
Ahora, compañeras y compañeros, lo decimos en voz alta, lo decimos en esta tribuna y sin rodeos, nos vamos a cobrar este tremendo pijazo de veinticinco años, y contando, porque no somos nosotros los responsables de las cosas tristes que van a pasarle a la patria. No era la idea en lo más mínimo que todo terminara tan mal, tan asquerosamente mal. Es cierto que nos costó mucho tiempo ver esta realidad como un hecho que estaba consumado en el arranque mismo. Lo que pasa es que la esperanza es un sentimiento demencial y, como la desilusión no mata, el ciclo de ilusión y desencanto puede repetirse al infinito. Y bueno, aunque sea inaguantable, ya captamos la idea. Que lo que tenga que pasar pase, entonces, y si se puede elegir nos gustaría que la próxima calamidad tarde en mostrar el látigo porque no tenemos ninguna ansiedad para la desgracia. Mil disculpas por esta pasividad que los activistas más jóvenes juzgarán tan mal, pero estamos dispuestos únicamente a sacrificios que nos mantengan integrados en el mercado durante los años que califiquemos como competitivos, y al solo efecto de evitarnos una vejez monstruosa.
Nosotros, que nos creemos hermosos y malditos, prácticos, modernos y generosos, sabios y geniales, porque todos lo dicen, somos cínicos en público pero sólo para no dar tanta ventaja a quienes no les importa absolutamente nada ni nadie, pero en la vida cotidiana y privada cumplimos todavía con las obligaciones laborales y vecinales, estaqueados por los mandatos morales que mamamos en el catecismo de la infancia, varios de esos son miedos irracionales que pasan por moral, y en la adolescencia de Alfonsín, el rezo laico democrático, el Preámbulo de la Constitución, sin ir más lejos. Cuando la democracia se atornilló como manera de ver las cosas, nosotros quisimos, como nunca quisimos nada más, que nos fuera bien a todos.
Ahora somos los que caminamos por las calles sin apuro, somos los de las ojotas, los de los Hush Puppies, los de las remeras y buzos con motivos pop y los que así lookeados, sin embargo, nos presentamos en público con una ligera turbación, como afectados por la realidad, por el presente, tipos no del todo satisfechos, no del todo contentos. Enojados no estamos, no queremos engañar a nadie, porque el enojo es un día. No nos vamos a dormir pensando en lo mal que está todo, en lo peor que va a terminar. Si no estás demasiado mal de la cabeza, cambiás de tema. Merecíamos más. Eso sí. A todo esto llamémoslo malestar porque no es superficial; superficialmente parecemos muchachos superficiales. Resoplamos cada tanto, es verdad, una vez por día, y sin querer, de un modo que nos deja la cara dura y tonta, que nos hace sentirnos grandes, viejos, un bufido que indica que nos embola la mortalidad y la juventud perdida, que nos pone tan tristes que no lo podemos ni hablar. Algo así. Ya no somos tan buenos como éramos, pero cuánto podríamos estirar el trámite de resignación al ciclo vital si algo nos tuviera encendidos.
En otros tiempos, compañeras y compañeros, cada vez que quisimos aportar algo, dar nuestro punto de vista para tratar de ayudar, para mejorar la cosa, y que la Argentina fuera Canadá, los que controlaban los presupuestos nos empujaron a la banquina para optar por la nube de alcahuetes que los merodeaban y que hicieron la vista gorda tanto, tanto, que alcanzaron la inmortalidad burocrática, estatal y demócrata e hicieron durante veinticinco años todo mal, todo por la mitad, o todo entero pero despacio y tarde. Gente criada para soportar y reproducir una vida sin agendas, de tiempos eternos, de chistes fáciles, de maltrato y abuso de poder, y convencida de la naturaleza inevitable de algunos modales a los que justifican con todo el dramatismo con el que se puede hablar de política. Hay que estar ahí, viejo, es su consigna. Un verso infernal que se compra en las oficinas de apuntes de las facultades sociales, mal cortado con palabrerío que se aprendió en la calle, en los paseos infantiles por el Mercado Spinetto, para proteger los tronos y a los tronados sentados encima, que no hicieron mucho más que espamento y plata, porque eso es todo lo que se ha visto.
Nosotros, con el empaquetamiento textil de que disponemos para pasar desapercibidos y seguir enganchados en el mercado laboral sin meter miedo, sin asustar a nadie, sin que digan, pero vos, ¿no eras contra?, con la facha y el silencio que nos imponemos para no perderlo todo, nos quedamos con la leche por la marginación. ¿Pero cómo es que llegamos acá?
Las primeras rondas de rechazo que sufrimos fueron a mediados de los años ochenta, con las masas todavía felices por ir a votar, con los pibes en los brazos que querían pasar al cuarto oscuro, porque Buenos Aires fue primavera en Walnut Grove durante dos o tres elecciones, toda gente católica y feliz, votando, votándose, sin morbo en el ambiente. Elegir superaba los efectos personales que le trajera a cada uno, ese atardecer, un triunfo o una derrota, aunque lo cierto es que una cosa era hacer la cola con la enorme sonrisa de infeliz demócrata para el sellado del documento y otra que el lunes se abrieran los ministerios para que opináramos todos.
Nosotros, que estuvimos ahí desde el principio, estábamos verdes. Fueron nuestros primeros contactos con el mundo de los adultos, y nos echamos la culpa por la indiferencia de las personalidades electas. Creímos, entonces, no saber cómo funcionaban las cosas importantes y que teníamos dificultades serias para las relaciones personales por efecto de una mala cuna, una falla de origen. Nos castigamos mucho. Nos estudiamos. Nos miramos tres generaciones atrás para ver cómo se armó nuestra incompetencia.
Gobernaban los radicales.
Era gente que habíamos visto en simultáneas de ajedrez en el Parque Rivadavia durante el Proceso y en un recital de Piero en Atlanta, y con sus hijos, a fines del ’83. Eran los que más se nos parecían. Un radical podía entender que el mundo es injusto, salvaje, que está descompuesto, que hay enfermedades espantosas curables pero también una superabundancia inmoral. El doctor podía ver documentales, leer artículos, pero no quería asumir al mundo como una esfera desgraciada. Iba a decir qué barbaridad, pero no iba a hacer nada con la barbaridad. Interesado en las relaciones personales como si el mundo se inventara ante sus ojos y se viera obligado a dialogar con todos los sectores, un radical no dejaba que lo desacomodaran con problemas demasiado grandes. Estebitan –nos decían–, una cosa por vez.
Un radical podía dormir, pero no recordar los sueños. Muchos problemas para imaginar. Entonces no vio venir la telefonía celular. Si lo apretaban con la hipótesis, podía entrever a un hombre con una vieja antena de televisión enganchada a su columna vertebral, porque no mucho más que eso podía ser la telefonía inalámbrica. Le parecía incómodo. Le parecía: qué barbaridad. Un radical no pudo ver que las cosas iban a ser cada vez más pequeñas. Que no iba a hacer falta más espacio, ni más obreros, ni más hierro. Todos esos asuntos materiales, todas esas materias de un Kennedy, un Stalin o un Mao, provocaban muchísima mala sangre y los radicales eran compañeros que se tomaban la presión en las farmacias y hacían la Claringrilla. Y muy bien. Tenían gran familiaridad con los asuntos graves y emotivos de todos los tiempos, como la Guerra del Peloponeso, pero por alguna extraña razón sabían menos del presente y se comprometían menos con los asuntos ardientes que les tocaban en vida. La cultura de un radical se sostenía en un mundo de fascículos. Miles de fascículos. Pero ni una llave inglesa. Los radicales no eran hacedores. Un radical no construía una balsa ni con palitos de helado. Poca fábrica en el cuero de un radical. No había siquiera memoria familiar de aeromodelismo a los lados del aeroparque. Y después esa fuerte tendencia, radical, a ser abogado, a que les crezcan sobretodos desde los omóplatos, para volar de un lado a otro, pero con papeles y con muy pocos resultados concretos.
En los años noventa, con el país de remate total y la jornada de elecciones convertida en una rutina dolorosa, con presidentes de mesa en fuga por todos los pueblos con arroyos del país, porque nadie quería dedicar todo un día gratis a un casting de ladrones y vagos, aun con ese panorama quisimos dar una mano para frenar la liquidación. Pensamos también que la plata por opinar o gestionar nos tocaba. Como éramos adultos, queríamos contratos para matar el hambre pero mediante el desempeño de alguna tarea que resultara práctica y moral. Queríamos manejar cosas así como la Dirección de Control Sanitario para que se terminasen los patys contaminados de la Plaza Miserere. Se puede, dijimos. Se puede alejar a los compañeros pobres de las enfermedades terminales que se cocinan en la zona del vientre.
Todo el mundo gobernante y gobernado se había vuelto para entonces más o menos del pejota y para no desentonar tanto con esa clase de personas, aflojamos nuestras pretensiones de puntualidad y temario para las reuniones, el prusianismo totalmente fuera de línea con la chantada mediterránea en la que se crió todo el mundo. Pero tenían gente más idónea para cumplir esas funciones porque tampoco nos prestaron atención esa vez. Así que no pudimos. Y tiramos varios años haciéndonos las víctimas del realismo sudamericano, sin estrategias nuevas de inserción. Aunque no nos desterramos, lo que habría sido lógico, porque cuando te cagan, te vengás o te vas. Tuvimos que insistir en el merodeo por las zonas de los presupuestos, asomar la cabeza por ahí, para no empantanarnos en los suburbios del piqueterismo político y el olor a goma quemada. Eso también fue lógico. A veces hay dos lógicas y las dos están bien.
No nos abrieron la barrera cuando volvimos a insistir y eso que podíamos camuflar muy bien el resentimiento. ¿Qué más querrían? Se ve que alguna forma de sinceridad cotizaba. Estebitan, vos no estás muy convencido de esto, vos no me respetás, mejor lo dejamos. Te hablaban como en terapia. Con mucho lo.
La cuarta época en que nos autoconvocamos, pasado el 2001, el inolvidable verano del 2002, con todo el ambiente destruido, Hiroshima y Nagasaki made in Caballito y Flores, arrancamos con unos amigos para el microcine de Un Gallo para Esculapio, en Costa Rica y Uriarte, en el barrio de Palermo, a hacer unas reuniones frustrantes con un grupo inorgánico de ex militantes políticos que iban del centro a la izquierda, toda gente muy parecida a nosotros, alguna bastante igual, con toda la industria simbólica bien representada, para ver cómo podíamos hacer para insertarnos o mojar, como se dice en el ambiente, cuando parecía que al fin íbamos a poder hacerlo. Representar a las masas y poder hacer bien todo lo que se había hecho mal.
Juntamos veinte cabezas. Compañeros con taras de izquierda inviables, compañeros que especulaban sobre la utilidad personal de la convocatoria, a ver si les servía, si enganchaban un contrato. Una abogada que estaba en el negocio de los derechos humanos, de un tercer grupo, dijo yo podría estar en el gimnasio y, sin embargo, estoy acá. La verdad, te lo decimos ahora, estúpida, es que estabas ahí porque los sábados son días largos. Días que se pueden poner monocromáticos, si estás solita.
Nos sentimos enseguida muy frustrados y muy solos en el intento de reconstruir la patria. Quién lo manda a uno a hacerse el personaje grave con intereses tan magnánimos. Por otra parte, no duró nada el hiato anárquico, porque al poco tiempo se rearmó el elenco estable y captamos en términos absolutos que los que están a cargo son compañeros a los que les dieron otra papilla de nenes o que armaron Rastis quemados en plena etapa formativa. Y que lo que no es para uno, no es para uno. Como en una fábula.
Los Asuntos Públicos son los asuntos del público de acá, de la gente conocida, de nuestros compañeros de colegio y de trabajo, de hermanos y padres. Había que sacarle carga moral a nuestro compromiso para no chocar con la realidad del egoísmo y la maldad de todos ellos. Entonces fue que, sacándole carga moral, nos desmoralizamos. Y nos corrimos para descubrir otra forma de la pobreza que es cuando, además de todo lo que se sabe de la pobreza, una persona se vuelve socialmente inútil.
Y nos condenamos a los bares, a sobrevivir exiliados de lo que nos importa. A planear la venganza. Los íbamos a pasar por arriba con un Scania por el simple hecho de ser más inteligentes. Calculamos mal.