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presidentes y poetas

Almas puestas al desnudo

En pleno furor de la campaña electoral, la revista “The New Yorker” dio a conocer unos poemas del actual presidente de los EE.UU., Barack Obama. Los poemas fueron prudentemente elogiados por Harold Bloom. Pero Barack Obama no es el primer presidente con veleidades de poeta: de hecho parece ser una costumbre bastante arraigada en la tradición política norteamericana que los presidentes se dediquen a escribir poesía, como lo atestigua el autor de esta nota, que repasa la historia política de la mayor potencia de Occidente y el intento de sus mandatarios por pasar a formar parte de “otra” historia.

Por Eduardo Montes-Bradley

Una ocupación delicada. En los Estados Unidos, ser presidente y cultivar la poesía no es algo excepcional. Abraham Lincoln, Jimmy Carter y recientemente Barack Obama dieron a conocer sus composiciones poéticas.

Entre la frivolidad de Palin, el candor histriónico de Biden y las estratagemas de McCain para convertir a Obama en Rosa Luxemburgo hubo un hecho que bien pudo haber pasado desapercibido, pero no. Esta vez no se trataban de las relaciones entre el candidato y su pastor-petardista, ni del cruce con el pone-bombas Bill Ayers. Más aún, la resonancia fue aplacada por su escasa significación política, a saber: el futuro presidente había escrito al menos dos versos en su mocedad y The New Yorker los daba a conocer. La primicia tuvo repercusiones. Esta vez no fueron los conservadores del GOP estupefactos ante lo que pudo haber sido un error adolescente, no; el repiqueteo de los ataques venía de otro lado y mientras Ariel Dorfman celebraba la llegada del candidato-poeta, Harold Bloom señalaba las ventajas de que no hubiera cedido a la tentación de seguir escribiendo. Tanto Dorfman como Bloom se equivocan: ni Obama resulta más poeta que muchos de sus predecesores ni tan objetables parecieran los resultados.

Todo tiempo pasado fue igual. Según cuentan sus biógrafos, Abraham Lincoln combatió su depresión adolescente con poesía. Por entonces, la dolencia era conocida como melancolía y no había sino versos para remediar el padecimiento. Así escribe el fundador de la Norteamerica moderna: “Abraham Lincoln es quien soy/ Y con mi pluma lo escribí hoy/ Escribí con deleite y premura/ para los tontos sin cultura.”

De haberse sabido a tiempo, es posible que estos versos pudieran costarle a su autor las elecciones de 1860. Un solo Harold Bloom en el horizonte hubiera cambiado la historia convirtiendo al barbado de galera en el hazmerreír de su tiempo, evitándonos la excelencia de los discursos de Gettysbourg y Cooper Union. Y si la prensa neoyorquina se hubiera apropiado de estos otros versitos del insigne, la noticia hubiera acabado de un plumazo con cualquier vestigio del poeta republicano: “Abraham Lincoln,/ su mano y su pluma;/ nadie sabe cuándo,/ conocerá su Fortuna.”

Fue, en todo caso, la ausencia de críticos lo que permitió que el oriundo de Kentucky continuara cultivando la poesía secretamente. Sus últimos versos, dedicados al triunfo en Gettysburg, fueron considerablemente mejores que los anteriores. En un octeto que recuerda las tonadas de bebedores irlandeses, el entonces presidente se mofa del general Robert E. Lee, poniendo en sus labios el cuento de la derrota: “En mil ochocientos sesenta y tres, con pompa/ y gran empeño,/ Yo y la Confederación de Jeff fuimos/ a saquear Filadelfia,/ Los yanquis nos ganaron por experiencia, y/ nos hicieron las de Caín,/ Y tuvimos que huir al fin,/ Sin saquear a Filadelfia.”

En el poema, Lincoln se refiere a un personaje conocido como el Tío Jeff; en realidad Jefferson Davis. Pero volviendo al tema, John Tyler, presidente de la Confederación, antes que Lincoln, había tenido la oportunidad de celebrar en versos el buen humor y las pasiones amorosas. A falta de desafíos en el campo de batalla, el décimo presidente de la Unión le cantó así a la que sería su esposa cuando todavía ocupaba la Casa Blanca: “Dulce señora, despierte de sus sueños, despierte/ Somos seres extraños venidos de tras-las-sierras/ A cantarle una canción, en la muda noche estrellada.”

Quincy Adams (John) sucumbió antes que Tayler a la tentación, menos terrenal, de cantarle loas al Creador al que suponía tan americano como el que más. Como dicen por ahí, “una nación que reza unida, se mantiene unida”: “¡Oh! dejemos que el pueblo adore al Señor/ Que todos expresen su amor por El;/ Y la tierra toda habrá de proveer,/ Y Dios, sí, nuestro propio Dios, bendecirá.”

Quincy Adams se tomaba muy en serio la vocación, llegando a decir que hubiera preferido la vida de poeta a la de servidor público. Afortunadamente, el sexto presidente de los EE.UU. se entregó de lleno a los asuntos de Estado, reservando adoraciones, himnos, salmos y alguna que otra cana secular en verso para los momentos de intimidad.

James Madison, antecesor de Quicy Adams, perteneció a esa liga de jóvenes dispuestos a volcar pasiones en verso sin reparar en la precaución de destruir las evidencias después de resultar electos. El objeto de los cantares de Madison no estaba en los cielos sino en la tierra, más concretamente en sus enemigos políticos. Al menos tres ejemplos han sobrevivido el paso del tiempo: “Nuestra musa tardía una sátira impuso/ Y el humor sedujo hasta al último iluso/ Porque confundimos al enemigo con gente/ Que pudiera merecer una pluma decente”.

De haberlos habido, es posible que Madison no hubiera complacido a los críticos debiendo resignarse a ocupar el lugar que le estaba reservado en la historia como firmante de la Constitución en representación del Estado de Virginia y más tarde como cuarto presidente de la Unión.

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Tal vez el único presidente de los EE.UU. que llegó a ver su obra poética publicada fue Jimmy Carter. La publicación de al menos uno de sus libros, Always a Reckoning, le valió –por parte de Bloom– la calificación de “peor poeta de los Estados Unidos”, todo un logro. Sin embargo, Bloom no es el único. Michiko Kakutani (The New York Times) lo estima mediocre e incapaz de conmover a nadie. Es curioso, pero Carter pareciera impermeable a los ladridos y continúa, incluso hoy, empeñado en la tarea como si las críticas no lograran conmoverlo. Supongo que Carter hace bien, antes de conocer las opiniones de Bloom y Kakutani, yo mismo suponía que sus versos merecían alguna consideración.

“The times they are a-changin’”. Obama tampoco convence a los críticos y el juicio de Dorfman no satisface a los que buscan en el poeta la figura que redima su condición de presidente electo. Tal vez esto tenga que ver con la suposición de que los versos ennoblecen y la política envilece y la poco creíble consideración de que ambas afecciones encarnadas en un mismo sujeto pueda contradecir al sentido común. Sobran ejemplos para seguir demostrando lo contrario.

La predilección de Thomas Jefferson por Milton, Homero o Virgilo resulta consistente con la elección que hace John F. Kennedy de Rober Frost para su inauguración presidencial. Bill Clinton también echa mano a la poesía en los actos inaugurales, en 1993 fue Maya Angelou y en 1997, Miller Williams. Teniendo en cuenta lo anterior, los antecedentes poéticos de Obama no deberían llamar tanto la atención.

Los versos de Obama. Se trata de dos poemas muy personales, close to the heart, dirían. Si las figuras aludidas son o no la de su padre en Underground y la de su abuelo en Viejo, es materia de discusión; lo que no cabe lugar a dudas es que la irrupción “literaria” en medio del fervor electoral fue refrescante. Ya no eran sólo las voces de analistas políticos frente a los micrófonos sino las de críticos, académicos y poetas discutiendo el tenor y valor de los versos de aquel otro Barack. Hay algo en aquellos versos que resulta casi tan íntimo como las múltiples e inadvertidas confesiones del autor en sus memorias. En ese sentido, los versos de Obama se aproximan más a los que Thomas Jefferson le dedica a su nieta que a las butades irónicas de Madison; rozando por momentos la intimidad sugestiva de aquellos otros de Washington, el primero de los presidentes norteamericanos le dedica a Frances Alexander.

“¡Ah! me aflige tener que amar y esconder/ De antaño busqué, más nunca pude ofrecer/ A pesar del dolor que de amor padecí;/ Xerxes el Grande, no eludió el dardo de Cupido/ Y como todos los Héroes, a su poder cayó rendido.”

Se me ocurre que está bien que los presidentes desnuden sus preocupaciones del alma y que se sepa. Lo que me cuesta creer es que un par de intentos, por malos que los suponga Bloom, hagan de nadie un poeta como asegura Ariel Dorfman.

Edición Impresa

Domingo 25 de Enero de 2008
Año III Nº 0333
Buenos Aires, Argentina