
Debo confesar que pasaron muchos años desde la última vez que pisé el Luna Park y que la cosa me agradó. Me resultan acogedores los lugares debidamente reglamentados, son “ciertas” reglas que se rompen para beneficio y bienestar de los visitantes. Hoy es un gesto de humanidad convertir un hall de entrada en un fumadero al que acudir entre combate y combate, por más que carteles de distintos tamaños anuncien que allí no se puede fumar. Del mismo modo que los patovicas de seguridad prestan la suficiente atención a lo que ocurre a su alrededor como para no pedirle a uno de esos visitantes que salen momentáneamente a fumarse un cigarrillo la entrada para volver a entrar: te han visto, te han registrado. Como el mozo del bar de la esquina al que no hace falta pedirle un café apenas cortado todas las mañanas. Esteban Livera, el heredero del difunto Tito Lectoure, sin ir más lejos, se mueve con aceitada agilidad, handy en mano, de aquí para allá, pero basta toparse con un visitante, los dos intentando pasar por un lugar estrecho, para que sea él quien se detenga y ceda el paso. Lo que se dice un anfitrión.
Preliminares. Según anuncia mi Virgilio en este descenso a los infiernos, el periodista Andrés Vázquez, desde el año ’89, cuando pelearon el “Puma” Arroyo y “Roña” Castro (ganó Castro en aquella ocasión, por nocaut técnico en el 9º asalto), que no tenía lugar en el Luna Park una “gran” pelea como la que va a tener lugar entre Marcela “Tigresa” Acuña y Alejandra “Locomotora” Oliveras. Tal vez es el mejor momento para hacer una pregunta banal y transparente, de esas que nunca pierden su condición frívola y al mismo tiempo nos carcomen la conciencia: ¿por qué los boxeadores usan todos sus nombres, además del consabido apodo, por supuesto? Diego Damián Loto, Pablo O. Natalio Frías, José María Caffarena... Pero mi Virgilio no tiene una respuesta satisfactoria para esto. Enumera, en cambio, una serie de apelativos risibles: “Pokemon” Farías y “Cloroformo” López son los mejores ejemplos que compiten con los nombres con que suelen bautizar a los caballos de carrera. Un diccionario de sobrenombres de boxeadores tendría el éxito asegurado. Yo, por lo menos, lo compraría. Pero volviendo hacia atrás: ¿por qué los boxeadores no ocultan su segundo o tercer nombre?
Justamente “Pokemon” Farías es el protagonista de una de las peleas preliminares, enfrentándose con el porteño José María Caffarena. A Farías, procedente de los pagos de Junín, lo apoya, al parecer, todo el gremio camionero que está a orillas del Salado (y que ahora parece haberse reunido en pleno en el Luna Park). Farías noquea a Caffarena en el segundo round y, tal vez un poco apresuradamente, el referí da por concluida la pelea –quejas y breve listado de insultos pronunciado por Caffarena al referí.
La siguiente pelea, por el título sudamericano, es entre Héctor Ricardo Sotelo y Víctor Emilio Ramírez, “El Tyson del Abasto”. Sin duda su físico dista mucho de parecerse al de Tyson, pero el apelativo debe referirse al modo similar que tiene Ramírez de elevar los hombros en posición de combate, lo que le da cierto aspecto de... Mike Tyson. Otro nocaut en el segundo asalto.
Todos con Ye-Yo. La coreana Joo Hee Kim va a verse en problemas si tiene que vérselas con Yesica Bopp (Yesica también tiene segundo nombre, pero el inmenso respeto que infunde y el hecho de saber que ese segundo nombre no es de su agrado nos lleva a omitirlo: lo que vos digas, “Tuti”). Su contrincante es la venezolana Ana Fernández, una veterana de 35 (Yesica tiene solamente 24), a la que llaman “la Polla de Petare”. Bopp despierta pasiones desenfrenadas: las voces de 10 mil personas se elevan cuando Ye-Yo hace que la nariz comience a sangrarle en el tercer round, cuando la noquea con un derechazo un instante antes de que acabe el asalto, cuando la para, una y otra vez, con ganchos, o cuando en el séptimo le pega hasta cansarse. Pero la venezolana es dura. Una voz aislada (de esas que tienen la capacidad de hacerse oír en medio del silencio) habla por todos: “¡Es de madera la negra!”. Al final, los jurados emiten su voto: los argentinos Edgardo Codutti (100-88) y Basilio Flecha (100-91) y el venezolano Jesús Cova (100-90). Asunto concluido. Hoy amamos a Yesica Bopp, mañana veremos.
El que piensa pierde. En el hall fumoir del Luna Park la humareda es intolerable incluso para un fumador. Los hombres hacen cola en la puerta del baño: quieren vaciar la vejiga antes de la gran pelea. Nota bene: el boxeo femenino parece una parodia del boxeo masculino; esos pantaloncitos ridículos a los que el boxeo nos tiene acostumbrados en las chicas surte el efecto del disfraz del payaso: mujeres disfrazadas de hombres, jugando a ser hombres. Propongo humildemente que las chicas boxeen en cullote o en tanga, cualquier cosa antes que esos pantalones que parecen diseñados por un vestuarista ciego. La entrada de Marcela Acuña y de Alejandra Oliveras parece también una parodia: papelitos plateados y coristas para Acuña, una entrada triunfal que recuerda un poco a la de los luchadores de Titanes en el ring. Tal vez es muy pronto, pero el boxeo femenino debería preocuparse por ser... auténtico, verdaderamente auténtico. La originalidad en este caso consistiría en decirle adiós al pasado y experimentar en otras direcciones. El cullote no estaría mal para empezar.
Alejandra Marina Oliveras no es mi preferida. Posee una espalda y una ristra de músculos por centímetro cuadrado que me hace pensar que el encuentro es desigual. Marcela Eliana Acuña es fibrosa debajo de su piel cetrina. La formoseña es de una belleza desigual también: recuerda un poco a la princesa Pocahontas, su belleza es natural, su musculatura está en el límite de la masculinidad. Nadie dudaría, viéndola de espaldas, que se trata de una dama.
Justicia, justicia: la “Locomotora” Oliveras es una rival difícil, un hueso duro de roer. Pero la “Tigresa” es elegante hasta para recibir los golpes. Armada a perpetuidad, técnicamente perfecta, es lo que, con un poco de ligereza, se llama una púgil “inteligente”. Se trata de una inteligencia que no tiene nada que ver con lo que solemos llamar “inteligencia”. Tiene menos que ver con un diálogo interior, con la capacidad de generar un discurso interior sobre el qué y el cómo doblegar al rival, sino más bien con cierto instinto, es decir con el arte de acallar esa voz interior y no prestar atención a otra cosa que no sea en los medios para aplastar (literalmente) al contrincante. La inteligencia no tiene nada que ver con el pensamiento: en boxeo (como en la mayoría de los deportes) el que piensa pierde.
La técnica gana. Pero esto se parece bastante al delirio. No sólo por la reacción de la gente ante la aparición de las contendientes, sino mirando y leyendo detenidamente las remeras que ostentan los integrantes del equipo de la “Tigresa” Acuña: “Cristina Presidente, Gildo gobernador, Curto intendente”. Es el tipo de remera que uno no se pondría ni para mirar la televisión en casa.
Están en juego dos títulos: el de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) y el del Consejo Mundial de Boxeo(CMB). Es comprensible que a veces los boxeadores se refieran a sí mismos como “gladiadores”. De hecho, el Luna Park parece un Coliseo romano en la época de los reyes augustos: un jab de la formoseña que ha sabido entrar por la puerta hace estallar de júbilo a los espectadores. Mi Virgilio acota una verdad (la vi repetida muchas veces y la oí otras cien desde que me la dijo al oído): “La Oliveras tiene mucho corazón, es una furia, pero avanza ciegamente. El centro del cuadrilátero es suyo, pero a la ‘Tigresa’ le gusta contraatacar. Y además sabe cómo hacerlo”. Sabias palabras, porque como no suele ocurrir con la realidad, todo parece ajustarse, a partir de allí, a lo dicho por mi Virgilio privado: la “Locomotora” avanza como una fiera, pero la derecha de la “Tigresa” hace el mismo ruido golpeando contra su cara que la mía, ahora, golpeando la mesa para imponer la autoridad que no tengo. Ella la tiene, y lo sabe, y si alguien no lo sabía, a partir del viernes a la madrugada, debería tenerlo claro: la técnica venció a la fuerza.
Algo imcomprensible: cuando en el 5º asalto la “Tigresa” logró derribar a la “Locomotora” de un zurdazo, el golpe fatal le fue propinado en la nuca, algo que se pudo ver a la perfección en la repetición en pantalla gigante.
Al finalizar el 10º round los jurados dictaminan: Miguel Acuña (93-97), Gustavo Padilla (94-95), Jesús Cova (91-98), todos dando la victoria a la “Tigresa”, que ahora ostenta el récord de 31 victorias y 5 derrotas, con 16 nocauts.
¿La revancha? En 120 días en Córdoba, la patria adoptiva de Alejandra Oliveras.