hijos solteros. Tal el empeño del sindicalista por preparar, hasta la minucia, la ceremonia que encabezará al frente de la CGT por el Día del Trabajo. Conmueve hasta al más descreído esa anticipatoria vocación organizativa, inimaginable en la historia de la central obrera (sin Perón, claro). Se comprende: hay algo más que un festejo, tal vez la demostración de que ese movimiento gremial pretende jugar un rol más activo en la vida política argentina. Mostrar, por ejemplo, una capacidad de movilización que ni el kirchnerismo de sus mejores tiempos pudo lograr, casi una crítica al anémico oficialismo en materia de concentraciones. Sueña entonces Moyano, al estilo partidario de otras décadas, con una convocatoria que bordee las 200 mil personas en la Plaza de Mayo, asegurando que su propio gremio hará un aporte de 50 mil almas llegadas desde todo el país (lo que supone cierta inactividad del transporte desde tres días antes del l° de mayo). El resto, contribución de sindicatos afines. Nadie pregunta por los costos, por supuesto. A la multitud, dicen que le seguirán las palabras divididas en dos capítulos (casi seguramente, único orador el jefe camionero), pieza oratoria que algunos suponen expresará alineación con el Gobierno en la primera parte. Y, también, en la segunda, la marca de que la CGT existe a pesar de las turbulencias oficiales, de que proseguirá como la Policía, aunque haya cambios, de que allí nadie piensa en irse, a pesar de pésimos resultados electorales (casi una futilidad: los sindicalistas nunca se van). Se escandalizan con las declaraciones poco democráticas de los piqueteros (“si perdemos, nos vamos”), temen que esa frase escuchada en reducido ámbito y amplificada luego por un lenguaraz también encierre la idea de que “vamos a prender fuego todo antes de irnos”. Por lo tanto, demandará el jefe camionero –por reclamo o silenciosa presencia– protagonismos más explícitos y conspicuos como compensación por los respaldos brindados. Ni Jimmy Hoffa –héroe de Moyano, aunque no así su destino final, clausurado a balazos– se planteó esa utopía de poder que hasta guarda, quizás, alguna futura aspiración presidencial. Diría un crítico: va Moyano por el bronce que no tiene, aunque le sobre el oro. Más o menos la misma ambición política que hoy alberga a los dirigentes del campo en sus negociaciones con la oposición. Lema del día: si sumamos, hay un precio a pagar.

Pregunta: ¿es absoluta la lealtad de Moyano con los Kirchner?

Respuesta: más con Néstor, no tanto con la mujer. Con ella, se repelen cordialmente. A pesar de que aún guarda en su memoria episodios humillantes del primer conflicto con Néstor –cuando se designó al responsable de Transporte y puentearon al camionero, que había contribuido en la campaña y pretendía esa designación– y, sobre todo, el desprecio público que le brindó el santacruceño cuando hace nueve meses intentó un acercamiento con el campo alzado. Quiso hacer un favor y lo tomaron como una traición, casi ridiculizándolo. No se olvida, pero cuando habla con Néstor éste lo envuelve con el modelo, le inyecta un adicional de potencia y juntos se cocinan en el odio a los noventa o en la fobia contra Clarín. Igual, ese estado de excitación oficialista se le pasa pronto, requiere cada día de mayores dosis inyectadas por el inquilino de Olivos. Aunque se preserva mirando encuestas y repite que Néstor mide como nadie en los sectores empobrecidos del Conurbano. Como cada vez hay más pobres, esas perspectivas aumentan.

Pregunta: ¿y qué los separa?

Respuesta: en principio, contingencias que no son ideológicas: desde el destino de $ 2.500 millones de las obras sociales que nadie encuentra, a la pesquisa y denuncias que Graciela Ocaña realiza sobre gremios en los que se apoya Moyano. Para esos dos temas hasta ahora no hubo respuestas satisfactorias, sí promesas; pero hay inquietud por los nombres de los nuevos funcionarios que vendrán. Cristina no quiere aparecer como apañando el fin de ciertas investigaciones y la CGT exige garantías. Otro tema es la negociación para incorporar representación sindical en las listas de candidatos.

Pregunta: ¿para ubicar abogados o delegados contratados como Recalde, o secretarios generales de gremios?

Respuesta: no lo sé, tal vez haya llegado la hora de los secretarios generales, aunque el buen gusto de Néstor no los tolere. Esas cuestiones las dirimen juntos, nunca participan los gordos. Estos son los dilemas de Moyano, quien ya se apartó de esa imagen salvaje que lo caracterizaba, ofrece un perfil contemporizador, habla poco en público, obtiene aumentos menores que los de otras organizaciones y hace la vista gorda ante quienes firman convenios sin cláusulas de no expulsión de trabajadores. Diría que en este juego de poder, Kirchner no podría vivir sin él, y él, en cambio, puede vivir sin Kirchner. Si hasta los empresarios parecen alentarlo: quienes firmaron con Moyano –supermercados, por ejemplo– no han tenido ningun otro conflicto gremial, mientras otros alineados con sindicatos diversos renuevan los litigios todos los días. Las malas lenguas dirán que se compró protección, quienes pagan reconocen que hay un precio más alto pero les gusta dormir tranquilos.

La batalla contra Clarín

Un buen periodista señalaría los años, meses, semanas y días en que transcurrió en silencio y dulce complicidad la relación del Gobierno con ciertos medios de comunicación. Los mismos que ahora ataca y pretende desguazar; en rigor uno solo (Clarín), para no seguir con los eufemismos. Desde que Cristina, como presidenta, se despachó con un “anteproyecto” –raro en el estilo de un gobierno que siempre se apresura en la toma de decisiones, que presume de la sorpresa y ejecutividad de sus medidas, que tiende a fulminar sin discusión con leyes automáticas– para reformar la Ley de Radiodifusión que, a su juicio, si sale como lo plantea, será fundacional. Otra refundación más. Ni una palabra sobre el tiempo perdido, los intereses compartidos, ni una autocrítica o confesión al respecto: sólo la referencia a que la ley debe cambiarse porque proviene de la época militar. Como si el matrimonio no se hubiera beneficiado de esa legislación durante su mandato. Igual que otros gobiernos de la democracia. Tensa la dama en el anuncio, esquivos los rostros en el teatro –del embajador Wayne a un corroído Sergio Massa, imputado por el ex mandatario por ser funcional a determinados intereses de prensa–, ausente su antecesor Alberto Fernández, director aún hoy, por designación presidencial, de Papel Prensa (una de las empresas vinculadas a lo que se aspira recortar) y quien repite que –al menos– cuando él estaba en funciones había alguien que contenía los exabruptos de Kirchner. Los mismos que dominaban los intimidantes cánticos de la popular contra Clarín, remedo de los que el año pasado instituía el propio hijo del matrimonio presidencial con un sello de goma de dudoso recuerdo e inspirado, como siempre en estos bautismos, en la juventud insatisfecha.

Aunque tardía y, quizá, poco oportuna en lo político –u oportuna para quienes imaginan un descenso de las hostilidades mientras se debate un nuevo proyecto y, sobre todo, se desarrolla la campaña electoral–, la reforma plantea observaciones (descentralización monopólica, acceso a la diversidad informativa) que hasta en exceso pregonó en vida el periodista Julio Ramos: apasionada prédica casi diaria en su medio, dos libros dedicados al tema, una voluntariosa expresión que no perseguía negocios ni beneficios personales. Al revés de la mención de Cristina, cuando dice que su propósito es impedir que se le enseñe a pensar a la gente, desde un diario, un canal o una radio. Omitió decir que esa tarea tampoco corresponde a un gobierno, en especial al suyo.

Mencionar a Ramos no es gratuito: buena parte conceptual –al margen de las tecnicidades– del “anteproyecto” es una reescritura de su pensamiento, extraída de sus libros (es información, no interpretación). Pero nadie del oficialismo lo refiere: sería paradójico, atentatorio, destituyente, que los intelectuales progresistas y oficialistas debieran ampararse en Ramos, el presunto emblema de su antinomia. O que la mandataria le concediera una cortesía por derechos de autor. También a Ramos le revolvería saber que algunos lamebotas de la corte presidencial, antes mudos y sumisos, hoy defienden sus preceptos sobre la libertad de prensa y la posibilidad del libre acceso a las fuentes. Para ser justos, esos favoritos de la corona no intentan proteger esos criterios, apenas repiten consignas de conveniencia sobre temas que desconocen, como se explayan sobre el ROE o la vaca manta cuando aluden al conflicto del campo. Parte mayoritaria y avanzada de una Argentina insolvente en lo moral que la jerga popular denomina “chanta”.

A Ramos lo tildaban de “loco”, de “pobre loco”, esencialmente por protagonizar una causa –que ni siquiera iba en detrimento de Clarín como periódico, sino como consecuencia de una construcción imperial y económica– que parecía estéril. Aunque la consideraran justa. Otra parte de esa Argentina repugnante. Se escuchó, lo escuché, esa facilidad por asignarle locura a lo que no se deseaba enfrentar, tanto en anteriores gobiernos democráticos como en éste en particular, el mismo que accedió al poder gracias a la instalación de un título (la fórmula será Kirchner-Scioli) cuando seriamente no estaba en claro que ese binomio sería el elegido. O, por lo menos, cuando aparecía otra perspectiva para bloquearlo. Kirchner sabe de ese poder: uno de sus colaboradores, tanto en el gobierno como en una empresa afín, quizá estimuló esa operación política para neutralizar las dudas del entonces legatario, Eduardo Duhalde, por cambiar de heredero. Fue cuando empezó a colegir, a instancias de Carlos Ruckauf –entonces, uno de sus más dilectos consejeros–, que Roberto Lavagna podía medir mejor que Kirchner, que era más consistente que el santacruceño a pesar de ser economista y, por lo tanto, tanteó esa posibilidad en un asado común en Villa Gessell. Ni pudo meditar: 24 horas después, trascendida la reunión, el título de la candidatura Kirchner-Scioli apareció como hecho consumado. Ni Scioli sabía de esa decisión, se enteró esa mañana en el kiosco al salir a correr en Mar del Plata.

Desde entonces, con altibajos (¿acaso hay alguien, incluso de su preciado entorno, que haya mantenido una relación sin conflictos con Kirchner?), el ex presidente desarrolló una intimidad creciente con Clarín, sea por negocios comunes o privilegio informativo, consumando una formidable integración de poder. Hasta se vanagloriaba de hacer las tapas del fin de semana, una impunidad que haría sonrojar a cualquier periodista; confirmó en toda su gestión y en parte de la de su mujer que ningún gobierno de la democracia dispuso de mayor trato y vínculo con Clarín que el suyo. Se pasaron cinco años hablando desde el Gobierno, preguntando: “¿Cómo está, jefe?”, a cambiar casi de repente por otro interrogante público: “¿Qué te pasa, Clarín?”. Abundan los testimonios, hasta la insolencia. De ahí que al menos se vuelve sospechoso este cambio de actitud, ya en ciernes hace más de un año, y a cualquier desprevenido le hace imaginar que algo detestable ocurrió camino del foro sin saber aún cuál es el hecho.

¿Volver al FMI?

En la mesa, uno de los invitados alerta: “Este desvío coparticipado de los ingresos de la soja son bienvenidos, pero insuficientes para las provincias. Para algunas, al menos. La caída de la recaudación en el interior es brutal: el nuevo aporte no representa ni el 40% de la baja. Y hay que pagar salarios, ni hablemos de la postergación de los proveedores. Ya más de un gobernador piensa en emitir bonos”. Otro confirma el dato y precisa que se pidieron presupuestos para su impresión; además, señala, “si uno toma en cuenta la inflación, la caída del PBI y los reintegros que no se pagan, los datos del superávit que ofrece el Gobierno son más que discutibles”.

—¿Acaso un acuerdo con el FMI, la cesión de un crédito, no zanjaría estas dificultades?

—Sí –explica uno–, pero Néstor Kirchner pide un préstamo sin condiciones, quiere que no le revisen las cuentas.

—Imposible, hay que auditar. Quizá ofrezca Redrado alguna alternativa. Cristina vendrá con una visión distinta del nuevo FMI cuando asista en abril a la reunión de Londres (como hizo Duhalde, cuando regresó de Europa y dijo que no sabía que el mundo estaba tan globalizado). Siempre, si hay voluntad, se encuentra una salida. Pero, ¿la quiere Néstor?

Cuando uno escucha de algún funcionario que “ahora vamos por los bancos” (¿regularán las tasas?), o las amenazas sobre las cajas de seguridad de particulares que abortó la Corte, o la nacionalización de los granos, imagina que nada será posible con el FMI. Sin embargo, la necesidad apremia y el discurso es lo más sencillo de cambiar. Sobre todo para los Kirchner.

—Aunque, me parece, uno puede acordar pero después la plata no llega.

—Sí, pero cuando está la garantía del préstamo, se consigue financiación hasta ese momento. No me asustaría ese detalle.

Demasiado breve el café. Mientras llegaba la cuenta, uno advirtió que el procurador Righi dejaría el cargo (no es lo mismo, dicen, que te llame Alberto F. a que lo haga Kirchner) y que Mauricio Macri, para terminar con las historias de su primo en Buenos Aires, intervendrá el partido este lunes. Jugada final que obliga a soslayar a un pariente de discutible lealtad con episodios que rodean el escándalo. Había que partir, sin tiempo para los detalles del escándalo.

Edición Impresa

Domingo 22 de Marzo de 2009
Año III Nº 0349
Buenos Aires, Argentina