
Aterrizaje risueño y sensual en Manhattan. Las recepcionistas del hotel me reciben disfrazadas de diablas. Calzas rojas, blusas brillantes, tacos altísimos. La que me hace el check-in incluso tiene en una de sus manos un tridente satánico. Es Halloween, todo vale. “¿Qué preferís –se arriesga– el tridente o el toque divino?” El tridente responde, inconsciente, PERFIL. “Me lo imaginaba”, retruca.
De nuevo en campaña, puedo revivir, ahora mismo, mis largas travesías por este país hace treinta años, cuando me tocó cubrir la campaña que llevó a Ronald Reagan a la Casa Blanca, en un 1980 que se me representa impensadamente cercano a mis vivencias y recuerdos íntimos. Al igual que ahora, desde la esquina de la avenida Lexington y la calle 51, entonces estaba en Nueva York, pero era un corresponsal residente, lo que me permite evocar y comparar las experiencias imborrables recogidas desde las costas atlánticas de Maine hasta las autopistas infinitas de California, mi recorrido por los pueblos encantados del Mississippi y el zigzag de acero y rascacielos de Chicago.
Pero eso fue. Ahora se mezclan aquel pasado con este momento mucho más espinoso y que, sin embargo, es parte de una continuidad. Reagan llegó al poder prometiendo volver a hacer grandes a esos Estados Unidos enfrascados en una guerra fría colosal contra la entonces poderosa Unión Soviética.
Esa continuidad es la marca profunda de lo que siempre he contemplado como la experiencia norteamericana. Y no fue la mía una mirada fría y distante. A estas horas, cuando ya patrullo aires, espacios y personajes de la más cosmopolita y norteamericana de las ciudades de esta gran nación, se me ratifican aquellas impresiones del siglo XX.
Ellos llegan a estas elecciones del 4 de noviembre imperturbablemente convencidos de la superioridad de sus procedimientos, y sin violar el código profundo y central de su mirada de la vida.
En 72 horas Barack Obama puede ser presidente, el primer negro en condiciones de convertirse en comandante en jefe de la mayor potencia del planeta. Así vistas las cosas, avizorar esto que aquí viene sucede y, sobre todo, lo que podría llegar a pasar si es elegido es, pura y simplemente, un privilegio profesional.
No tengo la más mínima de las dudas: Obama encarna, en su aventura existencial y por estar en vísperas de una posibilidad formidable, nada menos que esa singular característica que ha hecho de los Estados Unidos tierra promisoria de las posibilidades más audaces. Quienes recorrimos las calles de Alabama, Mississippi y Missouri cuando el asesinato de Martin Luther King Jr. había acontecido hacía apenas una década, nos vemos ahora con este hecho poderoso: si el martes Obama gana, será presidente negro de la súper potencia a solo 40 años de que King proclamara su I have a dream. Maravilloso.
No es que Obama sea sólo un peón pasivo de las tormentas históricas. Es dueño de una notable singularidad, pero ambos rasgos no se excluyen. Importa que haya sido posible, que las condiciones del cambio hayan existido y que la historia haya evolucionado hasta este lugar.
Esta Nueva York a la que esta mañana vi un poco más taciturna y menos exaltada, pertenece a un país que mastica con amargura la recesión evidente. En estas horas, no me reencontré con las furias irracionales de consumo que fueron casi siempre la marca registrada de una economía monumental y, sobre todo, de una mirada inexorablemente impregnada de optimismo. Ya no es así, o al menos, ya no es “tan” así.
A pocos meses de mi último paso por una ciudad a la que no le he faltado nunca desde 1975, cuando la conocí, advierto que en estas semanas, aquí como en casi todo el país, ha descendido una especie de cortina de melancólica frugalidad. Siniestramente agredida hace siete años por el terror, Nueva York pudo y supo flexionar entonces sus músculos y ponerse de pie, desafiada pero digna, herida en profundidad, pero intacta. Ahora, los signos de la crisis financiera y los recordatorios del deteriorado orgullo de la omnímoda Wall Street son mera señalética urbana de un universo demolido: Lehman Brothers, Bear Stearns, Goldman Sachs, Wachovia, los apellidos de un capitalismo fálico evocan derrotas humillantes. Y sin embargo...
Obama muestra lo que es, y es lo que muestra. Lo veo como un tipo serio, frío y convencido de las ventajas de pensar antes de actuar, pero dueño de una asombrosa capacidad emocional de comunicación. Pragmático como legislador, primero en Illinois y luego en el Senado de Washington DC, se alimenta con fruición del conocimiento académico, aunque detesta las abstracciones universitarias. Tiene apenas 47 años, pero es un jugador en la política nacional de primer nivel hace apenas cuatro.
Acá no tendrán problemas en votarlo. Esta ciudad ha sido durante mucho tiempo demócrata y ya ha tenido un alcalde negro como David Dinkins, que dirigió Nueva York de 1990 a 1993. A la ciudad la han venido gobernando los republicanos (Rudy Giuliani primero, Michael Bloomberg ahora) y en la formidable elección primaria demócrata a Obama le ganó Hillary Clinton. Pero John McCain no tiene posibilidades aquí: negros, hispanos, judíos y otras singularidades que configuran el proteico mosaico étnico de Nueva York son materia prima de los deseos de cambio que encarna y proyecta el candidato negro.
Mientras caminaba esta mañana por la calle 51 hasta Second Avenue pensaba en eso, precisamente, en que Obama es la fotografía viva de millares de otras historias que se me cruzan a cada minuto en medio de la locura metropolitana, un tipo cuya propia vida patentiza modificaciones fenomenales, cambios que él protagonizó con sus propios esfuerzos, desde su infancia en la remota Indonesia y en la insular Hawaii, hasta su pertenencia orgullosa a la comunidad afroamericana de Chicago.
El ateo Obama se hizo cristiano. El, docente universitario de primer nivel, se reinventó como líder político popular. Ha venido sobrellevando con acerada convicción la carga negativa que representaba su extravagante nombre. Fue inscripto al nacer como Barack Hussein Obama, lo que motivó que la derecha y los fundamentalismos teocráticos lo estigmatizaran como un musulmán clandestino y tenebroso que venía a descristianizar a los Estados Unidos.
¡Qué gruesa calumnia! Nada más norteamericano que Obama: él es el retrato de las virtudes más encomiables de los Estados Unidos pero convive con numerosos rasgos crueles y atrasados que cruzan la vida y la experiencia de los Estados Unidos, incluyendo el odio racial, la soberbia imperial y la exaltación a veces autodestructiva del individualismo.
Cuando desde la calle 51 doblo a la derecha y me meto en Second Avenue, para iniciar mi habitual peregrinación hacia la calle 43, en pleno Midtown, me apercibo a mi mismo: no es acá donde se pelea el resultado del martes. Esta es tierra ganada por Obama y nadie duda en esta ciudad magnética, a la que no puedo dejar de atender, que él es el elegido. Si alguna trágica imprevisibilidad ocurriera, sería en estados conservadores como Florida, donde George W. Bush le pellizcó de manera poco santa el triunfo a Al Gore en las elecciones de 2000. Aquí pueden barruntar que, hasta ahora, Obama nunca dirigió en su vida nada más grande que una campaña electoral y que promete más cosas de las experiencias registradas en su currículum vítae.
Pero su personalidad se define por un rasgo muy seductor: es un tipo que ha sabido convertir a sus déficit en bienes patrimoniales, algo que, como meditaba la vez pasada The Washington Post, bien podría ser el lema de su campaña.
Es un personaje que se arrima al puesto más importante del mundo (¿hay otro más estratégico?) convencido de que hay que ser práctico y concreto. Hace muchos años que aprecia y recomienda el orden, pero ha vivido intensamente. Se habla de lo que él mismo ha llamado su “etapa disoluta”, cuando estudiaba en el Occidental College, pese a que como estudiante fue moderado y aplicado, a diferencia del personaje Barry de su primer libro Dreams From My Father (el segundo fue The Audacity of Hope), un muchacho muy inclinado a fumar porro todo el tiempo y a beberse toda la cerveza posible. No Obama.
¿Vieron su “percha” y su silueta delgada? Cada mañana corre, es un jogger, pero lejos de ser un puritano de toda la vida, estudiaba duro de joven, aun cuando no le debe haber hecho asco a pitarse más de un joint, inspirar algún polvo blanco y “clavarse” algo más de una solitaria Budweiser.
Ya voy llegando a mi barrio. Aquí hemos vivido, aquí vuelvo todo el tiempo. La calle 43 me muestra al fondo la silueta familiar del edificio de las Naciones Unidas, sobre la First Avenue, esa vía por cuyas veredas anduve tantos años y en las que, mientras lo llevaba al colegio, un hijo me preguntó una vez, al ver las decenas de banderas de todo el mundo, “papá, ¿cuál es la bandera mía?”.
Las grandes y tremebundas y apasionantes ciudades son lugares para examinarse el alma. Al menos lo era para mi aquella Nueva York que me recogió en plena dictadura argentina y que siempre será en mi alma el epítome de las libertades.
Se afirma que durante sus siete años como senador local en el estado de Illinois, Obama, manejaba su auto entre Springfield, la capital, y Chicago. Era ya candidato a una poderosa banca de senador de la nación y tenía derecho a un chofer, pero prefería conducir solo para poder pensar. Decía que perder esa soledad sería aceptar una invasión de su vida privada.
Se ha pasado toda su vida adulta imaginando planes para cambiar al país. No es, obviamente, un revolucionario. Afortunadamente. Se propone reformar las instituciones del Estado, desde la más pequeña a la más grande, fiel al ideario norteamericano de permitir y propiciar las invenciones. Nadie podrá negarle a Obama que ha consagrado su activismo social y político de un cuarto de siglo a estimular una amplia transformación social, que debe darse, cree él, desde abajo, desde los ciudadanos, hacia arriba.
Su campaña financiera para las elecciones ha sido ejemplar y descomunal: le han llovido dólares de todo el país, lo que aquí llaman grass-roots. O sea desde las raíces de la hierba, desde la tierra. ¿Recibió mucha plata empresaria? Desde luego, pero fundamentalmente –es innegable– lo ha bancado la gente.
Al llegar al 333 de la East 43rd, me detengo ante el edificio The Manor. Lo vengo haciendo desde que nos fuimos, en los Ochenta. Aquí fuimos jovenes, y audaces, y temerarios. Trabajamos, amamos, soñamos, sobrevivimos, criamos hijos. En esta misma vereda, una tarde, cuando yo caminaba rumbo a mi trabajo en The Associated Press, vi que venían caminando por la vereda, en sentido contrario, cuatro personas, encabezadas por un hombre joven de traje y corbata. Al toparnos, me ofreció la mano derecha con sonriente energía y me dijo: “Hi! I’m your representative, John Green, and I ask you to vote again for me in the next elections!”. Era durante la Argentina del Proceso y ese mero ejemplo de un político pidiendo el voto por la calle y a cara descubierta me marcó para siempre.
Antes de irme de los Estados Unidos (¿alguna vez me fui?) escribí mi primer libro de ensayo, Reagan, USA, los años Ochenta, publicado en México en 1981. Ahí puse, una al lado de la otra, estas palabras, escritas en Manhattan: “Lo que perturba no es la injusticia, el odio, la violencia y la prepotencia que con tanta frecuencia han caracterizado a la vida de los Estados Unidos, sino precisamente todo aquello por lo cual las trece colonias iniciales de la Unión salieron de su caparazón cultural e histórico de la Nueva Inglaterra para afirmar en dimensiones continentales las fuentes profundas de una idea decente y honesta, la idea de la libertad”.
Hoy volvería a afirmar las mismas palabras, hasta la última coma. (c).
*Enviado especial de PERFIL a Nueva York.
Gane quien gane, Argentina no será prioridad para Estados Unidos
Hay un consenso prácticamente completo en los Estados Unidos en materia de política exterior. Tanto John McCain como Barack Obama sostienen que el poder estadounidense debe ser sinónimo de trabajo estrecho con otras naciones y debe ejercerse dentro de las instituciones internacionales.
McCain y Obama disputan sobre cuál de los dos trabajará mejor con los países aliados; y quién de ellos está más capacitado para recuperar el prestigio global del país, hoy profundamente debilitado.
Señaló McCain en Foreign Affairs: “Debemos estar dispuestos a escuchar a nuestros aliados democráticos; y el hecho de que seamos una gran potencia no significa que podamos hacer cualquier cosa. Tampoco podemos asumir que somos los poseedores de toda la sabiduría, el conocimiento y los recursos necesarios para triunfar. Para ser un buen líder, Estados Unidos debe ser primero un buen aliado”.
Robert Kagan, principal asesor exterior de McCain, y reconocido intelectual neoconservador, señaló esta semana: “Los estadounidenses –y no sólo las elites liberales– están profundamente insatisfechos con la mala reputación de Esatdos Unidos en el mundo. Nos preocupa lo que otros países piensan de nosotros; y actuamos en consecuencia”.
El consenso demócrata-republicano no es sólo consecuencia de esta campaña electoral. George W. Bush realizó un giro de 180 grados en su política exterior después de la derrota que experimentó en las elecciones de noviembre de 2006.
Allí giró de la estrategia unilateral, con énfasis en la acción militar, que llevó a la intervención en Afganistán e Irak, a una afirmación multilateral, con eje en lo diplomático. Ante todo en Corea del Norte, donde adoptó, junto con Condoleezza Rice, la propuesta del demócrata John Kerry en 2004: negociaciones multilaterales, sin amenaza militar, para lograr que Pyongyang entregara sus armas nucleares, lo que se logró este año.
Bush también autorizó la incorporación de los EE.UU. a las discusiones multilaterales con Irán; y afirmó su voluntad de reabrir la representación diplomática en Teherán.
El secretario de Defensa, Robert M. Gates, afirmó que la política exterior norteamericana ha estado “excesivamente militarizada” después de 2001.
El consenso también llegó a Irak; allí la discusión entre Obama y McCain, tras la resolución del conflicto lograda por el general David Petraeus, es cuándo y en qué condiciones se retirarán las fuerzas estadounidenses del territorio iraquí; no si deben retirarse.
El consenso se afirma sobre todo en América latina, y en especial, en América del Sur. Hay un reconocimiento de que los Estados Unidos se replegó del continente después del 11/9, y dejó un vacío de poder. Ese vacío lo ocupa hoy Brasil; y con él se vincula primordialmente, en forma de relación privilegiada, Estados Unidos.
La segunda dimensión de la política estadounidense en América del Sur es la que mantiene con países gobernados por fuerzas de izquierda volcadas a la globalización (Brasil y el PT; Uruguay con Tabaré Vázquez y el Frente Amplio; Chile con Michelle Bachelet y el Partido Socialista/Concertación Democrática; y Perú con Alan García y el APRA).
Colombia es todavía terreno de disputa entre demócratas y republicanos, pero por motivos de orden interno estadounidense. Por eso, el tratado de Libre Comercio lo firmó Bush, pero el Congreso postergó su discusión hasta el 2009. Lo probable es que un gobierno Obama le pida al Congreso que apruebe el Tratado de Libre Comercio firmado con Colombia este año.
Estados Unidos, por último, tiene una política de contención –y no de antagonismo– con los países “antinorteamericanos” de la región: Venezuela, Bolivia y Ecuador. A esa política la caracteriza como de “paciencia estratégica”: o lo que es igual, de irrelevancia en el largo plazo.
La Argentina no integra ninguno de los dos grupos de países en los que está dividida la región. Estados Unidos ha advertido cuál es la principal característica del “fenómeno Kirchner” como sistema de poder: la subordinación completa de las decisiones de política exterior a las necesidades de la política doméstica. Por eso, no hay conflicto ni tampoco alianza; y se contenta con un modesto status quo, sin agenda positiva ni política ni económica. Los demócratas participan de este diagnóstico sobre la Argentina.
Si el próximo presidente de los EE.UU. es Obama, puede haber un énfasis proteccionista en su política exterior; esa es su principal diferencia con McCain.
Las campañas demócratas tienen usualmente un fuerte sesgo proteccionista, por el papel operativo que cumplen las organizaciones sindicales (AFL-CIO). La situación cambia cuando llegan al poder, sobre todo si los estados en que triunfan son los más vinculados a la globalización, como California, Washington, Oregon y Nueva York, entre otros. En ese caso, el presidente demócrata se puede convertir en el más ambicioso impulsor de los acuerdos de libre comercio. El que logró imponer el NAFTA en 1993, contra viento y marea y la AFL-CIO, fue Bill Clinton.
Jorge Castro