
Aunque ese debate queda pendiente, el término “bibliodiversidad” sienta una base común, un valor característico de estos emprendimientos: su lugar fundamental en la conformación de una cultura plural –muchas veces al margen de las grandes ganancias– y en la difusión de distintas voces, pensamientos e ideas. En la Argentina, afirmar que gran parte de la mejor literatura se publica en pequeñas y medianas estructuras es, hoy, casi un lugar común. Hasta Ricardo Piglia, en la apertura de la última Feria Internacional del Libro habló de la necesidad de reconocer el trabajo de los editores independientes que, desde luego, tienen una larga tradición en el país, gestada por personalidades como José Luis Mangieri, y continuada por los más jóvenes.
La resistencia. “Los problemas que enfrentamos los editores independientes no son problemas muy nuevos”, decía Américo Cristófalo, fundador del sello Paradiso, en la Feria de Editoriales Independientes de la Provincia de Buenos Aires realizada en La Plata en 2005. Pero Cristófalo agregaba que en el caso argentino hay que subrayar, más allá de esa larga tradición, lo ocurrido en la década del 90, cuando junto al avance “enfático de los grandes grupos, fueron creándose expresiones de esta naturaleza”.
En el imprescindible libro Editores y políticas editoriales en Argentina, 1880-2000, de José Luis de Diego, Malena Botto sostiene que en los 90 “la compra y fusión de editoriales que quedan en manos de capitales extranjeros nunca puede compensarse por el hecho de que las importaciones permiten el acceso a maquinarias e insumos a costos menores”. Y admite que, si bien este hecho permite el surgimiento de “pequeños emprendimientos”, la permanencia o el desarrollo de los mismos es incierta ya que es muy difícil mantener una “competitividad relativa”. Mientras los grandes grupos extranjeros adquirían sellos dedicados a la literatura –desde Emecé por Planeta a Sudamericana por Random House– surgían pequeñas editoriales en las que se imprimió lo más notable de la literatura argentina: Siesta, Del Diego, Vox, Belleza y Felicidad, y también Simurg, Paradiso y Beatriz Viterbo, entre otras.
Adriana Astutti, una de las tres fundadoras de BV, sello dedicado a la literatura argentina, a la crítica, y actualmente también a traducciones, cuenta que sus primeros libros aparecieron en el año 1991. “Lo que hizo que no nos hundiéramos de entrada fue el uno a uno, y el parate de la inflación. Curiosamente, fueron los mismos motivos que nos impidieron crecer más durante diez años. De todos modos, el apoyo de muchos escritores (Aira, con un libro por año, Daniel Guebel, Sergio Chejfec, Sergio Bizzio, Josefina Ludmer, Alberto Giordano, Jorge Panesi, Sylvia Molloy, Manuel Puig) nos ayudó mucho.”
Si el contexto político y económico actúa para estimular o desalentar la producción de ciertos libros, los sellos de poesía de los 90 suelen leerse como un foco de resistencia no sólo estética sino también política, que ha servido de inspiración, como puede verse en distintos catálogos, de editoriales que surgieron más tarde.
Pequeños peces. Paula Pampín, de Corregidor, cuenta que hace diez años esa empresa familiar resistía la oferta de compra de un grupo español –algo que también sucedió con De la Flor. Poco después, en 1999, surgía Adriana Hidalgo. Su editor, Fabián Lebenglik, recuerda: “Era un desierto, todas las editoriales habían sido vendidas y las decisiones de política editorial no se tomaban en la Argentina, sino por gerentes de grandes grupos. Así, nuestro sello surgió a la medida del lector culto argentino, cosmopolita, que no se cierra en un género ni a un autor. Surgimos en un mal momento económico y sólo nos quedaba mejorar. Ya en 2001 empiezan a verse las consecuencias económicas y culturales del menemismo”. Reproducir aquí los numerosos sellos que surgieron después de la crisis de 2001 es una tarea imposible. Según la CEP, desde 2001 hasta 2005 más del 70% de las editoriales que abrieron tenía menos de dos empleados.
La devaluación, entonces, terminó por favorecer la competencia con los libros extranjeros. Damián Ríos, fundador y ex director de Interzona, cuenta que en aquel momento hasta las grandes cadenas los recibían bien, algo que hoy no sucede con los sellos nuevos y pequeños. “La clave es la deuda que las librerías tenían con España; varias tenían la cuenta cortada. De ahí la sobreexposición de algunas editoriales medianas y chicas, también en los suplementos. Era un contexto en el que era imposible importar y los grandes sellos publicaban poco y mal. Entonces Interzona o Adriana Hidalgo, que eran las que estaban en condiciones de hacerlo, aprovecharon el momento.”
Al mismo tiempo, el hecho de que los grupos editoriales ofrecieran antipáticas traducciones de un español castizo fue visto como una chance por varios editores. Miguel Balaguer y Valentina Rebasa, por ejemplo, reformularon el catálogo del sello Bajo la Luna, que publica poesía y narrativa, en el año 2002. “En ese momento leímos cierta oportunidad para desarrollar un proyecto que de a poco se transformara en una alternativa argentina o sudamericana a las colecciones españolas de poesía, sobre todo en traducciones”, cuenta Balaguer. “En esa primera etapa, la sustitución de importaciones (es decir, esta cuestión de ser una alternativa a las ediciones españolas que estaban a precios imposibles) y la posibilidad de empezar a exportar libros por las ventajas que nos proporcionaban los bajos costos nos permitieron sostener el proyecto.”
Obstáculos, hoy. ¿Cuál es, entonces, el contexto en que se mueve el sector al día de hoy? Si en las primeras épocas del llamado “auge” los sellos de los grandes grupos se mantuvieron al margen de ciertos autores, géneros y hasta de sus diseños de tapa, hoy la situación, para muchos, ha cambiado. Libros que antes sólo podían pensarse en el catálogo de las independientes se transformaron en objetos de deseo de las más grandes. Ríos afirma que al ser un “fenómeno consolidado, las grandes se adaptaron y pueden competir”.
Valeria Castro, del sello Entropía, cuenta que varios de sus autores fueron tentados, recientemente, para publicar en grandes grupos. Según Castro, esto se produce porque “en los últimos años, mientras las editoriales chicas irrumpían en las librerías con autores nuevos que empezaron a tener bastante repercusión, las editoriales grandes se mantenían relativamente al margen del fenómeno. A partir del año pasado empieza a percibirse un interés de los grandes sellos por incorporar a sus catálogos escritores de la ‘nueva narrativa argentina’. Las recientes publicaciones de antologías son un ejemplo. Siempre tuvimos la fantasía de que nuestra editorial fuera un semillero. Pero también está la intención de construir una editorial independiente que pueda acompañar el crecimiento de sus escritores. Por ahora, nuestros autores prefirieron seguir en nuestro sello”. En el mismo sentido, Balaguer sostiene que “el riesgo de dar visibilidad a autores o proyectos marginales o alternativos es que sean descubiertos y fagocitados por las editoriales más grandes, pero también, y gracias a la actividad de varias editoriales independientes, hay muchos que prefieren mantenerse en ellas por diversas razones. Como, por ejemplo, no ver los libros saldados a los seis meses, conseguir una proyección más allá de la Argentina, o el cuidado de las ediciones y el trato personal entre autores y editores”.
Sin embargo, muchas veces la mística no gana. Y luego de que un pequeño sello haya arriesgado por un autor inédito, invirtiendo capital y energía, las grandes se lo llevan por un adelanto monetario que las independientes no pueden ofrecer. En el último tiempo, muchas pequeñas editoriales funcionaron casi como laboratorio de experimentación de las más grandes.
Es la economía. Miguel Petrecca, de Gog y Magog, habla de la ya clásica fragilidad económica como una de las grandes desventajas de estos emprendimientos. “La competencia más fuerte, justamente, es la del espacio y la visibilidad en las librerías, con las que una editorial chica tiene un poder de negociación infinitamente menor o casi nulo.” Y suma al debate, todavía irresuelto, de qué es la independencia. Como afirmó Damián Tabarovsky en un encuentro reciente de editores independientes, Petrecca señala que “el mayor problema del libro hoy es la superpoblación”.
Además de aquel lastre de los 90, los editores consultados coinciden, con algunos matices, en que la edición independiente está viviendo un momento bastante crítico en términos económicos. Y eso, en mayor o menor medida, afecta la publicación. El papel, uno de los insumos básicos, aumenta mes a mes, al igual que los presupuestos de las imprentas, configurando un panorama sin precedentes. A pesar de que las estructuras de estas casas editoras suelen ser austeras –muchas veces funcionan con editores multifunción que se hacen cargo de todo el prceso del libro–, el problema de la inflación es preocupante. Algunos editores, incluso, han admitido haber pospuesto parte de su plan editorial de este año para 2009. “Casi todos estamos en un momento muy difícil por el aumento del papel”, afirma Lebenglik. Desde 2002, el precio del papel aumentó un 430% en pesos y un 50% en dólares.
Castro agrega que, al mismo tiempo, ciertas librerías empiezan a demorarse con los pagos. La estrategia del editor Francisco Garamona, de Mansalva, que acaba de publicar una monumental biografía de Osvaldo Lamborghini, fue la de promocionar la venta anticipada de ejemplares para poder entrar a imprenta. Algo que funciona sólo en algunos casos. “Además de la inflación actual, para las editoriales más pequeñas hay una falta de acceso a créditos que permitan un desarrollo a largo plazo”, agrega Pampín.
Política editorial. “Lo irregular, lo esporádico, suelen ser las marcas de las políticas editoriales en la Argentina”, sostiene Lebenglik. El Estado, como afirma Pampín, “no tiene actualmente una política que apoye y difunda la edición nacional, como sí la tienen otros países”. A diferencia de lo que ocurre aquí, países europeos y latinoamericanos cuentan, por ejemplo, con un sistema de subsidios para que sus autores se traduzcan en otros idiomas. “En algunos de esos programas el dinero ni siquiera sale del país que lo ofrece. Francia pide anticipar derechos de autor, y lo que sucede es que el dinero cruza de un banco a otro y queda en Francia.” Astutti admite que para ellos fue muy importante la compra de ejemplares realizada por la Conabip para bibliotecas populares, pero coincide en la necesidad de que existan no sólo subsidios o estímulos a la participación en ferias internacionales, sino la sanción de una ley del libro. Balaguer explica: “Todos los países hispanoamericanos que desarrollan una industria del libro fuerte cuentan con la ley: España, México y Colombia tienen leyes del libro que permiten desarrollar proyectos editoriales de mediano plazo amparados en legislaciones”. Esta ley llegó a aprobarse en el Congreso, pero nunca llegó a reglamentarse (ver recuadro).
El mayor problema que hay desde el Estado es, según Balaguer, la incapacidad de entender, por parte de muchos funcionarios (pero también de los actores del sector editorial), qué es un libro: “En la mayoría de los proyectos de ley se trata al libro como una cantidad de papel manchado con tinta y forrado con tapas cuando, en mi opinión, debería ser pensado como el mejor instrumento desarrollado hasta hoy para la fijación y transmisión de conocimiento”. Más allá de proyectos específicos, quienes sostienen la circulación del material literario y ensayístico más rico del país señalan la necesidad de una política cultural más amplia, capaz de sostenerse en el tiempo, que incluya programas de estímulo a la lectura. Porque, como afirma la investigadora Botto en Editores y políticas editoriales..., los grandes grupos “no realizan apuestas a favor de escritores desconocidos o legitimados en círculos minoritarios”. Esa es, entre otras, una de las actividades principales de los editores independientes.
El INCAA de la literatura
Si los sellos independientes tienen menos margen de acción con respecto a los grupos editoriales para enfrentar obstáculos como la inflación, surgen voces que piden reflexionar acerca del rol del Estado en la protección de los agentes culturales. Este año el diputado kirchnerista Jorge Coscia motorizó la creación de un instituto del libro, un organismo análogo al INCAA (que dirigió), dedicado a la industria editorial. Paula Pampín, de Corregidor, coincide con Lebenglik, de Adriana Hidalgo, cuando dice no creer en los “roles activos de un Estado interventor sino en un Estado que colabore con políticas más amplias, como el fomento de la lectura o el otorgamiento de créditos blandos que favorezcan la edición. Se le podría sumar a esto una política amplia de difusión, como el apoyo de traducciones de libros argentinos en el exterior o la colaboración para fomentar la presencia argentina en las ferias internacionales”.
La cautela parece radicar en ciertos desmanejos como la anécdota que relata Balaguer, de Bajo la Luna: “Pongo un ejemplo irritante de cómo se piensa el Estado en materia de política cultural: cuando se invita a la Argentina a la Feria del Libro de Frankfurt, el secretario de Cultura y el representante de la Cancillería hablaron, en el anuncio del proyecto en la Feria de Buenos Aires, de hacer un envío que ‘represente a la cultura argentina en general’: mostrar productos regionales, hacer degustaciones de vinos argentinos, llevar bailarines de tango, invitar a futbolistas o deportistas que son la imagen de la ‘cultura argentina’ en el exterior. Lo que no me molesta porque yo sea reaccionario o ‘antipopular’, sino porque me parece el ejemplo perfecto de lo retrógrado, prácticamente medieval, de una cultura preimprenta en la que todo debe ser comunicado oralmente o presentado a través de actos en vivo. La Feria de Frankfurt es una oportunidad excepcional para entender que la industria editorial es un mecanismo de difusión de la cultura más efectivo que el show mediático, que no se agota en una hora y puede dar una serie de beneficios, incluso económicos, de largo plazo”.