Perfil.com

PERFIL.COM Google
cultura

david foster wallace (1962-2008)

El hombre que sabía demasiado

Culto y avezado, es autor de las mejores crónicas de la literatura estadounidense desde Hunter Thompson. Dos semanas atrás se distribuyó en la Argentina la antología “Hablemos de langostas”, en la que volvía a dar muestras de su talento narrativo a la hora de retratar mordaz y agudamente la sociedad en la que vivía. El viernes 12 de septiembre su mujer lo encontró ahorcado, en su casa californiana. Tenía 46 años.

Por Guillermo Piro

Aviso. Aunque aún no están claros los motivos del suicidio, el escritor había anticipado sus intenciones.

Si bien, como puede verse en la foto, no era lo que se dice un ejemplo de estilo y elegancia, David Foster Wallace era un profundo observador de la realidad contemporánea y sus reflexiones sobre cualquier tema, además de estar siempre espléndidamente escritas, eran tan agudas como interesantes. El viernes 12 de septiembre su esposa lo encontró muerto en casa, colgado. Para los que apenas conocían sus libros fue una sorpresa, pero al parecer sus amigos cercanos no se asombraron: hace años que el escritor pidió que lo internaran en una unidad de vigilancia hospitalaria pues no se sentía capaz de controlar sus pulsiones suicidas.

En su breve bibliografía abarcó diversos temas: desde los delirios de los focus groups al marketing electoral, pasando por el análisis del mundo de la publicidad y los medios. A diferencia de los grandes exponentes de una generación anterior, Foster Wallace no irrumpió en la literatura por la puerta estrecha de la poesía. Escribió novelas, relatos, crónicas y artículos con una vehemencia, una exageración y una recurrencia apropiada y humorística a las notas al pie que lo convirtieron en un exponente único, un elefante de las letras norteamericanas.

Su producción editada en castellano abarca una novela, La broma infinita, mamotreto de 1.208 páginas –para muchos ilegible, para otros comparable al Ulises de Joyce o a Submundo, de DeLillo–, y un par de libros de relatos, historias de “pura ficción”, como las definía, algunas de las cuales proyectan nombres de figuras públicas reales en personajes y situaciones inventadas, donde se inmiscuyen citas ocultas de un poema de John Ashbery o anotaciones hechas al margen de Perdido en la casa encantada, de John Barth, con quien tiene puntos de contacto que cualquier escritor en sus cabales se cuidaría de ocultar. Pero no Foster Wallace, quien si algo prefería era halagar debidamente a sus maestros. Por ejemplo, cuando salta a la yugular de John Updike en un ensayo publicado en el New York Observer, decepcionado con la aparición de Hacia el final del tiempo, deja en claro que él no representa al típico enemigo de Updike que da rienda suelta a su bilis salpicando de saliva a quien se digna a escucharlo, sino que más bien se trata de uno de los escasos fans del escritor que ha alcanzado la cuarentena.

Pero no es de ese Foster Wallace que quiero hablar, sino del otro, del analista preciso, el observador metódico, el ensayista autorreferencial que ha escrito las mejores crónicas que ha dado la literatura norteamericana desde los tiempos de Hunter Thompson. Carne de crónica, sus dos libros donde reúne las publicadas en revistas como Harper’s o Premiere o Atlantic Monthly resultan sencillamente inigualables. O mejor, originales, en el sentido que Chateaubriand daba a esa palabra: que no pueden ser imitadas.

Uno de título largo (Foster Wallace tiene títulos maravillosos): Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, en el que, entre otras, hay una larguísima crónica de un viaje en un crucero de lujo, en medio de una aristocracia en continuo trance festivo, con la que no puede entablar la más mínima conversación, preocupado, a lo largo del viaje, por salvarle el pellejo a un botones hindú que está a punto de perder el trabajo por su culpa, porque el cronista se empecinó en llevar por sus propios medios su equipaje gigante al camarote, haciendo que el pobre botones no pudiera reaccionar ante la disyuntiva irresoluble que sus superiores le hicieron aprender al dedillo: el cliente siempre tiene razón y el cliente nunca debe llevar por sus propios medios el equipaje al camarote.

Foster Wallace vuelve a plagar el texto de notas al pie interminables que no son más que extensiones desfasadas del texto escrito más arriba. Escribe, por ejemplo: “Ahora conozco la velocidad máxima de un crucero en nudos”, para anotar al pie de página: “(aunque nunca conseguí entender qué es un nudo)”, o manifiesta haberse topado con un “cabrestante con una mancha de óxido del tamaño de una moneda de medio dólar”, para acotar al pie que se trata de “una polea inflada con esteroides”. Sin duda en muchos casos parece aplicar la nota al pie reservándole un sentido de pertenencia, apelando a la atención de los ignorantes en cuestiones náuticas, manteniéndose ligado al mundo del viajero accidental que se niega a dejar de ser, por más que a lo largo de la travesía llegue a comprender exitosamente ciertas “palabras mágicas”, en las que no parece haberse interesado ni siquiera leyendo a Conrad o a Melville (por nombrar sólo dos autores que es difícil que no haya leído).

El otro es un libro de título más corto: Hablemos de langostas, que acaba de ser editado en la Argentina. En él Foster Wallace asiste en Las Vegas a la entrega de los Adult Video News Female Performer of the Year, los premios del año al mejor cine porno, o desentraña el raro tejido de una furibunda campaña electoral, o averigua, paseando por el Festival de la Langosta Marina de Maine, si éstas sufren antes de ser devoradas.

Foster Wallace se colgó el viernes de la semana pasada. Estos dos últimos libros consiguen revelar apenas un fragmento de la sorprendente lucidez de un gran pensador y escritor que, aún no se sabe bien por qué, decidió irse.

Edición Impresa

Domingo 21 de Septiembre de 2008
Año III Nº 0297
Buenos Aires, Argentina