
Todo cambió durante los años noventa, cuando la Perla del Atlántico se convirtió en el mejor reflejo de lo que estaba sucediendo en el país. Tuvo el índice de desempleo más alto de la Argentina, subió la cantidad de gente que vivía en la pobreza, el índice de delitos creció a pasos agigantados.
A partir del año 2003, la economía marplatense floreció de nuevo. Ahora las playas explotan de turistas durante los veranos, la industria de la pesca se recuperó, las fábricas textiles de la ciudad volvieron a abrir sus puertas, hay un boom de construcción de departamentos.
Pero la localidad balnearia nunca volvió a ser la misma que antes. Todavía mantiene la belleza de sus playas, pero tiene una desocupación que es más alta que el promedio nacional, apareció un insólito cordón de pobreza que rodea a toda la ciudad, el nivel de delitos no para de crecer, el sistema de educación y salud que antes era bueno ahora está colapsado.
Cuando falta poco para que empiece el verano, PERFIL decidió trazar una radiografía de la ciudad que durante el mes de enero se convierte en la capital de la Argentina. Un lugar que se transformó –igual que durante los años noventa– en un fiel espejo del país, que en los últimos años hizo crecer su economía a tasas chinas, pero que todavía no saldó su deuda pendiente con la creciente pobreza y la desigualdad.
¿Ciudad Feliz? “Mar del Plata dejó de ser la ciudad que era antes, esa ‘ciudad feliz’ que está grabada en el imaginario de los argentinos”, advierte la concejal Leticia González de la Coalición Cívica. “Los marplatenses vivimos mucho peor que hace diez o quince años”, informa la legisladora, que es vicepresidenta de la Comisión de Calidad de Vida.
Durante una entrevista con este diario, la edil habló sobre los motivos de ese fenómeno: “Todo empezó a cambiar en la década del noventa, cuando la convertibilidad destruyó nuestra economía y mucha gente se quedó sin trabajo”. Así fue cómo se cayó el turismo marplatense, que siempre fue –y todavía es– el principal negocio de la zona. La bendita paridad peso-dólar les permitió a los argentinos viajar a las playas extranjeras.
“Nuestra cantidad de turistas se redujo a la mitad”, recuerda Carolina Lago, integrante de la Asociación Hotelera Gastronómica. “La gente prefería Miami, el Caribe o incluso Brasil, donde la moneda brasileña valía mucho menos”, ejemplifica la empresaria. Otro sector golpeado fue la industria textil marplatense, inundada con productos importados mucho más baratos. “Varias fábricas cerraron sus puertas porque por primera vez no cerraban los números”, rememora el concejal Juan Carlos Cordeu, del Partido Socialista.
Esa realidad se podía palpar caminando por la avenida Juan B. Justo, lugar tradicional para comprarse un sweater o una campera. “Durante los noventa, esa calle que siempre fue tan popular estuvo prácticamente cerrada”, revela el legislador socialista. Algo similar sucedió con las empresas pesqueras, que pasaron a ganar menos dólares con sus exportaciones. “Muchas compañías quebraron, otras se mudaron a la Patagonia por beneficios impositivos y muchos marplatenses se quedaron sin trabajo”, relata un empresario pesquero marplatense.
El puerto pasó a tener un aire fantasmal. “Me acuerdo que la avenida 12 de Octubre estaba desierta, era un negocio cerrado al lado de otro”, agrega.
Desigualdad. “La economía marplatense viene creciendo desde la devaluación, pero seguimos teniendo un altísimo desempleo, que es el segundo de todo el país”, denuncia la concejal Verónica Beresiarte, del Frente para la Victoria. “Y lo más grave es que todavía no redujimos toda la pobreza que acumulamos durante los noventa”, agrega. Es verdad que los negocios de la ciudad están prosperando. “A partir del año 2003, todas nuestras industrias se recuperaron de inmediato”, comenta el intendente Gustavo Pulti (Acción Marplatense), que llegó al municipio el año pasado.
También llegaron inversiones millonarias en infraestructura. Por ejemplo, la construcción de torres de departamentos con vista al mar o las obras urbanas que se hicieron hace tres años para la Cumbre de las Américas. “Este mes la ciudad será la sede de la Copa Davis, remodelamos el polideportivo municipal y vamos a tener muchos turistas extranjeros”, promociona el intendente.
Pero los indicadores sociales de la Perla del Atlántico siguen en rojo. “Tenemos un diez por ciento de desempleo, estamos segundos después de Rosario”, le informa a este diario María del Carmen Viñas, secretaria de Desarrollo Social de la Municipalidad.
Según cifras de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), la desocupación marplatense es 10,3 por ciento, lo que significa que está por arriba de la media nacional de ocho puntos. Si se suman las personas con trabajo precario, la población con problemas de trabajo sube al 21 por ciento. Los números de pobreza tampoco mejoraron mucho en los últimos años. “Calculo que treinta por ciento de los habitantes de Mar del Plata debe estar bajo la línea de pobreza, un dato que hace quince años sin duda no existía”, le asegura a PERFIL el encuestador Artemio López, director de la consultora Equis. Las autoridades municipales brindan una cifra un poquito menor. “Calculo que el 25 por ciento de los marplatenses está en situación de indigencia y de pobreza”, estima la funcionaria Viñas, que se encarga de asistencia a las familias pobres.
“Tenemos un índice de vulnerabilidad social muy elevado”, alerta la concejal Beresiarte. Ese indicador se mide con la línea de pobreza y las necesidades básicas insatisfechas. “Con diez puntos como la situación más grave, nuestra ciudad tiene un puntaje de 7,5”, advierte.
La otra ciudad. Mar del Plata se convirtió en una ciudad donde cualquiera puede ver con claridad los porcentajes de pobreza. El lugar más visible para todos se encuentra en la zona del lujoso Hotel Sheraton. Muy cerca del moderno edificio cinco estrellas, se encuentra un barrio carenciado llamado Villa Paso. “El asentamiento existía desde antes que se instalara el hotel”, señala el concejal Cordeu. “Pero hace unos años el municipio llegó a un acuerdo para trasladarlos a mejores viviendas, ubicadas en los barrios pobres tradicionales”, informa el legislador. La mudanza a un lugar más discreto todavía no terminó: los turistas extranjeros todavía pueden ver en primera fila el contraste entre la modernidad económica y la indigencia.
Sin embargo, la mayoría de la pobreza marplatense está en las afueras. “Desde mediados de los noventa, se formó un conurbano de pobreza que rodea a toda la ciudad y que todavía está en expansión”, revela el concejal socialista. Este “Gran Mar del Plata” está formado por barrios carenciados que crecieron: entre ellos, los vecindarios de Las Heras (en la zona del puerto), Parque Palermo y San Jorge. Sin embargo, una buena parte del cordón de pobreza está formada por asentamientos que antes casi no existían. Uno de ellos se encuentra en el lado oeste de la ciudad. Cualquiera puede verlo viajando por la ruta 226, en el camino hacia Tandil. Allí se asienta el humilde barrio La Herradura y el barrio Hipódromo. El otro apareció en el sur, pasando el puerto. Quien tome dirección hacia Miramar se topará con el barrio Santa Rosa del Mar, que a pesar de tener un nombre tan bonito, está muy lejos de ser una villa turística. ¿Cómo apareció esta franja de indigencia alrededor de Mar del Plata? “Además de los marplatenses que se empobrecieron”, responde la concejal González, “durante los años noventa mucha gente de clase baja se mudaba a nuestra ciudad, creyendo que había trabajo como en años anteriores”. La legisladora brinda detalles de un informe que realizó cuando era secretaria de Desarrollo Social marplatense. “En 1998 hicimos una encuesta que concluyó que llegaban cinco familias por día desde el Conurbano bonaerense”, detalla.
“La ciudad todavía recibe a personas carenciadas de distintos puntos del país”, coincide la funcionaria municipal María del Carmen Viñas. “Llega tanta gente que tenemos un presupuesto para pagar la vuelta en micro a los indigentes que no encontraron trabajo”, revela.
Inseguridad. El debate nacional sobre la inseguridad podría recalentarse el próximo verano, sobre todo por la creciente ola de delitos que viene castigando a Mar del Plata. “Los niveles de delincuencia de nuestra ciudad crecieron mucho, especialmente en los últimos cinco años”, señala a este diario Marcela Bravo, vicepresidenta de la Asociación de Familiares de Víctimas del Delito de Mar del Plata. Esta ONG fue creada precisamente hace cinco años, cuando el asesinato de un adolescente de 16 años colmó la paciencia. Desde aquel momento, todos los primeros lunes de cada mes, los integrantes de la asociación marchan por la peatonal San Martín para pedir justicia. “Cuando yo era chica, vivíamos tan tranquilos como si fuera un pueblo”, asegura Bravo. “Me acuerdo que de noche podíamos caminar sin problemas por la ciudad, pero ahora el centro se convierte en tierra de nadie después de las diez”, detalla esta mujer que vivió allí durante sus treinta años. “Ahora los robos son más violentos que antes: te matan o te golpean sin razón”, agrega Gastón Herrera, otro integrante de la Asociación de Familiares. “Los delitos también pasan a plena luz del día, así que estamos todo el tiempo alerta”, señala. Las cifras están en sintonía con esas sensaciones. Según un informe que difundió la departamental marplatense, la Policía local tuvo que hacer un cuarenta por ciento más de operativos en el verano del año 2008, comparado con el mismo período de 2007. Por su parte, la Fundación Global de Mar del Plata maneja encuestas que muestran una suba inusitada de “delitos violentos”: en junio del año 2005 representaban un 44 por ciento del total, mientras que para agosto de 2007 habían trepado al 80 por ciento. “Los delitos no crecieron más que en cualquier ciudad grande”, se defiende el intendente. “Es más segura que cualquier destino turístico de Brasil, pero estamos poniendo más policías y activando programas sociales”, informa.
Adiós, bienestar. La calidad de vida que solía ofrecer Mar del Plata también tenía que ver con otras cuestiones: un sistema de educación y de salud que no solamente era muy bueno, sino que además era financiado por el municipio. Este sistema fue instalado por una sucesión de intendentes socialistas y fue el orgullo de los marplatenses. “Pero hace años que estos servicios están colapsados”, alerta la concejal González.
“Hubo una gran desinversión en esos dos rubros”, agrega la concejal Beresiarte. “Le dedicamos el siete por ciento del presupuesto a la salud, mientras que Miramar le destina el 14”, ilustra. “Ahora estamos aumentando esas inversiones, como nunca antes se hizo”, se ataja el intendente. Todos los concejales opositores coinciden en señalar a Mar del Plata como una metáfora de la desigualdad de la Argentina.
“Creo que es un buen espejo de los contrastes entre el crecimiento económico y la pobreza del país”, opina Artemio López, un encuestador que no podría ser tildado como opositor. “Nuestra ciudad es un extracto, un fiel termómetro del país”, admite el propio intendente.
Alguna vez habrá sido una ciudad feliz, pero para muchos ya no lo es. Hoy es tal vez un buen reflejo del país actual, que en los últimos años vivió con la contradicción de tener una economía que crece y una deuda social que todavía no se pudo saldar.