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De los Celtas a Los Simpson

Los irlandeses lo popularizaron en EE. UU., en donde se impuso el ícono de la calabaza iluminada. El 31 de octubre, los muertos reclaman a los vivos, los chicos a los vecinos, y todos contentos.

Por Camila Brailovsky

Truco o trato. Es la consigna de los chicos para recolectar kilos de golosinas por el vecindario. Los huraños tendrán su merecido.

Hace más de 2.500 años, la creencia de los pueblos celtas indicaba que el último día del año, la puerta que separaba al mundo de los muertos del de los vivos, se abría permitiendo a los espíritus salir del cementerio para apoderarse de los cuerpos vivos, pedir, reclamar o, incluso, maldecir a quienes no cumplieran sus deseos. Atemorizados ante la inminente amenaza, muchos de ellos recurrían a una estrategia que, creían, los espantaba: ensuciaban sus casas, las decoraban con calaveras y huesos, y ellos mismos se disfrazaban con atuendos espeluznantes.

Antes de continuar, aclaremos que para los celtas el último día del año coincidía con el final del verano que se correspondía, según nuestro calendario, con el 31 de octubre; es decir, el día en el que, con epicentro en los Estados Unidos, aunque ya popularizada en todo el mundo, se celebra la Víspera de Todos los Santos, mejor conocida como Halloween.

Si bien hoy, entre los elementos básicos para ambientar una “casa del terror”, se cuenta una calabaza vaciada por dentro con una vela en su interior, en sus orígenes se trataba nada menos que de un nabo. Aunque a veces lo parezca, ningún elemento de las fiestas populares está puesto al azar. Este no será la excepción: cuenta la leyenda que Jack, un irlandés borracho y de dudosa moral, fue rechazado tanto en el Cielo como en el Infierno. Para que su regreso a la superficie no fuera tan tenebrosa, el Diablo, en un atípico rapto de generosidad, entregó al condenado a vagar por la Tierra con un nabo iluminado por dentro mediante un carbón incandescente. Tiempo después, los estadounidenses dedujeron que sería mucho más sencillo vaciar una calabaza. El sentido de la practicidad primó por sobre la aún poco arraigada tradición.

Aunque de orígenes paganos, Halloween fue absorbido por la Iglesia Católica, que estableció el 1º de noviembre como el Día de Todos los Santos, y a la noche que lo precede, como su Víspera. All Hallow’s Eve terminó por llamarse, gracias a la costumbre inglesa de contraer sus expresiones, Halloween.

Los americanos se familiarizaron con la celebración a mediados del siglo XIX, gracias a las fuertes migraciones irlandesas, aunque no se popularizó hasta 1921, cuando se realizó el primer desfile en el estado de Minnesota, al que, año tras año, se fueron sumando el resto de los estados. Su contagio al resto del mundo fue gracias a varias películas (La noche de Halloween, de John Carpenter, en 1978, fue un hito al que le sucedieron incontables secuelas) y series de televisión. Si bien Los Simpson no fueron los primeros, dada su popularidad, el capítulo anual dedicado a este día surtió un profundo efecto alrededor del Globo.

Actualmente, al caer la noche del 31 de octubre, los chicos se disfrazan de fantasmas, brujas, zombis o demonios y salen a “chantajear” a sus vecinos con el clásico trick or treat o, para que todos entendamos: “truco o trato”. Si reciben dulces y golosinas, se ha cerrado un acuerdo; caso contrario, el vecino díscolo será víctima de la travesura que los decepcionados niños encuentren más propicia.

Edición Impresa

Sábado 25 de Octubre de 2008
Año III Nº 0306
Buenos Aires, Argentina