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el observador

la dura reinsercion de quienes nacieron y crecieron tras el 2001

Penurias de la generación poscrisis

La mayoría de ellos vio cómo sus padres, tíos o hermanos mayores perdieron sus trabajos o viviendas como consecuencia de la debacle de principios de década. Después de cinco años de recuperación económica, muchos de ellos aún padecen los efectos de esa etapa de convulsión: deserción escolar, trastornos psicológicos, déficit sanitario y dificultades crecientes para reinsertarse en el sistema. La primera generación que vivió la mayor parte de su vida en este siglo se ha transformado en un reflejo de los problemas estructurales que dejó la crisis nacional de 2001-2002.

Por Pedro Ylarri

Chicos. Cuando apareció en televisión llorando por hambre, Barbarita se transformó en símbolo de la crisis. Ella representa a la generación que más padeció sus efectos.

El número del documento de Matías empieza con 40 millones, el de Verónica con 42 y el de Federico no empieza, porque no tiene. Ninguno de ellos se conoce. Pero comparten una historia similar: sus padres o hermanos perdieron sus trabajos durante la crisis económica, cayeron del escalón llamado clase media trabajadora y se transformaron en nuevos pobres.

Son los hijos de la crisis: nacieron en un contexto de pobreza y exclusión, y allí siguen tras cinco años de expansión económica. Hasta avanzados los 90 sus progenitores lograban mantenerse con trabajos temporales y mal pagos, pero de algún modo estaban dentro del sistema. En la actualidad, apenas logran cruzar la frontera de la indigencia hacia la pobreza.

La situación es fácil de explicar para los especialistas: la pobreza e indigencia, aun en un contexto de hiperinflación y de cierre de fábricas, se mantuvieron debajo del 25% hasta mediados de los 90, cuando la curva comenzó a subir y encontró el cambio de siglo con una tasa del 60%. La presidenta Cristina Fernández anunció hace poco otra dudosa estadística del INDEC, según la cual la pobreza disminuyó al 20% en el primer trimestre del año. Pero los números de encuestas privadas hablan de diez puntos encima del oficial. Ambos coinciden, sin embargo, en que para los niños la exclusión nunca finalizó.

El Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA) advirtió en su informe anual que cinco de cada diez niños residentes en grandes centros urbanos vivían en 2007 en hogares con “déficit de habitabilidad”, y que la cifra llegaba a ocho de cada diez chicos del extracto socioeconómico inferior. Casi la mitad de los niños de entre 0 y 4 años padecían además déficit alimentario, falta de vestimenta y de atención sanitaria.

“La recuperación permitió un proceso de mayor oportunidad de trabajo después de una crisis muy profunda. Aumentó la capacidad de compra de bienes y servicios, pero la situación de la educación, vivienda y salud no ha mejorado respecto a los años 90. Por eso, las marcas de la crisis se hicieron más estructurales pese al crecimiento económico, y esto hizo profundizar el deterioro de la situación de la infancia”, dijo Agustín Salvia, director del observatorio.

El pronóstico del investigador es desalentador: los hijos de la crisis tendrán más dificultades que sus padres, ya que podrán contar con más ingresos, pero la debacle afectó sus capacidades de desarrollarse, de resolver los problemas económicos y de idear un proyecto a futuro. “Muy probablemente estos chicos no tendrán un empleo, porque están lejos de los requerimientos de información y conocimiento que reclama el mercado laboral formal”, añadió Salvia a PERFIL.

Efectos psicológicos. Las estadísticas sobre infancia están en su época de esplendor amparadas por estudios de Naciones Unidas y ONG. Pocas confirman, sin embargo, las consecuencias que tendrá para los hijos de la crisis haber crecido en un contexto de pobreza. Una de ellas es una investigación sobre los efectos psicológicos y psiquiátricos en niños que realizó el Departamento de Psicología de la UCA. Los resultados son alarmantes: más de 6 de cada 10 niños expuestos a tres o más factores de riesgo vinculados con la familia y el contexto socioeconómico tendrán enfermedades de salud mental.

“No es posible predecir qué problemas tendrán estos niños cuando crezcan, pero sí hemos comprobado que el riesgo de la pobreza es extremo. Aquellos que vivieron sus tres primeros años de vida en un contexto desfavorable ya presentan un cuadro clínico de salud mental. La forma en la que ellos se relacionarán con la sociedad será muy diferente”, explicó a PERFIL Inés Di Bártolo, a cargo de la investigación.

La investigación se realizó sobre niños que en el período de crisis tenían entre 0 y 3 años, y que en la actualidad están en edad escolar. Di Bártolo destacó que la mayoría de los entrevistados no proviene de una pobreza generacional o extrema, sino que acudía en forma regular a la escuela cuando fueron entrevistados. Desconfianza en los demás, baja autoestima e incapacidad para sostener un proyecto de vida figuran entre las principales consecuencias.

La conclusión central de un estudio posterior realizado por Di Bártolo demostró que factores de riesgo derivados de la crisis afectaron la capacidad de los padres de ejercer la función parental.

Dibujos en soledad. Muchos de los niños nacidos y criados en un contexto de pobreza durante la crisis comparten otra privación: la de no haber ido al jardín de infantes. Sólo 528 mil chicos de 3 y 4 años asistían al jardín en 2001, apenas cuatro de cada diez de la población total de ese grupo de edad, que ascendía a 1,4 millón de personas. Un estudio de CTERA, dirigido por el historiador Juan Balduzzi, señala además que “pese a que la sala de 5 años es legalmente obligatoria, el derecho se incumplió. Considerada en conjunto la población de 3 a 5 años, resulta que casi el 50% no concurrió al nivel inicial (durante la crisis)”.

Psicopedagogos de gremios adheridos a CTERA expresaron a PERFIL su preocupación por las consecuencias “que ya tienen” los niños que debieron pasar por alto el jardín. Mencionan problemas para socializarse en la escuela, deserción escolar, falta de interés y desnutrición por no asistir a jardines-comedores. La deserción escolar es mayor entre los hijos de la crisis que en la generación anterior. Entre 2000 y 2006 creció en un 130% la cantidad de jóvenes que abandonó el colegio secundario en la provincia de Buenos Aires, al pasar del 7 al 16%.

Estadísticas del Programa Encuentro de la cartera educativa advierten que el índice de analfabetismo aumentó en los niños que residen en barrios periféricos de los grandes conglomerados urbanos. En Rosario, por ejemplo, la filial local del plan oficial aseguró que el 32% de los residentes en zonas empobrecidas no sabe leer ni escribir.

Solidaridad y aislamiento. Estudios de corte sociológico del Conicet realizados durante la crisis afirmaban que la recesión de comienzos de siglo afianzó los lazos de solidaridad en asentamientos de emergencia y barrios empobrecidos. Las asambleas vecinales, las cooperativas de trabajo y los mercados de trueque se multiplicaron por los barrios y explicaban “el modelo de unidad de la sociedad”, tal como dice una investigación de la Unidad de Docencia e Investigaciones Sociohistóricas de América latina (Udishal), de la UBA.

Cinco años después, sociólogos y referentes de organizaciones de base dan cuenta que “ese modelo se quebró” y que “esa ilusión de unidad se perdió con el ascenso de las clases trabajadoras sindicalizadas y el aislamiento de la clase baja”. La frase pertenece a un investigador del Conicet que trabaja en Udishal, colaborador del informe de 2003.

Salvia coincide con la consecuencia social de la crisis: “Las clases medias bajas son las más beneficiadas por el ascenso de los sindicatos, también la clase media profesional. Las dos se distanciaron mucho de la clase baja, porque hoy tienen changas y asistencia del Estado, pero los procesos de socialización se quebraron”.

“Los niños son los más afectados, tuvieron un vínculo con la educación de segunda calidad, y sus procesos y redes sociales también son de segunda calidad”, finalizó Salvia.

La solidaridad de las clases más pudientes y de las empresas también disminuyó. Hogares para niños en situación de calle, comedores infantiles y organizaciones sociales advirtieron a PERFIL que la respuesta a campañas solidarias es inferior en la actualidad que en el período de crisis.

“Un supermercado del barrio ponía cajas para que sus clientes depositen alimentos. Lo hizo entre 2000 y 2004, después prohibieron la actividad”, dijo a PERFIL el director de un orfanato de Caballito. En un comedor importante de La Boca afirmaron que “incluso sindicatos, que antaño daban víveres y prestaban locales, dejaron de hacerlo con la recuperación”.

Más de 2 millones de niños como Matías, Verónica y Federico nacieron y se criaron en la crisis. Están en la calle, en comedores, trabajan en obras y talleres, algunos van a la escuela y otros caminan los pasillos de las villas. Son el reflejo de una crisis que para algunos no ha terminado.

Edición Impresa

Domingo 13 de Julio de 2008
Año III Nº 0277
Buenos Aires, Argentina