
La figura de la morena funcionaria cobró una inusitada importancia en la vida del matrimonio oficial –y del mundo en general– luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001. Por entonces, ella se desempeñaba como asesora de Seguridad Nacional y se volvió la artífice de una política signada por la guerra preventiva y el espionaje en todas sus vertientes, en pos de la integridad de la Nación. Y dicen que fue haciendo gala de su inteligencia y de sus bien contorneadas piernas como logró, entre reunión y reunión, cautivar la volátil atención del líder republicano.
No va más. Enterada del affaire, Laura puso el grito en el cielo y habría pedido el divorcio. Sin embargo, su entorno logró tranquilizarla con una oferta que fue incapaz de rechazar: un total de 20 millones de dólares en concepto de “división de bienes”, pero con la condición de mantenerse al lado de su marido hasta que finalice su mandato, el 20 de enero de 2009. Pero, a pesar del apetecible numerito, las cosas entre la ex bibliotecaria escolar y el mandatario con aires de cowboy no estarían nada bien.
Según el diario estadounidense National Examiner, el matrimonio “se habla raramente y casi exclusivamente en ocasiones oficiales”, dando a entender así que la separación es un hecho puertas adentro. Y va aún más allá: el conflicto no sólo se habría desatado por el furtivo romance con la actual secretaria de Estado, sino también porque “la primera dama no soporta que el presidente haya recuperado antiguos hábitos de consumo”.
Hace algunos años, Bush declaró abiertamente que había logrado recuperarse de su adicción al alcohol en 1986, luego de concurrir durante meses a grupos de ayuda religiosos. Sin embargo, la sombra de la enfermedad no sólo lo ha perseguido durante toda su carrera política, sino que también ha sido una constante en su familia. Así, su hija Jenna fue detenida en dos oportunidades por cuestiones relacionadas al consumo etílico siendo menor de edad.
¡Digan whisky! Una de las últimas apariciones semipúblicas del matrimonio presidencial fue, precisamente, en el casamiento de la “alocada” melliza, el pasado 10 de mayo, en Texas. Hasta allí llegaron en el más hermético de los silencios, pero posaron sonrientes para la foto familiar que se difundió por los medios y que muchos entienden como parte de la estrategia para disipar los rumores de separación. Laura y George Bush se conocieron en 1977, cuando ella trabajaba como bibliotecaria en una escuela primaria de Midland. El, por entonces, se dedicaba al negocio petrolero y, probablemente, ni se imaginaba que algún día llegaría a ser presidente de su país. Se casaron apenas tres meses después y se mantuvieron unidos en las buenas y en las malas.
La próxima oportunidad para mostrarse en público será el 8 de agosto, cuando asistan a la inauguración de los Juegos Olímpicos de Beijing. Rice, en tanto, esperará paciente en Washington su regreso, segura de que, una vez finalizado el mandato, el interracial romance dejará de ser clandestino para capitalizarlo políticamente en la “era Obama”.