
Este es el mundo del saldo, con el que la mayoría de los lectores tiene un contacto casi cotidiano en la enorme cantidad de librerías del ramo que pueden encontrarse en las grandes ciudades. Lo que el comprador no sabe es que detrás de eso que suele calificarse como error o falta de buen gusto hay un plan que busca salvar la última ganancia posible antes de que el libro se transforme en venta de papel por kilo.
Libros encajados. Roberto Basílico tiene 55 años, trabaja como librero hace 38 y es considerado el zar del saldo. El no lo dirá de esa manera, pero entre muchas de las cosas que cuenta dice que en su depósito hay actualmente más de un millón de ejemplares que irán a parar, más temprano o más tarde, dependiendo de la suerte y del ritmo de la economía, a varias mesas de saldos del país. No obstante, afirma que su tarea, antes que vender, es comprar. Y explica: “Un saldo es un libro que se quedó encajado en la editorial por algún motivo: porque pasó de moda, porque salió una nueva edición, porque el tema no caminó, por precio; hay un montón de connotaciones que pueden ser usadas”. Basílico, como otros actores del campo editorial, opina que las editoriales castigan su stock enviándolo a saldo. “El libro tiene un proceso de obsolescencia. No es igual que yo haga un libro hoy, que en mi balance va a valer $ 10, que ese mismo libro dentro de diez años. No va a valer $ 10, entonces yo tengo que depreciarlo de alguna forma porque si no yo pagaría en mi balance una plata mucho mayor. Es un tema contable”.
Sin embargo, la decisión de saldar un libro está lejos de ser una medida tomada exclusivamente por los departamentos comerciales. Así lo aclara Jorge Vanzulli, director comercial del Grupo Planeta: “Cuando se decide mandar a saldo los libros, lo que se hace es hablar con el editor. No mandamos nada a saldo que no esté consensuado con los editores. El editor es el que define qué libro eventualmente puede pasar a saldo, y se hace en función de la performance del libro”. Esa performance, explica, está obligada a ser muy competitiva en función de la presión que ejerce la edición y venta constante de nuevos títulos. Según datos que él mismo brinda, en la actualidad se venden por año cerca de 30.000 libros de novedades, editados recientemente en el país o en el exterior. “Una librería como Yenny tiene 80.000 títulos. Es probable que no tenga stock de todos, pero eventualmente los puede llegar a conseguir. Con ese bagaje de títulos es muy difícil sostener a todos simultáneamente exhibidos. En las mesas de novedades deben entrar 25 o 30 títulos; si dividieras 80.000 por 40, te deben dar 2.000 mesas. En España, Planeta y Random House Mondadori tienen entre 3 y 4 lanzamientos mensuales, ahí es peor porque la vida útil del libro es menor”. Lo que sucede, reflexiona Vanzulli, es que el negocio de los libros tiene una oferta mucho mayor de la que el público puede llegar a consumir.
El monstruo de la obsolescencia. El espacio físico es una variable determinante a la hora de saldar. No sólo desde el lado de las librerías, sino también del de las propias editoriales que, desde hace varios años, empezaron a tercerizar el servicio de depósito y logística. Esta práctica obedece, según Basílico, a “un concepto muy español”, refiriéndose a la manera en que se hacen las cosas en el Viejo Continente, al que viaja regularmente a comprar libros destinados a las mesas de saldos. “A fin de mes no sólo les cobran la entrega, sino también la parquización, el espacio físico. Si un libro no se movió por un año, o se movió muy poquitito y está pagando un costo mensual X, mejor saldarlo porque no se vende más”, explica.
En el mundo del saldo, el trabajo del editor no siempre es color de rosa. Luz Fuster, editora del sello Emecé y encargada de manejar los títulos de bolsillo Booket, lo explica de la siguiente manera: “Si mandás un libro derecho al saldo, hiciste las cosas mal. Cuando editás un libro la idea es que tenés que vender todo, y más”. La impronta del margen de ganancia la obliga a estar al tanto de las vicisitudes contables y aclara que la obsolescencia se calcula sobre el costo del precio del libro y no sobre el precio de venta al público. La obsolescencia empieza a contar desde la última fecha de ingreso del libro a depósito, apenas salido de la imprenta. “Si el libro ingresó en septiembre del año pasado, al año le pega el 50%; al año y medio le pega el 75%, a los dos años se salda completo. A veces te llega un listado de los libros que dice: obsolescencia 50%, obsolescencia 100%. Cuando llega a ese punto es que un libro es pérdida total sobre el stock que tenés a esa fecha. Todo el catálogo entra dentro de este análisis”, comenta. Pero no todos los sellos de las grandes editoriales tienen una actitud pro-saldo. En el caso de la filial argentina de Random House Mondadori, Glenda Vieytes explica que ninguno de los libros de los sellos Lumen, Debate y Mondadori entran en ese radio. “Forma parte de una decisión editorial”, explica.
Según Basílico, hay libros más proclives a saldarse que otros. Entre ellos ubica a lo que el denomina “temas de hoy”: libros que se venden mucho en la coyuntura pero que al tiempo caen en desgracia. Pone como ejemplos la reciente biografía de Alfredo de Angeli, junto a aquellos libros “preectorales”, como los que sacaron hace un tiempo Eduardo Duhalde, Roberto Lavagna y Elisa Carrió. Para él, esas “ediciones de autor encubiertas” son las que más rápido pasan a saldo. Sin embargo, hay lugar a sorpresas: así sucedió con el libro de Eduardo Verbitsky Hacer la corte, que vendió 10.000 ejemplares en una semana, la mayor parte realizada en venta ambulante.
Del under al mainstream. Las repercusiones de la actual crisis financiera en el campo editorial son leídas de maneras diferentes. Vanzulli anuncia que Planeta recortará un 30% la cantidad de títulos a editar en 2009 con respecto a 2008. “Si el mercado responde, se levantará la cifra”, anticipa, pero no sabe con precisión si eso repercutirá en las mesas de saldos. Por su parte, Basílico afirma que éstas son las que menos han aumentado. “El libro de saldos aquí no ha podido subir tanto porque la gente no quiere pagarlo. No es que nosotros no queramos. Las editoriales nos aprietan más para que paguemos más caro, pero tenemos un tope en la mesa que no lo permite. Vos ponés un libro de saldo bueno a $ 20, que sería la mitad de un libro de línea, y no se lo vendés a nadie, tiene que estar en 12 o 15 pesos”. A pesar de la coyuntura y del destino incierto de la industria editorial, parece convencido de que su tarea es una contribución importantísima a la cultura contemporánea: “Esto de dar al libro de saldo el tratamiento de libro normal o de novedades es un invento nuestro. Lo sacamos del under y lo llevamos a un plano medianamente normal, le damos una segunda oportunidad”, dice Basílico, que mientras ríe y se despide, está pensando en los miles de ejemplares que tendrá que sacar al ruedo mañana por la mañana.
Una ecuación con ganadores y perdedores
Hay una suerte de ecuación que opera en el mundo del saldo: la reducción del margen de ganancia de las editoriales, que obliga pasar un libro a saldo, se traduce en un aparente desprestigio del autor, que deja de estar en un lugar privilegiado en las mesas de exhibición de las librerías. “Hay muchas veces que, al año y medio, te llama el autor y dice ‘¡Pero lo vi en saldo al libro!’. Se quiere morir, claro, pero bueno, no hay nada que hacerle, es matemática pura”, explica la editora Luz Fuster.
Mudarse del brillo de los estantes de novedades y best sellers, a las menos glamorosas mesas de 12 o 15 pesos, es un rito de pasaje habitual. “El saldo tiene que ser un poquito así, oscuro, porque hay que darle al comprador la sensación de que va a espiar”, opina Roberto Basílico.
El escritor Fabián Casas tiene sus argumentos a favor de este recorrido por el under: “La mayoría de la gran literatura argenta está en saldos, por suerte para los que no tenemos mucha tagui: yo leí en saldos a Joaquín Giannuzzi, saqué de saldos La Piel de Caballo de Zelarayán y varios libros de Gustavo Ferreyra, tal vez uno de los más grandes escritores argentinos actuales”.
Javier Alcácer es estudiante de cine y se confiesa fanático de la literatura; dice haber armado casi toda su biblioteca yendo a librerías de saldo, y explica su método: “En las librerías de saldo hay que bucear, no queda otra; es necesario tiempo para revisar, porque no existe nada parecido al orden, ni tampoco hay un catálogo y no es muy recomendable confiar en la memoria de los vendedores. No queda otra que buscar y bancarse el polvo: después de una jornada de caza de libros saldados los dedos quedan negros. Eso sí, también hay algo de azaroso que hace atractiva la pesca”.