
El CI se calcula a través de una serie de test estandarizados que abarcan diferentes parámetros y que da por resultado un número. Por debajo de 69 es considerado “deficiente”, hasta 80 es “borderline”, la inteligencia normal está entre 90 y 110 y la superior hasta 120. De ahí, para arriba, ya se puede hablar de superdotados. Sólo una de cada 200 personas superan los 140.
El “futuro jugador de básquet profesional, presidente de la Nación y científico de la NASA” Ezequiel Marano de 11 años y 146 de CI, reveló que alguna vez se sintió mal porque “no lo entendían”. “No estoy estudiando todo el día, pero necesito que me den apoyo. Quiero aprender más”, dijo. Mónica, su mamá, sostuvo que la dificultad radica en que “la percepción colectiva y la de los funcionarios es que se pueden arreglar solos”. Y como los docentes “no están formados en el tema”, los catalogan como niños revoltosos, con falta de concentración y mala conducta. Lejos de eso, su problema es que se aburren.
Con un coeficiente intelectual de 145, Matías Duette (9), “inventor” y “experto en matemáticas” contó: “Había veces que me llevaba los autitos a la clase, porque como terminaba la tarea rápido sabía que me iba aburrir, me iba a poner a charlar y me iban a retar”.
La licenciada en Psicopedagogía Valeria Fontanals explicó que “si el ambiente no es propicio y no le dan lo que el pequeño necesita educativamente, puede llegar a haber mal comportamiento”.
La inteligencia superior supone un reto mayor, ya que requiere de planes educativos actualizados y especiales, personal capacitado y extra, pero sobre todo: interés y voluntad. “Cuando Christian, de 7 años y un CI de 160, pedía que le enseñaran más, la maestra lo castigaba, le sacaba el libro o le ponía bajas notas. Fue así cómo aprendió y no exigió más. A partir de allí levantó sus calificaciones. Insólito”, detalló Patricia P, su madre.
Explicaciones. La responsable de la dirección de Psicología Comunitaria y Pedagogía Social de la Provincia de Buenos Aires, María de las Mercedes González, dio una explicación “de manual”. Dijo que “la escuela trata de incluir a todos los alumnos en la institución y les brinda todos los recursos humanos y económicos que tiene el establecimiento, para que el chico pueda estar en ella, aprendiendo y desarrollando ese potencial que tiene como sujeto”. O sea, nada.
Una buena. Mónica Muller, mamá de Lucas (12 años, 160 de CI)), tuvo más suerte. La Escuela Especial 501, de Guernica, la cual tiene en lista de espera a más de 20 casos de superdotación, actuó y elevó el tema. El resultado fue la resolución 124/06, en la que consta que es reconocido como “especial”. Lucas, quien sueña con ser un gran genetista, confirmó que nunca tuvo problemas, porque siempre le dieron lo que necesitó. Luego de pasar por varios test psicotécnicos y corroborar que su CI es de 159, Tomás (6), amante de la mitología y que además canta en alemán, japonés e inglés aclaró: “Me siento distinto y me tratan mal porque sé más. Mis compañeros me dejan de lado”. Claudia Fernández, su mamá, dijo con resignación: “Me cansé de golpear puertas y de reclamar”.