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| Damián Tabarovsky | |
Sin embargo, teniendo en cuenta que ejerzo este noble oficio (el de entretenedor cultural del domingo) se me permitirá hacer uso de la nomenclatura de las décadas, en este caso, como insinué al principio, las de los 60 y 70. Hay en muchos textos de los 60 una alegría, un optimismo, y hasta un cierto candor que en los 70 ya se estaban perdiendo (las cosas se habían vuelto más oscuras, más decadentes). Por eso, muchas veces me gusta volver hacia textos olvidados de los 60, quizá para contagiarme parte de ese candor. A veces pienso que los 60 fue la última época en la que se podían escribir manifiestos, sin autoironizar sobre ese hecho. Recuerdo ahora dos libros-manifiestos, que forman parte de mi pequeña valija portátil, a los que quiero tanto que ni siquiera hace falta que los relea seguido (los puse aquí sobre mi escritorio para escribir esta nota, y me doy cuenta de que hacía diez o quince años que no los abría). Uno es De l’individualisme révolutionnaire de Alain Jouffroy, escrito en 1965, e increíblemente aún inédito en castellano. Jouffroy es un surrealista tardío, que pese a esa fallida posición, logra con la creación de ese concepto (de ese personaje filosófico, como diría Deleuze), es decir, con la perfecta unión de esos dos términos (individualismo, revolucionario) tan caros al pensamiento libertario, releer la historia cultural moderna en esa clave. De Lacenaire a Bataille, pasando por Duchamp y Godard, termina su libro proponiendo un programa de una actualidad todavía urgente: “El rechazo a participar de la estupidez organizada por los poderes del Estado, el humor y la distancia frente a todo, el ejercicio de la imprevisibilidad del pensamiento”.
El otro libro-manifiesto es Cultura asfixiante, de Jean Dubuffet, publicado en Buenos Aires en 1970, en traducción de Juana Bignozzi, por Ediciones de la Flor, en los años en los que era una editorial pop. Escrito de a fragmentos, muchos de sus párrafos deberían ser de enseñanza obligatoria, en especial en esta época, la nuestra, en la que a cada momento aparecen “especialistas” explicando lo que pasa, “analistas” describiendo lo que ocurre, y “expertos” interpretando la realidad. Va una muestra de la prosa de Dubuffet sobre esa situación: “el espíritu creador se opone tanto como sea posible a la posición del profesor. Hay más parentesco entre la creación artística (o literaria) y todas las otras formas cualesquiera de la creación (en los dominios más comunes, del comercio, el artesanado, o en cualquier trabajo manual u otro) que el que existe entre la creación y la actitud puramente homologadora del profesor, que por definición es aquel que no está animado por ningún gusto creador y debe alabar indiferentemente todo lo que, en los largos desarrollos del pasado, ha prevalecido”.