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La carne del artista muerto

A partir de escritores como Roberto Bolaño, Osvaldo Lamborghini y Mario Levrero, la autora de “El affaire Skeffington” realiza una aguda reflexión sobre los efectos del mito de la posteridad y el fetichismo de la vida intensa en buena parte de las escrituras actuales. Cierto auge reciente del uso de la primera persona no es ajeno a este proceso en el que el autor y el personaje terminan muchas veces superponiéndose mutuamente, volviendo legendaria su vida y tiñiendo así las interpretaciones de su obra. Una apuesta por sospechar del “tren fantasma referencial”.

Por María Moreno

Roberto Bolaño. Después de muerto sus libros van camino a una consagración ecuménica.

En vano al auge de las escrituras del yo se opone la razón teórica que advierte sobre la imposibilidad de traducir sin mediaciones al texto aquello que se denomina experiencia: hay quienes leen aún ficciones como si se tratara de la vida misma. Varios libros recientes han generado la unanimidad admirativa con un efecto sobresaliente: la ilusión de cumplir aquello dictado por Whitman de que “quien toca este libro toca un hombre”. En La novela luminosa y El discurso vacío Mario Levrero crea algo así como una poética de la farmacia y logra hacer literatura con todo lo que habitualmente se toma como escoria literaria: lo que Barthes llamaba la gestión y que suele posponer la escritura –trámites fiscales, diligencias pro jubilación, colas– y el detallado relato de la enfermedad física, desde una eventración fruto de una errada cirugía de vesícula hasta los efectos parciales de un remedio para la constipación. Lamborghini, una biografía, de Ricardo Straface, proyecta a su biografiado como un squater VIP cuya única propiedad es casi exclusivamente su cuerpo físico –casi una extensión de sus obras in progress– en permanente demanda de alimentación mientras él se somete a la máquina implacable de su propia escritura, un clochard de interior que se va regalando a sí mismo a diferentes anfitriones dejándoles restos antihigiénicos como ceniceros llenos, blísters y botellas vacíos pero también palabras iluminadoras y dedicatorias –sin duda contribuyó a la construcción del personaje Lamborghini la capacidad de éste para persuadir de que asistirlo hacía ingresar en la historia literaria.

Las habladurías en torno al final de Bolaño generan la imagen cristalizada de un ábaco para contar páginas que es posible imaginarse con el sonido de un corazón o de una bomba a punto de estallar hasta alcanzar una cifra catástrofe, en la última de 2666 y que cuenta simultáneamente el compás de espera de un hígado apto para trasplante que permita la prórroga que, se sabe, no ha llegado. Es obvio que Bolaño podía calcular trágicamente ese efecto, pero la épica prosa versus hígado ha convertido al hígado de Bolaño en algo tan mítico como la mama de Santa Ágata rescatada para su conservación en una ampolla de plata (la oreja de Van Gohg ya fue).

Tanto La novela luminosa de Mario Levrero como Lamborghini, una biografía de Ricardo Straface y la promoción extraliteraria de la obra de Bolaño proponen ya no el cuerpo químico como motor de la obra –como en el mito del escritor maldito– sino como un espacio que exige mantenimiento ya sea para sustraerlo en lo posible a las exigencias del goce como para conservarlo con el fin de convertir a la escritura en una prórroga ante la muerte.

Estos cuerpos literarios mediante los que se genera un efecto de identidad entre autor y personaje, como en el caso de Levrero; entre la leyenda y la vida, como en el caso de Lamborghini, y a través del epifenómeno literario hecho en parte por autofiguraciones propias y testimonios ajenos, como en el caso de Bolaño, parecen contagiar su prestigio ya sea por la contigüidad con ellos como porque aquellos que quedan nombrados por la voz póstuma reciben el soplo demiúrgico .

La biografía de Lamborghini, por ejemplo, propone un quien es quien literario por roce con una experiencia intensa y donde los sobrevivientes pueden usufructuar parte de esa gloria mediante el testimonio del que tendrán control por haber tenido la suerte de hablar últimos debido más al azar que al haber sabido manejar el arte de regulación entre la obra y el cuerpo laboratorio, mientras el biografiado no cesa de proyectarse como un mártir del goce.

Con inteligencia, Straface atenúa ese efecto quién es quién al sustituir a menudo el testimonio por la glosa ejercida por una voz precisa pero lacónica, lo que evita convertir el texto en una mundana en donde tiente atender a quién vence a quién, bajo la forma encubridora del género polémica.

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Si la política del nombrar –en el sentido de condensar, ordenar, calificar y excluir– formó parte de las estrategias de Bolaño vivo para plantar bandera de existencia en la literatura latinoamericana, la condición de póstumos de textos como Derivas de la pesada y Sevilla me mata le da un peso accesorio ya que, si discutir o evaluar allí a determinados autores podía obedecer a razones utilitarias y hasta mafiosas de reconocimiento mutuo, ahora la muerte vuelve esos honores rendidos, incobrables.

Esa lectura fetichista en la que lo que se consume es la carne del artista muerto relativamente joven como nostalgia de la experiencia intensa impide ver la función deliberada que la insinuación arte-vida ocupa en cada obra. Por ejemplo, la simulación de tiempo real que Levrero construye en el Diario de la beca que envuelve a La novela luminosa bajo la forma de un detallismo proliferante de la vida cotidiana en torno a la preparación de la escritura –instalación de un aire acondicionado, compra de un sillón de leer y de novelas policiales en oferta, paseos contrafóbicos– y al mantenimiento del instrumento de trabajo (el cuerpo) –regulación entre combustibles farmacéuticos como antihipertensivos, antiácidos, café y aspirinas y naturistas como el yogur artesanal de factura propia, guisos y milanesas preparados por una ex amante– funciona como un subrayado por contraste de la experiencia narrada en La novela luminosa, en donde la iluminación consiste precisamente en la trascendencia del cuerpo material a través de epifenómenos como la telepatía, la despedida póstuma y el sueño profético.

Del mismo modo, la lectura mitológica de Lamborghini, una biografía opaca el valor del libro, con el pivote de su personaje concreto, para dar cuenta de la vivacidad intelectual de los años de dictadura rompiendo con la lógica de complicidad o militancia política. Ya durante la presentación Germán García advertía ese valor de ninguna manera accesorio: el de documentar un espacio de cruces entre laicos procedentes de los grupos de estudio de lingüística y psicoanálisis en diálogo duradero con los universitarios de cuño marxista que interrogaban, desde sus votos literarios, lo que la acción política había puesto entre paréntesis: su vínculo con la subjetividad y el deseo.

Cabe señalar la invención crítica de Straface cuando sugiere buscar en El niño proletario de Osvaldo Lamborghini el estilo de Leopoldo Pedro Barraza, mítico militante peronista con el que éste compartiera la tarea gremial en el Sindicato de Prensa. Consumir fetichistamente la carne del artista exige la insistencia en la publicación póstuma que permite leer proféticamente al capricho del morbo. Cuídense los escritores vivos de dejar notas pegadas en la heladera y hagan una limpieza de discos rígidos a riesgo de que el elástico género “crónica” siga beneficiando a los herederos a través de la basura de artista.

No se trata de invitar a leer sin contaminaciones mitológicas, lo que sería imposible; sí de atender a todo lo que los textos dicen por sobre el tren fantasma referencial que simula reanimar hasta la alucinación un cuerpo de artista fenecido.Quizá una contrafigura de estos muertos recientes o recientemente inventados sea la figura de César Aira, alguien que deliberadamente insiste en proyectar una vida normalísima de la que va borrando toda huella fetichizable a través de su obra –ha afirmado que rompe las hojas de los cuadernos en donde escribe luego de pasar su contenido en computadora, los escasos originales de sus inéditos están tan limpios como un libro impreso– bajo el axioma “en la obra todo, fuera de la obra, nada”, y que confiesa que subsiste con comida básica y ropa de estación mientras escribe sin salir del barrio dos páginas diarias en donde evita la corrección menos por virtuosismo que por haber sopesado cuidadosamente sus palabras. Aunque es probable que ya esté haciendo una invención de su propia basura.

Edición Impresa

Domingo 25 de Enero de 2008
Año III Nº 0333
Buenos Aires, Argentina