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Dossier/jean-marie g. le clezio, premio nobel de literatura 2008

Instrucciones para doblar una esquina

El autor de esta nota, subeditor del suplemento Culturaa de PERFIL, conoció al escritor francés en 1983. Y predijo que iba a ganar el Nobel. Editó sus primeros relatos en la Argentina y la charla de Le Clézio con Jean-Luc Godard que se publica en las páginas 34 y 35. Lo entrevistó dos veces, la útima en abril de 2007. Ya entonces esperaba el galardón con que la Academia Sueca acaba de distinguirlo.

Por Guillermo Piro

en baires. En abril de 2007, con motivo de su visita para la presentación, en la Feria del Libro, de dos libros editados en el país.

Es un placer que a veces la Academia Sueca otorgue el Premio Nobel de Literatura a un escritor. Contra lo que se cree, no ocurre muy a menudo: Elias Canetti, Claude Simon, Joseph Brodsky, Wislawa Symborska, Günter Grass, Jean-Marie G. Le Clézio...

Al mismo tiempo se trata de una idea de autoafirmación personal el hecho de que uno de los escritores que más admiro, tal vez el que más admiro, haya obtenido el máximo galardón y se haya hecho acreedor de una suma sustanciosa de dólares, a la que estoy seguro de que va a conseguir sacarle provecho.

Conocí a Le Clézio (conocer es un modo de decir, aunque es bastante exacto) de casualidad, en una librería de saldo de la avenida Corrientes, en el año 81. Yo andaba por la librería, mirando, y me topé con una pila de ejemplares de una novela de (en ese momento, cuando acababa de descubrir a Jean-Luc Godard y estaba seducido por el aura de El soldadito y Los carabineros) neto corte godardista: La guerra. Como puerta de acceso a la obra de Le Clézio era perfecta, porque tenía las dosis justas de experimentalismo y provocación que, a mi juicio entonces –y ahora– hacen medianamente interesante a cualquiera que se digne a escribir. Pero no es de La guerra que quiero hablar. Tampoco de El atestado, la novela con la que Le Clézio obtuvo el Premio Renaudot a los 23 años (el mismo que Céline había ganado en 1932 con el Viaje al fin de la noche). El libro narraba las tribulaciones de un muchacho que al comienzo de la novela tira su motocicleta al mar, junto con sus documentos, y comienza una nueva vida yéndose a vivir a una casa desocupado en las afueras de Niza. La novela seguía el itinerario de Adam Pollo –así se llamaba el protagonista– siguiendo un perro durante todo el día, por la calle, en estado de abulia absoluta, sintiendo una tierna admiración por un animal que conoce el mejor modo de sacarse el petróleo de los pies después de haber caminado por la orilla del mar; luchando con una rata blanca, insultando a la rata con lo peor que se le puede decir a una rata: “Gato asqueroso”. Pero todo ello contaminado por un suave mar de fondo, dicho al pasar al comienzo: Adam Pollo no recuerda, no puede recordar, si acaba de salir del servicio militar o de un psiquiátrico. Y sin embargo no está loco. Simplemente no recuerda. Sigo recordando el final de esa novela de memoria.

El hecho es que a esa novela siguió El diluvio, definidia por el autor como “trece días de ascensión hacia la nada”. El personaje en ella era François Besson, de quien venimso a saber lo que le ocurre después de haber escuchado una grabación donde una amiga le anuncia su decisión de suicidarse... y lo hace, delante del micrófono.

Me convertí entonces en un militante lecleziano, al punto que cuando llegó de visita al país, en 1983, para asistir a una mesa redonda sobre el tema “¿Qué es la creación?”, la mitad de los asistentes eran amigos míos. Cuando la mesa terminó me acerqué a él y le pedí que me concediera una entrevista, pero era algo que no estaba en sus planes y se negó de inmediato. Con un poco de brutalidad le hice saber que la mitad de los asistentes los había traído yo, que aquí era un perfecto desconocido, que no podía negarme sentarnos en una mesa y beber una cerveza para charlar un poco. Y a eso accedió, tan de inmediato como antes se había negado.

Pasé a buscarlo al día siguiente por el hotel donde estaba alojado, un lujoso edificio de la calle Tucumán, y allí tuvo lugar uno de los más grandes papelones que recuerdo haber vivido. Le Clézio partía esa misma tarde de vuelta a Francia, de modo que había venido a reunirse conmigo arrastrando sus valijas y su máquina de escribir portátil. Antes de abandonar el hotel se acercó al mostrador del conserje para liquidar los gastos, y porque probablemente alguien lo había precavido, cuando el conserje le dijo la suma que adeudaba pidió los comprobantes y una calculadora y con eficiencia de bancario sumó y dijo: “Esto es lo que debo”, poco más de la mitad de lo que pretendían cobrarle.

Se despidió un poco molesto con la especie humana, no conmigo en particular, y prometimos mantenernos en contacto, cosa que naturalmente no hicimos.

Le debo a Le Clézio haberme hecho doblar una esquina en la literatura. Es algo que ocurre contadas veces. De hecho puedo asegurar que sigo transitando el camino al que Le Clézio me hizo acceder con sus lecturas –ya se sabe, los lectores que saben admirar a sus maestros leen a los autores que ellos leen, y leen a su vez a los autores que leen los autores que ellos leen–: Céline, Stevenson, Conrad, Henry Miller, Roussel, Sartre, Genet... Traduje un breve texto suyo sobre Céline que apareció en un dossier en la extinta revista Babel. Más tarde conseguí hacer que la editorial Eudeba publicara en una colección atípica y formidable dirigida por Julieta Obedman, un libro de Le Clézio, Mondo y otras historias, el primer libro de Le Clézio editado en el país.

Luego su obra cayó en un cono de sombra, o mejor dicho en esos silencios que preceden al ruido: sus libros comenzaron a volver a ser traducidos, al punto que la editorial Cátedra de España incluyó El atestado en una colección de clásicos, junto a Shakespeare, Manzoni y muchos más.

El año pasado, en ocasión de la edición casi simultánea de dos títulos en el país, El africano (Adriana Hidalgo) y Urania (El Cuenco de Plata) volvió a visitar el país. Pasé a verlo por el hotel (naturalmente no el de la calle Tucumán) y me sorprendió que al bajar del ascensor y verme se me acercara diciendo: “Yo a vos te conozco...”. Se esforzó un poco, hizo memoria, hizo encajar las partes y empezó a decir: “En 1983, en el bar de un Hotel... tomamos una cerveza...”. Hubiera sido demasiado que recordara mi nombre, pero eso dio lugar a que comenzáramos a hablar de su memoria de elefante.

Esta vez sí lo entrevisté con prolijidad y grabador, y no podía negarse (parte de esa entrevista, se publica aqui al lado).

Hoy recibí un mail de una amiga argentina que vive en Brasil. El mail decía: “Guille, ayer cuando escuché que le habían dado el Nobel a Le Clézio, inmediatemente me acordé de vos. Hace 25 años me dijiste que lo iba a ganar...”. Sinceramente a veces se me da por hacer predicciones, pero no recuerdo haber hecho una predicción semejante.

Lo que sí recuerdo es el éxtasis que me deparó la lectura de ciertos libros: L’extase matérielle, justamente, una autobiografía precoz, escrita a los 27 años. O la sorpesa de descubrir en una antología un cuento suyo titulado “Me parece que el barco se dirige hacia la isla”, traducido por Marta Traba. O la alegría de andar deambulando por Nueva York sin nada para leer y encontrar en una libreria de viejo un ejemplar de Terra Amata. O estar de vacaciones en Montevideo y encontrar una traducción uruguaya de Viajes del otro lado que acababa de aparecer. O la familiaridad con que, trabajando en una librería, a mediados de los 80, comencé a recibir las traducciones castellanas de El buscador de oro, Viaje a Rodrigues, Desierto, Onitsha, La cuarentena, El pez dorado.

De modo que sí, es una alegría inmensa constatar que cada tanto la Academia Sueca otorga el Premio Nobel de Literatura a un escritor...

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“Vivimos en un mundo muy serio y muy cómico a la vez”

Qué significó haber obtenido, a los 23 años, el Premio Renaudot, entrar en la literatura por la puerta grande?

—Para mí fue una decepción, en realidad. Yo había enviado la novela al premio Formentor, que se daba en España, y cuyo premio consistía en quince días de residencia en esa isla, con todo pago. Pero obtuve el Renaudot, para mí un premio de segunda, al que envían sus obras los que no obtienen el premio Goncourt. El premio Formentor era interesante, además, por su carácter internacional. Quien recibe el premio ese año fue Uwe Johnson, un autor alemán que tenía casi mi misma edad.

—¿Qué recuerda de “El atestado”?

—Para mí fue una época difícil, con algo de cómodo. Entonces les leía pasajes a amigos y amigas, y ellos se reían. Hace poco René de Obaldia, un dramaturgo y poeta francés nacido en Hong-Kong, me comentó que en su juventud conoció a un hombre que había conocido a Franz Kafka, y que éste le contaba que Kafka leía pasajes de sus obras a sus amigos, y que éstos se reían.

—Deleuze y Guatari, en “Kafka, por una literatura menor”, afirman que Kafka debería ser leído como un autor cómico...

—Sí, pero la risa de Kafka es una risa amarga. Yo no soy Kafka, pero el relato de Obaldia me llevó a recordar esa época en la que, para mí, la literatura podía ser también cómica, o podía tener, al menos, algo risible e irónico. Para mí sigue siendo así, mis pretensiones son las mismas, sólo cambió el ambiente: vivimos en un mundo mucho más serio y mucho más cómico a la vez. El 63 me recuerda un poco la Argentina del 83: la guerra de Argelia había terminado... Muchos de mis amigos murieron en aquella guerra, eso no tiene nada de cómico, por supuesto.

—En el 83, en Buenos Aires, en aquella mesa sobre creación alguien le preguntó algo decisivo. Después de oír su relato acerca de la fabricación de una guitarra. Fue sorprendente entonces notar que su relato oral era absolutamente “lecleziano”. Yo le pedí que dijera si se sentía más cerca del automatismo surrealista o de la escuela de “Tel Quel”. Sin dudarlo, usted me respondió que de la escritura automática.

—No, en realidad le mentí. La escritura automática me parece una proeza genial, algo que yo nunca alcancé a hacer. Estoy más cerca de relacionar la escritura con una especie de encantamiento interior. Cuando empiezo a escribir todo está listo en mi cabeza, así que no puedo comparar eso con el mecanismo alienado, casi enloquecido de la escritura automática tal como la entendieron los surrealistas.

—En “Urania”, al comienzo, hay unas referencias a la guerra, y eso me llevó a recordar la novela “La guerra”.

—Hay diferencia sobre todo de velocidad: La guerra es una novela veloz, llena de frases cortas. Además de una búsqueda narrativa distinta, lo que se nota es otro tiempo de escritura. Desde luego, es imposible escribir dos veces la misma novela. A la vez, cuando uno intenta cambiar de paso, hay una especie de doble que hace que uno tienda a volver al mismo paso. La velocidad no es la misma, pero tal vez el paso sí. Es como si en aquel tiempo yo filmaba a 65 imágenes por segundo, y ahora a 21. El paso es el mismo.

—¿Qué siente cada año cuando su nombre suena como candidato para el Premio Nobel?

—Sólo pienso que no pase como con el Premio Formentor.

Edición Impresa

Sábado 11 de Octubre de 2008
Año III Nº 0302
Buenos Aires, Argentina