
Hoy, la publicación de libros de escritores brasileños es una de las más dinámicas del mercado local. A la reedición, con nuevas traducciones, de clásicos muy vigentes, hay que agregar el lanzamiento, incluso a nivel mundial, de lo mejor de un presente narrativo de una actualidad asombrosa, y la difusión de una poesía contemporánea que vuelve a confirmar su tradición de imprescindible. Sin olvidar una serie de ensayos críticos muy reconocidos.
La editorial Corregidor fue una de las pioneras en trabajar para que esto sucediera. En 1999 lanzó su colección Vereda Brasil, en la que ya lleva editados catorce títulos. Dirigida por María Antonia Pereira, Florencia Garramuño y Gonzalo Aguilar, la política de la colección ha consistido en traducir y publicar textos clásicos todavía no editados acá y escritores cotemporáneos. “Nuestra idea fue siempre la de poner en el centro del corpus a escritores vivos que estén trabajando”, señala Aguilar. El primer libro de la colección fue Escritos antropófagos, una selección de artículos de Oswald de Andrade, suerte de padre conceptual de la cultura brasileña. La araña, de Clarice Lispector, es el libro que más ventas acumula de toda la serie. Los volúmenes de poemas de Paulo Leminski (Leminskiana) y Ana Cristina César (Album de retazos) dan una buena idea de la vitalidad e inteligencia de la actual poesía de Brasil. También en Vereda Brasil se publicaron dos novelas de Silvano Santiago (En libertad y Stella Manhattan), uno de los cuatro o cinco novelistas más representativos de lo que hoy se escribe en ese país, y en breve editará Teatro, de Bernardo Carvalho. El último volumen publicado es una versión definitiva del histórico Poema sucio, que escribió Ferreira Gullar cuando vivía exiliado en Buenos Aires en la década del 70.
“Siempre nos guió la idea de poner un marco a los textos. Los acompañamos con prólogos, ensayos y testimonios, porque somos de la idea de que la crítica siempre hace más intensa la lectura”, sostiene Aguilar.
Fabián Lebenglik, director de la editorial Adriana Hidalgo, que atribuye la desconexión entre la literatura de Brasil y Argentina al hecho de que en nuestro país los procesos funcionan “por espasmos”, asegura que la tarea de las editoriales independientes, como la que dirige, no consiste en esperar la demanda, sino en generarla. Cuando traduce a un autor, Adriana Hidalgo compra los derechos para todo el mundo. “Editamos lo que consideramos la mejor literatura, y la proyectamos”, subraya Lebenglik.
Joao Gilberto Noll, un narrador nacido en Porto Alegre en 1946 que ha sido comparado con Beckett y del cual ya se han editado tres novelas (Lord, Bandoleros y Harmada), es quizás el autor más singular entre los brasileños de Adriana Hidalgo, que en los últimos meses también ha publicado el primer libro de relatos de Guimaraes Rosa (Sagarana) y uno de los últimos volúmenes de ensayos de Haroldo de Campos (Del arco iris blanco). En lo inmediato, anuncia la edición de una nueva traducción del gran clásico joyceano de Guimaraes, Gran sertao: veredas, y de dos libros “maravillosos”: uno de Caio Fernando Abreu (Onde andara dulce vega), y otro de Lyonelio Machado (Os ratos). Abreu, muerto en 1996, es tal vez el único grande contemporáneo casi desconocido en Argentina, y Machado es un escritor de la década del 30, “de calidad no inferior a la de Guimaraes”, subraya Lebenglik. “La respuesta a estos libros es inmediata en la crítica y entre los docentes, y un poco más lenta entre los lectores. Pero invariablemente, cuando los lee, la gente no puede creer lo que se estaba perdiendo”, asegura.
Tanto él como Aguilar dicen que no les interesa tanto lo brasileño “en sí mismo”. “Lo que hacemos con los autores de Brasil lo hacemos también con los de Irlanda”, dice Lebenglik. Aguilar, por su parte, asegura que “las relaciones no son de bloques”, y agrega que “si uno relee Primera persona, el libro de entrevistas de Graciela Speranza, encuentra que tanto Ricardo Piglia, como Héctor Tizón, como César Aira, subrayan la importancia que tuvo para ellos la literatura de Guimaraes Rosa. Aira incluso señala que su primer cuento, El vestido rosa, está inspirado en un relato de Guimaraes que se llama Recado du morro”. Aira, dicen, es un gran lector de la literatura brasileña: de hecho, recomendó la edición y tradujo para Beatriz Viterbo la novela Un asunto delicado, de Sergio Sant’Anna, donde una fuerte tensión ensayística sustituye por momentos, desde un lugar muy interesante, un desarrollo más narrativo del relato.
Con la idea original de hacer que los argentinos escribieran sobre los brasileños y viceversa, Mario Cámara viene publicando, desde 2002, junto con Paloma Vidal, la revista binacional bilingüe Grumo. “A diferencia de la Argentina –dice Cámara– en Brasil la escena literaria no tiene centros de preminencia tan marcados. Allá hay escenas regionales. Cada ciudad tiene sus propias editoriales, que publican lo que se escribe en el lugar. Producen literaturas muy diferentes, entroncadas en tradiciones históricas distintas. Es un panorama muy rico, muy movido. La contra es que la distribución no es buena y muchas veces no se conocen entre sí.” Cámara explica que en San Pablo, donde surgieron el modernismo, con la Semana del Arte Moderno en 1922, y la poesía concreta, en los 50, las poéticas están más ligadas con la experimentación y la forma visual. Arnaldo Antunes o Joao Bandeira son dos nombres representativos.
En Río de Janeiro, la tradición está más anclada en los años 70, en la que se conoce como “la generación mimeógrafo”, o “marginal”, o “xerox”, que nace un poco como una relectura de las vanguardias, intentando juntarlas con cierta idea de “delirio” contracultural, más performático. Chacal, Waly Salomao, Torquato Neto son algunos de sus autores más identificables.
También en la zona de Porto Alegre y Curitiba hay una producción importante y singular, con figuras como Leminski y Trevisan. O en el nordeste, de donde proviene el novelista Milton Hatoum.
“Hay una disputa entre Río y San Pablo que ya es un género en sí mismo”, relativiza Camila do Valle, directora en Buenos Aires de la Fundación Centro de Estudios Brasileros. Do Valle recuerda una presentación que hizo en la entidad la investigadora Regina Dalcastage, preguntándose por el Brasil que se refleja en su literatura contemporánea. ¿Las conclusiones? Que en los libros, Brasil es un país de hombres blancos de entre 40 y 50 años. Mujeres casi no hay, menos aún si son negras.
“Siempre los mismos agentes productores. Siempre la misma comunidad de significados. Recién ahora empieza a haber un cambio en la concepción de lo ‘literario’. Se está armando una mirada nueva, gracias a escritores como Luis Ruffato o Ana Maria Gonçalves, o estudiosos como Heloísa Buarque de Holanda, que de alguna manera intentan romper con esa literatura como campo autónomo, vehiculizando la palabra de otras identidades”, dice Do Valle.
Para Adriana Astutti y Sandra Contreras, las editoras de Beatriz Viterbo, el interés por publicar autores brasileños nació del fervor por la obra de algunos escritores; el criterio que siguieron fue apostar a los narradores actuales. “La mayor parte de las novelas que publicamos no habían sido traducidas al castellano, salvo las de Hatoum (Relato de un cierto oriente y Dos hermanos) que nos gustaban mucho, y cuya traducción española no circulaba en la Argentina. Hicimos una traducción nueva sin ni siquiera leer la anterior. En San Pablo hay un proyecto de doctorado en curso que compara las dos traducciones. En cuanto a la selección de los escritores, todos son autores muy conocidos en Brasil y con muy buenas ventas allá. Un amor anarquista, de Miguel Sanches Neto, tuvo un gran éxito como novelización de una colonia anarquista real del sur de Brasil. Y tanto Hatoum como Sant’Anna son escritores centrales en la escena literaria brasilera actual”, señalan.
Astutti y Contreras subrayan, además, el rol fundamental de la existencia de programas de grado y posgrado sobre la literatura de Brasil. En esa línea de valorización, Beatriz Viterbo publicó tres libros de ensayos muy relevantes: Vanguardia y cosmopolitismo en la década del veinte. Oliverio Girondo y Oswald de Andrade, de Jorge Schwartz; Experiencia, cuerpo y subjetividades. Literatura brasilera contemporánea, compilado por Garramuño; y Poesía concreta brasileña, de Aguilar.
A pesar de que los comentarios recibidos siempre fueron elogiosos, las editoras de Beatriz Viterbo los consideran “escasos”. “No se llega a tomar conciencia de las implicancias del hecho de que se elijan y traduzcan aquí los textos de literaturas extranjeras; de lo importante que sería privilegiar el comentario o la exhibición de esos libros, en vez de consumir sumisamente lo que las preferencias que el mercado español dicta, en traducciones que tienen las particularidades de la declinación española de la lengua y en libros que contribuyen al desarrollo de la industria cultural española y no a la nuestra. La actitud dominante en Argentina es bastante colonizada en ese sentido”, dicen.
Para las próximas semanas, Beatriz Viterbo anticipa la edición de dos libros de Abreu, “de una delicadeza asombrosa”: uno de cuentos, Morangos mofados, y otro de crónicas escritas por Abreu cuando ya estaba enfermo de sida: Pequeñas epifanías.
Sin la misma continuidad que Corregidor, Beatriz Viterbo o Adriana Hidalgo, otras editoriales también han hecho sus apuestas de riesgo por la literatura de Brasil. Interzona editó Manos de caballo, de Daniel Galera, un escritor nacido en 1979. Con esta novela, que describe un raid a toda velocidad, en bibicleta, por las calles de Porto Alegre, Galera resultó finalista del premio Jabuti, el más importante de Brasil. La editorial Bajo La Luna, por su parte, publicó un muy elogiado libro de relatos de Adriana Lunardi: Vísperas, donde se narran, en nueve cuentos sucesivos, las horas finales de nueve escritoras del siglo XX (Clarice Lispector y Ana Cristina César, entre ellas).
Y Eloísa Cartonera, el proyecto cooperativo cuya cara más visible es Santiago Vega (Washington Cucurto) editó, preparada por Mario Cámara, una antología de Glauco Mattoso, y otra, seleccionada y traducida por Diana Klinger, de Los marginales de los 70, que incluye a varios poetas muy significativos, como Roberto Piva, Cacaso, y los ya mencionados Chacal y Waly Salomao. Tanto Mattoso como Piva, muy próximos a Néstor Perlongher cuando éste vivía en San Pablo (y el Silviano Santiago de Stella Manhattan), son figuras centrales en el surgimiento de la literatura gay en Brasil.
“Originalmente, Eloísa Cartonera iba a ser una editorial especializada en escritores de Brasil, y se iba a llamar Verde y Vermelho. Después la idea fue mutando y el catálogo se amplió hacia toda Latinoamérica, pero nuestro gusto por la literatura de Brasil sigue siendo enorme”, recuerda Cucurto.
Integrante del proyecto inicial de Eloísa Cartonera, Cristian de Nápoli seleccionó y tradujo para Emecé la antología Terriblemente felices. Son quince cuentos de autores brasileños nacidos entre 1941 y 1975, entre los cuales, además de algunos ya citados, están André Sant’Anna (hijo de Sergio), João Filho, Joca Reiners Terron, Marcelino Freire, Jorge Mautner y Márcia Denser. “En Brasil son muchos los escritores que viven de sus derechos y de actividades vinculadas con sus libros. Es un escenario en el cual al escritor ‘sólo se le pide que escriba’, y no que esté opinando sobre cualquier cosa. Allá usan una frase que es ‘de Oiapoque ao Chuí’, que es un invento pero es mucho más verosímil que ‘de Ushuaia a La Quiaca’. Eso confirma que el federalismo brasileño es una cosa bastante seria. Si uno se fija en la antología, se ve que los lugares de residencia de los escritores son muy variados”, dice De Nápoli.
Cámara advierte que la ficción brasileña está impregnada por un clima internacionalista. “A diferencia de lo que sucede acá, donde se nota algo introspectivo fuerte a nivel geográfico, con toda la cuestión actual del barrio, allá sitúan muchas ficciones fuera del país –Mongolia, en el caso de Carvalho; Londres, de Noll; Budapest, de Chico Buarque”, dice. Astutti y Contreras señalan que, comparativamente, la literatura argentina parece estar mirándose el ombligo.
En todo caso, lo que harán los lectores y escritores argentinos con los escritores brasileños lo dirá el futuro. Lo cierto es que la literatura de Brasil pasa por un momento de una riqueza enorme (casi tan grande como la distracción con que se la venía tratando) y ahora está al alcance de la mano en cualquier librería.
Una forma de promoción
La política de promoción cultural de la Embajada de Brasil en la Argentina es uno de los pilares sobre los que se sostiene la difusión de los autores brasileños en nuestros país. A través de un programa de apoyo a la edición, la embajada subsidia la traducción de entre cuatro y seis títulos al año, con un presupuesto de hasta tres mil dólares por título. Los subsidios se otorgan según las solicitudes de las editoriales locales, y con la excepción de Corregidor, que desde el comienzo autofinancia su colección “Vereda Brasil”, el resto de las principales editoriales ha recibido apoyo del Estado brasileño.
Según señalan en la embajada, “también tenemos otras políticas, como la adquisición de gran parte de una tirada, para repartir luego los libros en las bibliotecas del interior que nos lo solicitan, e invitar a los autores publicados como forma de promoción”.
Durante 2007 se publicaron en Argentina casi cien títulos de Brasil, tomando a la literatura, pero también a libros infantiles, de autoauyda, y otros géneros, además de reediciones. Para la Cancillería brasileña, Argentina se convirtió en un mercado clave, ya que, además, lo que se publica aquí se exporta a otros mercados, como España, Chile o México.
Hitos de una historia
En su libro Traducir el Brasil, Gustavo Sorá recoge estadísticas que muestran que las traducciones del inglés representan el 70% de todas las traducciones que se hacen a nivel mundial. Las versiones del alemán, el francés y el ruso oscilan en un porcentaje del orden del 10%. Los libros traducidos del castellano, del italiano, del sueco, del danés, del húngaro, del polaco, del checo y del holandés representan entre el 3% y el 1%. El resto de las lenguas, de manera conjunta, no alcanzan el 1%. Sin el apoyo de los gobiernos involucrados, se destaca, la edición de traducciones de los lenguajes con menor participación sería aún más insignificante.
Sorá establece algunos de los momentos más importantes en la traducción de libros de Brasil en la Argentina durante el siglo XX. Comenzando por las novelas editadas por la Biblioteca La Nación en la primera década, y pasando por la primera traducción, de 1935, de Jorge Amado, se destaca también el trabajo como traductor de autores brasileños realizado por Bernardo Kordon entre 1940 y 1960, y la publicación de libros de Carlos Drummond de Andrade y de Clarice Lispector, a partir de los 50. En esos años, Haydée Jofré Brarroso inicia una vasta tarea de casi cuarenta traducciones y libros de difusión. Vinicius de Moraes comienza a ser traducido a principios de los 70, cuando también se produce el “boom escolar” de José Mauro de Vasconcelos. El último hito lo constituye el fenómeno de ventas de Paulo Coelho, a partir de los 90.