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guillermo cabrera infante

Locos de amor

La aparición de “La ninfa inconstante”, novela póstuma publicada por Galaxia Gutenberg, permite volver a leer a uno de los más grandes escritores cubanos del siglo XX. Innovador de la lengua, los juegos de palabras y la estética cinematográfica ocupan el centro de su estilo. Y, además, está siempre el amor. En este caso, la trama se detiene en una chica de 16 años, especie de Lolita caribeña, en la que la atracción sexual se entremezcla con la vida cotidiana y la historia de la isla previa a la Revolución de 1959.

Por Guillermo Piro

Con el habano siempre. Vivió 40 años fuera de la isla, pero sus referencias políticas estuvieron marcadas por el mundo cubano.

Hay una ley no declarada que parece dictaminar que habrá uno y sólo un escritor desbaratador de la lengua por idioma. Como en una especie de nuevo génesis, alguien, llamémoslo el Hacedor de Obras Maestras, dictaminó que el portugués tendría a João Guimarães Rosa, el inglés a James Joyce, el francés a Louis-Ferdinand Céline, el alemán a Arno Schmidt, el italiano a Carlo Emilio Gadda y el castellano a Guillermo Cabrera Infante. De hecho, un consejo de los joyceanos más inescrupulosos consiste en recomendar a los hispanohablantes que quieran experimentar en carne propia lo mismo que un anglófono al leer a Joyce, que lo mejor que puede hacer es escaparle a las traducciones castellanas del Ulises (ni el argentino Salas Subirats ni el español José María Valverde: a los efectos de la experimentación ambos resultan igualmente ineficaces) y adentrarse de lleno en La Habana para un infante difunto. Entonces sí, el lector comprenderá en qué consiste tomar el todo de la lengua por las astas y hacer que vaya y venga a placer por el largo y ancho de la página.

Cuando el mundo fue creado, fue necesario crear un hombre especialmente para ese mundo, adaptado a su rigor y sus deleites. Todos estamos deformados por la adaptación a la libertad de Dios. Cabrera Infante fue creado antes que la literatura. Por eso, sus libros están deformados, adaptados a su propia libertad.

Es justamente su libertad lo que más llama la atención al lector desprevenido. Caín (su nombre de guerra) se descontrola, continuamente. Y nunca es mejor que cuando se descontrola. Es imposible pesquisar procedencias, influencias, lecturas. A diferencia de otros autores, él, Caín, sabe que su nombre no está destinado a ser el centro del mundo. Lo que hay son libros sagrados, no autores sagrados. Libros prohibidos y condenados. Y sabe que las sensaciones y los significados están en cualquier sitio, menos en las palabras. ¿Por qué dudar, entonces, de la perplejidad que depara una palabra puesta allí, fuera de lugar?

Se trata de una idea de autoafirmación personal del escritor en cuestión, el hecho de considerar que los juegos del lenguaje están antes, mucho antes de la invención (de la trama, del poema, de lo que quieran: antes). Pongamos un ejemplo. A fines de los 80 provocó conmoción un artículo publicado en un diario argentino firmado por el excelso cubano en el que hacía mención a “América letrina”, del mismo modo que tiempo antes había recurrido a la conjunción –mucho más inofensiva– “Altísimo Volta” para referirse al físico italiano Alessandro Volta, o del mismo modo, que en una visita al Museo Lichtenberg –el inventor del aforismo, a quien el propio André Breton incluyó en su Antología del humor negro– intentó convencer a las autoridades del museo que las últimas palabras de Johann Wolfgang von Goethe no habían sido “Mer licht...” (“Más luz”), sino “Mer Lichtenberg”, solo que el padre de las letras alemanas no había tenido tiempo de terminar la frase.

Cuando, imprevistamente Cabrera Infante murió el 21 de febrero de 2005 en el hospital Chelsea and Westminster de Londres, a raíz de una septicemia derivada de varios problemas de salud que lo habían aquejado en los últimos meses, dejó en el cajón, sin terminar, el manuscrito de una nueva novela ambientada en los años previos a la Revolución Cubana, es decir en el arco temporal donde había ambientado La Habana para un infante difunto (1979) y Tres tristes tigres (1964). Tenía 75 años y en 1997 había obtenido el Premio Cervantes.

Al parecer, Caín hizo lo imposible por ponerle fin, pero la enfermedad se lo impedía. Delegó la tarea en su esposa, Miriam Gómez, con una sentencia que bien podría pasar por últimas palabras, aunque no lo fueran: “No la puedo terminar, házlo tú, no ahora, cuando estés tranquila te pones a hacerlo y si no puedes, rómpela, no dejes que nadie la toque”. Caín le explicó todo lo que debía hacerse, y escribió el prólogo y una nota para el corrector de pruebas. Miriam Gómez compró una computadora (Caín usaba una máquina de escribir IBM eléctrica), y se concentró en la tarea ciclópea de armar el puzzle habanero. Miriam Gómez sólo disponía de unas pocas páginas sueltas y el conocimiento de que habían pertenecido a otra obra inédita, Cuerpos divinos (ambientada en La Habana entre 1952 y 1957), obra que el autor había escrito después de Tres tristes tigres. El mismo Caín se había dado cuenta de que esos papeles no podían formar parte de Cuerpos divinos, que tenía un hueco de tiempo en los años 50, entre Tres tristes tigres y La Habana para un infante difunto; separó esta parte y comenzó lo que ahora se publica con el título La ninfa inconstante, ubicada enteramente en 1957, y que representa una extensión lingüística de La Habana para un infante difunto, pero cuya lectura, para los que supimos vivir a Cabrera Infante en vida, resulta la experiencia inédita de saber que ese gigante de las letras no podrá volver a armonizar páginas tan geniales otra vez, que lo que se lee es la literatura de reserva del último gran escritor latinoamericano. Mejor dicho, del único.

Sua Cuba. Guillermo Cabrera Infante había nacido el 22 de abril de 1929 en Gibara (entonces provincia de Iriente, hoy Holguín). En 1941 se trasladó con su familia a La Habana. A los 20 años comenzó a estudiar medicina, pero abandonó la carrera en 1950 para estudiar periodismo. En 1952 escribió un relato y los censores del régimen de Fulgencio Batista encontraron en él obscenidades (algo similar se repetiría cuando en 1964 obtuviera el premio Biblioteca Breve en España, y en pleno franquismo se vio obligado a “retocar” la novela para que consiguiera ver la luz). Castigado, se le prohibió publicar con su nombre, cosa que Cabrera Infante resolvió empleando en el seudónimo la contracción G. Caín. En 1954 comenzó a trabajar como crítico cinematográfico de la revista Carteles, de la que llegaría a ser jefe de redacción. Después de la Revolución Cubana, Cabrera Infante fue nombrado director del Consejo Nacional de Cultura y subdirector del diario Revolución, encargándose de su suplemento literario, Lunes de Revolución. Pero sus relaciones con el régimen se deterioraron en seguida. Lo que provocó la ruptura fue un cortometraje, P.M., dirigido por Orlando Jiménez Leal y su hermano, Sabá Cabrera, en el que se describían las maneras de divertirse de un grupo de habaneros durante un día de finales de 1960. La película fue prohibida en 1961 por Fidel Castro, y estalló una polémica en las páginas de Lunes de Revolución que acabó cuando ese mismo año fue suprimido. En 1962, Cabrera Infante fue enviado a Bruselas como agregado cultural de la embajada cubana. Durante su estancia en Bélgica, concluyó Un oficio del siglo XX (1963), una recopilación de sus críticas cinematográficas aparecidas en Carteles. En Bruselas vivió hasta 1965, cuando debido a la muerte de su madre volvió a la isla. En Cuba fue retenido por el Servicio de Contra-Inteligencia durante cuatro meses. Cuando fue liberado, Cabrera Infante y su familia fueron primero a Madrid y luego a Barcelona. Pero la negativa del régimen franquista a regularizar su situación lo llevó a mudarse a Londres, donde se instaló definitivamente.

Estela, Estelita. La ninfa inconstante sería a la producción de Cabrera Infante lo que Lolita a la de Vladimir Nabokov (sólo se tolera la pedofilia escrita, y a veces ni eso). Cabrera Infante vuelve a sus años habaneros y al encuentro casual con “una mariposa diurna, con sus alas que era su pelo moviéndose horizontalmente como si quisiera posarse y no tuviera tiempo”: Estela Morris, la ninfa. El momento del encuentro es una muestra del arte de Cabrera. La ninfa, a punto de subir a un vehículo blanco que la aleje para siempre de la vida y obra del narrador, tiene un pie en el estribo y otro en la vereda, con una mano sujeta la puerta “la otra a punto de coger la manija, pero todavía al aire tibio de la tarde temprana, por lo que le grité: ¡No! (No tengo tiempo ni siquiera para las comillas.)”. Cabrera Infante hace todo el tiempo referencias al lector, juego de palabras escritos que parecieran tener solamente sentido al leer, ni siquiera al oír. Como cuando Estela habla de su sexo que parece “diseñado por Ruskin”: “No me ha salido todavía el bello”, dice la ninfa, a lo que Cabrera aclara: “Ella quería decir el vello pero me gusta más como lo dijo ella”. Estela tiene en su cuerpo varios tesoros, uno de ellos es su culo: “Sus nalgas de algas no eran sino de una arena de oro firme: breves y paradas. Ah, si yo fuera sodomita”.

Ella odia el café, para él, en cambio, el café es lo que le da sentido al día. Tienen poco en común, de modo que podría decirse que forman una pareja perfecta. La ninfa inconstante es la historia de una gran pasión y de un fracaso: una historia de amor. Pero ya Oscar Wilde decía que la diferencia entre una gran pasión y un capricho es que el capricho dura más.

Un bolero para Caín. Y luego está el bolero, esa música extremada, en oposición al “cante” de moda a fines de los 50 en La Habana: Atahualpa Yupanqui, música sudamericana “realmente insoportante”, como la define Branly, un amigo de Caín, “con sus lamentos de ruedas y ejes de carretas que aseguraba que era aburrido seguir sus huellas”. El bolero oficia de nota al pie sentimental ante el derrotero amoroso del protagonista, indicándole en palabras concisas el paso a seguir, esto es, abandonarse a sí mismo, dejar a su familia y perderse definitivamente con Estela. El bolero como oráculo, entonces, más que como género musical. A Caín no le interesa la música. Ni el baile. ¿Qué es el baile después de todo? Una pareja a media luz, con música, abrazados. ¿Y qué tiene eso de malo? La música. Aunque Caín, nuestro Cabrera, es un esclavo de la música de las palabras. Recuerda al pobre Debussy acercándose a su admirado Mallarmé y confesándole: “Maestro, siempre quise ponerle música a sus poemas”, a lo que el maestro le respondió: “Qué raro, yo pensé que ya la tenían”. La ninfa inconstante es, también, una novela cantábile: es una pena que no podamos oírla “cantada” por su propio autor, pero alguien debería tomarse ese trabajo.

Coitus interruptus. El libro es también una sucesión de aforismos desopilantes, muchos de ellos puestos en boca de Branly, otros a esa ausencia de copyright llamado cultura popular. “Siempre que pienso en los olores gratos, pienso en un Camel ardiendo. Es onanismo blanco.” O: “Todos tenemos un culo moral que no enseñamos en público y que cubrimos con los calzoncillos de la decencia y el pantalón de la urbanidad”. O: “Los curas no son otra cosa que muñecos de ventrílocuos. Dios habla por ellos”. O también: “Quise estudiar medicina pero siempre se me interpuso la felicidad”. Toda la relación con Estela es un largo coitus interruptus. Caín siempre intenta hacer el amor (esa otra clase de amor) con ella, pero el intento es abortado sucesivas veces. Caín siempre intenta encontrar la felicidad con ella, pero ella se interpone. “Si todos nacimos para ser felices (como proclaman los filósofos optimistas), ella nació para ser infeliz –y lo logró plenamente.”

Ella es una visitante o una turista en La Habana. A lo largo de las páginas su cuerpo, el de Estela –“demasiado humano”–, se convierte en divino. Cabrera Infante trata de recobrarla escribiendo estas páginas. Pero recobrarla no significa para él recordarla, dado que nunca se olvidó de ella. Plasmarla en el papel significa convertir su cuerpo divino en un fantasma que ronda sus recuerdos. Cabrera Infante es (era) un esteta. Se refugió en la literatura como si fuera una iglesia laica, pero se consideraba a sí mismo un esteta. Y la estética, nos dice Cabrera Infante en este libro, es el refugio del fracaso de la vida.

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“La ninfa inconstante” (fragmentos)

Podría hablar de sexo. O mejor, no podría. El sexo nunca fue principal en nuestra relación. Tampoco podría hablar de amor porque nunca de veras hubo alguno. Pero podría, puedo, hablar de obsesión: ésa fue la pasión dominante en nuestra breve vida juntos. Hablé de relación más arriba pero apenas puedo usar esta palabra en el sentido que tiene en el diccionario. Cualquier diccionario.

Llegué a la conclusión de que no le interesaba el sexo, ningún sexo, a través precisamente del sexo. Tampoco le interesaba el mero amor. La frase viene dictada por la experiencia: la mía y la de ella. Eras, lo creo ahora, patológicamente incapaz de ningún afecto. Era una versión femenina de Meursault. Tal vez fuera el demasiado sol que crea cortinas en la moral. Pero yo también padecía el sol entero y sufría de unas culpas que más que un complejo eran un reflejo. Pero ella era valiente, generosa y leal a lo que creía –si es que creía en algo. Antes escribí: “y leal a su persona”. Pero creo ahora que ella no creía ni en ella. Su cuerpo, ese cuerpo humano, demasiado humano, se ha convertido en divino. No por adoración sino porque es ahora lo opuesto a lo que fue: intocable.

Durante el tiempo que duró su aventura y mi ventura, ella estuvo virtualmente secuestrada por mí. Pero yo no era su secuestrador sino toda la compañía que pude tener.

Ella rechazaba no tácitamente, que implica consentir, sino de pleno ser un personaje, tanto como yo me empeño ahora en hacer su personaje. Era la mujer (y yo no hablo de una mujer en tres dimensiones si no he tenido antes una suerte de intimidad con ella) más intrigante y menos dada a la intriga. Pero su franqueza la perdió para mí. Como soy yo el que escribe estas páginas (y obviamente no ella) es que trato de recobrarla. No sólo en la memoria (no he dejado de recordarla nunca) sino en mis memorias. Ella es un cuerpo divino pero también un fantasma que ronda mis recuerdos.

(...)

Estela y yo estamos unidos en este libro, en esta página, en estas palabras que se suceden. Un abismo nos une: ella murió y yo vivo para escribir este libro. Nos salvará este paraíso, nos condenará este infierno: un libro, la vida. De verdad, verdugo nunca fue mi tarea más temida, y encontré entre las cenizas de mi amor su corazón intacto.

No fue sólo un verano de felicidad sino un verano todo de miseria y furia y fuego. Fue un verano inolvidable pero no por razones obvias, sino porque lo recuerdo ahora como si sucediera ahora. No hay mayor dolor, dice Dante, que recordar el tiempo feliz en la desgracia. Pero ¿qué sucede cuando se recuerda la desgracia y no hay sino el dolor del saber y la duda del amor no es peor que el desamor pero se parecen?

Todo lo que me mueve me conmueve, es asunto para este libro. No importa si ese todo es bajo y trivial –o tremendo. Sé mucho más de lo que sabía entonces, pero no soy más inteligente. Soy más cínico pero menos cruel. Lo que le hice a Estela tiene más importancia que lo que ella me hizo a mí –o lo que nos hicimos los dos a los dos. En cuanto al amor, es una de las formas que adopta la locura –o un catarro. Un día se descubrirá que no es más que un virus oportunista. Alguien, no tengo duda, encontrará una vacuna. Es decir, una suspensión de un microorganismo que produce inmunidad al estimular los anticuerpos. O contra cuerpos. Ese organismo en tres dimensiones que deja de ser un objeto o un cuerpo extraño para introducirse en todos los sentidos. O en el alma para animarnos. ¿Habrá alguien pensando algo alguna vez? Tal vez el Dante. Al dente.

Guillermo Cabrera Infante

Edición Impresa

Domingo 1 de Marzo de 2009
Año III Nº 0343
Buenos Aires, Argentina