
Si bien Sibilia marca claras distancias en ambas lógicas y sus búsquedas, esta emergencia del Yo, esta híper-producción de subjetividades diversas encuentra el canal para su materia-lización en las diferentes plataformas de la Web 2.0. Blogs, fotologs, redes sociales, incluso programas como Gran Hermano no hacen sino poner en evidencia individualidades que se autogestionan y se posicionan de manera estratégica. En algunos casos (posiblemente, en la mayoría de ellos) puede tratarse de mera autoindulgencia banal y trash, pero en otros tal vez sea una estrategia analogable a determinadas prácticas del dandismo existencial.
En 1976 Michel Foucault publica La voluntad de saber y categoriza al hombre occidental como un animal de confesión. A grandes rasgos, de la práctica de la confesión eclesiástica hasta el diván psicoanalítico, la tecnología de construcción de la identidad se mantuvo de forma invariable (el discurso del yo). Del cura al psicoanalista, la visión foucaulteana plantea que en Occidente tenemos un modo de constitución que se preservó durante siglos.
La hipótesis de Sibilia es que hoy, en el marco de las “sociedades de control” que Gilles Deleuze detallara –en el marco de un capitalismo de superproducción y flujos–, las formas de construcción del Yo (una estética de la existencia) encuentran su vía por medio de estos dispositivos. De la apor-tación original a la mera megalomanía, de la “trivialidad” testimonial a las acciones inteligentes, hay miles de variantes. Pero el análisis de Sibilia es lúcido al demarcar que la clave está en la categoría de uso. En línea con ciertos planteos de Scott Lash en Crítica de la información, Sibilia parecería señalar que las nuevas socialidades surgidas de la Web 2.0 pasan más por focalizar en las nuevas formas de vida tecnológicas (autorreflexivas) donde la crítica puede ser diseño de espacios alternativos que mero análisis pasivo.
En 1845 Barbey D’Aurevilly escribía lo siguiente: “Así, una de las consecuencias del Dandismo, una de sus principales características –para ser más exactos, su característica más general– es la de producir siempre lo imprevisto, aquello que el espíritu acostumbrado al yugo de las reglas, por lógica, no puede prever. La excentri-cidad, ese otro fruto del suelo inglés, también lo produce, pero de otra manera, de un modo desenfrenado, salvaje, ciego. Es una revolución individual contra el orden establecido, a veces contra la naturaleza (…) El Dandismo, por el contrario, se burla de la regla y no obs-tante sigue respetándola. La padece y se venga de ella sin por ello dejar de padecerla; la invoca al tiempo que huye de ella; la domina y es dominado por ella”.
Para Barbey D’Aurevilly el dandismo no puede definirse como un mero acto de vestirse, una autocracia de la moda, una legalidad fashion (aunque también sea todo esto); se trata de un modo ser que oficia me-diante la ironía, la afectación y el shock perceptual (tipo happe-ning). Barbey D’Aurevilly habla del “efecto dandy” que, al ser generado en determinado encuentro social, obliga a su factótum a retirarse con su “mi-sión cumplida”. En este sentido, Brummell encarnó este modelo ético, esta subversión de la androginia y el cuestionamiento ambivalente de las elites de su época –a las que frecuentaba como referente ineludible.
Algo así no resulta muy alejado de estas subjetivaciones que aparecen en el horizonte de la Web 2.0. El juego con la regla, su traspaso y su respeto. La pregunta por el quién soy resulta inalterable. Pero también el quién puedo llegar ser o el cómo puedo autoconstituirme. Tal vez en los siglos XVIII y XIX la respuesta venía de la mano de los Brummell, Lord Byron, Baudelaire o Wilde; hoy, la construcción de la vida como obra de arte requiere un desafío mayor, pero pode-mos ver a la Web 2.0 como una caja de herramientas, así como Foucault veía a la filosofía. De nosotros depende.