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Son chicos que roban. Pequeños ladrones. O aprendices. Que roban con un pedazo de vidrio, un destornillador, un cuchillo o una sevillana. Roban plata, celulares, zapatillas, relojes, anillos o lo que venga en la plaza, el centro o la puerta de la Gobernación bonaerense. Entre todos ostentan un triste récord: 174 causas penales en menos de siete meses.
El que más tiene es I.S., un pibe de 13 años que suma treinta detenciones. Es uno de los más bravos junto a J.M., otro chico de 13 apodado “el Polaco” por el color artificial de su cabellera, y un menor de 14 (J.A.), hermano de un joven que no hace mucho violó a la empleada de una panadería frente al Palacio de Tribunales de 13 entre 47 y 48.
En todo grupo existe un líder. En esta bandita hay dos: A.A. y A.L. Son los más grandes de los trece pibes, y los que menos causas tienen. Para la Policía, no es un dato casual. Sobre todo cuando el balance indica que en 108 de las causas iniciadas figuran los menores que tienen entre 11 y 15 años, justamente los inimputables.
Descontrolados. Sentados en el banco de la plaza, de espalda al edificio de la Legislatura y de frente a la Casa de Gobierno bonaerense, los pibes se muestran en un estado que impresiona. Casi todos aspiran de una bolsa con pegamento que alguien les vende. Son chicos que conocen muy bien los privilegios de una Justicia de menores que resuelve por teléfono. “Dale, sacá una foto; dale –insiste uno de los más chicos–, si querés vamos y les pegamos a los ratis; total ellos no pueden hacer nada porque nosotros salimos rápido de la comisaría.” “Pibes chorros, pibes chorros, aguante los pibes chorros, eh”, salta otro atrás haciendo el gesto típico de la pistola.
“La cana nos persigue”, acusa sin argumentos el más grande, un pibe de 17 años que zafa del frío con una campera de corderoy arena que debe costar entre 150 y 200 mangos. Son dos o tres los que hablan. El resto se ríe, festeja chistes que ellos solos entienden, y gritan cosas como: “Loco, qué loco estoy”.
El efecto de la bolsita es evidente. Algunos apenas si pueden caminar. Para la Policía platense son un verdadero problema. Sobre todo cuando se reúnen en el sector más oscuro de la plaza. Pero ellos no se espantan cuando los ven venir. Dicen que están acostumbrados a “la gorra” y cada vez que pueden los desafían. La semana pasada pelearon cuerpo a cuerpo una vez más. Y después de un robo, como sucede casi siempre.
En un ataque de furia uno de los pibes destrozó de una patada el vidrio de la puerta izquierda del móvil policial. Fue el domingo pasado cuando “el Polaco” le robó 170 pesos a una chica cerca del puesto de comidas que está en la plaza. Ese mismo día otros tres miembros de la bandita, uno de 11 años y dos de 14, rodearon a dos chicos de 12 que paseaban por el lugar. Los amenazaron con la punta de un vidrio, y de esa manera se quedaron con algo de plata y un teléfono celular.
En el listado de las causas iniciadas en lo que va del año hay de todo: hurto y robo en sus distintas versiones, daños, lesiones, y resistencia a la autoridad.
Entre el 15 y el 24 de julio pasado seis de los pibes fueron demorados 13 veces. J.A. pasó en cinco oportunidades por la comisaría del centro platense en apenas siete días (dos veces por robo, una por hurto y robo calificado, y otra por daño), mientras que N.O., el más chico de todos, cayó tres pero en cuatro días (robo calificado, hurto y robo). Casi siempre son detenidos en la plaza o cerca de ella porque, como no tienen otro lugar a donde ir, tarde o temprano regresan a la glorieta, su única guarida. Por allí desfilan muchas personas. Funcionarios conocidos –y no tanto– que pasan por obligación porque la plaza separa la Legislatura de la casa de Gobierno. Gente común. Sindicalistas y empleados del Estado que se concentran pidiendo aumento. Estudiantes universitarios y laburantes. Mucha gente. Incluso hasta el gobernador Daniel Scioli, que el día que asumió el cargo caminó entre la muchedumbre para después instalarse en la residencia oficial. Aquella tarde estaban esos 13 pibes con sus bolsitas de pegamento. Ellos siguen allí, aspirando y robando. Y allí seguirán hasta que ocurra una tragedia o hasta que alguien haga algo. Pero en serio.
Hace más de un año que están en la calle pero nadie se hace cargo
El estado de desamparo es prácticamente total. Los chicos duermen al aire libre sobre unos viejos colchones que alguien les acercó. De vez en cuando aparece gente de la Dirección de Niñez y Adolescencia de la Municipalidad de La Plata, o de servicios de Protección Zonal que depende de la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia. Pero muy de vez en cuando.
En la ciudad de La Plata existe un solo instituto de menores que está en condiciones de albergar a chicos de entre 11 y 15 años: la casa de abrigo que está frente al Policlínico San Martín. Casi todos los menores que hace más de un año viven en la glorieta pasaron alguna vez por allí, aunque por distintas razones volvieron a elegir la calle. Todos tienen familia pero evidentemente ninguna se hace cargo de ellos.
Si bien para muchos representan un peligro latente para la sociedad, la realidad muestra también que ellos se encuentran en una situación de riesgo extremo.
Impresiones. Para el jefe de la Comisaría 1ª de La Plata, capitán Daniel Piqué, la sumatoria de los delitos evidencia una problemática que excede el trabajo de la Policía. “Estos chicos necesitan contención y un hogar acorde porque con el paso de los años las consecuencias pueden ser peores”, asegura.
Laura Musa, asesora general tutelar del Ministerio Público de la Ciudad de Buenos Aires, reconoce que el caso de La Plata es una muestra más de los miles de casos que hay en toda la provincia.
“Esto es una acumulación de años y años de pobreza, de una pobreza estructural que se trata de resolver con baches. Estos chicos no son más que una muestra pero minoritaria de lo que pasa en cualquier lugar grande del Conurbano bonaerense. En el fondo de Lanús, Lomas, La Matanza y los bordes de Quilmes, no son diez ni veinte, son cientos y cientos, miles en la provincia de Buenos Aires.”
Además, explica que así como ellos “vulneran los derechos de otros, sus propios derechos también están enormemente vulnerados”.
“Estos chicos tienen derecho a vivir en su casa, a estar con su familia, a ir a la escuela, a no trabajar, a vivir en una vivienda mínimamente digna y a jugar. Pero todos esos derechos los tienen vulnerados, y además a veces vulneran los derechos del otro. Hay que abordar toda esta complejidad, restaurar sus derechos y evitar que vulneren derechos de otros”, sostiene.