
Es copresidente del Grupo II del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC), que en 2007 fue distinguido con el Premio Nobel de la Paz, del que también participó Al Gore. Canziani es el investigador más encumbrado de los científicos argentinos dentro de este Panel, que pertenece a las Naciones Unidas, y explica que “este Nobel se dividió. Al Gore lo recibió como político, pero también usa mucho al IPCC. Y esto es lógico porque no hacemos allí sino evaluar los trabajos científicos en el área de cambio climático y de las regiones afectadas por la deforestación, ozono, falta de agua, etcétera. Estamos muy vinculados, pero en espacios totalmente separados”.
—Discúlpeme la obviedad, doctor, pero ¿qué se siente al ser parte del premio más importante del mundo?
—Es interesante, desde luego, pero particularmente en el aspecto inherente a la paz. ¿Por qué eligen al IPCC? Nosotros, por ejemplo, hicimos un informe en el cual queda clara la probabilidad de que la seguridad hídrica (o sea el agua), la seguridad alimentaria y la seguridad física sufran graves daños en este siglo. En consecuencia, y en función de la paz (puesto que hay guerras por el agua y por los alimentos) el grupo de Oslo (el Nobel de la Paz se otorga en Noruega) nos eligió por estos trabajos.
—Pero, usted, como persona, ¿qué sintió al recibirlo?
—Mire, me sorprendí mucho porque, estando en Ginebra, comentábamos que no había ningún Premio Nobel de Matemáticas, que es una de nuestras áreas. ¡Hemos perdido el tiempo!, pensamos. Pero, al menos –agrega con humor–, había uno de Meteorología. Yo también soy meteorólogo y le diré que fue emocionante en todo sentido porque no teníamos ni la menor idea que íbamos a ser premiados. Absolutamente. Fue una alegría que se suma al Premio B’nai B’rith que nos otorgaron por la defensa de los derechos humanos. El trabajo fundamental no es hacer sólo lo que meramente corresponde a la parte científica, sino algo básico como es la divulgación. Las comunidades judías, católicas y armenias del equipo están tratando de armar un sistema de información que sirva para que la gente se entere de lo que tiene que hacer. Y estamos hablando de problemas críticos. Situaciones severas en todos los órdenes. A veces, nos olvidamos de la otra cara de la moneda que es la que, de alguna manera, va a beneficiar a Argentina, a Rusia (en Siberia). Esas áreas, relativamente pronto, van a convertirse en áreas productivas. Al alejarse de la zona tórrida o cálida del Ecuador y sus latitudes medias estamos modificando todo el ecosistema y si uno tuviera la inteligencia suficiente como para prever ayer y no hoy lo que está ocurriendo tendríamos la posibilidad de ampliar enormemente la frontera económica y crear nuevas fuentes de trabajo.
—¿Esto quiere decir que, por ejemplo, tierras árticas (Siberia) podrían volverse cultivables?
—En Groenlandia el hecho es tan trascendente que, geopolíticamente, los habitantes le están pidiendo a Dinamarca un “status” de independencia. Y ¿sabe por qué? ¡Pues porque ya tienen árboles! Y la zona de bosques fríos está siendo reemplazada por bosques templados y las zonas de cultivo han aumentado notablemente. Volando sobre Canadá, veinte años atrás, sólo se veía una masa de hielo grande. Hoy, ya no es así. Algunos dicen que los esquimales van a perder su territorio de hielo. Lo mismo que los osos polares, las morsas, etcétera. Pero no tiene nada que ver. Yo digo siempre que cada cosa tiene su lado malo y su potencial lado bueno. ¡Lo que hay que hacer es buscarlo! El Polo Norte prácticamente va a desaparecer y esto va a cambiar las comunicaciones entre Europa y América. Esa ruta va a ser trascendente (como lo ha sido la del Transpolar en el Hemisferio Sur) y, en consecuencia, pertenecerá a un mundo planificado en serio. Aquí está la madre del borrego, como siempre digo. En un mundo donde cada uno ve sólo su negocio y se olvida que tiene vinculaciones con los demás, si hubiera solidaridad agrícola (aun en el aspecto comercial) habría un montón de cosas por hacer. ¡Y no hablo por algo que se me ocurrió a mí! En 1960 un experto de la FAO decidió proponer una idea. El mundo se está complicando –previó–. En aquella época éramos menos habitantes; ¡hoy somos 6 mil millones! Y lo que propuso el experto fue crear regiones de cultivo, de habitación y de turismo. Se trataría de un mundo totalmente globalizado en el sentido total de la palabra: se dejarían de lado las diferencias raciales, económicas y religiosas. Mire, tomemos Sudán, donde la gente se muere de sed. Etiopía, el Cuerno de Africa, donde no hay agua. O simplemente la zona de Oriente Medio. O la Argentina, cuando en 1986 las policías de Río Cuarto y Buenos Aires se peleaban porque el agua de Río Cuarto venía para acá abajo... y nos inundaba más. Entonces uno va viendo que los hechos ambientales tienen trascendencia política y geopolítica. A medida que pasa el tiempo y el planeta se calienta las temperaturas aumentan más intensamente hacia los polos. Y el Polo Norte se ha calentado cinco veces más que las latitudes medias en el Hemisferio Sur. Yo tengo proyecciones, modelos matemáticos serios, sobre el Polo Norte, que indican que prácticamente en el verano ya no habrá hielo y que en el 2100 ó 2099 subsistirán zonas apenas heladas. La rapidez con la que ocurren estos procesos es crítica.
—¿Y por qué no se habla de la Antártida?
—Por una razón muy simple: ¡no hay datos! Acabo de enviar un informe a China destacando esa falencia y he tenido discusiones en el IPCC acerca de la falta de información. Y se lo explico: un modelo matemático es un modelo básicamente geofísico, pero si yo quiero tomar las variables relativas a la sociedad y a la economía debo analizar cuáles serían las trayectorias de desarrollo de los países. Si los países consumen más petróleo van a crear más efecto invernadero porque la quema de petróleo emite dióxido de carbono. Consecuentemente, se juega la futura trayectoria del planeta, de la comunidad global, hacia el desarrollo. ¿Será sostenible? La gente del futuro debería vivir más o menos como nosotros. Hay cosas que nos afectan gravemente a los argentinos. Por ejemplo, el uso indiscriminado de agroquímicos. Algunos son mortales. La Secretaría de Medio Ambiente ha publicado un informe en el que cita la cantidad de gente que ha muerto por ingestión involuntaria. Se trata de agroquímicos que están en el aire o en el agua.
—¿Fertilizantes?
—Por ejemplo los “mata-yuyos”. Los elementos que se mencionan en la propaganda indican que son importantes para que cualquier planta o producto vegetal crezca sin interferencias, pero son definitivamente dañinos para la salud.
—Doctor, con el tema Tartagal surgen innumerables preguntas. Por ejemplo, hoy casi no hay invierno. Sesenta años atrás los escolares tenían sabañones por el frío. Los sabañones han desaparecido, lo cual no está mal porque eran dolorosos, pero la deforestación indiscriminada nos ha cambiado el Cono Sur. Tartagal, insisto, ¿no es acaso una de sus consecuencias?
—Hace unos cuantos años (¡le estoy hablando de 1945!) hice mi primer trabajo acerca de una estación de ferrocarril que se llamaba El Volcancito y por la que pasaba el Tren de las Nubes. Tenían problemas con los rieles debido a una inundación. En ese trabajo, entonces, hice un análisis con los pocos elementos de la época y quedó claro que las precipitaciones son estacionales y lo comprobamos en Perú donde vivimos muchos años. En los períodos de noviembre a marzo-abril llueve en la sierra. A Machu Picchu hay que ir en invierno para evitar inundaciones. Entonces llegué a la conclusión que, hubiera o no bosques, los hechos de la lluvia existen. Ahora se han sumado varios factores: si yo elimino las copas de los árboles estoy eliminando un freno a las gotas de lluvia que son como proyectiles que pegan en el suelo y lo erosionan. Casualmente, entonces, en zonas de lluvias muy intensas el lavado de los cerros y la formación de lodo y barro se deben a ese impacto crítico. Fíjese que ese impacto se suaviza con una copa grande de árbol, de muchos árboles que frenan y disminuyen la infiltración del agua. Es lo mismo que ocurrió en las aguadas de los arroyos de Buenos Aires. Esas aguadas se han eliminado. Aún se ven algunas cerca de la Comisión de Energía Atómica, pero en general se hizo un alquitranado y cuando llueve las calles llenan el arroyo Maldonado que yo he alcanzado a ver destapado. Embellecía mucho a Buenos Aires pero ahí se cometieron errores de ingeniería que, probablemente, no podían preverse en aquel tiempo. Se hablaba de lluvias de 40 milímetros como máximo. Hoy eso se inunda…
—Pero, volviendo a Tartagal, creo haberle escuchado decir a usted que el mal uso del suelo ha sido uno de los factores de la catástrofe que tenemos hoy…
—Sí, claro. Es uno de los factores. ¡No es que hayan deforestado el año pasado! Esto viene de tiempo atrás. Mire, la naturaleza capitaliza los errores a largo plazo. El tema no es tan simple. En todo esto hay una falencia total porque la gente, al no valorar el bosque, tampoco le da valor a la parte biológica. Nosotros hemos tenido situaciones críticas. Por ejemplo, en Bariloche, la empresa Klima introdujo especies foráneas (frutos y flores) que han producido un cambio total en los sistemas naturales. Incluso hay un trabajo premiado por la Academia de Trieste que plantea el hecho como un crimen. Esto, por ejemplo, no ocurrió en La Pampa, donde no hay árboles. La Pampa era un ecosistema de pajonales. Entonces, la introducción de plantas exóticas de alguna manera fue útil. Sarmiento trajo los eucaliptos. No era una planta muy buena, pero sirvió como barrera de viento. Entonces, si los agricultores saben que las barreras de viento son necesarias, ¿por qué las sacan?
—En un trabajo suyo, doctor, usted habla de las grandes lluvias en el NOA (noroeste argentino) en 2006. ¿Eran el preanuncio de la catástrofe actual?
—En esto soy claro y terminante: los eventos extremos se van a exacerbar de manera tal que, si bien Argentina tiene la ventaja de un 15% más de lluvias en todo el litoral, pueden volverse esporádicas e intensas, también con períodos de sequía. Esto involucra la necesidad de estudiar el sistema y definir de qué manera vamos a usar el agua. América del Sur tiene el 35% de los recursos hídricos del mundo. Por ejemplo, las cuencas del Amazonas son enormes. Sin embargo, las estamos perdiendo. Además, faltan datos. En 1955 estuve en el Chaco Paraguayo y tan trágico resultó esto que la represa Acaraí Mondaí (cerca de Itaipú) fracasó justamente por falta de datos. Lo mismo ocurrió en Esmeraldas, en Ecuador. Entre nosotros, le repito, la falta de información es crítica. Cuando hicimos el Plan Maestro de la provincia de Buenos Aires, con la arquitecta Roulet como vicegobernadora, armamos un equipo interdisciplinario. Empezaron a trabajar buscando datos de aguas subterráneas. Aunque parezca increíble: ¡no los hay!
—Pero, doctor, según lo que hemos leído tampoco hay radares meteorológicos…
—Si no hay datos concretos, y no conocemos los niveles de humedad del suelo, el encharcamiento del suelo, no podemos hacer nada. Ahora bien, el radar meteorológico fue previsto en el informe del Plan Maestro de 1987 y está todavía en veremos…
—¿Cuánto cuesta un radar meteorológico?
—Bien armado y con efecto doppler está en alrededor de un millón de dólares. También tenemos otro problema: los tornados. Los tornados eran clásicos hasta más o menos la altitud de San Justo, de acuerdo a los trabajos de alumnos de nuestras universidades. Hoy, hace poco, hubo dos trombas marinas miserables sobre el Río de la Plata, que son una especie de tornado sobre agua. Ahora bien, si no tenemos radares… Mire, el radar brinda una cosa muy importante, que es la precipitación areal. Es decir que, si tengo un área cubierta por radar, sabré cuántos milímetros caen en el aire. Y si conozco la topografía del lugar podré determinar cuáles son los caudales que se van reuniendo. Repito, si no tenemos esas herramientas, ¿quién puede decir cuándo va a llegar la inundación? Fíjese, en Santa Fe, en 2004. Las imágenes satelitales brindadas por el propio gobierno y publicadas en los diarios indicaban que la inundación se venía. Lo cierto es que invadió una zona notablemente crítica y allí surge el problema que yo siempre vinculo con el hecho físico del tema social. Lo que ha ocurrido en el Riachuelo, en La Salada. En esas zonas se deja ocupar el suelo (e inclusive se venden tierras) cuando no está en condiciones de ser utilizado por existir riesgos de vida.
—¿Eso también ocurrió en Tartagal?
—En Tartagal fue distinto. Se ha ampliado la frontera gris donde se han ido tirando caños para el transporte de gas y demás sin haber respetado las normas mínimas de defensa del suelo. Hoy no tengo un plano total, pero hicimos un trabajo especial en el Conicet valorizando áreas de Salta muy propicias. Areas aptas para cultivos de productos de primicia…
—¿Cuáles son esos productos?
—Son los que se desarrollan en el invierno en áreas donde no hay heladas. Por ejemplo, ajíes, tomates, café, plátanos, bananas. Incluso, nuestro informe fue usado por Naciones Unidas para traer emigrantes para cultivos. Estos trabajos se hacen con mucho entusiasmo pero cuando empezamos a ver que se dejan caer y se pierden nos preguntamos de quién es la culpa. En realidad, la culpa no la tiene nadie. Es el hecho de haber dejado que todo el sistema cayera. De la misma manera que cayó el sistema educativo argentino. Todo se deja pasar. En 1945/46, Argentina tenía 4 mil pluviómetros, en los Andes había pluvioligómetros. Quizá en una forma muy primitiva. No podrían usarse hoy para información satelital pero se sabía, en cambio, cuánta nieve caía. Se colocaban enormes tachos con glicerina y cuando caía la nieve, por su densidad, se iba al fondo. Pero, sin embargo, con esto se calculaba el volumen aproximado de nieve y se sabía también con cuánta agua se contaba. Es un tema crítico. Hoy no lo tenemos. Lo mismo que los sistemas de evaporación. Voy a usar una palabra técnica: “evapotranspiración”…
—¿Qué significa?
—Es la evaporación sumada a la transpiración de las plantas. Esa es la pérdida de agua en un determinado lugar. No tenemos ningún aparato que funcione y mida la evapotranspiración…
—¿Por qué? ¿Es un tema de dinero?
—Yo pienso que dinero, hay. Pero está faltando la decisión política de desarrollar las redes como corresponde. Usemos lo que tenemos, pero también recordando que nunca hemos definido los microclimas de la región. En Israel cultivan cítricos, paltas, aguacates que salen al mundo desde el desierto y usando el agua sabiamente. Incluso en las zonas desérticas existen especies útiles. Lo que ocurre es que no tenemos un catálogo completo y no ha habido sino situaciones esporádicas en cuanto a estudios. ¿Cuáles son los problemas más graves de Argentina? Es complicado determinarlo. No tenemos estadísticas sobre enfermedades. ¿Cuánta gente se enferma de hantavirus por el ratón colilargo? Una de nuestras fallas es que, por lo general, no hay responsables visibles por esta falta de información. Yo también he sido pronosticador meteorológico y es casi imposible evaluar si no se cuenta con abundantes datos absolutamente comprobables.
—En uno de sus trabajos usted habla del aumentos de temperatura de hasta 1,2º C en el 2020 y de hasta 4,5º C en el 2080. ¿Cómo ocurrirá esto? ¿Habrá tormentas enormes?
—Los matemáticos hemos hecho unas tablas en las que queda claro que va a quedar mucha gente sin agua…
—¿Cuándo? ¿En qué año?
—Yo hablaría de una temperatura media en la Tierra. Antes de que aparecieran estos procesos, a principios del siglo XX, la Tierra tenía una temperatura media de 15º. Al producirse el cambio, puede ir aumentando. Podemos decir que, en 2005, la temperatura media aumentó un 0,7 décimas, lo que significa que estamos casi en 16º C. National Geographic proyectó hasta 6º C. Y eso ya sería una terrible catástrofe. Por eso, es importante subrayar que, si aumenta la temperatura, por ejemplo en la Pampa húmeda se perderá la productividad del trigo, el maíz, la cebada, el arroz y la avena. Cada planta tiene un entorno térmico en el que fructifica y se desarrolla. Y alterarlo trae consecuencias difíciles de predecir.