
A mediados del siglo XIX apareció lo que se conoce como la primera guía de turismo, la Baedeker. Allí ya se señalaba con un determinado número de estrellitas lo importante de ver y lo que se podía dejar de lado. El grand tour se masificaba, se hacía accesible: la Baedeker permitía viajar por Europa sin tener que pagar los servicios de un guía local. De este modo, cientos de ingleses de clase media se lanzaban a recorrer Italia. Y, lentamente, comenzaban ellos también a protagonizar historias. Los más simpáticos, sin duda, son los turistas de los libros de Edgard Morgan Foster. Varias de las novelas de Foster están protagonizadas por ellos. Una joven viuda que, de vacaciones en Italia, conoce y se casa con un italiano, en Donde los ángeles no se aventuran. Una inglesa va a encontrarse con su prometido en la India y se dedica a hacer excursiones por extrañas cuevas en Pasaje a la India. Pero es sobre todo en Una habitación con vistas donde Foster mejor muestra la vida del turista de esa época. Allí, Lucy Honeychurch, una joven inglesa y su prima, que cumple el papel de chaperona, se encuentran, al llegar a Florencia, con la horrible sorpresa de que la dueña de la pensión que reservaron por correo las ha estafado. Prometió una habitación con vista al río Arno y las ubicó en una que sólo da a un pozo de aire. Este es el puntapié para que un caballeroso inglés, compañero de pensión, se ofrezca a cambiar habitaciones con ellas, de modo que las señoritas puedan gozar del paisaje al mirar por su ventana. El inglés, a su vez, tiene un hijo, que enamorará a Lucy y con quien vivirá un tórrido romance de verano. El problema es que la joven está comprometida en Inglaterra y que, al regresar, deberá decidir entre los dos candidatos.
En Una habitación con vistas la vida del turista aparece retratada con la liviandad del vodevil, con una cierta ironía y condescendencia. En varias escenas Lucy se desespera por seguir las instrucciones de una Baedeker que la arrastra hacia templos “famosos”, pero ante los que ella no sabe cómo reaccionar. Foster parece estar riéndose de sus personajes, turistas un tanto incultos que prefieren superarse, aprender un poco más, ascender en la escala social a partir del dominio de la cultura universal, que tirarse a tomar el sol del Mediterráneo.
Viajeros vs. turistas. Esta actitud hacia los turistas es la que predomina en mucha de la literatura que los tiene por objeto. Los turistas parecen ser un poco necios, un poco estúpidos, casi siempre terminan en problemas que ellos mismos se buscaron. Mucho más romántico y heroico (y por tanto literario) es un viajero. Un extraño que se mece por un determinado sitio geográfico sin demasiado que hacer, evita los lugares sugeridos por los folletos, traba relación con los nativos, se deleita con comida exótica, permanece cuantos días desea en cualquier lugar, va a su aire, intenta comprender.
Literatura escrita por viajeros hay a montones. Desde La odisea hasta aquí, también hay mucha literatura protagonizada por viajeros. Un viaje implica peripecia, peligro y desafío y, por lo tanto, es material altamente narrable. El modelo narrativo que toma al viaje como columna vertebral se repite desde los romances medievales hasta las novelas de caballería, desde los cuentos infantiles de los hermanos Grimm hasta El señor de los anillos. En los siglos XVIII y XIX el mismo esquema ancestral recibió una inyección de vitalidad cuando los principales países europeos comenzaron a ver los frutos de la expansión colonial y anexaron a sus territorios tierras extrañas, lejanas y tentadoras, plato esencial para aguijonear la mente de los siempre un tanto sedentarios lectores. En los territorios coloniales había cientos de lugares inexplorados. Defoe y su Robinson Crusoe, Stevenson, Conrad y Kipling van a hacer del viaje, del desplazarse por los océanos y el “surcar los mares” el eje de sus novelas. Conrad y Kipling, además, traían consigo un aura extra: en ellos, la experiencia se veía intensificada por la exótica biografía del autor. Conrad, de origen polaco y criado en Siberia, antes de sentarse a escribir una sola línea pasó largos años como oficial de la marina mercante al servicio de su majestad la reina de Inglaterra. Kipling fue, básicamente, un “hijo de las colonias”, nacido en Bombay, escribió sus primeros libros en la India, desde donde exportaba sus historias hacia el civilizado Londres, donde poco a poco se hizo famoso a la distancia.
Americanos en París. Entre los viajeros del siglo XX los más pintorescos son los norteamericanos que, en el período entre guerras, aprovecharon el bajo costo de vida en Europa y mudaron sus máquinas de escribir, dispuestos a tomar unas largas vacaciones y a codearse con las vanguardias parisinas, beber al sol en la ribera francesa y desenfundar el fusil por el bien de la España roja. Sin menospreciar a Francis Scott Fitzgerald, es sobre todo Ernest Hemingway el más deslumbrante viajero de esta camada. Sobre todo porque no se detuvo allí, sino que siguió hasta el Africa y sus safaris, hasta Cuba, hasta cualquier lugar que prometiera toros, buena caza o buena pesca y la suficiente dosis de calor ardiente como para justificar su fama de bebedor.
Paul Bowles, en cambio, viajó por Europa y por México entre las dos guerras mundiales pero a partir de 1947 decidió radicarse definitivamente en Marruecos. Según cuenta en su autobiografía, un sueño le señaló que debía vivir el resto de sus días en Tánger. Bowles fue un escritor viajero por excelencia, recorrió todo el norte de Africa y buena parte de Asia, hizo frecuentes viajes tanto a Europa como a Norteamérica y hasta se compró una isla en Ceilán. Muchas de sus ficciones están protagonizadas por viajeros. En El cielo protector, su primera novela, una pareja de norteamericanos, acompañados por un amigo, intenta resolver sus problemas matrimoniales en un viaje por el Sahara. Su principal intención es mantenerse alejados de la civilización, buscar la paz del desierto para volver a reencontrarse consigo mismos y con el amor que, atacado por la vida en sociedad, ven degradarse poco a poco. Pero lentamente el viaje se transforma en huida hacia delante, en escape de todo. En un par de ocasiones los viajeros se cruzan con “turistas”, a los que miran con una mezcla de aprehensión y superioridad lastimosa: los turistas no corren verdaderos riesgos, pero tampoco ven el verdadero desierto. Ellos sí, ellos están empecinados, alucinados por seguir adelante, por moverse sobre la arena. Como en mucha de la literatura de Bowles, el viaje va a terminar con la demostración de que el viajero no siempre puede con aquello a lo que se enfrenta. La avidez por internarse en lo desconocido será castigada con la enfermedad, la muerte, lo irrazonable. Bowles usa el enfrentamiento entre civilizaciones para torturar a sus viajeros, hacerlos víctimas de su propia estupidez o de los usos y costumbres diferentes, exageradamente diferentes, que reinan en otras sociedades.
Otro de los viajeros más interesantes de esta generación es el inglés Christopher Isherwood. Atraído por la vida barata y libertina de la Alemania de la República de Weimar, Isherwood vivió un par de años en Berlín, donde dio clases de inglés, paseó por los bajos fondos prostibularios y homosexuales y, sobre todo, presenció, según él sin advertirlo demasiado, el ascenso del nacionalsocialismo. Dejó constancia de esto en una serie de novelas y crónica, de las cuales, la más famosa, Adiós a Berlín, serviría de base al musical Cabaret. Cuando Hitler ascendió al poder, Isherwood huyó de Berlín arrastrando consigo a uno de sus amantes. Necesitados, aceptaron una invitación exótica y un tanto misteriosa, un inglés excéntrico acababa de comprar una isla griega y los invitaba a pasar unos meses con él. El episodio está narrado en otra de sus novelas, Desde lo más profundo. La isla resultó ser apenas un islote árido, sin un árbol y plagado de ratas. Allí reina Ambroce, un compañero de Isherwood de sus días en Cambridge. Su corte está compuesta por un alemán de secretas tendencias sadomasoquistas y por dos jóvenes griegos ladinos y salvajes. Todos arman sus carpas y montan campamento, dispuestos a vivir eternas vacaciones de mar y playa, sin preocuparse demasiado por nada. Toman largos baños, escandalizan a los vecinos locales al nadar desnudos, se emborrachan, discuten. Ambroce oscila entre el anfitrión desaprensivo, el santón de poca monta y el borracho perdido. Su corte gira alrededor, recibiendo premios y castigos sin razón, alejándose cada vez más de las normas sociales, animalándose. Los días se suceden en medio de escarceos amorosos, quemaduras solares y cacerías de ratas. El dolce far niente se transforma en aburrimiento, el aburrimiento degenera en alucinación y, como en toda vacación que se precie de tal, la tensión aumenta hasta llegar a una gran pelea, que aquí, sin embargo, tarda en desatarse. Isherwood plantea la dicotomía entre vida en sociedad y vida a-social. Si en Bowles el viaje es adentrarse en la muerte, en Isherwood vacacionar es igual a alejarse de la comunidad para, sin contención, derrapar placidamente hacia la locura.
Autoconocerse. Pero no todo final de viaje es necesariamente terrible. A finales del siglo XX, el viaje volvió a ser la estructura predilecta de otro tipo de novelas: las de autoayuda. Peregrinos, pastores que encuentran alquimistas, refritos de fábulas hindúes, de viajeros medievales, plantearon la travesía igual de brillante y positiva como la que proponen los hoteles all inclusive de Cancún. En la autoayuda viajar es encontrarse con uno mismo, superarse, transformarse en héroe de la vida propia, en guerrero de papel. Lo interesante es que, igual que en los tiempos de La odisea, el milagro del viaje como literatura sigue aconteciendo: a pesar del escaso éxito real de un libro de autoayuda, los lectores usualmente no pueden dejar de identificarse con su protagonista (a punto tal que, hacerlo, implica “ayudarse” a uno mismo). Pareciera que un primitivo resabio de nomadismo nos hiciera reflejarnos con fascinación en cualquier viajero. A punto tal de ver al viajero como el hombre completo, pleno, premiado, aquel que no necesita nada, ni siquiera ayuda, ya que se tiene a sí mismo.
Identificarse con un turista es más difícil. Al turista le ocurren pocas cosas, porque el turista descansa de las muchas cosas que le ocurrieron en el año. Como si un turista nunca pudiera llegar a la luz, sólo fuera una bola de carne sudando al sol.
Aparentemente, en nuestros días se hace cada vez más difícil ser viajero. El viaje queda para la literatura. El resto es quince días de vacaciones, miniturismo de fin de semana largo, presupuestos acotados, embotellamientos en la calle principal, muchedumbres en la playa. Siempre queda la posibilidad de, tirado en la playa, sin deseo de ir a ningún lado más que a refrescarse de tanto en tanto, leer un buen libro con viajes, surcar los mares que no nos están destinados, y descubrir qué premios o castigos recibe nuestro héroe al final de su recorrido. Al fin y al cabo, son premios y castigos de viajero, pero nada dice que un turista no pueda disfrutarlos.
La lección del maestro
Por varias razones, aunque sólo era tres años mayor que él, durante su estancia en París, Ernest Hemingway consideraba a Scott Fitzgerald como su maestro: alguien con más lecturas y oficio que los escritores de su edad; un autor que ya había cosechado buenas críticas y de quien seguramente iba a aprender mucho. Fue por eso que aceptó, cuando recién se estaban conociendo, su invitación para acompañarlo en un viaje desde París a Lyon, donde iban a buscar el auto que Scott y Zelda, su esposa, habían abandonado de camino a la capital francesa, aparentemente por una avería. Por esa época, Hemingway había renunciado a su empleo como periodista para dedicarse de lleno a la ficción, y andaba con tiempo libre, pero sin plata. Aun así, para aceptar la propuesta de su colega, puso como condición que pagaran los gastos a medias, y recurrió a los únicos doscientos dólares que habían ahorrado con su mujer para pasar unas vacaciones en España. El viaje empezó mal: Fitzgerald no llegó a la estación a la hora convenida, por lo que Hemingway viajó solo hasta Lyon y al llegar debió hospedarse en un hotel demasiado caro para sus recursos. Mucho tiempo después, en un texto escrito a fines de la década del cincuenta y que forma parte de su libro póstumo París era una fiesta (1964), Hemingway anotó: “Entonces yo no sabía que un hombre adulto pudiera perder un tren, pero aquella excursión iba a enseñarme muchas cosas nuevas”.
La crónica de este viaje, titulada Scott Fitzgerald, puede ubicarse sin duda entre los mejores textos del último Hemingway. En esas páginas encontramos, además de un admirable registro de época, el retrato mordaz de uno de los escritores más importantes del siglo pasado, el autor de El gran Gatsby: un hipocondríaco incapaz de manejar su relación con el alcohol y con su esposa; un hombre imprevisible, caprichoso y desconfiado. Pero además, como en un juego de espejos, en este mismo relato aparecen las inquietudes, los deseos y las dudas del incipiente Hemingway –para entonces no había escrito ninguna de sus novelas–, quien lee con devoción los Apuntes de un cazador, de Ivan Turguéniev, y ya posee el talento y la intuición necesarios para captar la feliz alianza que existe entre la literatura y las vacaciones, aun cuando no todo resulte como uno lo espera, y la moraleja de esa experiencia sea: “Nunca salgas de viaje con una persona que no amas”.